Viaje centro noche (RNE)

Intervenciones en el programa “Viaje al centro de la noche” (RNE)

VIAJAMOS TIRANDO DEL HILO.

No hay hilo más famoso que el de Ariadna, de él tiró su amado Teseo para no perderse en el laberinto de Creta y poder acabar así con el terrible Minotauro. Ojalá tuviéramos todos nosotros siempre a mano este legendario hilo para poder orientarnos en el intrincado laberinto al que el ser humano se enfrenta cada día, el de su libertad.

La libertad resulta la propiedad más radical del hombre. Somos humanos porque somos libres, esta libertad conforma nuestra esencia. Aunque pueda parecer paradójico, no podemos dejar de serlo aunque queramos, pues ese querer ya denota elección. Podemos afirmar así que, como seres humanos que somos, estamos condenados a la libertad.

Condenados sí, porque aunque las apariencias parezcan decir lo contrario, en realidad no nos gusta demasiado ser libres. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotros hemos donado nuestra libertad, por ejemplo, a algún banco a cambio de una hipoteca. Entregamos nuestra vida en largas jornadas de trabajo de las que obtendremos un dinero que dedicaremos a un consumo superficial e innecesario, vemos los mismos programas de televisión y, si alguna vez nos adentramos temerariamente en una librería compraremos, por supuesto, el libro más vendido y así podremos pensar y hablar como todo el mundo, ¡Dios nos libre de la tentación de ser independientes o diferentes!, Vivimos voluntariamente sumergidos en el gris.

Detrás de nuestra renuncia a la libertad se esconde fundamentalmente nuestro miedo. Nos sentimos angustiados, infelices, pero somos tan cobardes que en lugar de ejercer nuestra autonomía, siempre esperamos que la solución venga de fuera, de algo o alguien externo a nosotros, sin pararnos a reflexionar que renunciar a construir nuestro destino es una actitud autodestructiva de la que no obtendremos más que remordimiento y dolor. Afrontar el futuro tomando nuestras propias decisiones resulta sin duda difícil, pero es el único camino hacia una vida que merezca ser vivida.

Sin embargo, somos tan débiles, el confort de lo malo conocido nos atrae tanto… El genial Dostoievsky lo sabía muy bien, y en su obra maestra, “Los hermanos Karamazov” escribió: “No hay, para el hombre que vive libre preocupación más constante que la de buscar ante quién inclinarse.”

Piénsalo por un momento, ¿ante quién te inclinas tú cada día querido lector?

 

VIAJAMOS SOLOS O EN COMPAÑÍA DE OTROS

En su célebre obra teatral “A puerta cerrada”, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre nos propone un viaje que comienza en soledad pero que acaba en compañía de otros. El viaje resulta tan tenebroso, eso sí, como su filosofía.

La historia comienza con el señor Garcin, quien acompañado por un mayordomo, se encamina nada menos que al infierno. Al llegar, descubre sorprendido que frente a la imaginería popular, no hay allí calderas hirvientes, azufre, o máquina de tortura alguna. Tan solo un pulcro salón estilo segundo imperio sin ventanas ni espejos. El mayordomo le deja allí y al poco rato aparece de nuevo con los otros dos personajes de la obra, Estelle e Inés, a quienes encierra en la habitación con Garcin. Lentamente, la poco edificante vida de cada uno de ellos va saliendo a relucir entre los reproches continuos de todos. Además, la tensión aumenta al descubrir que en aquel lugar no se puede dormir, ni siquiera cerrar los ojos, los personajes están eternamente condenados a sufrir la contemplación recriminatoria de los demás.

En el trasfondo filosófico, lo que Sartre nos está diciendo es que la mirada del otro, al que experimento como un sujeto consciente y libre, inevitablemente me convierte en objeto, me cosifica, y lo que es mucho peor: me juzga. Por ello, al final de la obra, Sartre pondrá en labios de Garcin la que probablemente sea la más famosa de sus sentencias: “el infierno son los otros”.

