DE MAYOR QUIERO SER GAUTIER CAPUÇON!

Sí, lo confieso públicamente, definitivamente y sin asomo de duda alguno, en mi próxima vida, esa en la que por fin conseguiré hacerme mayor y además un hombre de provecho, quiero reencarnarme en ese excelso intérprete de violonchelo nacido en Chambéry (Saboya), que es Gautier Capuçon. No crean que la decisión ha sido fácil, al contrario, me ha resultado dificilísimo decidirme, pero al final he tenido que rendirme ante la evidencia: deseo ser el clon perfecto de Capuçon. La principal dificultad en la elección radicaba en que, durante años, ha sido otro personaje, también casualmente francés, el gran Michel Ney quien ocupaba el cargo honorífico de ser el personaje histórico que colmaba todas mis aspiraciones existenciales, – como pueden observar queridos lectores, mi mente posee un querencia absolutamente irracional, y lo que es peor, absolutamente autónoma, hacia todo lo que tenga que ver con el país galo, hecho éste que me preocupa enormemente, pues en teoría a los españoles nos caen mal los franceses, ¿no?-.

Quizá algunos de ustedes se preguntarán al respecto de quién fue Michel Ney y del porqué de mi juvenil adoración, por este personaje. Ney fue nada menos que el mariscal preferido de Napoleón Bonaparte, quien le bautizó con el sobrenombre de “valiente entre los valientes”, ¡ahí es nada! si Napoleón, que se pasó la vida rodeado de héroes militares tenía esa impresión de Ney, menudo debía ser el tipo…

Ney es un personaje extraordinario, siendo hijo de un modesto tonelero, no sólo llegó a mariscal, que desde luego no es poco, sino que a lo largo de su vida acumuló todos estos títulos: Par de Francia, Caballero de la Orden de San Luis, Duque de Elchingen, Príncipe del Moscova… Y todo ello simplemente a golpe de valor y sable. Ney era un joven pelirrojo, mujeriego y alegre al que sus compañeros adoraban. Cómo no va un individuo cómo yo envidiar a un hombre así…, yo que a diferencia del valiente entre los valientes, además de feo y más bien tristón siempre he sido un cobarde entre los cobardes hasta el punto de presentar mil alegaciones distintas para al final conseguir no ir ni a la mili… En cambio, a Ney lo que le gustaba era el riesgo y la acción, en todas las batallas en que participó, y fueron muchas, siempre cargó en primera línea al frente de la caballería. Todos los enemigos de Francia, rusos, prusianos, austriacos, ingleses e incluso españoles, vieron venir contra ellos la figura esbelta de Ney, sable en mano y cabellera pelirroja al viento (el acento en lo de la cabellera es obviamente una traición de mi envidioso subconsciente dado el aspecto desértico de mi cuero cabelludo…). De hecho en la famosa batalla de Waterloo, Napoleón montó en cólera al ver cómo el impaciente Ney, sin esperar a recibir órdenes, harto de esperar, ordenó una carga suicida de su cuerpo de ejército contra la infantería inglesa. La mortandad entre sus filas fue tal que acabó quedándose solo en la carga, y los ingleses lo detuvieron cuando intentaba acabar con una batería británica a base de sablazos…

Pero el gran momento de Ney llegó unos años antes, en la terrible campaña rusa. Como es sabido, las tropas napoleónicas llegaron hasta Moscú, pero allí derrotadas por el hambre y el frío tuvieron que retirarse en un terrible marcha a través de la helada estepa acosados por el ejército ruso. En esas circunstancias, Napoleón puso al mando de la retaguardia, con la orden de cubrir la retirada de las fuerzas napoleónicas, al impasible Ney. En esa terrible retirada, el heroísmo de Ney sobrepasó todo lo esperable. Su mayor hazaña la protagonizó en el río Berezina, concretamente en uno de los puentes que cruzaba este río, Ney demostró que la “potencia testicular” que atesoraba estaba fuera de toda norma… Las tropas francesas cruzaron aquel puente a toda prisa perseguidas por los terribles cosacos rusos, sin embargo, los ingenieros del ejército francés no llegaron a tiempo de volar el puente a fin de evitar el paso de los cosacos. Ney ordenó a sus hombres que no cruzaran el puente y que plantasen cara a la caballería rusa hasta que el resto de las tropas francesas se hubieran alejado, sin embargo, y a diferencia de él, sus hombres estaban hechos de carne y hueso, y al oír el ruido de los cascos de los caballos cosacos, huyeron en desbandada. Pero eso no le importó a Ney, quien sí, créanselo porque es un hecho perfectamente histórico, impertérrito se quedó solo dispuesto a hacer frente a la embestida rusa… Finalmente, un pequeño grupo de soldados apenas doce, volvieron y le acompañaron en la gesta de detener por un rato a las huestes rusas.

