UN TURISTA EN EL SLUM DE BOMBAY

 

Pizza, una pizza de atún realmente buena, ¡por fin comida con sabor auténticamente occidental! Para el viajero, el Pizza Bay de Bombay resulta un paraíso, aunque quizá con precios un tanto diabólicos…, donde poder dar descanso a un paladar que, tras semanas vagando por la India, agoniza por sobredosis narcotizante de picante massala, la tradicional mezcla de especias india, omnipresente en la gastronomía hindú. Situado en pleno Marina Drive, el resplandeciente paseo marítimo de Bombay que a lo largo de unos tres kilómetros enmarca la bahía Back hasta morir en la popular playa de Chowpatty, el restaurante, con su moderna decoración en blanco y negro, su panorámica cristalera, y pese al anacrónico recopilatorio de los Bee Gees que de forma inclemente resuena a través del hilo musical, resulta un lugar reconfortante donde cenar mientras el sol cae sobre la capital económica de la India.

Llegué ayer por la noche en avión desde la ciudad de Aurangabad. En un vuelo amenizado por las constantes peticiones del sobrecargo y las azafatas al pasaje para que los viajeros apagaran sus teléfonos. Ruego que fue perfecta e indolentemente ignorado por unos pasajeros que absolutamente indiferentes a las llamadas al orden por parte de la tripulación juguetearon con sus teléfonos durante todo el trayecto. De hecho, prácticamente acabábamos de despegar cuando una musiquita boliwodiense fue creciendo en volumen desde el interior del bolsillo de la camisa del tipo que se sentaba a mi lado, denunciando que su teléfono estaba irreprochablemente conectado y, en este caso, recibiendo una llamada. Le eché una mirada acusadora que no pareció alterarle demasiado, y aunque tuvo el detalle de no contestar, no apagó, por supuesto, su receptor. Como europeo siempre temeroso, no pude evitar recriminar su actitud, el hombre puso cara de circunstancias y se disculpó aduciendo que había olvidado el número del pin y que por tanto, si lo apagaba, ¡no podría volver a ponerlo en marcha! Eso sí, en contrapartida, y quizá para hacerse perdonar el descuido, decidió dedicar el resto del viaje a explicarme de forma concienzudamente detallada las diferentes trayectorias vitales y profesionales de sus abundantes hijos, los cuales, al parecer, en su mayoría viven en Alemania…

La de hoy ha sido una larga jornada, intensa y al mismo tiempo emocionante que bien merecía este colofón de atún, queso y masa de trigo. Al fin y al cabo, durante el día he caminado por el dédalo de callejones que conforman el slum de Bombay, el hipertrofiado barrio marginal llamado Dharavi, en el que Vikas Swarup situó gran parte de su novela “Slumdog Millionaire” y que la mayoría de nosotros conocimos a través de su exitosa versión cinematográfica. Por unas horas, me he convertido en uno más de los perros del slum, paseando entre aquellos que podrían afirmar lo mismo que Rama Mahoma Thomas, el protagonista de curioso nombre de la citada novela: “Vivo en un rincón de Bombay llamado Dharavi, en un angosto chamizo de diez metros cuadrados que no tiene ventanas, ni luz natural ni ventilación, y donde me hace de techo una lámina de metal ondulado. La choza vibra violentamente cada vez que pasa el tren sobre mi cabeza. No hay agua corriente ni sanitarios. Esto es todo lo que puedo permitirme. Pero en Dharavi no soy el único. Hay un millón de personas como yo , apiñados en un rectángulo de doscientas hectáreas de cenagoso páramo urbano, donde vivimos como animales y morimos como insectos. Indigentes venidos de todo el país compiten entre sí por un pedacito de cielo en el suburbio más grande de Asia[1].”

Justo después del desayuno me he lanzado en busca de mi objetivo: ¡Dharavi! Aunque, la verdad, he alargado más de lo necesario la primera colación del día, pues me he dedicado a escuchar divertido a los ocupantes de la mesa de enfrente, dos parejas de turistas: padre, madre, hija y novio, los cuatro rozando la obesidad mórbida y que, mientras arrasaban literalmente el por otro lado un tanto ramplón buffet del Hotel Fariyas, han tomado, de forma curiosamente paradójica, como objeto de conversación el comentario y glosa de todo tipo de dietas de adelgazamiento, el ser humano resulta siempre tan paradójico…

