Yoga, santones y lágrimas de rímel en la ciudad santa de Rishikesh. (Artículo que publiqué en la revista “Qué leer”)

Al atardecer, la humedad en forma de una cada vez más densa neblina que parece surgir de las purificadoras aguas del Ganges, poco a poco, va engullendo la amplia escalinata junto al río que conforma el ghat de Triveni, en la ciudad santa de Rishikesh. Mientras espero que llegue definitivamente el final del día y con él la habitual ceremonia religiosa del aarti, paseo por sus empapados peldaños y me viene a la cabeza un conocido texto del Upanisad, muy popular en la India, con el que el maestro despide al discípulo después de haberle transmitido su sabiduría:
“Di la verdad, practica el dharma. No hay que descuidar lo que se debe a los dioses y a los antepasados; las acciones que son irreprochables, ésas son las que se deben observar, no las demás. Se debe dar con fe y ánimo radiante. Si no hay fe, no se debe dar. Ésa es la doctrina secreta del Veda.”

¡Al fin y al cabo es ésta una ciudad de prosélitos! Situada a los pies del Himalaya, Rishikesh disfruta hoy día del honorífico título de capital mundial del yoga. Para conseguirlo, probablemente no resultó banal que en 1968 los Beatles pasaran aquí una temporada en busca de iluminación. De esta forma, cada año, miles de personas de todo el mundo acuden a esta pequeña ciudad para alojarse en sus numerosos ashrams (escuelas de yoga) e imbuirse del sanatana dharma: la “fe eterna” del hinduismo, haciéndose así merecedores, tras su estancia, de las palabras de esta protocolar despedida védica en boca de su gurú.

Se acerca la noche y una multitud de fieles empieza a sentarse a mi alrededor cuando aparece Kemsi, el menudo guía de montaña nacido en la Cachemira India. Me hace señas para que me levante, y con su inglés, que es casi tan malo como el mío, me comenta que el aarti de este lado del Ganges es muy parecido al que saboreamos ayer en Haridwar, la ciudad donde el dios pájaro Garuda derramó una gota del elixir de la inmortalidad, y que es mejor que crucemos a la otra orilla, donde se encuentran la mayoría de ashrams, y así observar el ritual desde el ghat del templo de Swargashram.

Dicho y hecho, pues no hay mucho tiempo que perder. Me levanto y caminamos hacia el vertiginoso puente colgante de Laxman Jhula que nos permitirá cruzar un Ganges crecido estos días por las lluvias del monzón. Kemsi camina delante de mí, obligándome a acelerar mi ritmo de marcha, habitualmente tranquilo, para adaptarme a su paso vivo. Atravesar el Laxman Jhula, por el que no pueden pasar coches debido a su estrechez, pero siempre atestado de motoristas, caminantes y monos que cual temerarios funambulistas se pasan el día haciendo equilibrios a lo largo de los cables de acero que sostienen el puente, me ofrece una soberbia perspectiva de la ribera oriental de Rishikiesh, dominada al noreste por la imponente masa piramidal del templo de Shri Trayanhakshwar, un edificio de varias plantas en el que los altares dedicados a diferentes deidades del infinito panteón hindú: Visnú, Brahma, Sakti, Parvati, Durga…, se entremezclan con pequeñas tiendas de bisutería y regalos en un abigarrado conjunto que culmina en la última y estrecha planta con un linga, la representación fálica del dios Shiva, junto al que un sacerdote aguarda pacientemente la llegada de los fieles para bendecirlos con el agua sagrada del Ganges.

