A PROPÓSITO DEL 500 ANIVERSARIO DE LAS 95 TESIS DE WITTENBERG DE MARTÍN LUTERO. (Texto de la conferencia que pronuncié en el encuentro filosófico organizado por la revista “El Llobregat” en el Ateneo de Sant Feliu al respecto de ética y religión)

Personalmente creo que resultaría poco enriquecedor que dedicara esta charla a desgranar la biografía de Lutero o a describir sistemáticamente la doctrina luterana pues, más allá de que tanto el personaje como sus teorías son harto conocidas, este tipo de información está a su alcance en cualquier manual o, si me apuran, en la mismísima Wikipedia. Por ello lo que intentaré durante esta hora será dar mi visión personal del personaje, que espero les resulte interesante, permitiéndoles además, situar adecuadamente a Lutero en el contexto del pensamiento occidental entendiendo además el porqué de alguna de sus actitudes e ideas.

Desde mi punto de vista, para comprender adecuadamente a Martín Lutero debemos remontarnos unos cuantos siglos antes de su nacimiento. Aunque por lo general tendemos a tener una imagen “prefabricada” del gran reformista, en la que se nos aparece como un hijo de la modernidad que rompe con el oscurantismo de la Iglesia Medieval y con los abusos del papado, intentaré mostrar como en realidad Lutero miró siempre hacia atrás, fue un pensador plenamente medieval que, en cierta manera, lo que hace es culminar y llevar a término algunas de las ideas omnipresentes a lo largo de toda la Edad Media.

Empecemos, pues, por el principio. El inicio de la corriente filosófica en la que debe encuadrarse a Lutero se sitúa en 1277, concretamente el 7 de mayo, cuando el obispo Esteban Tempier (que cuenta para ello con el apoyo del Papa Juan XXI) condena buena parte del aristotelismo que se enseñaba en la Universidad de París. Si se me permite la digresión, es interesante resaltar como la historia de la transmisión del pensamiento aristotélico es una peripecia absolutamente fascinante, merecedora sin duda de la atención de las grandes productoras cinematográficas, y que transformó absolutamente la forma de pensar en Europa, y por tanto, en el mundo. Curiosamente, todavía en el 1215, esta misma Universidad de París mantenía la prohibición de enseñar las obras de Aristóteles sobre ciencias naturales o metafísica[1], pero apenas cuarenta años después, y gracias a una sorprendente revolución intelectual, ya era obligatorio, en el currículo académico de esta ciudad la enseñanza de las obras de Aristóteles. ¿Por qué condena entonces el obispo Tempier al aristotelismo? Condena, por cierto, que tendría muy poca efectividad, pues el aristotelismo seguiría expandiéndose, de forma que al año siguiente, en 1278, el aristotelismo de Santo Tomás de Aquino sería ya la doctrina oficial de la orden dominica. Son varias las razones ideológicas que llevan a la condena del aristotelismo, pero para lo que aquí nos interesa debemos resaltar la implícita negación de la omnipotencia divina que sostiene esta doctrina. Así, Aristóteles defiende la existencia de un mundo eterno que no podía ser de otra manera, la creación resulta por tanto necesaria y no contingente, no hay sitio en el constructo ideológico aristotélico para la absoluta libertad creadora de Dios. Frente a esta tesis se alzarán un buen número de filósofos y teólogos, de ahí que podamos decir que 1277 supone la puesta en escena definitiva de una cesura radical en el pensamiento europeo que continuará durante siglos hasta bien entrado el XIX.

La reacción de 1277 provocará el establecimiento de tres caminos filosóficos. Una primera escuela estuvo formada por los teólogos agustinianos que recuperarán el lema philosophia ancilla tehologiae (la filosofía como sierva de la teología), que rápidamente absorberá las tesis nominalistas de Scoto y Ockam, y en la que debemos colocar a Lutero, una segunda corriente será formada por los peripatéticos moderados como Alberto Magno y Tomás de Aquino, que seguirían a Aristóteles salvo cuando éste entrara en flagrante contradicción con la fe; y, por último, los aristotélicos radicales, que, anacrónicamente podríamos definir como racionalistas extremos o revolucionarios, dispuestos a llevar los principios aristotélicos hasta sus últimas consecuencias[2].