Pero la fábula aún nos reserva un inquietante final. Desesperados, los personajes gritan sin parar pidiendo poder salir de la terrible sala y finalmente la puerta se abre…, pero, sorprendentemente, ninguno se atreve a huir, nadie da el primer paso. Han comprendido una curiosa paradoja: el hombre solo es capaz de reconocerse a sí mismo en el encuentro con otro ser humano, por ello, pese al dolor que puedan proporcionarnos los demás, no podemos ni queremos vivir en soledad, aunque en muchas ocasiones, los otros, resulten el mismísimo infierno…

EN MALAS COMPAÑÍAS

En el otoño de 1849, el aventurero y arqueólogo Henry Austen Layard, excavaba en la ciudad asiria de Nínive. Sus esfuerzos se vieron ampliamente recompensados. Descubrió la gran biblioteca de Nínive: un incalculable tesoro en forma de más de treinta mil tablillas de arcilla grabadas en escritura cuneiforme. Se encontraba allí acumulada toda la sabiduría de Mesopotamia, y quizá también toda su amargura, pues en una de aquellas tablillas, escrita hace 2.700 años podía leerse:

“Mira donde quieras y hallarás que los hombres son estúpidos.”

Probablemente, el escriba asirio que anotó esta reflexión pensaba que el hombre es la peor compañía para el hombre. Desde entonces no ha sido el único, desde luego, y la filosofía ha reflexionado al respecto de si los demás, esto es, la sociedad, mejoran al hombre o lo degeneran.

Así, Aristóteles opinaba que no eran los ciudadanos los que creaban la polis (la ciudad, la sociedad), sino que era la polis la que convertía al hombre salvaje en ciudadano. Pues para Aristóteles el todo siempre es más que la suma de sus partes. Por el contrario, resulta conocida la posición de Rousseau y su optimismo al respecto de la condición humana. Para el filósofo suizo, el hombre es por naturaleza no sólo bueno, sino fundamentalmente inocente, ahí es nada, y es la sociedad y su coyuntura cultural el que lo corrompe.

¿Tú qué opinas querido oyente? ¿Es difícil no dejarse subyugar por la esperanza roussoniana verdad? Por la idea de que pese a nuestros actos aparentemente injustos y egoístas, es inocencia lo que conforma la parte más profunda de nuestra alma. El “inocente” Rousseau así lo creía. Quizá esa idea tranquilizó su conciencia cuando abandonó despreocupadamente en un triste hospicio, a los cinco hijos que tuvo con Thérèse Levasseur.

Por suerte para la humanidad, la filosofía siempre, siempre es más grande y noble que los hombres hechos de barro que la crean…

 

TRAS LAS HUELLAS

Quizá me esté haciendo viejo y mis referencias visuales se vayan quedando, poco a poco, antiguas. Pero cuando pienso en huellas, inevitablemente viene a mi mente la imagen de una huella histórica: la de Neil Armstrong cuando, el 20 de julio de 1969, el hombre pisó, por primera vez, la luna. Todos conocemos la célebre frase con que el astronauta ilustró este histórico momento: “Un pequeño paso para un hombre pero un gran salto para la humanidad.”

Curiosamente la luna fue protagonista de otro gran salto para la humanidad muchos siglos antes. Desde la noche de los tiempos, los griegos, como muchos otros pueblos, habían considerado a la luna como un ser divino y la adoraban bajo la forma de la diosa Selene. Pero hete aquí que en el siglo VI a. C., un grupo de griegos decidieron no conformarse con las historias mitológicas que pretendían explicar toda la realidad a través de viejas historias de dioses y héroes. Estos griegos decidieron no fiarse de leyendas y buscar, en cambio, una explicación racional de la realidad, es decir, encontrar el orden y la lógica que se hallaba tras el aparente cambio incesante de la naturaleza. Sin saberlo, aquellos hombres crearon la filosofía y hoy los conocemos como los filósofos presocráticos.

Así, uno de ellos, Anaxágoras, bajó de su pedestal divino a la luna negando que fuese la diosa Selene. Al contrario, su explicación resultó perfectamente racional y científica, pues para asombro de la ciudad de Atenas afirmó que la luna era simplemente “una roca que reflejaba la luz del sol.” Los atenienses, escandalizados, hicieron pagar caro su atrevimiento al pobre filósofo, acusándolo de impiedad y obligándole, para salvar su vida, a exiliarse en la ciudad de Lámpsaco, donde Anaxágoras, deprimido por el rechazo a sus teorías se dejó morir de hambre.

Se cuenta que, poco antes de morir, alguien le preguntó para qué había nacido, y él, ufano, contestó: “Para contemplar el sol, la luna y el cielo.”

VIAJAMOS CON CAFÉ

El café es la bebida filosófica por excelencia. Se dice que Kant bebía unas veinte tazas al día. Rousseau, pese a sus eternos problemas económicos, siempre encontró alguna moneda para poder permitirse una buena taza, y el lugar preferido de Diderot en París era el café de La Régence. Pero quizá, entre todos, haya sido Voltaire su mayor adepto. Voltaire atribuía al café virtudes prácticamente mágicas, y estaba convencido que su longevidad (murió a los 84 años), se debía fundamentalmente a las propiedades de este oscuro brebaje originario del Yemen.

