DON HIGINIO EL PAVERO (Artículo que publiqué en la revista “Educación 3.0”)

Dispositivos móviles, contenidos interactivos y gamificados, pantallas en las aulas, e-learning, agility learning, neotelling… Es un hecho, como no podía ser menos, también el mundo educativo ha sucumbido a la realidad de nuestro tiempo, a ésta nuestra época de digitalización y virtualidad llena de extrañas palabras presuntamente importantes, todas obedientemente acabadas en ing. Sin embargo, a mi modo de ver, el brillo de este nuevo escenario tecnológico oculta algunas peligrosas zonas oscuras y puede llevarnos a la confusión. Por eso, a veces, conviene detenerse, y echar la vista atrás. Personalmente, ante estas cuestiones, siempre tengo presente un célebre texto de Unamuno:

“Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos (…), algodón en los oídos, y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de “el pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡y tan pavos!

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas.”

Don Higinio, que así se llamaba el primer maestro de Unamuno, probablemente ni llegó a imaginar un mundo como el nuestro, nunca soñó con aulas informatizadas ni mundos digitales, y probablemente la única proactividad que esperó de sus alumnos fue la de sus gritos ahogados al recibir alguno de sus inclementes cañazos, pero ¡ay!, de su vieja aula decimonónica y de sus paulosianamente conductistas cañazos surgió nada menos que un genio absoluto como Don Miguel. Nuestras escuelas actuales, con toda su panoplia de posibilidades ¿serán capaces de algo así?

No se trata de abogar por una vuelta al método de Don Higinio, claro. Como casi siempre, el problema reside en no perder el foco y no dejar que el bosque de la tecnología nos impida ver el árbol, esto es, al maestro. Seguramente a nuestros niños les viene de perlas poder trabajar con una Tablet en el aula, la posibilidad de visitas online a los grandes museos del mundo o el uso de proyectores en las clases, pero sobre todo, al alumno del siglo XXI, como al del XIX, lo que de verdad le viene bien, lo que le resulta diferencial y absolutamente clave, lo que le marcará como persona y resultará una influencia decisiva para su vida adulta será contar con un buen profesor. Por ello, en mitad de toda esta baraúnda tecnológica, y por seguir con la jerga informática, quizá el profesorado deba “reiniciarse”, detenerse un momento y reclamar su puesto central e insustituible en la educación así como, y esto es importante, en la sociedad. Para ello resulta imprescindible que como profesores volvamos la vista de nuevo hacia nuestra vocación primigenia, que volvamos a escuchar las razones que nos llevaron a escoger este camino tan hermoso y desgraciadamente cada vez más devaluado, que nos apartemos de modas y “postureos” y volvamos a hacer aquello con lo que soñamos desde pequeños: enseñar. Pues pese a los nuevos vientos ideológicos que azotan a la educación, el maestro no puede limitarse a ser un acompañante, un dinamizador, sino que debe ser mucho más, ya que es su aporte personal, y no las herramientas tecnológicas, lo que marca la diferencia entre recibir una buena o mala educación.

Es difícil concebir una ocupación más bella que la de la enseñanza, el filósofo de filósofos, Platón, que vivió en un momento de cambio de paradigma tecnológico (de la oralidad a la escritura) muy similar al actual, afirmaba que quien enseñaba escribiendo enseñaba sobre hojas de papel, pero que quien enseñaba hablando, lo hacía sobre el alma de los hombres. En esta época de virtualidad digital, ¿sobre qué vamos a enseñar nosotros?

¿De verdad somos aquello que queremos ser? (Artículo que publiqué en social.cat)

Se acabó el verano. Terminado el dorado paréntesis de las vacaciones, una vez más, como cada año, resignados, volvemos al trabajo y a la rutina, volvemos a empezar. En muchos aspectos, nuestra vida resulta circular, un día tras otro repetimos nuestras acciones, tenemos las mismas conversaciones con las personas de siempre, y seguimos igual de frustrados ante nuestra realidad vital.