La llegada del aristotelismo provocará además la aparición de lo que ha venido a denominarse “la escolástica crítica”. Sus miembros rechazan la concepción de la filosofía como una herramienta independiente de la teología y por tanto, autónoma frente a la revelación divina, enfrentándose así al racionalismo de cariz aristotélico que cree que tanto las verdades de fe como el conocimiento general del mundo pueden alcanzarse por la pura razón humana. Este antiaristotelismo empujará a los pensadores posteriores a decantarse por opciones en las que la idea de voluntad se imponga a la de raciocinio y en las que frente al necesitarismo mecanicista anterior se pondrá un énfasis extremo en el poder divino.

Será en la obra de los dos grandes nominalistas, Duns Escoto y Guillermo de Ockham donde podremos observar ya de una forma explícitamente establecida, la defensa de un mundo sin más verdades que las derivadas de la revelación y en el que el hombre queda reducido a una existencia fáctica y contingente, sometido a una dependencia obedencial respecto de un omni-poder que lo despoja de cualquier asidero racional[3].

Es en esta corriente de pensamiento donde hemos de colocar a Lutero para comprender mejor su obra. Hoy en día resulta indiscutible que Lutero recibió una formación académica esencialmente nominalista, lo que explica su continuo recelo hacia la filosofía y el racionalismo, así como sus duras tesis ético-religiosas. Pues démonos cuenta que las posturas nominalistas tienen radicales consecuencias a la hora de la reflexión ética, ya que al negar la existencia de los universales así como la existencia de cualquier tipo de derecho natural, niegan cualquier camino ético que no se ciña a la mera obediencia de la Revelación. Es más, desde esta postura se niega que Dios nos ordene seguir una serie de normas porque son buenas, sino que estas normas pasan a ser automáticamente buenas porque Dios nos ordena hacerlas. Recordemos que lo que se trata aquí es de preservar de manera absoluta la omnipotencia divina, por ello Ockham afirmará que Dios decidió libremente salvar a los hombres, pero que podría haber decidido salvar a los asnos…

Apuntemos aquí una cuestión, este fideísmo a ultranza del nominalismo, del que desde luego participará Lutero, en realidad está apuntando a la aparición del escepticismo moderno. De hecho veremos más adelante como en cierto sentido será la sombra del escepticismo la que espoleará a Martín Lutero en su apuesta por la fe. Al fin y al cabo, el fideísmo ilustrado es siempre un agnosticismo convencido de la imposibilidad de confirmar racionalmente la existencia de Dios y que apuesta, ante esta encrucijada, por refugiarse en una fe antirracionalista. El caso de Pascal a este respecto, (cercano en algunos aspectos a Lutero), resulta paradigmático.

Hemos hablado, hasta aquí, del movimiento filosófico en el que se integra Lutero. Hablemos ahora de otra cuestión que muestra el perfil medieval de Lutero: la cuestión de la “reforma”. Si uno estudia mínimamente el periodo medieval, -especialmente la Baja Edad Media-, descubrirá que la palabra “reforma” estaba en boca de todo el mundo, fuese cual fuese su posición ideológica, política o religiosa. Por hacer un símil que se entienda rápidamente, en la Edad Media la palabra “reforma” era un poco como la palabra “democracia” hoy en día, un término usado por todo el mundo como arma arrojadiza sin que se esté muy seguro en realidad de qué significa este concepto. El ansia de reforma, de vuelta a los orígenes “ideales” de los primeros cristianos recorre de una punta a otra toda la Europa Medieval. A este respecto les recomiendo un libro que a mí siempre me ha parecido una obra maestra, un texto divertidísimo que explicita perfectamente esto que les estoy comentando, uno de esos libros que a este humilde conferenciante le habría encantado escribir: Norman Cohn, En pos del milenio.

