YAZIDÍES: LOS ÚLTIMOS ADORADORES DEL DIABLO (Artículo que publiqué en la revista Qué Leer)

Con el traqueteo del coche se me hace difícil manejar el Ipad y encontrar la cita que estoy buscando, intento concentrarme para que mis dedos acierten de una vez con la pestañita correspondiente, pero cuando vas a más de cien por hora por una carretera iraquí, aun la más sencilla de las tecnologías digitales se torna complicada, además, si no la encuentro rápido corro serio peligro de marearme por fijar tanto la vista en esta Tablet, que no deja de moverse, en lugar de hacerlo en el horizonte. Menudo viajero debilucho estoy hecho. Finalmente lo consigo, por fin, aquí está el esquivo texto del profeta Ezequiel:

“Eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado en belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios. (…) Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día que fue hallada en ti la iniquidad. (…) Ensorbeciose tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría por tu esplendor. (…) Yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador y te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de cuantos te miran. Todos cuantos de entre los pueblos te conocían se asombrarán de ti. Serás el espanto de todos y dejarás de existir para siempre.”

Guardé el texto en este trasto antes de salir de viaje para cuando llegase este día. Obviamente, incluso para los desconocedores de los relato bíblicos es fácil deducir que, en el pasaje, Ezequiel está hablando de Lucifer, el primero entre los ángeles, tan perfecto que, dejándose llevar por la soberbia se atrevió a enfrentarse a Dios. Derrotado, fue expulsado del paraíso convirtiéndose en Satanás (palabra que etimológicamente vendría a significar el que se enfrenta, el contrario), esto es, en el señor de las tinieblas… ¿Y por qué es oportuna esta cita hoy? Pues porque voy camino de Lalish, algo así como la Meca o el Vaticano de la secta de los Yazidíes, quienes, por su creencia en Malek Tawus, el nombre con que ellos designan al ángel caído, a lo largo de la historia han sido conocidos popularmente como ¡los adoradores del diablo!

Lalish es el lugar donde está enterrado el santón que dio forma definitiva a esta religión sincrética que mezcla elementos zoroastristas, con cristianismo e islamismo sufí: el jeque Adí Ibn Mosafer. Mausoleo que todo creyente yazidí ha de visitar al menos una vez en la vida. Los yazidíes adoran al ángel caído por una curiosa interpretación del mito de la creación. Así, creen que Dios primero creó a siete arcángeles, y después, del barro, a Adán. Tras esto, y contento con su última obra, el Todopoderoso habría pedido a los arcángeles que se inclinaran ante el hombre, y todos lo hicieron excepto Malek Tawus que se negó alegando que él solo se inclinaba ante Dios, con lo que mostró su valía y perfección.

Sé que el lugar no tendrá un opresivo aspecto gótico, ni estará invadido por la niebla, ni se oirá en sus alrededores el escalofriante rumor de almas en pena, pero voy camino del último reducto de los adoradores del diablo, y ese es un epíteto demasiado sugerente para mi imaginación que no puede evitar, mientras avanzamos por la monótona carretera, construir disparatadas imágenes de película de terror de serie B.

Apenas quedan yazidíes, lastrados por su terrible apodo, han sufrido, desde hace siglos, duras persecuciones, especialmente por los chiitas, quienes les acusan además, erróneamente, de haber asesinado a uno de sus imanes más venerables, el Imán Hussein.

El camino hasta Lalish es largo, así que Bakhtiar el ex militar de anchas espaldas y mirada siempre atenta que me acompaña por estas tierras, decide que paremos a comer en un inmenso restaurante de carretera. Pese a sus proporciones ciclópeas, está abarrotado, lo que me asombra. Él me comenta que es buen restaurante y que además está a unos pocos kilómetros de la refinería más importante de la región y que muchos camioneros y trabajadores vienen aquí a comer. La verdad es que el servicio es impresionante, nada más sentarnos un camarero nos trae una especie de crema de verduras naranja, y dos tortas de pan ácimo caliente y sabroso. Luego pedimos cordero hervido con arroz y el tamaño de los platos que nos traen hace juego con las dimensiones del local, raciones perfectas para un gigantón como Bakhtiar que, encantado, no deja nada, ni una migaja en el plato. Luego, llega la parte más difícil en todo restaurante kurdo: pagar. Conseguir la cuenta es siempre un trabajo arduo, y cuando el comensal se ha desviado, en sus peticiones, de lo que el restaurante considera el menú estándar, las sumas y restas se eternizan. Los encargados de estos establecimientos, por lo general son gente amable y atentísima, pero desde luego no han nacido para las matemáticas…

