CRÓNICAS NAMIBIAS 1. El largo camino del aeropuerto al hotel.

¡Allí estaba yo! Con aquel todoterreno inmenso que más que un coche parecía un carro de combate destinado a conquistar Polonia, con su volante a la derecha y su cambia de marchas a mi izquierda, ¡todo al revés! Vehículo monstruoso al que tenía que sacar del jardín de aquella casa haciendo marcha atrás a través de un estrecho caminito y un aún más estrecho portón de salida a la calle. Mientras más que subir, dada la altura del trastón, ascendía al asiento, sentía flaquear mis piernas, no sé porqué cuando llegué me convencí ingenuamente de que el sonriente italiano de prominente barriga que me había conducido hasta allí me ayudaría a sacar al coche de aquel lugar o directamente lo sacaría él. Al fin y al cabo yo era su cliente, pues desde España había contratado a su agencia de viajes para que me consiguiera un coche, un coche por Dios, no aquella especie de tanque Panzer de la Segunda Guerra Mundial, y reservara mis alojamientos para los días que me proponía pasar en el país. Pero al acabar nuestra reunión, simplemente me despidió con un “buena suerte” y un ligero movimiento de mano. Le lancé un par de miradas suplicantes señalando el mini camino y el maxi cuatro por cuatro, pero el orondo Bruno ni se percató, pues tras su escueta despedida, quizá para disimular, se sumergió en la contemplación de su móvil. Después de más de dieciséis horas de vuelo en tres aviones distintos para llegar hasta aquel rincón del mundo, era lo único que me faltaba para redondear la jornada: estamparme con un puñetero furgón blindado el primer día, antes ni siquiera de iniciar la ruta… Una vez sentado frente al volante se confirmaron mis peores presagios, la visibilidad trasera era nula, tendría que conducir hacia atrás mirando por los espejos retrovisores laterales. Lancé una última mirada al espagueti, pero seguía con su móvil… Debería haberlo supuesto. Cuando apenas una hora antes había aterrizado en el pequeño y extrañamente tranquilo y muy poco africano, por cierto, aeropuerto de Windhoek, el tal Bruno, que estaba esperándome, se había limitado a darme las llaves del engendro mecánico y acto seguido, sin más indicaciones, me había pedido que le siguiera hasta su oficina. Sin mostrar piedad alguna, y pese a mi petición de que no condujese muy deprisa, fiel a la tradición automovilística de su país natal, arrancó su Land Rover como si se tratase de la salida del Gran Premio de Monza. ¡Pero si yo no era capaz todavía de poner la primera con la mano izquierda! Sudé todo el trayecto, que por suerte fueron apenas 20 kilómetros, intentando no perder la estela de aquel italiano con complejo de Fittipaldi, mientras me equivocaba una y otra vez al cambiar de marchas y le daba al limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente… Quienes hayan conducido alguna vez con el volante al otro lado me entenderán perfectamente…

Total, ¿para qué? Para nada, simplemente para darme, en aquel chalet a las afueras de Windhoek reconvertido en la oficina de una agencia de turismo local, una breve charla sobre el itinerario que debía seguir junto con un pequeño y poco detallado mapa en el que había marcado los hitos principales del camino. A cambio de esa absurda charla que perfectamente nos podíamos haber ahorrado, debía yo, cual héroe mitológico, superar uno de los trabajos de Hércules: salir de allí a través de aquel portón que parecía hacerse pequeño por momentos. No lo entendía, ¿por quién me había tomado aquel italiano exiliado en un país tan lejano al suyo? ¿Por un viajero intrépido? ¿Por un aventurero experimentado? ¿Pero no veía mi pinta? ¡Yo era un turista! Es lo que siempre he sido vamos, y a los turistas hay que tratarlos como a disminuidos psíquicos, necesitamos ayuda, que nos lo expliquen todo tres veces y que nos indiquen hasta dónde están los lavabos en el restaurante… Pero no, el despiadado de Bruno había decidido ascenderme a la categoría de viajero a base de despreocuparse totalmente de mí una vez terminada su charlita.