Antes de que Lutero se decidiera a emprender su propia reforma de la Iglesia Católica, otros muchos místicos y religiosos se habían lanzado a esta tarea, tanto dentro de los cauces de la ortodoxia católica como fuera de ellos, conformando, en algunos casos, delirantes teorías reformistas que hoy no dejan de sorprendernos y admirarnos. No fue la novedad de su pensamiento, ya perfectamente delimitado por pensadores muy superiores a él, ni el repetido deseo de reforma lo que permitió que las tesis de Lutero triunfaran, sino la extrema debilidad moral de la Iglesia del momento, y sobre todo, la dificilísima coyuntura política del imperio alemán que ofreció cobijo al reformista nacido en Eisleben.

Otro factor a tener en cuenta es el del contexto escatológico en el que se mueve Lutero. De nuevo aquí encontramos, una vez más, una característica plenamente medieval en el reformador. Tengamos en cuenta que el milenarismo medieval se exacerbará a partir de la obra del monje calabrés del siglo XII Joaquín de Fiore, y prácticamente todas las herejías que se suceden a partir de entonces estarán impregnadas de un fortísimo componente escatológico, es decir, de la idea de que el fin del mundo estaba muy cerca. Permítanme que aquí les recomiende otro libro magnífico y asombroso al respecto, el de Henri de Lubac, La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore. Esta sensación de decadencia, de pesimismo, recibió un fuerte impulso por dos acontecimientos trascendentales, de un lado la terrible epidemia de peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, y de otro el desastroso cisma papal de Aviñón, que sumió a la cristiandad en la confusión y que supuso un golpe durísimo al prestigio del papado. Para que ustedes comprendan hasta qué punto de absurdo alcanzó esta cuestión del cisma papal tengan en cuenta que, en 1409, se celebró el famoso concilio de Pisa con la intención de acabar con el cisma. El concilio empezó con dos Papas, (Gregorio XII y Benedicto XIII), pues bien, ¡el concilio acabó con 3 Papas! A los dos citados se les unió Alejandro V…

No es de extrañar pues, que el emperador alemán Maximiliano I, ordenara en su testamento que a su muerte, ocurrida en 1519, dos años después, por tanto, de la célebre proclamación de las tesis de Wittenberg, se azotara su cadáver, se le rapara el pelo de la cabeza y se le arrancaran todos los dientes, como una forma penitencial de presentarse ante Dios… Lutero está sin duda imbuido también de esta tensión escatológica que se respiraba en el ambiente, está convencido de que el mundo se acaba, lo que le empuja a seguir en el camino de la reforma.

Llegados aquí, detengámonos un momento y hagamos un repaso sumario de los conceptos clave explícita o implícitamente comentados, que desde mi punto de vista conforman el edificio ideológico de Lutero:

  • Nominalismo antirracionalista que defiende la omnipotencia divina, perfectamente arbitraria, y que coloca a la teología por encima de la filosofía.
  • Pesimismo antropológico derivado de una interpretación rigorista de San Agustín, que ve al hombre como un ser pecador e incapaz de alcanzar el bien con sus propios medios.
  • Continuidad en general de las ideas medievales. En Lutero, por ejemplo, la figura del diablo es omnipresente…
  • Escepticismo y su cura a través del dogmatismo fideísta.
  • Ansía de reforma de la Iglesia que también se enraíza en la Edad Media.
  • Fuerte sentimiento escatológico, proximidad del fin de los tiempos y el Papa como anticristo.