Dejo atrás Laxman Jhula y me sumerjo en el bullicio nada silencioso ni reflexivo, de las calles de Rishikesh. Camino rodeado de carteles anunciando escuelas de yoga en los que se ven, alternativamente, a yogis de pelo largo y poblada barba, o completamente afeitados, sentados en posición meditativa y sonrío al ver pasar a santones de carne y hueso sorprendentemente adaptados a los tiempos que me adelantan en sus ruidosas motos “Hero–Honda”, con sus hábitos blancos, mostaza o azafrán. Una actitud dinámica que contrasta con la de la mayoría de ellos, pues a lo largo de la larga avenida principal que discurre paralela al río pueden observarse a decenas de sadhus, santones y yogis, -no estoy muy seguro de cuál es la diferencia-, cómoda y pasivamente arrellanados en los bancos, o simplemente tirados en el suelo durante horas, esperando quizá ese momento de iluminación que les permita alcanzar el moksha, la liberación de sus magros cuerpos de la cruel samsara, la interminable rueda de la reencarnación. Eso sí, mientras el momento sublime llega, algunos de ellos, al paso del turista, no dejan de alargar perezosamente la mano en un gesto mendicante. No puedo evitar apuntar a un pequeño grupo de ellos con mi cámara pero niegan con la cabeza y me piden dinero por dejarse fotografiar, supongo que su alma está todavía muy alejada del moksha, atrapada por la materialidad y un karma mejorable…

Con todo, el ritmo de Kemsi no me da tregua, por lo que sigo caminando lo más deprisa que puedo. A lo largo de las callejuelas se asientan multitud de pequeños negocios y puestecillos en los que se vende de todo, productos herbales para la piel y el pelo, ropa cutre pretendidamente hippie, imanes de nevera y medallas baratas de Visnú o Shiva, fruta…, y en cada esquina un ciber café o una agencia de viajes ofreciendo emocionantes raftings y apasionantes trekkings de montaña. Aunque el ritmo de marcha empieza a generarme una cierta hipoxia, mi cerebro no puede evitar reflexionar al respecto de la paradójica contradicción que supone el hecho, en general habitual, de que en las ciudades y pueblos que acaban convirtiéndose en destino de mochileros, cumbas y modernos progresistas antisistema en general, lo que más prolifere sean las tiendas y el comercio, consiguiendo convertir, de forma curiosamente irónica, al anticapitalismo en una forma más de crematístico negocio…

Finalmente, y para relajo de mi ritmo cardiaco, llegamos al ghat de Swargashram, con la habitual estatua del azul Shiva, en ese estilo del arte hindú moderno, que me parece siempre tan cercano, en la voluptuosidad de sus formas, al kitsch, y un poco más a la derecha una estatua de grandes proporciones representando a Hanuman, el dios mono, con el pecho abierto mostrando su corazón. No hemos sido los únicos en optar por este ghat, pero parece que sí, lamentablemente, los últimos en llegar. Los escalones están atestados de devotos y también de visitantes curiosos que han debido llegar con tiempo para hacerse con un buen sitio desde el que disfrutar del ceremonial. Mi cara de extrañeza y decepción al mirar a Kemsi imagino que resulta mucho más expresiva y clarificadora que mi inglés, pues me pide calma con las manos mientras se adentra en la marea humana que abarrota el lugar. Le veo hablar con uno de los gurús vestidos de azafrán agrupados en el último escalón de la gradería, a los que por aquí se les llama baba, y que por sus gestos y manera de moverse parece estar al mando de la ceremonia. La conversación es rápida y para mi sorpresa el santón me mira en la distancia y me indica que me acerque. Atravieso los escalones más alejados al río con cuidado de no pisar a nadie y ante las miradas airadas de los turistas que supongo se preguntan el porqué de mi privilegio, llego a la grada poblada de religiosos donde me esperan Kemsi y el maestro yogi, un chico joven con el pelo azabache cuidadosamente peinado hacia atrás, que me recibe con el saludo tradicional juntando las manos e inclinando ligeramente la cabeza. Con un inglés envidiable me comenta que es un placer conocerme y que es para él un honor que les acompañe, que puedo sentarme junto a ellos. Encantado por su amabilidad hablo unos minutos con él. Me comenta que da clases en el ashram que está frente al ghat, y que el mismo está lleno de estudiantes, especialmente de extranjeros, más de cien, afirma abriendo los brazos en un aspaviento que quiere refrendar lo superlativo de la cifra. Cuando la breve charla está a punto de llegar a su fin, el bueno de Kemsi me susurra en el oído que antes de que se vaya le dé una limosna, doscientas rupias concretamente, y una vez más confirmo que esté donde esté, el más ingenuo siempre soy yo…, así que en la despedida, incumplo el consejo del texto del Upanisad, pues aunque doy, lo hago sin fe, y cambio el ánimo radiante por un cierto escepticismo fatalista, muy hindú por otra parte. En cualquier caso, estoy sentado en primera fila…

