TURCOS, KURDOS, ARMENIOS Y LA TRISTE CONDICIÓN HUMANA…

La riqueza monumental del Kurdistán resulta un reflejo de su paradójica historia. El viajero que dedique unos días a explorar una región típicamente kurda como la que conforma la provincia de Van, se sorprenderá al comprobar que la mayor parte de sus monumentos relevantes no son de origen kurdo, ni por supuesto turco, pues éstos, en cierta forma siguen anclados en su papel de extranjeros invasores y colonizadores. La gloría artística del Kurdistán pertenece, sin duda, al pueblo armenio. Gloria en la que, desde luego, tiene un lugar preeminente la iglesia de la Santa Cruz de la isla de Akdamar, una fotografía inevitable en cualquier agencia de viajes de toda Turquía, y que la mayoría de nosotros ha admirado alguna vez, aun sin estar muy seguros de a qué lugar pertenecía, en algún catálogo o guía turística.

Es un contrasentido triste y cruel, casi como la mismísima condición humana. Así, el pueblo kurdo, durante años ha sido fuertemente reprimido por parte del Estado Turco, cada vez que ha intentado reivindicar su identidad. Una represión que ha sumido a la región en un estado de sitio militar y violencia constante. Sin embargo, pocas veces se recuerda que en las primeras décadas del siglo veinte, los kurdos participaron activamente, actuando de la mano de los turcos, en el exterminio genocida de la etnia armenia, pueblo que vivía en buena parte del actual Kurdistán llegando a conformar, durante siglos, el próspero y cristiano reino de Armenia. Como desalmado premio a su colaboración, los turcos les condenaron a ser ciudadanos de segunda en el nuevo estado laico y centralista instaurado con mano de hierro por Kemal Ataturk, sin posibilidad real de abandonar su situación de pobreza e ignorancia generalizada.

Mientras medito sobre estas cosas abandono la carretera principal que conecta a Van con el aeropuerto y me adentro por un mar de sinuosas callejas que deberían llevarme hasta la iglesia armenia de Yedi Kilise. Tras un buen rato de lenta conducción esquivando transeúntes, furgonetas aparcadas en doble fila, bicicletas, gallinas desorientadas y multitud de obstáculos de todo tipo, me doy por vencido. Lo único que estoy consiguiendo es quemar gasolina. Sin un cartel indicativo, sin una placa que informe del nombre de alguna calle, para un occidental medio como yo, resulta imposible, en aquel caos, encontrar el camino hacia Yedi Kilise. Así que empiezo a preguntar, y la verdad, las cosas no mejoran demasiado, imposible encontrar alguien que hable inglés, por lo que me limito a gritar el nombre de mi destino, pero casi nadie parece entenderme a la primera, la mayoría abre los ojos como en un esfuerzo de concentración para acabar negando después con la cabeza, ¡no me entienden! En ese momento les enseñó mi mapa señalándoles el lugar, y entonces suspiran comprendiendo:

– Ah…

Ese Ah…, resulta algo así como un: – ¡Haberlo dicho antes! Lo que buscas es Yedi Kilise. Y me repiten varias veces el nombre pronunciándolo correctamente, casi como si me regañaran por mi mala pronunciación del turco. Es entonces cuando viene lo peor, un inacabable y bienintencionado montón de ininteligibles instrucciones: la primera a la izquierda, dos más y a la derecha…, todo ello, por supuesto, en perfecto turco, dando lógicamente por hecho que más allá de sus problemas de pronunciación, el extranjero entiende, sin dificultad, nuestro idioma….

Estoy a punto de caer en la más profunda de las desesperaciones, cuando pregunto a uno más de la multitud de muchachos de look prácticamente clónico que invaden el sureste de la península de Anatolia: Chaqueta de cuero, pantalones pitillo, unos zapatos en punta sorprendentemente brillantes dado el polvoriento estado de calzadas y aceras, y una espesísima mata de pelo negro peinado cuidadosamente hacia atrás. Estoy de suerte; en lugar de las consabidas indicaciones decide subirse a mi coche y guiarme personalmente. Arranco y mi felicidad inicial se interrumpe momentáneamente, pues después de la experiencia del otro día, pienso que quizá vuelvo a gozar de la compañía de un policía de paisano. Con todo y mientras sigo conduciendo, alejo de mi mente estos temores diciéndome que por momentos mis ideas se vuelven paranoicas e intento entablar conversación con mi improvisado guía. Al hacerlo descubro que va a ser casi más difícil que encontrar Yedi Kilise, pues es un hombre de pocas palabras, tras un arduo interrogatorio tan solo consigo saber que su nombre es Alí.

Poco a poco, el paisaje se va volviendo más agrícola, dejamos el asfalto y nos adentramos por una pista de tierra que discurre entre aisladas granjas por las que puede verse corretear a niños kurdos en edad escolar que desde luego, no están en la escuela, Me pregunto qué sabrán ellos de los armenios, y de sus preciosas iglesias abandonadas, probablemente nada. Finalmente llegamos a una aldea típicamente kurda, un pequeño y abigarrado conjunto de casas habitadas por ovejas de gruesa lana, cabras, vacas, niños vestidos con ropa sucia, y de vez en cuando, por algún adulto.

Mi decepción es infinita. De lo que antaño fue el imponente conjunto de iglesias y monasterios que conformaban Yedi Kilise sólo queda una iglesia más o menos en pie, eso sí, convertida en el corral posterior de una de las casas de la aldea. El dueño de la casa me abre la verja del aprisco y camino hacia las ruinas. Los restos del espléndido nártex abovedado están esparcidos por el suelo, al parecer, y según el actual propietario de la iglesia, se vino abajo junto con las dos cúpulas en el último terremoto de 2011. Entro en el templo, pese a su deplorable estado general, la arquitectura de la nave principal sigue impresionando, como un último testigo mudo y desolado de un mundo, el armenio en territorio turco, desaparecido con la fuerza de la sangre, el fuego, y sobre todo de la barbarie. Me indigno al observar, y especialmente oler, como Yedi Kilisi, todavía hoy sigue utilizándose, supongo que por las noches, como recinto para cuidar el ganado, por su dueño, un kurdo indiferente a la belleza de aquellas paredes y a la fe de quienes las construyeron. Al salir me pide dinero y le miro malhumorado, aunque al final le doy unas monedas, quizá, pienso, si empieza a obtener algún rendimiento por el turismo cuidará un poco más su propiedad.

Me voy triste. Yedi Kilisie convertida en un corral resulta una buena metáfora de lo que es hoy el Kurdistán, una tierra de dominios y atrocidades escalonadas, donde paulatinamente el más fuerte ha ido acabando con el más débil, y todo ello a través de la mezquindad, la intolerancia y el desprecio por el diferente. Al llegar de nuevo a Van me despido del silencioso Alí. He de insistir para que acepte mi propina, lo que me insufla un poco de optimismo, en medio de la paupérrima situación de la región, no está todo perdido, todavía hay quien mantiene el orgullo de ser quien es de manera civilizada, ayudando a los demás de una manera desinteresada y bondadosa.

El 24 de abril del 1915, 254 intelectuales armenios fueron arrestados en Estambul y finalmente ejecutados. Solo fue el comienzo de una matanza que, aunque las cifras aún se discuten, acabó con la vida de entre uno y dos millones de armenios. En 1923, ya no había nadie que se declarase armenio en toda Turquía.

En Van a 26 de marzo de 2013

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