Dicen que Napoleón, informado de la circunstancia, llegó a decir: “tengo 300 millones de francos en las Tullerías, los daría todos con tal de que Ney vuelva…” Y sorprendentemente, el “valiente entre los valientes” volvió, y tuvo sus quince minutos de gloria absoluta, al presentarse frente al emperador e informarle que él había sido el último francés en cruzar el puente sobre el río Berezina antes de volarlo, asegurando así la retirada francesa. Fue entonces cuando el emperador le nombró Príncipe del Moscova, convirtiéndose a ojos del pueblo francés en el héroe por excelencia de las guerras napoleónicas.

Sólo un apunte sobre su muerte, a diferencia de buena parte del resto de mariscales y generales del imperio francés, Ney se mostró fiel hasta el final a Napoleón. Obviamente un hombre como Ney temía mucho más al deshonor que a la muerte… Y la encontró junto a una tapia, donde fue fusilado tras la vuelta al poder de Luis XVIII. Se dice que frente al pelotón de fusilamiento sus últimas palabras fueron estas: “he luchado 100 veces por Francia, y nunca contra ella. ¡Viva Francia!”

Quizá después de este breve resumen comprendan mejor mi querencia por el mariscal Ney. Pero les tranquilizo, mis veleidades militares han acabado. Ahora mismo mi personaje es Gautier Capuçon. Tuve la ocasión de escucharle en directo en Barcelona hace un par de años. Me impresionó. Su interpretación, en concreto del concierto para violonchelo de Dvorak fue realmente exquisita. Y su porte…, su porte me trasladó a la misma envidia absolutamente insana que siempre había sentido por Ney. Tan perfectamente elegante, jamás por más que lo intente me quedará un traje como le queda a él, esa forma pausada y aristocrática de moverse, y sobre todo (y aquí vuelve de nuevo a hacerse visible con furia mi inconsciente) esa forma con que su abundante y lacio flequillo cae sobre el lado izquierdo de su rostro mientras interpreta… Si tienen un momento busquen fotos de mi envidiado Capuçon y me entenderán mejor. ¿Se imaginan lo que tiene que ligar un tipo como este? Su agenda debe ocupar un disco duro de cientos de gigas… Es algo injusto, porque este guaperas millonario no es un tonto más, ni un tipo superficial y lamentable, sino alguien capaz de arrancar al violonchelo una música deliciosa y magnífica, de manera que ni siquiera puedo odiarle –último recurso de los mediocres ante los triunfadores-, encima no puedo sino admirarle y escuchar boquiabierto sus interpretaciones. Los tipos como Capuçon nos recuerdan lo patéticamente imperfectos y aburridos que somos la gran mayoría de los mortales…

Busquen por ejemplo en Youtube su interpretación junto a la pianista Yuja Wang de la sonata para violonchelo y piano de Rachmaninov. Absolutamente sublime. Armonía celestial, la música que debe oírse en el paraíso. A quién no le gustaría ser Capuçon y poder hacerle a la linda Wang el gestito ese de: “estoy preparado, ya puedes empezar cuando quieras cielo.” Ay…

Yuja Wang, por cierto, merece una mención aparte, fíjense en su ropa híper ajustada, en sus tacones imposibles, ¿Cómo consigue tocar el piano y hacerlo también vestida así? ¿Será para impresionar a Capuçon? La ex niña prodigio del piano es una joven con unas facultades inmensas para la interpretación, pero por alguna razón que desconozco, se empeña en disfrazarse de pianista “choni.” Un poco al estilo de otra gran pianista del momento, la ucraniana buniatishvili, pero con menos gusto todavía. Seguro que las dos, en cualquier caso, están locas por Capuçon (disfrútenla también gratuitamente en youtube).

En fin, imagino que uno siempre desea lo que nunca poseerá, al fin y al cabo desear lo que se posee es en realidad un contrasentido…, así que inevitablemente aspiraré siempre de forma perfectamente inútil a la valentía de Ney, y al dominio artístico de Capuçon (sí, sí…, también envidiaré su pelo, y su éxito con las mujeres…). ¿Pues quién no sueña de vez en cuando con ser otro? En realidad a la mayoría de nosotros nos gustaría huir de nosotros mismos, dejar atrás nuestra vida y nuestro personaje. Deberíamos meditar sobre ello, pues en realidad, este soñar con alejarnos de nuestra propia identidad no es sino un síntoma demostrativo de lo vulgar, gris y lamentable que resulta, casi siempre, nuestra vida real…

Què és una vida realitzada?