Como ven, todas estas características refuerzan la idea, que les transmitía al inicio de esta charla, de que Lutero pese a vivir en el Renacimiento, es un hombre que mira continuamente hacia el pasado, hacia el mundo medieval. De ahí que podamos afirmar que en modo alguno el protestantismo significa la inauguración del mundo moderno. Por ello me parece adecuado, como colofón a esta primera parte de la conferencia, leerles un párrafo del pensador protestante Ernst Troeltsch, seleccionado de su libro El protestantismo y el mundo moderno:

“En casi todas las ramas principales [el protestantismo] resulta sorprendentemente conservador. No conoce, si descontamos los grupos baptistas radicales, la idea de igualdad, y jamás propugna la formación libre de la sociedad por los individuos. Si alguna vez existió la igualdad, sería en el estado de inocencia del Paraíso, pero no se puede hablar de él en este mundo de pecado. Claro que ante Dios todos somos pecadores y elegidos, y este sentimiento de igualdad se extiende únicamente al sentimiento religioso fundamental[4]

Una vez glosado el contexto intelectual de Lutero, permítanme ahora que profundicemos mínimamente, ahora sí, en el personaje y sus ideas. Quisiera empezar destacando un momento de su biografía que a mí siempre me ha parecido extraordinariamente significativo. El monje Martín Lutero viaja a Roma, todavía no se ha lanzado a la aventura de la reforma y sigue siendo un fiel devoto de la Iglesia católica y de su cabeza terrenal, el Papa. Aprovecha su estancia para visitar los lugares más píamente famosos de la ciudad, y en concreto, decide hacer penitencia subiendo la escalera de Pilatos, y rezando en cada uno de los escalones, con la intención de librar a su abuelo del purgatorio. Él mismo contará, años después, que justo cuando llegó al último peldaño le sobrevino la duda, el pensamiento escéptico, y se dijo para sí: “¡quién sabe si será verdad!”

Creo que esta cuestión resulta fundamental para entender a Lutero, un hombre que como casi la mayoría de creyentes (y en esta categoría me incluyo personalmente), se angustia ante la idea de que todo en lo que cree no sea más que pura fantasía, un hombre al que, en el fondo, su pensamiento le arrastra hacia el escepticismo. Por ello, toda su reflexión teológica se reduce a la búsqueda de una garantía. Una seguridad que, por supuesto, es imposible encontrarla a través de la razón, como lo demuestran los siglos y siglos de filosofía sin ninguna tesis definitiva al respecto de nada. De ahí que Lutero encuentre la respuesta en el dogmatismo, en el fideísmo, amparándose en la famosa afirmación de Pablo: “El justo vivirá por la fe.” (Rm 1, 17). Lutero presiente que toda aspiración de salvación eterna está expuesta a la pregunta escéptica, y para él, la única respuesta válida es esta declaración de Dios a través de San Pablo.

Un tiempo después de su experiencia en la escalera de Pilatos, Lutero proclamará sus famosas tesis de Wittemberg, proclamación de la que en este 2017 se cumplen 500 años y supone la excusa para nuestra reunión de hoy. Hablo de proclamación porque aún hoy no está claro si Lutero llegó a clavar realmente las tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg o este gesto forma parte de la leyenda. Lo que es cierto en cualquier caso es que las tesis tuvieron un éxito inmediato y se imprimieron por toda Alemania. Todos sabemos que, en estas tesis, Lutero se enfrenta a la costumbre de la venta de indulgencias. Concretamente, en aquella ocasión, y haciendo un poco de historia, Alberto de Brandemburgo acababa de ser nombrado arzobispo de Maguncia, o dicho en román paladino, acababa de comprar la sede de Maguncia al Papa. La compra le sale tan cara que inmediatamente envía predicadores a vender indulgencias con el fin de recuperar su onerosa inversión. Un negocio éste, del que también obtienen réditos el emperador Maximiliano, los famosos banqueros Fugger y, por supuesto, una vez más el Vaticano, siempre sediento de nuevos ingresos. Los predicadores utilizaban todo tipo de argumentos para convencer a la población. Por ejemplo era frecuente la afirmación de que cuando la moneda sonaba dentro de la caja (de recaudación) un alma salía del purgatorio…

Conviene decir que todo lo dicho por Lutero contra la práctica de la venta de indulgencias, en su mayoría perfectamente razonable, ya había sido dicho antes por otros pensadores, valga aquí citar tan solo al bohemio Hus, o al inglés Wyclif, quienes no gozaron de una coyuntura política tan favorable como la de Lutero.

