¿De verdad somos aquello que queremos ser? (Artículo que publiqué en social.cat)

Se acabó el verano. Terminado el dorado paréntesis de las vacaciones, una vez más, como cada año, resignados, volvemos al trabajo y a la rutina, volvemos a empezar. En muchos aspectos, nuestra vida resulta circular, un día tras otro repetimos nuestras acciones, tenemos las mismas conversaciones con las personas de siempre, y seguimos igual de frustrados ante nuestra realidad vital.

Ante la sensación que a muchos de nosotros nos invade tras el verano, al ver que todo sigue igual y que seguimos sin alcanzar el desarrollo personal que desearíamos, conviene tener presente la sublime afirmación de uno de mis pensadores más queridos, don Miguel de Unamuno: Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día: el que quieres ser es tu idea de Dios…

Todavía hay quien cree que la actual sociedad occidental con su “intocable” libertad de mercado, es el lugar idóneo para llegar a ser aquello que queremos ser. Lo reconozco sin ambages, me gustaría de verdad compartir esta opinión. Pero me temo que mi visión de la modernidad y nuestra sociedad es bastante más pesimista, y que desde mi escepticismo descreído su optimismo me parece más bien ingenuo candor. Pues desde luego, si hay algo que en general no quiere concedernos el sistema con sus imposiciones económicas, con sus conveniencias sociales y familiares, y sobre todo con su incontenible presión mediática, es libertad para elegir nuestro camino. Quizá nunca como hasta ahora, y en esta cuestión la revolución tecnológica ha ejercido una influencia terriblemente perniciosa, el ser humano ha quedado tan claramente reducido al simple, binomio de individuo productivo y consumidor. El resto de los aspectos de la vida parecen haber perdido toda importancia. En esta coyuntura, caminamos hacia la disolución de la frontera entre trabajo y vida personal, hacia un mundo en el que todo será instrumental, y en el que sólo lo útil desde un punto de visto productivo, estará permitido. Una realidad, en definitiva, horrendamente deshumanizado, en el que todo lo que no es práctico es ridiculizado y despreciado. Este mundo aparentemente confortable, tras su engañoso resplandor tecnológico no esconde más que oscuridad, rutina y un absoluto vacío existencial. Hace casi dos siglos Alexis de Tocqueville escribió unas líneas absolutamente proféticas:

“(…) veo ante mí (en un futuro) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llenan sus almas. (…) Encima de ellos, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal que sus ciudadanos no piensen más que en gozar; cubre la sociedad con un tejido de pequeñas normas complicadas, uniformes y minuciosas, a través de las cuales las almas más vigorosas y originales no podrán elevarse sobre el vulgo. No tiraniza propiamente: encadena, oprime, enerva, reduce a cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado.”

Mientras la filosofía desaparece de nuestros institutos y universidades, el banal mundo virtual de internet lo invade todo, mientras nuestros hijos son incapaces de leer un libro, el mundo de los emoticonos y los mensajes en ciento cuarenta caracteres se convierten poco a poco en nuestra nueva y pobrísima forma de comunicarnos. Al tiempo que en nuestra sociedad se dispara el consumo de ansiolíticos y depresivos, el falso mundo de Facebook e Instagram nos traslada a una absurda Arcadia de rostros aparentemente sonrientes y de engañosa felicidad. ¿De verdad las futuras generaciones podrán escoger libremente ser poetas o filósofos? Vivimos una época en la que todo es economía, productividad y eficacia, en la que tenemos cada vez una vida materialmente más cómoda pero al mismo tiempo más anodina y vulgar, pues la productividad exige cantidad y uniformidad, y por tanto cada vez hay menos sitio para el diferente, para el rebelde, para los que aman el pasado, al humanismo, a las palabras escritas en el agua o dictadas en el viento, para aquellos que optan por la espiritualidad y el mundo trascendente.

Pero, ¿qué podemos hacer? Quizá el vendaval es demasiado fuerte, mantenerse firme contra la corriente requiere un heroísmo que la mayoría de nosotros no tenemos. Basta echar una ojeada a la historia para darse cuenta que luchar contra los tiempos y su lógica es prácticamente una misión imposible. Probablemente, y como vaticinó Tocqueville, estamos condenados a ser reducidos a la lamentable categoría de ganado, y a no poder aspirar más que a recibir, gracias a nuestro penoso trabajo, un pienso algo mejor. Sin embargo, siempre nos quedará el gran Unamuno y su filosofía, en la que podremos abrigarnos pensando, como él, que más allá de lo que tristemente seamos, lo importante, lo auténticamente importante es aquello que nos gustaría ser, porque quizá ese anhelo sea el último rastro de auténtica humanidad que todavía poseamos.

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