DON HIGINIO EL PAVERO (Artículo que publiqué en la revista “Educación 3.0”)

Dispositivos móviles, contenidos interactivos y gamificados, pantallas en las aulas, e-learning, agility learning, neotelling… Es un hecho, como no podía ser menos, también el mundo educativo ha sucumbido a la realidad de nuestro tiempo, a ésta nuestra época de digitalización y virtualidad llena de extrañas palabras presuntamente importantes, todas obedientemente acabadas en ing. Sin embargo, a mi modo de ver, el brillo de este nuevo escenario tecnológico oculta algunas peligrosas zonas oscuras y puede llevarnos a la confusión. Por eso, a veces, conviene detenerse, y echar la vista atrás. Personalmente, ante estas cuestiones, siempre tengo presente un célebre texto de Unamuno:

“Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos (…), algodón en los oídos, y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de “el pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡y tan pavos!

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas.”

Don Higinio, que así se llamaba el primer maestro de Unamuno, probablemente ni llegó a imaginar un mundo como el nuestro, nunca soñó con aulas informatizadas ni mundos digitales, y probablemente la única proactividad que esperó de sus alumnos fue la de sus gritos ahogados al recibir alguno de sus inclementes cañazos, pero ¡ay!, de su vieja aula decimonónica y de sus paulosianamente conductistas cañazos surgió nada menos que un genio absoluto como Don Miguel. Nuestras escuelas actuales, con toda su panoplia de posibilidades ¿serán capaces de algo así?

No se trata de abogar por una vuelta al método de Don Higinio, claro. Como casi siempre, el problema reside en no perder el foco y no dejar que el bosque de la tecnología nos impida ver el árbol, esto es, al maestro. Seguramente a nuestros niños les viene de perlas poder trabajar con una Tablet en el aula, la posibilidad de visitas online a los grandes museos del mundo o el uso de proyectores en las clases, pero sobre todo, al alumno del siglo XXI, como al del XIX, lo que de verdad le viene bien, lo que le resulta diferencial y absolutamente clave, lo que le marcará como persona y resultará una influencia decisiva para su vida adulta será contar con un buen profesor. Por ello, en mitad de toda esta baraúnda tecnológica, y por seguir con la jerga informática, quizá el profesorado deba “reiniciarse”, detenerse un momento y reclamar su puesto central e insustituible en la educación así como, y esto es importante, en la sociedad. Para ello resulta imprescindible que como profesores volvamos la vista de nuevo hacia nuestra vocación primigenia, que volvamos a escuchar las razones que nos llevaron a escoger este camino tan hermoso y desgraciadamente cada vez más devaluado, que nos apartemos de modas y “postureos” y volvamos a hacer aquello con lo que soñamos desde pequeños: enseñar. Pues pese a los nuevos vientos ideológicos que azotan a la educación, el maestro no puede limitarse a ser un acompañante, un dinamizador, sino que debe ser mucho más, ya que es su aporte personal, y no las herramientas tecnológicas, lo que marca la diferencia entre recibir una buena o mala educación.

Es difícil concebir una ocupación más bella que la de la enseñanza, el filósofo de filósofos, Platón, que vivió en un momento de cambio de paradigma tecnológico (de la oralidad a la escritura) muy similar al actual, afirmaba que quien enseñaba escribiendo enseñaba sobre hojas de papel, pero que quien enseñaba hablando, lo hacía sobre el alma de los hombres. En esta época de virtualidad digital, ¿sobre qué vamos a enseñar nosotros?

VIAJES CON HERÓDOTO. Ryszard Kapuscinski.

No creo que sea casual que la reseña que inaugura esta nueva sección de mi blog, dedicada a comentar textos que me han parecido interesantes, esté dedicada a un libro de viajes, pues una obra de este tipo recoge dos de mis principales pasiones y vocaciones: viajar y leer. El libro, “Viajes con Heródoto”, me lo prestó, además, el doctor Joaquim García. Joaquim pertenece a esa clase de amigos que uno tiene siempre presente y cuya amistad resulta indiferente al paso del tiempo y a la mayor o menor frecuencia de nuestros encuentros. Pues cuando por fin nos vemos, el reencuentro siempre resulta natural y plagado de cuestiones sobre las que charlar. De forma que este libro de viajes del maestro Kapuscinski, prestado por un viejo amigo, me pareció el ideal para iniciar este nuevo camino.