Salimos, y antes de volver al coche para seguir con nuestro camino, optamos por dar un paseo y favorecer así la digestión del pantagruélico ágape. Caminamos por una cercana arboleda de eucaliptus, supongo que en algún momento fueron plantados allí, pues no creo que sea una especie autóctona, y desde luego, teniendo en cuenta como estos árboles erosionan el terreno no me parece una elección acertada. En cualquier caso, la arboleda está plagada de familias dispuestas a pasar el sábado disfrutando de un picnic. Tumbados sobre sus extendidas alfombras y mantas, o cuidando las brasas donde asarán los inevitables pinchos y kebabs, cuando reparan en nuestra presencia todos nos llaman para que nos acerquemos, ofreciéndonos hospitalarios su comida y, sobre todo, armados con sus modernos teléfonos móviles, fotografían la exótica y extraña presencia junto a ellos, en su país, de un turista extranjero. Sin duda alguna, el Kurdistán iraquí es una de esas tierras en las que, gracias a la global popularización de la tecnología, el viajero recibe muchísimas más fotografías de las que es capaz de hacer él.

Me llama la atención, además, que todavía, al menos en este día festivo, la mayoría de la gente con la que nos cruzamos, sigue conservando el traje tradicional kurdo, ellas con sus largos vestidos multicolor y ellos con su mono de color teja y su fajín, algo extraño prácticamente en todo el mundo ya. Al cabo de un rato reemprendemos la marcha. ¡Los adoradores del diablo nos esperan!

Llegar hasta Lalish nos cuesta aun un par de horas, desde luego no es tarea fácil llegar hasta allí, ¡espero que Lucifer sepa apreciar nuestro esfuerzo! Finalmente, sobre las cuatro de la tarde, enfilamos el último tramo, un camino serpenteante que desde la carretera principal asciende, montaña arriba, hasta el mausoleo. Diez minutos más y llegamos al sancta sanctorum de los yazidíes.

Lo primero que me sorprende es que los alrededores del templo están llenos de fieles, familias y jóvenes sentados por todas partes, que supongo han venido a su obligatoria y perceptiva peregrinación. El ambiente que se respira es en general festivo, personalmente deseaba que la entrada al lugar sagrado de los seguidores de Satán resultara un poco más tenebrosa… Pero no todo va a resultar alegre, al bajar del coche unos tipos uniformados que deben ser vigilantes o cuidadores me indican que he de quitarme los zapatos y los calcetines. Para mi disgusto, por el recinto debe andarse descalzo. Además no me dejan pasar, los no creyentes no pueden entrar solos, y deben ser acompañados por un guía yazidí, sonrío, ¿cómo habrán intuido estos perspicaces vigilantes que no soy un fiel más? Me temo que mi pinta de turista despistado delata mi falta de fe…

El guía religioso no tarda en llegar, un individuo impecablemente vestido al estilo kurdo pero con un cabello largo, cuidado y rizado que desde luego no solo desentona allí, sino que lo haría a lo largo de todo el Kurdistán. Se presenta como estudiante de periodismo y economía, y teniendo en cuenta la edad que aparenta concluyo que no debe ser muy buen estudiante, porque más de un curso ha repetido… Ceremonioso, se empeña, antes de empezar el recorrido por el mausoleo, en llevarnos a una sala anexa para introducirnos en las creencias yazidíes. En su más que correcto inglés nos castiga con teorías y doctrinas a lo largo de una media hora. Insiste con vehemencia en que son una religión que rechaza la violencia y que una de sus reglas principales es la tolerancia. Yo no puedo evitar pensar que más que por su voluntad, fundamentalmente no le queda otro remedio a esta secta perseguida por fuerzas aplastantemente más poderosas que ella, que ser tolerante con la esperanza que, los demás, de una vez por todas lo sean con ella. Me quedo con otras dos características curiosas de su religión, a los yazidíes les está permitido practicar lo que ellos llaman la “taghiya”, el disimulo, esto es, actuar como si no profesasen sus creencias para protegerse de posibles castigos, un precepto que deja bien a las claras lo difícil que les ha resultado en muchas ocasiones profesar su religión. La otra característica es que uno no puede convertirse al yazidismo, no es que se me hubiera pasado precisamente por la cabeza hacerlo, pero, ¿una religión que no quiere nuevos adeptos? ¡Qué extraño! Solo puede ser yazidí quien nace de padre y madre yazidí. Regla que sin duda les condena a ser siempre minoritarios en todas partes…