Encendí el motor y, aunque con alguna dificultad, conseguí poner la marcha atrás. En ese momento me vino a la cabeza el recuerdo de mi padre. Desde las alturas celestiales, sin duda debía estar riéndose a mi costa. A él, camionero de profesión, que recorrió una infinidad de veces España entera a través de las tortuosas carreteras de los años sesenta y setenta a los mandos nada menos que de un viejo Barreiros, la prueba de conducción que estaba a punto de iniciar debía parecerle un juego de niños. Sin embargo, yo notaba cómo mis pulsaciones se aceleraban como si estuviese en medio de una maratón. En fin, ya saben aquello que escribió Horacio en una de sus Odas: “Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie aún más incapaz.” Pues eso, que la sabiduría del poeta clásico era inconmensurable…

Llegados aquí, les ahorraré todo el sufrimiento que pasé en aquellos larguísimos, eternos segundos de marcha atrás y les contaré el feliz final, milagrosamente conseguí salir de allí sin chocar contra la puerta ni rozar con nada. A mi profesor de autoescuela acabaron echándole un año después de que yo me examinara, al parecer por su excesiva afición a las bebidas espirituosas. Después de mi salida triunfal estarán de acuerdo conmigo en que se trató de una absoluta injusticia, si consiguió hacer de mí, el tipo más torpe del mundo, un conductor aceptable, aquel buen hombre era un absoluto genio…

Con la adrenalina y la autoconfianza por las nubes, empecé mi tortuoso camino hacia el hotel, tortuoso porque seguían mis problemas con el cambio de marchas lo que hacía que el coche se moviese como a empujones, mientras el omnipotente motor de aquella especie de “transformer” que me habían entregado rugía con desesperación al obligarle una y otra vez, debido a mis errores con las marchas, a subir excesivamente sus revoluciones. Antes de abandonarme a mi suerte, Bruno me había dado lo que él entendía como indicaciones para llegar a mi destino, algo del tipo: “cuando salgas gira a la izquierda, luego después del segundo o tercer semáforo tomas la calle de la derecha, después en la rotonda otra vez a la izquierda y después de pasar un puente a la izquierda, a partir de allí todo recto hasta llegar a otra rotonda y entonces te pones a la derecha, un par de kilómetros más y ya estarás en el hotel. Es imposible que no lo encuentres.” ¿Nunca se han sentido como unos idiotas cuando alguien les ha dado ese tipo de indicaciones? Cómo pretende la gente que uno encuentre un camino de ese tipo si al medio minuto ya no recuerdas si la segunda era a la derecha a la izquierda o todo recto… Hombre, sin duda Windhoek no es Nueva York precisamente, ¡pero aún así! Lo peor había sido su coletilla final, aquello de que era imposible no encontrarlo, ¿Habría sido un rasgo de mala leche o una muestra de humor italiano?

En cualquier caso, y mientras volvía a equivocarme y ponía segunda en lugar de cuarta, sonreía para mis adentros por mi pequeña pillería. Me daban igual sus indicaciones, en un momento de increíble lucidez, antes da salir hacia esta tierra africana había cargado en mi TomTom la cartografía namibia y lo había metido en mi maleta. Así que, mientras que yo seguía discutiendo con la palanca de cambios y la maneta del limpiaparabrisas, mi queridísimo GPS iba indicándome, en perfecto castellano, el camino a seguir hasta el hotel de Windhoek donde iba a pasar la noche. Empezaba a oscurecer cuando llegué, y la ciudad estaba ya desierta. Pronto descubriría que la vida, en Namibia, acaba exactamente a las cinco y media de la tarde. En cualquier caso, había conseguido llegar hasta allí, un amable portero del hotel me había pedido las llaves del carro de combate para aparcarlo en el parking subterráneo y me esperaba una exótica cena a base de entrecot de cebra en el restaurante más famoso de la capital, Joe’s, y una cómoda y amplia cama después. Después de todo, el viaje no empezaba tan mal…