Ante la sensación que a muchos de nosotros nos invade tras el verano, al ver que todo sigue igual y que seguimos sin alcanzar el desarrollo personal que desearíamos, conviene tener presente la sublime afirmación de uno de mis pensadores más queridos, don Miguel de Unamuno: Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día: el que quieres ser es tu idea de Dios…

Todavía hay quien cree que la actual sociedad occidental con su “intocable” libertad de mercado, es el lugar idóneo para llegar a ser aquello que queremos ser. Lo reconozco sin ambages, me gustaría de verdad compartir esta opinión. Pero me temo que mi visión de la modernidad y nuestra sociedad es bastante más pesimista, y que desde mi escepticismo descreído su optimismo me parece más bien ingenuo candor. Pues desde luego, si hay algo que en general no quiere concedernos el sistema con sus imposiciones económicas, con sus conveniencias sociales y familiares, y sobre todo con su incontenible presión mediática, es libertad para elegir nuestro camino. Quizá nunca como hasta ahora, y en esta cuestión la revolución tecnológica ha ejercido una influencia terriblemente perniciosa, el ser humano ha quedado tan claramente reducido al simple, binomio de individuo productivo y consumidor. El resto de los aspectos de la vida parecen haber perdido toda importancia. En esta coyuntura, caminamos hacia la disolución de la frontera entre trabajo y vida personal, hacia un mundo en el que todo será instrumental, y en el que sólo lo útil desde un punto de visto productivo, estará permitido. Una realidad, en definitiva, horrendamente deshumanizado, en el que todo lo que no es práctico es ridiculizado y despreciado. Este mundo aparentemente confortable, tras su engañoso resplandor tecnológico no esconde más que oscuridad, rutina y un absoluto vacío existencial. Hace casi dos siglos Alexis de Tocqueville escribió unas líneas absolutamente proféticas:

“(…) veo ante mí (en un futuro) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llenan sus almas. (…) Encima de ellos, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal que sus ciudadanos no piensen más que en gozar; cubre la sociedad con un tejido de pequeñas normas complicadas, uniformes y minuciosas, a través de las cuales las almas más vigorosas y originales no podrán elevarse sobre el vulgo. No tiraniza propiamente: encadena, oprime, enerva, reduce a cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado.”

Mientras la filosofía desaparece de nuestros institutos y universidades, el banal mundo virtual de internet lo invade todo, mientras nuestros hijos son incapaces de leer un libro, el mundo de los emoticonos y los mensajes en ciento cuarenta caracteres se convierten poco a poco en nuestra nueva y pobrísima forma de comunicarnos. Al tiempo que en nuestra sociedad se dispara el consumo de ansiolíticos y depresivos, el falso mundo de Facebook e Instagram nos traslada a una absurda Arcadia de rostros aparentemente sonrientes y de engañosa felicidad. ¿De verdad las futuras generaciones podrán escoger libremente ser poetas o filósofos? Vivimos una época en la que todo es economía, productividad y eficacia, en la que tenemos cada vez una vida materialmente más cómoda pero al mismo tiempo más anodina y vulgar, pues la productividad exige cantidad y uniformidad, y por tanto cada vez hay menos sitio para el diferente, para el rebelde, para los que aman el pasado, al humanismo, a las palabras escritas en el agua o dictadas en el viento, para aquellos que optan por la espiritualidad y el mundo trascendente.

Pero, ¿qué podemos hacer? Quizá el vendaval es demasiado fuerte, mantenerse firme contra la corriente requiere un heroísmo que la mayoría de nosotros no tenemos. Basta echar una ojeada a la historia para darse cuenta que luchar contra los tiempos y su lógica es prácticamente una misión imposible. Probablemente, y como vaticinó Tocqueville, estamos condenados a ser reducidos a la lamentable categoría de ganado, y a no poder aspirar más que a recibir, gracias a nuestro penoso trabajo, un pienso algo mejor. Sin embargo, siempre nos quedará el gran Unamuno y su filosofía, en la que podremos abrigarnos pensando, como él, que más allá de lo que tristemente seamos, lo importante, lo auténticamente importante es aquello que nos gustaría ser, porque quizá ese anhelo sea el último rastro de auténtica humanidad que todavía poseamos.