Kapuscinski puede considerarse prácticamente como una figura legendaria del periodismo y del reporterismo. A lo largo de su vida viajó por todo el mundo y sus crónicas aparecieron publicadas en los más prestigiosos periódicos y revistas internacionales. Además, aprovechando el material recogido en sus viajes periodísticos, escribió un buen número de libros que obtuvieron también un gran éxito. Hasta que cayó en mis manos este “Viajes de Heródoto”, el único libro que había leído de él, y que me gustó mucho además, fue “El emperador”, dedicado a Etiopía y a la figura de su último emperador Haile Selassie, rey de reyes, león de Judá. Cuando lo leí estaba preparando mi viaje a aquella tierra, y la obra de Kapuscinski contribuyó a aumentar la fascinación que siempre he sentido por la tierra e historia etíope.

Así que empecé el libro absolutamente predispuesto a dejarme seducir una vez más por la prosa del periodista polaco y por el exotismo de los países de los que se disponía a hablar. Tal vez la expectativa era muy alta, ya conocen aquel aforismo que afirma que la satisfacción es la diferencia entre la expectativa y la realidad…, pero he de decirles que en términos generales, pese a resultar interesante, el libro acabó defraudándome un poco. Me explicaré.

Podríamos decir que “Viajes con Heródoto” es en realidad tres libros en uno. De un lado y sin que el autor lo exprese formalmente, resulta una especie de pequeña autobiografía o libro de memorias del autor, de otro, al ir comentando sus andanzas en diversos países, es propiamente un libro de viajes, y por último, sus continuas referencias a la obra del padre de la historia, Heródoto, lo convierten, también, en una especie de brevísima síntesis del magno libro del historiador griego nacido en Halicarnaso. Curiosamente, lo que debería resultar la virtud del libro, esta variedad temática desde la que se encara la narración, se convierte en su principal defecto, pues desde mi punto de vista Kapuscinski se queda corto en el desarrollo de los tres argumentos. Si bien resulta siempre un recurso narrativo eficaz dejar al lector con ganas de más texto, es decir, no hartarlo para que el libro no acabe resultando aburrido, el escritor polaco lleva este recurso al extremo, de forma que más que dejar con algo de hambre al lector, lo deja absolutamente famélico, lo que al final acaba generando un efecto parecido al de atiborrarle de información, pues provoca igualmente disgusto.

Este aspecto resulta especialmente evidente en las escasas pero indicativas menciones que Kapuscinski dedica a la historia de su país, que es al mismo tiempo, claro, su propia historia. Así, nos dice que de pequeño vivía cerca del gueto de Varsovia, pero no avanza ni una palabra más en esa dirección. En el caso de la dictadura comunista polaca, la cosa resulta más llamativa, hace mención a la tristeza de los que vienen del Gulag, a la escasez de libros, o su sorpresa ante el hecho de que, a diferencia de Varsovia, en Roma las empleadas de las tiendas se levantaban al verle y le atendían con alegría, pero siempre se queda ahí, apunta pero no dispara. Todos estos comentarios aparecen sueltos como pequeños indicativos de la situación de penuria política y económica que vivió su país, pero sin ahondar en ellos, sin realizar siquiera un comentario valorativo, quizá el hecho de que él mismo militara durante muchísimos años en el partido comunista polaco, -desconozco si de forma absolutamente voluntaria o no-, tenga algo que ver con esta cuestión…

También pasa demasiado deprisa, al menos para mi gusto, por los países por los que viajó. Nos da alguna pequeña pincelada, se entretiene en algún detalle o narra un encuentro con algún personaje singular. Pero, esto resulta prácticamente poco más que una gota en el océano al hablar de países absolutamente inmensos y no sólo desde un punto de vista geográfico como India, China, Irán, Etiopía o el Congo. Esta sensación resultó especialmente lacerante para mí en el caso del Congo. Por suerte para mí, he viajado por la mayoría de países que aborda Kapuscinski en su libro, salvo por el Congo, que con el tiempo se ha ido convirtiendo en mi asignatura pendiente como viajero, ese “corazón de las tinieblas”, lugar exóticamente mítico y fascinante que sueño con conocer algún día. De ahí que devorase las páginas que dedica a ese país, y que me parecieran muy, pero que muy pocas.

