DE LA JUSTICIA A LA BONDAD Y LA COMPASIÓN (Artículo publicado en Social.cat)

Para la mayoría de nosotros, la filosofía es poco más que un recuerdo borroso de nuestra época de instituto, clases aburridas dictadas por un profesor más bien tristón y absolutamente desmotivado que explicaba, monótono, una asignatura que por resumirlo de una manera breve, ¡no servía para nada! Quizá por ello, estamos convencidos de que las tesis de los grandes genios del pensamiento son poco más que un conjunto de palabras incomprensibles, absolutamente alejadas de la realidad. Sin embargo, esta impresión es absolutamente falsa. Ningún saber está más cercano a la realidad que el filosófico. Ninguna otra sabiduría ha tenido y tiene mayor influencia sobre el devenir de la historia, y por tanto, sobre nuestras vidas, que la filosofía. De ahí que, en realidad, y aunque ya nadie las lea, no hay mejor libro de autoayuda que las obras maestras de la filosofía occidental.

            Toda esta introducción viene a colación de la cuestión de la que quiero hablarles hoy, de la dimensión interpersonal del ser humano, una cuestión que, como los apuntes de aquellas clases de filosofía, hemos  olvidado. Vivimos en una época dominada por la técnica, el nuestro es un mundo que se define fundamentalmente por nuestra relación unipersonal con las cosas. Una relación, además, que es siempre de dominio, de transformación, en la que el hombre esclaviza a la realidad, es decir, a la naturaleza, para su propio aprovechamiento, sometiéndola siempre a una relación amo-esclavo. Podrían aducirse muchas razones que expliquen esta situación, económicas, sociales, ideológicas…, pero en realidad, la razón última del modelo que rige el ámbito occidental se encuentra en las reflexiones de un filósofo cuyo nombre a todos nos suena, pese a que no estemos muy seguros de lo que dijo ni de lo que pensó. Me estoy refiriendo al genial René Descartes.

Descartes culmina el giro antropocéntrico que se inició con Copérnico. Después de siglos y siglos en los que la Tierra había sido considerada el centro del universo, el bueno del astrónomo polaco nos sacó del error y el ser humano corrió a cubrir ese hueco que se abría en la cosmología colocándose él mismo en el centro y haciendo que todo girase, a partir de ese momento a su alrededor. Ése antropocentrismo necesitaba de una base filosófica, y ahí apareció Descartes, con su “cogito ergo sum”, es decir, su “pienso luego existo”, con el que el hombre conseguía al menos una certeza absoluta y total de algo: su propia existencia. Con su “cogito” Descartes absolutizaba el yo, pero a cambio lo convertía en un yo solitario y aislado, para el que la presencia de los demás es sólo un accidente. ¿Verdad que esto les suena actual? Otra de las consecuencias de la “frasecita” cartesiana fue la de reducir toda la realidad a aquello que la razón puede comprender o explicar. A partir de Descartes la espiritualidad, el misticismo, todo aquello que no sea perfectamente científico resulta sospechoso y queda bajo la sombra de la duda. El yo cartesiano, absolutamente actual, se expansiona tanto que aspira, con una soberbia temeraria, a comprender el universo en su totalidad y a descartar todo aquello que no se adapte a su racionalidad.

La modernidad es hija del cartesianismo y su yo absoluto y autosuficiente que no necesita de los demás para nada. No resulta pues extraño que nunca la historia de la humanidad haya resultado tan cruel y violenta, como en estos últimos siglos. ¿Empiezan a atisbar la trascendencia del pensamiento filosófico?

Por eso hoy quería reivindicar otra forma de pensar, también perfectamente filosófica, pero mucho más humana. La filosofía que entiende que más allá de la certeza del “cogito”, ser un hombre significa, fundamentalmente, ser con los demás. Una filosofía que en el siglo XX han defendido pensadores como Martin Buber o Emmanuel Levinas. Pensamiento que nos recuerda que el ser humano sólo se reconoce como tal frente a otros seres humanos, que por sí solo es incapaz de comprender su propia humanidad. El hombre no sólo es mucho más que su relación con la materialidad, sino que además la relación con el otro, con el tú, es la relación por excelencia, la base fundamental de toda antropología que merezca ese nombre.

Además, esta relación con el otro que sale a nuestro encuentro es una relación trascendente. El encuentro entre el yo y el tú no es sólo un encuentro cognoscitivo o experimental sino fundamentalmente ético. Levinas habla de la epifanía del rostro y no le falta razón. Pues la contemplación del rostro desnudo del tú, para quien lo observa desembarazado de toda antropología egocéntrica, es una contemplación que nos descubre a alguien que es verdaderamente otro y al que no puedo reducir a pura materia. Es más, frente a la relación de poder con el mundo que nos propone Descartes, y que tan común es hoy día, el rostro del otro se nos impone, nos mira desde arriba. De alguna forma resulta una metáfora, en su desnudez, de la humanidad. De una humanidad indigente en su mayoría y que sufre, frente a la que no podemos permanecer indiferentes.

Cuando somos capaces de salir de nuestro propio yo, de abandonar a Descartes, el único camino existencial posible es la entrega a todos los tú del mundo, a una humanidad que no exige de nosotros justicia, ni leyes, sino fundamentalmente entrega, bondad y justicia. El mundo que proponen Buber y Levinas es probablemente mucho menos eficaz que el actual, ¡pero es un mundo tan sublime! Por ello, encomendémonos al poder de la filosofía y confiemos en que su pensamiento tenga alguna vez la misma fortuna que la del maestro Descartes.

Antonio Fornés