Manllevo el títol d’aquest article d’un llibre del filòsof Luc Ferry. Un pensador singular i respectat que va ser ministre d’Educació de la República Francesa entre 2002 i 2004, fet que dignifica aquest país i que probablement explica, per si sol, per què sempre estarem per darrere d’un estat com el francès… En qualsevol cas, no és l’objecte d’aquest article el lamentable nivell intel·lectual de la nostra classe política, sinó una frase de l’excel·lent llibre de Luc Ferry que, en llegir-la, vaig subratllar amb fruïció i que, em sembla, descriu molt bé la nostra societat occidental i aquests temps de tribulació en què ens ha tocat viure. Diu així: “Quan l’horitzó de les nostres vides és la quotidianitat com a tal, existeix el risc que les incerteses meteorològiques es presentin com a esdeveniments considerables i la nostra vida interior tendeixi a reduir-se a la de les nostres molèsties gàstriques”. No em negaran que el paràgraf de Ferry mereix, si més no, una breu reflexió.

Vivim en el temps de l’autorealització: tots volem tenir una vida més sana, resultar més profunds, sentir plena la nostra existència, i, en pro de tot això, ens abandonem a les mans del monitor del gimnàs, del nutricionista, del professor de ioga i de vegades, en el que gairebé ens sembla una bogeria espasmòdica, ens atrevim fins i tot amb la temeritat de llegir un llibre, d’autoajuda preferentment, és clar…Sorprenentment, tots aquests petits esforços, si som sincers amb nosaltres mateixos, no ens serveixen per a res. En el fons ens sabem tan buits com sempre, tan incomplets i tan ansiosos. Això ens passa perquè, en un cert sentit, hem perdut absolutament el nord. Els occidentals ens hem llançat a una persecució embogida de la felicitat (Quina paraula més perillosa!), sense aturar-nos en primer lloc a considerar tan sols què és la felicitat i si la podrem aconseguir alguna vegada. Hem equiparat desgraciadament felicitat a confort material i sobretot a plaer. Un malentès i absurd carpe diem que ens absorbeix sense adonar-nos que aquests moments de fugaç plaer que potser acabem aconseguint no ens faran realment feliços. Doncs una vida centrada en el pretès aprofitament, com a norma fonamental, de l’aquí i ara, és una vida condemnada a passar a tota velocitat sense deixar empremta, enfonsada en un mediocre to gris, abocada al desencís i la desesperació. Però l’home és un animal estrany, l’únic que sap del cert és que tard o d’hora morirà i, malgrat saber-ho, s’entesta a viure com si aquest esdeveniment no anés a afectar-lo. Deia Epicur que naixem una sola vegada i no ens és donat néixer dos, però que anem deixant perdre la vida, i que tots nosaltres, encara que per les nostres ocupacions no tinguem temps per a això, morirem.

Per tant, i tornant al leitmotiv d’aquest article, què és una vida realitzada? O millor: com aconseguirem realitzar-nos com a autèntics éssers humans?La resposta, i ho sento pels pseudomoderns i els pseudoprogressistes, es troba en paraules tan antigues i passades de moda com deure, esforç i responsabilitat. Sí, perquè el primer que hem de fer és prendre’ns seriosament la nostra existència, ja que en realitat, la nostra única obligació en la vida és viure, però fent-ho d’una manera digna i mínimament elevada. Omplir el temps treballant, prenent una cervesa de tant en tant, veure el futbol per la tele, tenir converses eternament intranscendents i com a premi anual gaudir d’una setmaneta de vacances a la platja no és viure. Dedicar el temps lliure a córrer o a pintar l’habitació dels nens no és aprofitar el meravellós do que és la vida. Viure suposa assumir reptes, ser capaços de trencar amb la comoditat de la rutina, elaborar un pla de vida, construir alguna cosa al llarg dels anys, comprometre’ns amb els altres i la societat, renunciar de tant en tant als béns materials en benefici dels altres i sentir el desig inesgotable d’aprendre fins a l’últim dels nostres dies.

Hauríem de plantejar-nos com a suprem objectiu vital que, quan la fi sigui a prop, puguem sentir-nos realment orgullosos del nostre discórrer al món, saber que aquest no ha estat en va, que no s’ha limitat al mesquí gaudir d’algun plaer banal. Sentir que la nostra vida ha valgut la pena, que hem fet el que havíem de fer més enllà que ens vingués de gust o no i que, per tant, el món és una mica millor gràcies a nosaltres, és el més raonablement a prop que podrem estar mai d’això que ens entestem a anomenar felicitat i que en realitat hauríem de denominar sentit. Doncs dotar de sentit a la vida equival a tenir una vida bona, digna d’algú tan meravellós i irrepetible com cadascun de nosaltres. Tota la resta, per molt important que ens sembli, és tot just un murmuri en la immensitat del no-res.