En realidad por momentos el libro parece centrarse en la monumental obra de Heródoto. Convirtiéndose prácticamente en una gran reseña que exhorta a su lectura. La virtud de Kapuscinski a este respecto es ofrecernos pequeños entremeses del texto de Heródoto aderezados con comentarios personales. Como tantas veces ocurre, al atrevernos a entrar, en este caso de la mano del escritor polaco, en el ámbito de las obras clásicas, descubrimos su grandeza intemporal, su profundidad y su comprensión lúcida de la condición humana. Cuando conseguimos romper nuestro miedo ante estas magnas obras, lo primero que nos sorprende es que, pese a los miles de años que nos separan, los personajes que aparecen son absolutamente parecidos a nosotros, tienen nuestros mismos deseos, inquietudes y problemas. Al viajar a través del tiempo gracias a las obras clásicas descubrimos que el hombre, en realidad, ha cambiado muy poco, y que Heródoto, pero también Sócrates, Platón, Tucídides, Cicerón, Tácito o Suetonio nos hablan en realidad directamente a nosotros, y desde luego tienen mucho, muchísimo que decirnos. Por ello, el acercamiento que Kapuscinski nos ofrece a Heródoto resulta, a mi entender, lo mejor del libro. Pues el lector acaba el mismo con unas ganas absolutas de empezar la “Historia” herodotiana.

En cualquier caso, y por concluir, aclarar que hay también mucho de bueno en “Viajes de Heródoto”, de ahí que nos hubiera gustado que el autor nos ofreciese más. Kapuscinski es un maestro de la escritura y por ello el libro se lee muy fácil, sin esfuerzo, resultando absolutamente ameno, cuando quieres darte cuenta ya lo has acabado y mientras tanto has viajado, someramente o no, por gran parte del globo terráqueo, por la biografía del autor y por supuesto por las historias del genial Heródoto. “Viajes de Heródoto” es un libro que podría haber sido mucho más de lo que es, pero en cualquier caso no debe, desde luego, desdeñarse su lectura.

 

 

CRÓNICAS NAMIBIAS 3. De canales de televisión y puestas de sol.

Cercano ya el mediodía, empezaba a apretar el calor en la inmensidad del desierto del Kalahari. El invierno namibio es así de “divertido”, por la noche las temperaturas bajan hasta apenas los seis u ocho grados en la madrugada, pero con la salida del sol, remontan rápidamente hasta sobrepasar los 25 en pleno día. Así que lo mejor es vestirse con varias capas de ropa de las que uno va despojándose a lo largo de la jornada para volvérselas a poner todas cuando llega la noche.

Tras unas horas de conducción parecía que estaba cogiéndole definitivamente el tranquillo a lo de conducir por las pistas sin asfaltar namibias. De forma que hasta me permití poner en marcha la radio del mega trastón en busca, sin éxito, de alguna emisora de música. En una muestra de que no todo está perdido para la humanidad, constaté que en Namibia todavía no existe nada parecido a “Los 40 principales,” así que apagué la radio y me puse a silbar tranquilamente. Incluso empecé a pensar que había sido un exceso lo de comprar dos garrafas de cinco litros de agua, “por si acaso”. Todo parecía controlado, estaba hecho un perfecto conductor africano. Sin embargo a pocos kilómetros de mi destino, el “Camelthorn lodge”, la realidad volvió a poner a mis dotes de conductor en su sitio… Pues de repente la pista por la que transitaba se cubrió de arena, y mi acorazado, pese a su tracción a las cuatro ruedas, empezó a resbalar y a deslizarse sobre la arena dando bandazos hacia uno y otro lado. Disminuí la velocidad y apreté con fuerza el volante, y con ello se acabó todo mi arsenal de habilidades técnicas para sortear la situación… Ah, bueno, también dejé de silbar, aunque eso tampoco ayudó mucho. De modo que ya pueden imaginar, queridos lectores, que aquellos últimos kilómetros resultaron un auténtico infierno para este turista con ínfulas.