Estaba dispuesto a lanzarme a la aventura, pero nada resulta sencillo en la India, tras escuchar el nombre del suburbio, el taxista ha negado con la cabeza al tiempo que me sugería un “sightseeing”, un recorrido panorámico por la ciudad, a fin de cuentas, ¿no era yo un turista? Exprimiendo mi tortuoso inglés he conseguido convencerle de que, efectivamente, no era un error, y que realmente quería conocer el slum. Finalmente, y pese a que su cara denunciaba cierto escepticismo, ha arrancado anunciando que tardaríamos aproximadamente una hora en llegar, pues cruzar una ciudad de más de veinticinco millones de habitantes no es, sin duda, una tarea fácil. Mientras avanzábamos a través del caóticamente infernal tráfico, contemplaba los modernos rascacielos construidos sobre los solares donde antaño se asentaron las fábricas textiles que dieron vigor y prosperidad a Bombay. Curiosamente, desaparecidas las plantas industriales, se mantienen en pie, sin embargo, los inmensos bloques de minúsculos apartamentos en su mayoría de una sola habitación, creados para albergar a los trabajadores de estas industrias, vetustas construcciones hiperpobladas que se arraciman alrededor de los nuevos y altísimos edificios de oficinas en un chocante contraste, por otra parte tan típicamente indio, entre la opulencia y la necesidad.

Al llegar a Dharavi le pido a Prashant que se detenga, entre atasco y atasco el taxista y yo hemos tenido tiempo de sobra para presentarnos claro y charlar sobre casi todo. Son muy pocas las calles del barrio por las que se puede circular en coche, pues la mayoría son demasiado estrechas para ello, y además me apetece andar, así que paramos y Prashant me obliga a anotar cuidadosamente el nombre del pequeño puesto de comida donde va a esperarme, así como su número de móvil. Con todo, todavía no está tranquilo, y me pide que le llame ahora desde mi teléfono, a modo de prueba, para confirmar que, si me pierdo, podré ponerme en contacto con él. Humilde taxista, Prashant ha resultado ser un hombre realmente responsable y concienzudo, preocupado por la inconsciencia de este ignorante extranjero.

Bien, finalmente estoy aquí, doy apenas unos pasos y me detengo a contemplar el turbador espectáculo que se muestra ante mis ojos. No puedo evitar meditar que, durante los inmóviles siglos de la interminable Edad Media europea, el nombre de la India evocaba el edén. Para el ideario medieval, aislada del resto del mundo por los demoníacos ejércitos de Gog y Magog citados en el Apocalipsis, la India era una tierra maravillosa, plagada de riquezas y extraños habitantes, que alimentaba la desatada fantasía de los escritores del Medievo. Citando al medievalista francés Le Goff, la India resultaba nada menos que la antecámara del paraíso. A la vista de Dharavi, con sus chabolas, sus montones de basura, su hedor, quizá las leyendas medievales exageraban un poco…

Estoy solo, un occidental despistado caminando por angostas callejas, deteniéndose a contemplar la ordenada cola que forman unos cuantos hindúes para acceder a un aseo público, a la puerta del cual se vende champú y jabón en coloridas dosis individuales, o sorprendiéndose por el indescifrable entramado de cables y tomas de corriente que cuelgan por las fachadas de las hileras de casas y chabolas. Una soledad que por un momento aguijonea mi estómago en forma de miedo. Pienso en la novela del gran Vikram Chandra, Juegos sagrados, y su peligroso Bombay lleno de gánsters, delincuentes y policías corruptos, donde la vida de un hombre no vale nada, y casi me parece adivinar, entre los individuos que pasan junto a mí, la figura de Ganesh Gaitonde, el implacable bhai[2], que protagoniza su obra. La verdad es que resultaría fácil hacerme desaparecer en Dharavi y probablemente nunca se hallaría rastro de mí en este enjambre humano inaccesible a toda racionalidad urbanística, pero para mi tranquilidad, la gente con la que me cruzo, y ese es siempre el milagro de este país, sonríe despreocupada. Un barbero cuyo establecimiento consiste en dos sillas y un pequeño espejo me llama para que me afeite, una anciana que tranquilamente deja pasar el día frente a la puerta de su casa me hace una seña hospitalaria para que entre en su humilde hogar y unos hombres que lavan ropa en una especie de charca de agua estancada, y que cuelgan las prendas ¿limpias? sobre las vías del tren para que se sequen me piden que les fotografíe. Nada resulta inquietante o comprometido. El único problema con el que me encuentro son tres adolescentes empeñados en seguirme y darme la mano, finalmente le doy un empujón al mayor de ellos y los tres desaparecen entre risas. Como las leyendas medievales, me da la impresión de que también la literatura contemporánea, en ocasiones, tiende a exagerar un poco.