Apenas han comenzado los cantos del aarti, que en sanscrito viene a significar “lo que disipa la oscuridad”, y que acabará con el tradicional ritual de las lámparas de alcanfor encendidas que movidas en círculos por los sadhus alumbrarán la oscuridad crepitante del Ganges, cuando se sientan justo detrás de mí un grupo de cinco chicas occidentales, todas muy monas y perfectamente maquilladas, acompañadas por un tipo también occidental al que el pañuelo de color rojo atado en forma de cinta en la cabeza junto a su camisa y pantalón blancos le otorgan un ridículo aspecto de extemporáneo baturro perdido en la India. Uno de los religiosos más jóvenes les estaba guardando el sitio y le saludan afectuosamente, como si le conocieran y no fuese ésta la primera vez que vienen. Picado por la curiosidad me acerco al grupo que, muy espiritual, se ha sentado en la imposible para mí, posición de loto con las piernas cruzadas. Les pregunto y me contestan con desgana, como si les fastidiase la interrupción, son un grupo de norteamericanos que están alojados en el ahsram y que esperan pasar unas cuantas semanas aprendiendo yoga y mejorando sus técnicas de meditación y relajación.

No puedo estar mucho rato de pie, ya que molesto a los demás asistentes, así que vuelvo a mi sitio mientras la ceremonia continúa y poco a poco va aumentando la intensidad de los cantos. De vez en cuando miro de reojo a las americanas, que místicamente concentradas cierran sus ojos y siguen el ritmo de la música con el movimiento oscilante de sus cabezas al tiempo que, para mi sorpresa, entonan la letra de las canciones, al parecer memorizadas. Cuando el ritual está a punto de llegar a su clímax con el encendido de las lámparas mi pasmo adquiere tintes insospechados al contemplar como una de ellas, la más alta, de largos y lacios cabellos morenos, dejándose llevar, supongo, por la intensidad del momento, rompe a llorar. Inmediatamente le pregunto a Kemsi por el significado del himno litúrgico, y me contesta que son jaculatorias en honor de Hanuman. Los occidentales somos así, no podemos evitarlo, amamos la multiculturalidad, al fin y al cabo, qué son el pensamiento griego clásico, la escolástica medieval, la Ilustración, la Revolución Francesa o el desarrollo del empirismo científico al lado de las desventuras del dios mono…

Acabado el acto cultual, y cuando la aglomeración de gente me lo permite, purifico mi espíritu empujando con mis manos el humo de las lámparas contra mi cara, recupero los zapatos y me despido de Kemsi que ha encontrado a unos amigos y se va en su compañía. Vagando en busca de un restaurante acierto a encontrar una librería todavía abierta y entro en busca de un buen mapa de montaña donde marcar la ruta que me espera en los próximos días. Estoy en Rishikesh, epicentro de la sabiduría yogi, de la meditación y del camino védico, asiento de modernos y mochileros en busca de la verdad y el conocimiento iluminador, así que claro… la librería está llena de libros de Paulo Coelho y Osho.

Todo se abarata y banaliza, ya nada es lo que era y peor aún, ya nada es lo que pudiera parecer, pese a estar escondida en las estribaciones del Himalaya, en Rishikesh se bebe, por supuesto, Coca Cola, se lee al autor de El Alquimista, y las aspirantes a maestros de hatha yoga, aplican rímel fabricado por alguna perversa multinacional a sus espirituales pestañas.

Diluvia, y la torrencial lluvia monzónica, que al caer parece casi compacta, golpea inclemente la cristalera del popular restaurante Chotiwala en el que me he resguardado en busca de un pulao perfectamente vegetal, como no puede ser de otro modo en una ciudad donde “contaminar” el espíritu por la ingestión de carne resulta prácticamente imposible , y al escribir estas líneas al viajero le resulta difícil no dejarse llevar por la melancolía y por el oscuro pensamiento de que por más lejos que sus pies le lleven, al final, la conclusión será siempre la misma: “mundus senescit”.

En Rishikesh a tres de agosto de 2012