Cuando al cabo de un rato, y frente a la entrada del Camelthorn bajé la ventanilla para pedir al portero que subiera la barrera, éste contempló a un pobre españolito absolutamente aliviado por haber llegado finalmente a su destino, empapado de sudor y con los brazos absolutamente acalambrados de tanto apretar el volante…

El Camelthorn es un bonito hotel formado por unas cuantas habitaciones en forma de pequeñas casitas diseminadas alrededor del edificio que alberga la recepción y el restaurante. Eso que los modernos (y los anglosajones claro…) llaman un lodge o un tented camp… El contraste entre aquellas acogedoras casitas y el paisaje totalmente árido, durísimo e interminable en el que están situadas me pareció realmente curioso. Los turistas producimos engendros muy extraños… En la recepción me presentaron a Bilo, el guía que, por la tarde iba a llevarme a recorrer los alrededores en busca de animales. Me dijo que salíamos en menos de dos horas, así que tenía el tiempo justo para comer algo y echarme una breve siestecita en mi casita. Después de tantas horas de conducción y sufrimiento, ¡me merecía el premio de la siesta!

Cuando sonó mi móvil avisándome de que el tiempo de mi merecido sueñecito había acabado, me sentí invadido por el cansancio. ¡Qué bien se dormía en aquella cama tan ancha y qué pereza salir ahora de ella! Me eché un poco de agua en la cara para despertarme, cogí un polar por si volvíamos tarde, y expectante ante el safari de aquella tarde, me dirigí a la puerta. Hasta aquí todo normal, pero claro, la normalidad resulta algo muy anormal en mí…, así que al intentar salir descubrí que había sido un error cerrar la puerta por dentro, ¡no había manera de abrirla ahora!, es en esos momentos cuando uno, en lugar de serenarse e intentar arreglar el problema, empieza a recriminarse por lo hecho anteriormente, algo que no tiene ninguna utilidad práctica pero que, por alguna razón, parece confortar el espíritu de los seres humanos. En mi caso empecé a reprocharme, con toda razón por otro lado, el haber cerrado la puerta con llave en aquel lugar dejado de la mano de Dios, absolutamente desértico, en el que uno podía transitar horas sin ver a nadie, ¿quién diantres pensaba que podía entrar en mi habitación? Conforme pasaba el tiempo mis nervios se aceleraban y apretaba más la llave contra el bombín sin obtener ningún resultado. Mi casita-habitación aunque perfectamente acogedora, no tenía teléfono, así que no podía llamar a recepción, y desde luego, todo tiene un límite incluso para mí, no estaba dispuesto a ponerme a gritar pidiendo socorro… ¡Habría resultado demasiado humillante! Ya había pasado la hora en que había quedado con Bilo, y yo seguía allí, ridículamente encerrado en mi habitación, así que llegó el momento de las decisiones “heroicas”: decidí salir por uno de los amplios ventanales de la habitación. Una vez subido al alfeizar, y antes del “arriesgado salto al vacío” desde una altura de medio metro, miré a los lados para asegurarme que no había nadie que pudiese contemplar la ridícula escena de aquel absurdo turista huyendo de su cabaña por la ventana en lugar de por la puerta. “Sorprendentemente”, en medio del desierto no había nadie a mi alrededor…, así que pude saltar sin miedo al ridículo y salir corriendo hacia la recepción dónde Bilo me esperaba impaciente, subido al jeep descapotable y con el motor en marcha.

Me recibió con una sonrisa y, lo que más agradecí, sin preguntas al respecto de la causa de mi retraso. Iniciamos el trayecto y la verdad es que lo disfruté cada segundo, más allá de su imponente belleza, lo que me fascinaba fundamentalmente era la sensación de estar en uno de aquellos lugares que uno ha mitificado desde niño. El Kalahari significaba para mí noches de sábado frente al televisor, degustando el inolvidable “Informe Semanal”, un programa que me permitía saber de la existencia de lugares tan exóticos como el Kalahari, la árida tierra dónde vivía el pueblo bosquimano y que atravesó el explorador Livingstone. Sin duda el Kalahari ocupa un lugar en mi propia mitología junto a lugares tales como Etiopía, Samarcanda, Benarés, Tombuctú.