Pongamos ahora el foco en una de las contantes del pensamiento de Lutero, su convicción de que fe y razón se contradicen mutuamente. De ahí su desprecio por la filosofía. Una inquina que proclamará una y otra vez utilizando además un lenguaje vulgar en extremo, algo a lo que, aunque les sorprenda, era muy aficionado Lutero. Veamos algunos ejemplos salidos literalmente de la pluma del reformador alemán:

“La razón es la mayor p… del diablo; por su naturaleza y manera de ser es una p… dañina; una prostituta, la p… titular del diablo, una p… carcomida por la roña y la lepra, a quien habría que pisotear y destruir junto a su sabiduría… Arrójale inmundicia al rostro para afearla… la abominable merecería ser relegada a la más sucia habitación de la casa, a las letrinas[5].”

O bien:

“Aristóteles es el reducto impío de los Papistas. Es para la teología lo que las tinieblas son para la luz. Su ética es la mayor enemiga de la gracia[6].”

Vean en esta última manifestación una muestra evidente del antiaristotelismo del que hablaba al principio de mi intervención. De hecho su enfrentamiento con la filosofía le llevará a negar, por innecesaria, cualquier prueba dela existencia de Dios. Desde su punto de vista, la distancia entre Dios y el hombre es inmensa, y no puede, por tanto, salvarse a través de la razón sino sola y exclusivamente a través de la fe.

Su tesis principal, la de la justificación por la fe, responde a una absolutización muy radicalizada del pesimismo antropológico de San Agustín. El hombre es pecador por naturaleza, sus actos, como pecador que es, no valen nada, son apenas muestras, y no le garantizan en ningún caso la salvación: sólo Dios salva y solo Él concede la fe. Fijémonos que llevado de este profundo pesimismo antropológico, y en el marco de su polémica con el gran humanista renacentista Erasmo de Rotterdam, Lutero llegará a negar la libertad humana, pues para él el único ser infinitamente libre es Dios, y su infinita libertad niega, por imposible, la libertad humana.

Antes de acabar esta conferencia quisiera dedicar unos minutos al pensamiento político de Martín Lutero, pues me parece que es una faceta poco conocida y al tiempo altamente interesante. Su teoría política nace de la mente de un teólogo, por lo que toda su filosofía política es en realidad auténtica teología política (aunque no es el tema que nos reúne hoy y entrar en él nos desviaría de la cuestión, les adelantaré que personalmente creo que, parta de un teólogo o de un ateo, en el fondo, toda tesis política es, en última instancia, teología política, pues inevitablemente todo constructo teórico se apoya en una intuición inicial, en un dogma incontestable y, en cierto sentido, irracional).

Lutero, siguiendo la estela de San pablo y su afirmación de que todo poder viene de Dios (Rm 13, 1), establece la autoridad como algo de origen divino. De esta forma dibuja un esquema que podemos definir de autoridad descendente donde el poder que emana de Dios recae en la autoridad civil que es su legítima usufructuaria. De nuevo vemos como no podemos considerar al pensamiento de Lutero como el de un adalid de la modernidad…

Por ello, cuando los campesinos enarbolen la bandera de la reforma para defender sus derechos frente a la opresión económica y política de los nobles alemanes (guerra de los campesinos), para su sorpresa, y también en realidad para la nuestra, espectadores anacrónicos de estos sucesos, se encontrarán con la durísima oposición de Martín Lutero quien reaccionará con terrible dureza contra los campesinos y sus algaradas, hasta el punto de defender la represión violenta como medio para acabar con el levantamiento campesino. Veamos algunos ejemplos de lo escrito por Lutero a este respecto:

“No hay que hacerle mucho caso al pueblo, pues por lo demás le gusta alborotar, y es más equitativo negarle diez varas que concederle la anchura de una mano o incluso, de un dedo; es mejor que los tiranos le hagan cien injusticias que el pueblo le haga una sola a los tiranos. Si hay que sufrir injusticia, es de preferir sufrirla de la autoridad a que la autoridad la sufra de sus súbditos. El pueblo no tiene ni conoce la medida y en cada individuo se esconden más de cinco tiranos. Es mejor sufrir injusticia de un solo tirano, es decir, de la autoridad, que sufrirla de innumerables tiranos, es decir, del pueblo[7].”