Probablemente la confianza volteriana en el café era excesiva, pero es indudable que el café tiene efectos estimulantes, no en vano su mismo nombre deriva del árabe qahwa, que significa vigorizante. Y desde luego, nunca anduvo Voltaire falto de vigor a la hora de enfrentarse a todo abuso de poder o actitud intolerante. Su figura resulta la constatación de que el auténtico filósofo no se limita a vivir en las nubes, sino que es un hombre obligado a comprometerse con la realidad para transformarla. A lo largo de su vida, y siempre siguiendo su famoso lema: “¡Combatamos la infamia!” puso su mente y energía al servicio de los débiles y los ofendidos: así, defenderá a la familia Calas frente a la intransigencia religiosa, o al caballero La Barre y a la familia Sirven frente a los atropellos de un sistema judicial arbitrario.

Hoy día ya nadie lee los aburridos dramas y poemas volterianos. Sin embargo, la memoria del filósofo ilustrado que se negó a permanecer impasible frente a la injusticia sigue siendo universal e inmortal.

Tras la vergonzosa e indigna condena a muerte lanzada por el Ayatolà Jomeini en 1989 contra el escritor Salman Rushdie como castigo por la publicación de su libro Los versos satánicos, se organizó en Londres una manifestación de protesta ante semejante barbarie. Entre la multitud, pudo verse a un pequeño grupo de manifestantes que, con hermosa ingenuidad, marchaban tras una pancarta que rezaba así: ¡AVISAD A VOLTAIRE!

 

VIAJAMOS POR EL ESTRIBILLO

Vivimos tiempos oscuros. Tiempos plagados de respuestas y faltos de preguntas. El hombre cargado de prejuicios e ignorante tiende a hablar; el individuo formado prefiere siempre la pregunta. Nuestra sociedad está repleta de discursos, todo el mundo habla y tiene una opinión sobre cualquier tema. No se busca saber sino tener razón. Sin embargo, el auténtico conocimiento no está en las respuestas, sino en las preguntas. Preguntar exige una apertura al mundo, un darse cuenta de nuestras propias carencias, un no olvidar aquello que no sabemos, y por tanto ser capaces de la mirada crítica, que es la puerta del comprender.

Si hay un filósofo que encarna esta postura a la perfección es el bueno de Sócrates. Siempre con una sonrisa en sus labios, paseaba con Atenas repitiendo una y otra vez su famoso estribillo: “sólo sé que no sé nada”, y amparándose en él se dedicaba a preguntar sobre cualquier tema, a los atenienses más poderosos, aquellos que creían saberlo todo y que tenían, gracias al poder, todas las respuestas. Pero el humilde Sócrates, en cada una de esas conversaciones, con sus aparentemente ingenuas preguntas, acababa siempre mostrando que aquellos que presumían de conocimiento sabían en realidad muy poco.

Sócrates y su estribillo mostraban la esencia de la filosofía y del filósofo: la del hombre auténticamente libre que sólo quiere dejarse persuadir por la verdad, sin someterse al liderazgo de nadie ni a las opiniones preconcebidas. Pues la primera obligación de la filosofía es someter continuamente a examen las opiniones dominantes y desenmascarar a los embaucadores. Por ello, la auténtica filosofía es siempre revolucionaria pues se niega a admitir toda certeza sin haberla pasado antes por el tamiz de la razón. De ahí que el poder haya mirado siempre con desconfianza a la filosofía. El anciano Sócrates sufrió en sus carnes esta incomprensión hasta el punto de que la democracia ateniense le juzgó y condenó a muerte. ¿Su delito? Preguntar. Cuestionarse públicamente el porqué de las cosas. Negarse a admitir sin más las opiniones de quienes le gobernaban. Cuenta Diógenes Laercio en su “Vida de los filósofos más ilustres”, que la mujer de Sócrates Jantipa al conocer la sentencia rompió a llorar mientras decía que no podía soportar que muriera injustamente. Sócrates la miró con su sempiterna sonrisa y le dijo: ¿preferirías entonces que mi muerte fuera justa?

VIAJAMOS COMO QUIJOTES

“Y, ¿qué ha dejado Don Quijote?, diréis. Y os diré que se ha dejado a sí mismo y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofías. Otros pueblos nos han dejado, sobre todo, instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier “Crítica de la razón pura.”