Tras la lección de yazidismo, nuestro guía nos permite por fin pasar al templo, guardado en su puerta principal por una serpiente negra que inevitablemente me recuerda al mito de Adán y Eva. El santuario es sin duda antiguo, y el punto siniestro lo da la oscuridad de sus paredes, ennegrecidas por el humo de las lámparas de aceite que allí se encienden cada noche. El aspecto un poco sui géneris lo produce el hecho de que en la gran sala que antecede a la tumba del jeque Adí, se amontonan las cajas de cartón con botellas del aceite de girasol que servirán como combustible de las lámparas, no sé si en el Vaticano se permitiría este desorden… En esa misma nave observo un montón de pañuelos anudados unos con otros sin una forma precisa. Me explica el guía que los nudos significan los deseos de los fieles que visitan el lugar. Cuando un nuevo creyente llega, deshace uno, lo que produce que el deseo del yazidí anterior se cumpla, y luego hace otro nudo expresando un deseo, que será cumplido cuando alguien desanude el suyo. Me parece una cosa algo infantil, del tenor de tirar una moneda a una fuente…, me esperaba más de estos adoradores del diablo. Aunque el tipo de la espléndida cabellera rizada me invita a participar en el jueguecito de los nudos, me excuso con una sonrisa y paso a la sala donde está el sarcófago con los restos del jeque Aid. La sala es igual de sobria, sin adornos ni imágenes, y también ennegrecida por el humo de las lámparas. Veo a un grupo de peregrinos, muy serios, dando vueltas alrededor de la tumba en sentido contrario a las agujas del reloj, como si se tratase de una especie de Kaaba musulmana en miniatura. No hay mucho más que ver, así que salgo y me siento en el patio exterior. Empieza a caer la tarde y sentado en una pequeña escalinata de piedra que hay en el patio exterior puedo observar a algunos miembros de la familia que cuida del templo. Otra tradición yazidí es la de que, al caer la noche, solo puede quedar en el mausoleo la familia encargada, desde hace siglos, de guardar el lugar. Me resulta curioso el hecho de que estas personas, quizá por su cargo religioso no visten al estilo kurdo, como el resto, sino como si fueran árabes. Uno de estos cuidadores, quizá picado por la curiosidad, se sienta a mi lado, para ser un seguidor de Lucifer la verdad es que su cara dibuja una expresión más bien bondadosa. Le preguntó si siempre ha vivido allí, y me dice que sí,

– ¿Nunca has salido de Lalish?

Me mira asombrado, como si la pregunta fuera absurda, antes de contestar, sonriendo, un conciso

-No, nunca.

El viajero no puede evitar pensar en la diversidad de planteamientos que caben en el ser humano. Así, frente el ansia por huir siempre más lejos, que le empuja a él, la feliz serenidad de quien nunca ha salido de este perdido y minúsculo rincón de las montañas kurdas… Me quedaría un rato charlando con él, pero Bakhtiar no me lo permite, se está haciendo tarde también para nosotros, debemos irnos. Ya en el coche, observo como poco a poco, la morada de los adoradores del diablo, tan poco diabólicos ellos, se va empequeñeciendo, mi viaje se acerca a su fin, y como siempre, la melancolía empieza a invadirme.

El catorce de agosto de 2007 los yazidíes de esta región sufrieron uno más de los abundantes atentados con los que han sido históricamente castigados. La explosión de un camión cisterna suicida acabó con más de doscientos cincuenta de ellos. Apenas quedan, repartidos por el mundo, unos 250.000 creyentes. Tan dura ha sido su represión, que la comunidad más abundante de yazidíes se encuentra en Alemania…

En la carretera de Lalish a Dohuk, Kurdistán iraquí, a 18 de abril de 2014

 

PS: Apenas pocos meses después de mi visita a Lalish, el Daesh inició su levantamiento en tierras iraquíes y sirias. Sin duda la minoría religiosa que ha sufrido una mayor persecución por parte de este grupo terrorista han sido los yazidíes, más incluso que los cristianos, hasta el punto de que puede hablarse de un auténtico genocidio yazidí. Desconozco si las hordas de los malditos integristas alcanzó Lalish, y si el antiguo templo aún sigue en pie, deseo fervientemente que sí.