Cuando decido volver en busca de Prashant y su taxi, es ya mediodía, el calor ha ido subiendo a lo largo de toda la mañana y ahora resulta húmedo y asfixiante, cansado por la caminata y acalorado por la temperatura, compro en una pequeña tienda una botella de Maaza, un aparentemente exótico refresco de zumo de mango que sin embargo está comercializado, milagros de la globalización, por Coca-Cola, y me siento en el suelo a disfrutar de mi bebida. La bebo con los ojos cerrados, dejando que el líquido frío y dulce me reconforte. Cuando los abro, observo que una mujer vestida de forma tradicional con un sari de color azul se ha sentado a mi lado e imagino que extrañada y suponiéndome perdido, me pregunta si puede ayudarme en algo, le contesto que no y le doy las gracias, pero ella no se mueve y esta vez su pregunta es más difícil, me pregunta por qué estoy allí, en Dharavi. Guardo silencio, es una pregunta difícil, resultaría estúpido contestar, como si estuviera frente al Taj Mahal, con el socorrido “is very nice”, de repente casi me avergüenzo y me siento como un intruso que se hubiera adentrado, sin recato, en la cara más sórdida y triste de la gigantesca urbe en busca de entretenimiento a través de la miseria de la gente, así que finalmente me encojo de hombros mientras ella asiente con la cabeza. Durante un rato, conversación inevitable en esta nación, me habla de sus hijos, pero luego vuelven las preguntas espinosas,

-¿Te gusta la India?

Esta vez le contesto sin dudas, rotundo: sí, la India me fascina, es un país inconmensurable. Ella se ríe mostrando un fila de dientes desigual y bastante incompleta, pero su respuesta está bañada en fatalismo,

– Te gusta porque solo vas a estar unos días, si vivieras siempre aquí la odiarías.

De nuevo el silencio tan solo cortado por mi breve respuesta: un quizás dubitativo. Incomodo le sonrío y me despido. Decido desandar definitivamente el camino en busca de mi taxi. Cuando llego donde estaba aparcado, Prashant me mira con alivio al comprobar que no me he perdido y que vuelvo en perfecto estado de revista.

Culmino mi banquete en el Pizza Bay con un tiramisú, pura lujuria en forma de pastel. Inopinadamente los Bee Gees continúan con su letanía de canciones pasadas de moda y el local está ahora repleto, con sus clientes divididos en dos bandos según sus prioridades, los turistas, agolpados junto al ventanal, siempre en busca de la mejor vista, y los locales, que optan por las mesas del fondo del local, más cercanas a las salidas de aire acondicionado y por tanto más frescas. Satisfecho y con el estómago lleno salgo a la calle. Marine Drive alcanza el colmo de su belleza durante la noche, no en vano los ingleses la llamaban “Queen’s Necklace”, el collar de la reina, por el rutilante brillo de sus farolas que en la distancia semejarían perlas de un gigantesco collar. Además, la oscuridad permite disfrutar en todo su esplendor del iluminado skyline de Bombay, un skyline que no deja de crecer impulsado por la economía de una ciudad que genera más del 30% del producto interior bruto de la totalidad del país. Pero ya se sabe, la India es la tierra del todo o nada, así que mientras contemplo la magnificencia del lugar, un pobre desarrapado extiende a unos metros de mí una vieja y raída manta, probablemente su única propiedad, para tumbarse sobre ella dispuesto a pasar allí la noche. Me acerco y le doy unas cuantas rupias, una triste limosna que seguramente aspira no tanto a salvar al pobre indigente como a aliviar la mezquina conciencia del viajero. Un viajero que, resignado, decide seguir el consejo que a Rama Mahoma Thomas da su casero Ramakrishna en “Slumdog Millionaire”:

“Los indios poseemos la sublime capacidad de ver el dolor y la miseria que nos rodea sin que nos afecte. Así que pórtate como un auténtico habitante de Bombay, cierra los ojos, cierra los oídos, cierra la boca y serás feliz como yo. Y ahora vete, es mi hora de dormir[3].”

En Bombay, a 16 de agosto de 2012

 

 

 

[1] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire. Anagrama. Barcelona, 2006, p. 154

 

[2] Capo de una banda de delincuentes

[3] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire, opus cit, p.,82