A lo largo del tiempo he podido visitar todos esos rincones recónditos del mundo que excitaron mi infantil imaginación. Verlos en toda su magnificencia, resultó en cada ocasión algo impresionante. Pero he de reconocer que ningún viaje real ha podido superar nunca las expectativas de belleza y exotismo que aquellos programas y documentales en blanco y negro generaron en aquel niño que fui. Ya se sabe que, como escribió Cervantes, el camino siempre, siempre es mejor que la posada…

Es curioso pero, cuanto más viejo me hago, más creo que vivimos sumergidos en un mundo de falsa libertad. Mi niñez discurrió en una época de sólo dos canales de televisión, probablemente quienes sean tan viejos como yo lo recordarán. Así que estábamos condenados a tener que ver sí o sí Informe Semanal, La Clave o los documentales de Rodríguez de la Fuente. Resultaba fastidioso, sin duda, no poder elegir, y más de un día pensé que me moría de aburrimiento frente a aquel televisor sin mando a distancia ni canales alternativos. Pero a cambio vi programas que en cierto modo me formaron, me enseñaron el mundo y sobre todo, despertaron en aquel niño de un barrio obrero de Hospitalet un insaciable deseo de conocer, de viajar y de aprender. Algo que, de otra forma, probablemente nunca habría experimentado. Me recuerdo a mí mismo sentado en el suelo del comedor viendo como José Luis Balbín presentaba a sus invitados y sorprendiéndome ante sus currículums, los idiomas que hablaban y los libros que habían escrito. No podía evitar sentir una desmedida admiración por aquellos señores tan serios que parecían saberlo todo sobre cosas y cuestiones de las que yo ni siquiera había oído hablar jamás.

Hoy en día gozamos en cambio de un número casi infinito de posibilidades televisivas, ventajas del capitalismo supongo. Paradójicamente en esa posibilidad prácticamente inacabable no hay sitio para programas como aquellos. Hoy todo tiene que ser lúdico, superficial, gracioso, aparentemente divertido. Como resultado de esa transformación presuntamente democrática y liberalizadora, si fuese niño hoy día vería Sálvame en Tele 5, nunca hubiese sabido de la existencia del desierto del Kalahari y mi avidez por saber se habría transformado en un deseo incontenido por convertirme en uno de esos patéticos famosos que pueblan nuestra televisión. Vivimos en un mundo de apariencias, se nos ha convencido de que jamás nadie ha sido tan libre como nosotros, pero créanme, es algo puramente engañoso, somos tan libres como las vacas que pastan tranquilamente en un campo vallado a la espera de ser llevadas al matadero…

Por suerte, pues mis reflexiones empezaban a deprimirme, la presencia de una vieja leona me despertó de mi triste monólogo interior. Bilo acercó el coche hasta ella, que nos miró con ojos retadores. Al vernos se levantó y comenzó a andar pesadamente. La seguimos un rato con el coche, Bilo me comentó que era el último ejemplar de un grupo formado por un macho y tres hembras que habían vivido en aquella zona durante años y que, a causa de la edad habían ido muriendo. Aun anciana, aquella leona seguía manteniendo, desde luego, un aspecto fiero e imponente y de vez en cuando se giraba amenazadora como queriendo advertirnos de que estábamos demasiado cerca y que la dejáramos en paz. Finalmente le hicimos caso, y Bilo condujo hasta una pequeña colina donde poder contemplar la puesta del sol. Sacó una pequeña mesa plegable, dos sillas de camping y una nevera portátil del maletero. Perfectamente pertrechados, nos acomodamos en silencio y cerveza en mano a esperar que el sol, un día más, decidiese retirarse para dejar su lugar a la luna. Rápidamente, el cielo fue adquiriendo un ominoso color rojizo, la oscuridad se adueñó por momentos de aquella gigantesca planicie acentuándose, con ello, la sensación de pequeñez y turbadora soledad que invade al turista la transitar por esta tierra. Lejos de todo y de todos, sobre aquella colina sita prácticamente en ninguna parte, rodeado por la sordina de la nada y el rojo fuego de un sol a punto de morir, por un momento todo dejó de tener sentido: el trabajo, el futuro, el pasado, mis libros y artículos, mis eternas cavilaciones y angustias… Es en esos divinos momentos en los que todo deja de tener sentido, cuando el ser humano, por un instante, puede intuir el único y paradójico sentido: vivir. Le di un último trago a mi cerveza Windhoek y cerré los ojos. Volví a pensar en la vieja leona, en su soledad final, tumbada junto a algún matorral y contemplando, como yo, el más hermoso de todos los cielos estrellados: el africano. ¿Se preguntaría por el sentido de su vida? Probablemente no, pero seguro que antes de dormir rememoraría sus tiempos de juventud, junto a sus compañeros de manada, los tiempos en que sus noches eran menos solitarias y, ¡quién sabe!, quizá experimentaría la misma melancolía que yo al recordar mis días de televisión e infancia. Comenzaba a hacer frío y Bilo me tocó en el hombro para indicarme que debíamos volver. Lástima. Me habría quedado allí para siempre.