O bien,

“Yo creo que no queda ningún demonio en el infierno, sino que todos se han incorporado a los campesinos… A la autoridad civil que pueda y quiera, sin previas ofertas de justicia y equidad, golpear y castigar a los campesinos, yo no se lo prohíbo… para eso porta la espada y es servidora de Dios (Rom 13, 4) contra los malhechores[8].”

Conviene aclarar aquí que la reacción de Lutero frente al levantamiento campesino no se explica por contubernio alguno con la nobleza alemana, sino por su idea de que los cristianos deben someterse siempre, en pro de ese poder descendente, a la autoridad civil, sin prestar además, demasiada atención a estos temas, pues su objetivo y su prioridad está lejos de cualquier interés mundano, y se centra en la salvación y en el reino de Dios. Lutero, en cierta medida, convierte a la autoridad civil en una herramienta más al servicio de la Providencia, y especialmente de la cólera divina. Frente a esta, lo que exige a los ciudadanos es una total obediencia y pasividad ante el castigo. De ahí que Troeltsch llegue a afirmar que la introducción del protestantismo luterano favoreció la instauración de sistemas políticos absolutistas. Es más, González Montes, citando al teólogo Karl Barth, apunta que esta pasividad luterana ante el poder político quedó descarnadamente puesta de manifiesto con el nacional socialismo: “Barth, sin embargo, se propone arrancar la ética política del riesgo al que sucumbió a su juicio el luteranismo tradicional: la pasividad permisiva ante la tiranía del estado, siempre posible y desgraciadamente real y dramática bajo el nacional socialismo[9].”

La figura de Lutero es a un tiempo compleja, controvertida, llena de claroscuros y fascinante. Sin lugar a dudas sus tesis religiosas transformaron la cristiandad rompiendo la unidad religiosa que hasta el momento existía en Europa. Más allá de su enfrentamiento con el Papa, muchas de sus tesis son aceptadas hoy día por el catolicismo, y desde luego, el luteranismo impulsó de forma decidida y fundamental el estudio filológico y académico de la Biblia. Aunque estos minutos que ustedes me han concedido amablemente resultan obviamente insuficientes para cubrir todos los aspectos de un gigante del pensamiento, la religión y la historia como Martín Lutero, espero que mis palabras les hayan aportado un enfoque interesante del gran reformador alemán. Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

[1] Alasdair MACINTYRE, Dios, filosofía y universidades. Granada. Editorial Nuevo Inicio. 2012, p.115

[2] F. LEÓN, La condena de la filosofía. Madrid. A parte rei Revista de Filosofía. 2007, p. 9.

[3]Ignacio MIRALBELL, Ockham y su crítica al pensamiento realista. Pamplona. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998, p. 7.

[4] Ernst TROELTSCH, El protestantismo y el mundo moderno. México. Fondo de Cultura Económica. 1958, p. 80

[5] Tomado de Jacques MARITAIN, Tres reformadores. Buenos Aires: Editorial Difusión, 1968, p. 44.

[6] Tomado de Ibídem, p. 41

[7] Martín LUTERO. Escritos políticos. Madrid. Tecnos. 1990, pp.140-141.

[8] Martín LUTERO, Escritos políticos, opus cit., p. 98

[9] Adolfo GONZÁLEZ MONTES, “Fundamentos teológicos de lo político en Lutero”, en D. KONEIECKI y Juan Manuel ALMARZA-MEÑICA coord.. Martin Lutero (1483-1983). Jornadas Hispano Alemanas sobre la personalidad y la obra de Martin Lutero en el V Centenario de su nacimiento. Salamanca. Universidad Pontificia-Fundación Friedrich Ebert, 1984, p. 151