CRÓNICAS NAMIBIAS 3. De canales de televisión y puestas de sol.

Cercano ya el mediodía, empezaba a apretar el calor en la inmensidad del desierto del Kalahari. El invierno namibio es así de “divertido”, por la noche las temperaturas bajan hasta apenas los seis u ocho grados en la madrugada, pero con la salida del sol, remontan rápidamente hasta sobrepasar los 25 en pleno día. Así que lo mejor es vestirse con varias capas de ropa de las que uno va despojándose a lo largo de la jornada para volvérselas a poner todas cuando llega la noche.

Tras unas horas de conducción parecía que estaba cogiéndole definitivamente el tranquillo a lo de conducir por las pistas sin asfaltar namibias. De forma que hasta me permití poner en marcha la radio del mega trastón en busca, sin éxito, de alguna emisora de música. En una muestra de que no todo está perdido para la humanidad, constaté que en Namibia todavía no existe nada parecido a “Los 40 principales,” así que apagué la radio y me puse a silbar tranquilamente. Incluso empecé a pensar que había sido un exceso lo de comprar dos garrafas de cinco litros de agua, “por si acaso”. Todo parecía controlado, estaba hecho un perfecto conductor africano. Sin embargo a pocos kilómetros de mi destino, el “Camelthorn lodge”, la realidad volvió a poner a mis dotes de conductor en su sitio… Pues de repente la pista por la que transitaba se cubrió de arena, y mi acorazado, pese a su tracción a las cuatro ruedas, empezó a resbalar y a deslizarse sobre la arena dando bandazos hacia uno y otro lado. Disminuí la velocidad y apreté con fuerza el volante, y con ello se acabó todo mi arsenal de habilidades técnicas para sortear la situación… Ah, bueno, también dejé de silbar, aunque eso tampoco ayudó mucho. De modo que ya pueden imaginar, queridos lectores, que aquellos últimos kilómetros resultaron un auténtico infierno para este turista con ínfulas.

Cuando al cabo de un rato, y frente a la entrada del Camelthorn bajé la ventanilla para pedir al portero que subiera la barrera, éste contempló a un pobre españolito absolutamente aliviado por haber llegado finalmente a su destino, empapado de sudor y con los brazos absolutamente acalambrados de tanto apretar el volante…

El Camelthorn es un bonito hotel formado por unas cuantas habitaciones en forma de pequeñas casitas diseminadas alrededor del edificio que alberga la recepción y el restaurante. Eso que los modernos (y los anglosajones claro…) llaman un lodge o un tented camp… El contraste entre aquellas acogedoras casitas y el paisaje totalmente árido, durísimo e interminable en el que están situadas me pareció realmente curioso. Los turistas producimos engendros muy extraños… En la recepción me presentaron a Bilo, el guía que, por la tarde iba a llevarme a recorrer los alrededores en busca de animales. Me dijo que salíamos en menos de dos horas, así que tenía el tiempo justo para comer algo y echarme una breve siestecita en mi casita. Después de tantas horas de conducción y sufrimiento, ¡me merecía el premio de la siesta!

Cuando sonó mi móvil avisándome de que el tiempo de mi merecido sueñecito había acabado, me sentí invadido por el cansancio. ¡Qué bien se dormía en aquella cama tan ancha y qué pereza salir ahora de ella! Me eché un poco de agua en la cara para despertarme, cogí un polar por si volvíamos tarde, y expectante ante el safari de aquella tarde, me dirigí a la puerta. Hasta aquí todo normal, pero claro, la normalidad resulta algo muy anormal en mí…, así que al intentar salir descubrí que había sido un error cerrar la puerta por dentro, ¡no había manera de abrirla ahora!, es en esos momentos cuando uno, en lugar de serenarse e intentar arreglar el problema, empieza a recriminarse por lo hecho anteriormente, algo que no tiene ninguna utilidad práctica pero que, por alguna razón, parece confortar el espíritu de los seres humanos. En mi caso empecé a reprocharme, con toda razón por otro lado, el haber cerrado la puerta con llave en aquel lugar dejado de la mano de Dios, absolutamente desértico, en el que uno podía transitar horas sin ver a nadie, ¿quién diantres pensaba que podía entrar en mi habitación? Conforme pasaba el tiempo mis nervios se aceleraban y apretaba más la llave contra el bombín sin obtener ningún resultado. Mi casita-habitación aunque perfectamente acogedora, no tenía teléfono, así que no podía llamar a recepción, y desde luego, todo tiene un límite incluso para mí, no estaba dispuesto a ponerme a gritar pidiendo socorro… ¡Habría resultado demasiado humillante! Ya había pasado la hora en que había quedado con Bilo, y yo seguía allí, ridículamente encerrado en mi habitación, así que llegó el momento de las decisiones “heroicas”: decidí salir por uno de los amplios ventanales de la habitación. Una vez subido al alfeizar, y antes del “arriesgado salto al vacío” desde una altura de medio metro, miré a los lados para asegurarme que no había nadie que pudiese contemplar la ridícula escena de aquel absurdo turista huyendo de su cabaña por la ventana en lugar de por la puerta. “Sorprendentemente”, en medio del desierto no había nadie a mi alrededor…, así que pude saltar sin miedo al ridículo y salir corriendo hacia la recepción dónde Bilo me esperaba impaciente, subido al jeep descapotable y con el motor en marcha.