¿De verdad somos aquello que queremos ser? (Artículo que publiqué en social.cat)

Se acabó el verano. Terminado el dorado paréntesis de las vacaciones, una vez más, como cada año, resignados, volvemos al trabajo y a la rutina, volvemos a empezar. En muchos aspectos, nuestra vida resulta circular, un día tras otro repetimos nuestras acciones, tenemos las mismas conversaciones con las personas de siempre, y seguimos igual de frustrados ante nuestra realidad vital.

Ante la sensación que a muchos de nosotros nos invade tras el verano, al ver que todo sigue igual y que seguimos sin alcanzar el desarrollo personal que desearíamos, conviene tener presente la sublime afirmación de uno de mis pensadores más queridos, don Miguel de Unamuno: Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día: el que quieres ser es tu idea de Dios…

Todavía hay quien cree que la actual sociedad occidental con su “intocable” libertad de mercado, es el lugar idóneo para llegar a ser aquello que queremos ser. Lo reconozco sin ambages, me gustaría de verdad compartir esta opinión. Pero me temo que mi visión de la modernidad y nuestra sociedad es bastante más pesimista, y que desde mi escepticismo descreído su optimismo me parece más bien ingenuo candor. Pues desde luego, si hay algo que en general no quiere concedernos el sistema con sus imposiciones económicas, con sus conveniencias sociales y familiares, y sobre todo con su incontenible presión mediática, es libertad para elegir nuestro camino. Quizá nunca como hasta ahora, y en esta cuestión la revolución tecnológica ha ejercido una influencia terriblemente perniciosa, el ser humano ha quedado tan claramente reducido al simple, binomio de individuo productivo y consumidor. El resto de los aspectos de la vida parecen haber perdido toda importancia. En esta coyuntura, caminamos hacia la disolución de la frontera entre trabajo y vida personal, hacia un mundo en el que todo será instrumental, y en el que sólo lo útil desde un punto de visto productivo, estará permitido. Una realidad, en definitiva, horrendamente deshumanizado, en el que todo lo que no es práctico es ridiculizado y despreciado. Este mundo aparentemente confortable, tras su engañoso resplandor tecnológico no esconde más que oscuridad, rutina y un absoluto vacío existencial. Hace casi dos siglos Alexis de Tocqueville escribió unas líneas absolutamente proféticas:

“(…) veo ante mí (en un futuro) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llenan sus almas. (…) Encima de ellos, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal que sus ciudadanos no piensen más que en gozar; cubre la sociedad con un tejido de pequeñas normas complicadas, uniformes y minuciosas, a través de las cuales las almas más vigorosas y originales no podrán elevarse sobre el vulgo. No tiraniza propiamente: encadena, oprime, enerva, reduce a cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado.”

Mientras la filosofía desaparece de nuestros institutos y universidades, el banal mundo virtual de internet lo invade todo, mientras nuestros hijos son incapaces de leer un libro, el mundo de los emoticonos y los mensajes en ciento cuarenta caracteres se convierten poco a poco en nuestra nueva y pobrísima forma de comunicarnos. Al tiempo que en nuestra sociedad se dispara el consumo de ansiolíticos y depresivos, el falso mundo de Facebook e Instagram nos traslada a una absurda Arcadia de rostros aparentemente sonrientes y de engañosa felicidad. ¿De verdad las futuras generaciones podrán escoger libremente ser poetas o filósofos? Vivimos una época en la que todo es economía, productividad y eficacia, en la que tenemos cada vez una vida materialmente más cómoda pero al mismo tiempo más anodina y vulgar, pues la productividad exige cantidad y uniformidad, y por tanto cada vez hay menos sitio para el diferente, para el rebelde, para los que aman el pasado, al humanismo, a las palabras escritas en el agua o dictadas en el viento, para aquellos que optan por la espiritualidad y el mundo trascendente.