Así escribía don Miguel de Unamuno en uno de esos libros que todo el mundo debería leer alguna vez y que se titula: “Del sentimiento trágico de la vida”. Cuando lo escribió estaba ya inmerso en su quijotesca cruzada frente a los aspectos más oscuros de la revolución tecnológico-científica que ha invadido nuestra sociedad. Denunciando que la tecnología se había convertido en una nueva religión, en una gris dictadura bajo la que cualquier otro tipo de conocimiento resulta absurdo. Una cruzada que tuvo como famoso slogan aquel “qué inventen ellos”. Una frase casi siempre mal entendida, pues Unamuno nunca estuvo en contra del progreso como tal, sino del progreso que olvida que junto a lo material, junto a lo económico, hay otra realidad mucho más importante y profunda: la de la espiritualidad y la de los sentimientos, por eso afirmó: “El campesino del Toboso que nace vive y muere, ¿es menos feliz que el obrero de Nueva York? ¡Maldito lo que se gana con un progreso que nos obliga a emborracharnos con el negocio, con el trabajo y la ciencia para no oír la voz de la sabiduría eterna!

Por eso Unamuno tuvo siempre tan presente al Quijote, pues en la locura del ingenioso hidalgo encontró inspiración y la más profunda lucidez. La expresión al tiempo ridícula y sublime de quien se rebela contra la idea de que la realidad es solo aquello que la ciencia puede medir y comprobar.

El filósofo vasco encontró así una nueva tarea para el héroe cervantino: “Cuál es, pues, la nueva misión de Don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. [A quién?] (…) A vosotros bachilleres Carrascos [de la modernidad], jóvenes que trabajáis a la europea, con método y crítica… científicos, haced riqueza, haced patria, haced arte, haced ciencia, haced ética, haced o más bien traducid Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte. ¡Para lo que ha de durarnos todo!…

 

Blaise Pascal

VIAJAMOS CON FUERZA

Nuestro planeta es apenas un granito de arena en la infinita playa del universo. ¿Y el hombre? El hombre poco más que un murmullo frente a la tenebrosa inmensidad de la nada.

Siendo algo tan y tan minúsculo, ¿En qué radica entonces nuestra fuerza de seres humanos si es que la tenemos? La respuesta es fácil y perfectamente filosófica: en la razón. Es nuestra capacidad de conciencia y raciocinio la que nos dota no sólo de fuerza, sino de la mayor de las dignidades. Así, en estos tiempos de triste reinado de la eficacia, debemos rechazar la priorización de los aspectos prácticos del conocimiento y poner el acento en su acción transformadora, pues entender es fundamentalmente una experiencia, un momento de iluminación intelectual que nos agita y conmueve en nuestro interior. Pensar nos engrandece y nos retrotrae a nuestra auténtica naturaleza de seres humanos. Tengamos en cuenta que cuando el hombre se abstiene de actuar, cuando es capaz de tomar distancia real de las cosas, es cuando deja de ser un individuo más, perfectamente sustituible, y se convierte en una persona única. Probablemente el conocimiento no conseguirá, al menos a corto plazo que mejore nuestra situación social, ni que ganemos más dinero, pero nos permitirá ver con mayor profundidad el mundo que nos rodea; cada vez que aprendemos algo nuevo nos elevamos, nos subimos a un pedestal desde el que tenemos una visión privilegiada que nos permite mejorar nuestra comprensión del mundo. Nuestra fuerza está en el pensamiento, en nuestra capacidad de pensar y aprender, cada vez que lo hacemos somos un poquito más fuertes y, sobre todo, un poquito más humanos.

Uno de mis filósofos preferidos, el francés Blaise Pascal, hace ya unos siglos, lo explicó mucho mejor que yo cuando escribió:

“El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No es preciso que el universo entero se arme para aplastarle: un vapor, una gota de agua bastan para matarle. Pero aun cuando el universo lo aplastara, el hombre sería todavía más noble. (…) Pues sabe que muere, y de la ventaja que el universo tiene sobre él, el universo nada sabe.”

 

 

 

 

 

 

2 pensamientos en “Viaje centro noche (RNE)

  • 17 diciembre, 2017 a las 09:02
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    Te he conocido por el programa: “Viaje al centro de la noche” y me sorprenden tus aportaciones. Gracias porque me das las claves de inteligencia de algunos filósofos.

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    • 21 diciembre, 2017 a las 11:23
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      Muchas Gracias María Isabel por tu comentario y por escucharme en la radio a esas horas intempestivas!!! ja,ja,ja! Espero que mi blog te resulte útil y entretenido!! Un abrazo!

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