Me recibió con una sonrisa y, lo que más agradecí, sin preguntas al respecto de la causa de mi retraso. Iniciamos el trayecto y la verdad es que lo disfruté cada segundo, más allá de su imponente belleza, lo que me fascinaba fundamentalmente era la sensación de estar en uno de aquellos lugares que uno ha mitificado desde niño. El Kalahari significaba para mí noches de sábado frente al televisor, degustando el inolvidable “Informe Semanal”, un programa que me permitía saber de la existencia de lugares tan exóticos como el Kalahari, la árida tierra dónde vivía el pueblo bosquimano y que atravesó el explorador Livingstone. Sin duda el Kalahari ocupa un lugar en mi propia mitología junto a lugares tales como Etiopía, Samarcanda, Benarés, Tombuctú.

A lo largo del tiempo he podido visitar todos esos rincones recónditos del mundo que excitaron mi infantil imaginación. Verlos en toda su magnificencia, resultó en cada ocasión algo impresionante. Pero he de reconocer que ningún viaje real ha podido superar nunca las expectativas de belleza y exotismo que aquellos programas y documentales en blanco y negro generaron en aquel niño que fui. Ya se sabe que, como escribió Cervantes, el camino siempre, siempre es mejor que la posada…

Es curioso pero, cuanto más viejo me hago, más creo que vivimos sumergidos en un mundo de falsa libertad. Mi niñez discurrió en una época de sólo dos canales de televisión, probablemente quienes sean tan viejos como yo lo recordarán. Así que estábamos condenados a tener que ver sí o sí Informe Semanal, La Clave o los documentales de Rodríguez de la Fuente. Resultaba fastidioso, sin duda, no poder elegir, y más de un día pensé que me moría de aburrimiento frente a aquel televisor sin mando a distancia ni canales alternativos. Pero a cambio vi programas que en cierto modo me formaron, me enseñaron el mundo y sobre todo, despertaron en aquel niño de un barrio obrero de Hospitalet un insaciable deseo de conocer, de viajar y de aprender. Algo que, de otra forma, probablemente nunca habría experimentado. Me recuerdo a mí mismo sentado en el suelo del comedor viendo como José Luis Balbín presentaba a sus invitados y sorprendiéndome ante sus currículums, los idiomas que hablaban y los libros que habían escrito. No podía evitar sentir una desmedida admiración por aquellos señores tan serios que parecían saberlo todo sobre cosas y cuestiones de las que yo ni siquiera había oído hablar jamás.

Hoy en día gozamos en cambio de un número casi infinito de posibilidades televisivas, ventajas del capitalismo supongo. Paradójicamente en esa posibilidad prácticamente inacabable no hay sitio para programas como aquellos. Hoy todo tiene que ser lúdico, superficial, gracioso, aparentemente divertido. Como resultado de esa transformación presuntamente democrática y liberalizadora, si fuese niño hoy día vería Sálvame en Tele 5, nunca hubiese sabido de la existencia del desierto del Kalahari y mi avidez por saber se habría transformado en un deseo incontenido por convertirme en uno de esos patéticos famosos que pueblan nuestra televisión. Vivimos en un mundo de apariencias, se nos ha convencido de que jamás nadie ha sido tan libre como nosotros, pero créanme, es algo puramente engañoso, somos tan libres como las vacas que pastan tranquilamente en un campo vallado a la espera de ser llevadas al matadero…

Por suerte, pues mis reflexiones empezaban a deprimirme, la presencia de una vieja leona me despertó de mi triste monólogo interior. Bilo acercó el coche hasta ella, que nos miró con ojos retadores. Al vernos se levantó y comenzó a andar pesadamente. La seguimos un rato con el coche, Bilo me comentó que era el último ejemplar de un grupo formado por un macho y tres hembras que habían vivido en aquella zona durante años y que, a causa de la edad habían ido muriendo. Aun anciana, aquella leona seguía manteniendo, desde luego, un aspecto fiero e imponente y de vez en cuando se giraba amenazadora como queriendo advertirnos de que estábamos demasiado cerca y que la dejáramos en paz. Finalmente le hicimos caso, y Bilo condujo hasta una pequeña colina donde poder contemplar la puesta del sol. Sacó una pequeña mesa plegable, dos sillas de camping y una nevera portátil del maletero. Perfectamente pertrechados, nos acomodamos en silencio y cerveza en mano a esperar que el sol, un día más, decidiese retirarse para dejar su lugar a la luna. Rápidamente, el cielo fue adquiriendo un ominoso color rojizo, la oscuridad se adueñó por momentos de aquella gigantesca planicie acentuándose, con ello, la sensación de pequeñez y turbadora soledad que invade al turista la transitar por esta tierra. Lejos de todo y de todos, sobre aquella colina sita prácticamente en ninguna parte, rodeado por la sordina de la nada y el rojo fuego de un sol a punto de morir, por un momento todo dejó de tener sentido: el trabajo, el futuro, el pasado, mis libros y artículos, mis eternas cavilaciones y angustias… Es en esos divinos momentos en los que todo deja de tener sentido, cuando el ser humano, por un instante, puede intuir el único y paradójico sentido: vivir. Le di un último trago a mi cerveza Windhoek y cerré los ojos. Volví a pensar en la vieja leona, en su soledad final, tumbada junto a algún matorral y contemplando, como yo, el más hermoso de todos los cielos estrellados: el africano. ¿Se preguntaría por el sentido de su vida? Probablemente no, pero seguro que antes de dormir rememoraría sus tiempos de juventud, junto a sus compañeros de manada, los tiempos en que sus noches eran menos solitarias y, ¡quién sabe!, quizá experimentaría la misma melancolía que yo al recordar mis días de televisión e infancia. Comenzaba a hacer frío y Bilo me tocó en el hombro para indicarme que debíamos volver. Lástima. Me habría quedado allí para siempre.