Pero, ¿qué podemos hacer? Quizá el vendaval es demasiado fuerte, mantenerse firme contra la corriente requiere un heroísmo que la mayoría de nosotros no tenemos. Basta echar una ojeada a la historia para darse cuenta que luchar contra los tiempos y su lógica es prácticamente una misión imposible. Probablemente, y como vaticinó Tocqueville, estamos condenados a ser reducidos a la lamentable categoría de ganado, y a no poder aspirar más que a recibir, gracias a nuestro penoso trabajo, un pienso algo mejor. Sin embargo, siempre nos quedará el gran Unamuno y su filosofía, en la que podremos abrigarnos pensando, como él, que más allá de lo que tristemente seamos, lo importante, lo auténticamente importante es aquello que nos gustaría ser, porque quizá ese anhelo sea el último rastro de auténtica humanidad que todavía poseamos.

CRÓNICAS NAMIBIAS 2. Camino del Kalahari

Me desperté con dolor de estómago. La noche anterior, había cenado en el inevitable Joe’s, el restaurante de carne que recomiendan todas las guías de turismo, donde una vez más confirmé la evidencia de que el turista medio (categoría en la que sin duda me incluyo), es un ser sumiso y disciplinado, pues el garito estaba tan abarrotado que me dio la impresión que todos los extranjeros llegados a Windhoek, la capital de Namibia, habían tomado la misma decisión que yo, quizá incluso habían comprado también la misma guía… Al llegar pensé que aquel abigarrado local había sido decorado por el dueño de un restaurante de la competencia. Horroroso, pretendía simular, con menos que escaso acierto, una especie de poblado indígena. La oronda camarera que me recibió me preguntó si tenía reserva. ¿Reserva? ¿En Windhoek Namibia? ¿De verdad? Mi negativa fue recibida con un resignado mirar al estrellado cielo namibio por parte de la mujer y un gesto de que esperara. ¡Y vaya si esperé! Esperé para ser sentado, para ser atendido, para que llegara mi comida… En Joe’s aprendí dos cosas importantes al respecto de la hostelería namibia, la primera es que su comida, a base fundamentalmente de carnes a la brasa es absolutamente excelente, la segunda es que jamás ningún camero o camarera del país morirá de un ataque al corazón a causa del estrés producido por la tensión del trabajo…

La guía recomendaba el entrecot de cebra y he de reconocer que estaba espectacular, una carne sorprendentemente tierna y de un sabor fuerte y sabroso, así que, animado por aquel gran comienzo, decidí arremeter también contra un filete de kudu, y unas brochetas de gacela… Todo ello regado con dos imponentes jarras de buena cerveza local cuyo nombre es el mismo que el de la capital: Windhoek. Lo sé, lo sé, un exceso… así estaba yo por la mañana, muerto de sueño y con mi estómago protestando.

Había llegado el momento de abandonar el confortable hotel y lanzarme, por fin, a la aventura. Mi coche estaba en el parking subterráneo del edificio, pero antes de subirme a él decidí preguntar a uno de los porteros por la dirección que tenía que tomar para salir de la ciudad en dirección sur, hacia el Kalahari. Sí, sí, tenía mi GPS claro, pero por si acaso un poco de información nunca está de más… El chico, con una amable sonrisa me explicó un par de veces lo que debía hacer, pero yo no acababa de entenderle. Pacientemente me indicó que mejor me acompañaba hasta el parking y que, ya en la calle, comprendería mejor sus explicaciones. Me pareció buena idea, así que bajé con él hasta dónde me esperaba mi carro de combate reconvertido. Mientras me subía al engendro mecánico, me dijo que me esperaba en la salida, lo único que debía hacer para llegar hasta ella era salir recto y que cuando llegase al final, girar a la derecha. ¿Fácil verdad? Con lo que no contó el buen hombre fue con mis dificultades para la orientación. Fui capaz de arrancar el coche, que rugió como cinco leones justos, pero cuando llegué a la pequeña encrucijada giré, por supuesto, a la izquierda… En mi defensa diré que era muy temprano, y sobre todo que era tan solo la segunda vez que conducía aquel mega trasto en el que todo estaba al revés, empezando por el volante, ¿cómo no iba a confundirme si lo que toda la vida había estado en la izquierda estaba ahora a la derecha? La cuestión es que al equivocarme enfilé por la rampa de entrada en lugar de la de salida, mientras oía gritar en la lejanía al pobre portero, que a estas alturas debía pensar que yo era absolutamente tonto…

Como no podía ser de otro modo, dada mi proverbial buena suerte, me encontré con un coche de cara, al conductor del mismo imagino que estuvo a punto de darle, a él sí a diferencia de los hosteleros locales, un ataque cardiaco al ver venir de frente a aquella arma de destrucción masiva. El resto de la escena la pueden imaginar, el portero dándome instrucciones para que hiciera marcha atrás sin chocar con nada, el individuo del otro coche, superado el susto, mirándome con una sonrisa del tipo, ay los turistas… Cuando por fin conseguí llegar a la salida, no quise escuchar las nuevas indicaciones de aquel portero con alma de santo Job, quería dejar atrás aquel ridículo cuanto antes. Moví afirmativamente la cabeza en un gesto que quería indicar que estaba todo claro, le di una más que merecida propina y arranqué. Para mi tranquilidad, en cuanto lo hice, el GPS empezó a darme órdenes. Hace ya más de un siglo, mi adorado Dostoievski escribió que todo hombre busca quien le esclavice, pues en el fondo, el ser humano odia la libertad. Tenía absolutamente toda la razón, yo acababa de encontrar a mi nuevo amo, el GPS, y gracias a ello estaba absolutamente encantado.

Justo antes de salir de la ciudad, parado en uno de los últimos semáforos que vería durante muchos días, pasó ante mí una mujer Herero, el grupo étnico que durante siglos fue habitó aquellas tierras del centro de Namibia. La reconocí por el estrafalario sombrero alargado y de colores vistosos que estas mujeres gustan llevar hoy día. Ya en la carretera, no pude evitar que los Herero y su triste historia ocupasen mi mente durante un buen rato.

La verdad es que la primera vez que tuve noticia de este pueblo fue a través de la lectura de una novela excepcional: “V” de Thomas Pynchon. Siempre he pensado que si pudiese elegir qué escritor ser, escogería sin dudar a Pynchon. Autor de culto que se ha permitido el lujo de ser un perfecto desconocido. De hecho, si buscan su nombre por internet comprobarán que prácticamente no existen fotos suyas y que en raras ocasiones ha hablado con la prensa. Pynchon no necesita tener un blog, ni promocionarse en twitter, ni hablar con sus lectores ni darles coba. Pynchon tan sólo es un grandísimo escritor dedicado únicamente a eso, a escribir, lo que le convierte en un auténtico héroe de la literatura contemporánea. “V” es una obra que hay que leer sin prisas, pero les aseguro que vale la pena hacerlo. En la novela, Pynchon convierte la ley física de la entropía en una metáfora del camino disolvente que sigue nuestra sociedad, denunciando la conversión del hombre en pura mercancía capitalista en manos de una tecnología que lo deshumaniza por momentos. Como les digo, dediquen unas cuantas horas de su vida a leer a Pynchon, no será un gasto de tiempo sino una inversión existencial.

Pero me desvío del hilo de mi historia, lo que quería decirles es que Pynchon habla en su novela “V” de los Herero, y en concreto del genocidio que sufrieron a manos de los alemanes, los iniciales colonos europeos de esta tierra. Sí, “sorprendentemente”, los colonizadores alemanes se tomaron a mal que a los pobres Herero no les gustase que se les echara de sus tierras de toda la vida y que además se les esclavizase. Quizá pensaron que aquellos indígenas eran unos picajosos que nunca estaban contentos con nada… Así que, cuando los Herero finalmente se sublevaron, el ejército alemán contestó con toda la brutalidad de la que fue capaz, y ya sabemos que en general, siempre ha sido capaz de bastante… De hecho fue aquí donde se construyó el probablemente primer campo de concentración y exterminio de la historia, Shark Island, tenebroso presagio de lo que ocurriría apenas treinta años después en Europa. La represión militar quedó en manos del repugnante general Lothar von Trotta, uno de esos especímenes execrables que, demasiado a menudo, es capaz de general la raza humana.

Resulta tristemente famosa su declaración de 1904, en la que ordenó que todo herero, armado o desarmado, que fuese localizado en lo que él consideraba territorio alemán, fuera ejecutado. Así se simple, así de terrible. Los herero, diezmados y perseguidos, fueron empujados a las zonas más inhóspitas y secas del desierto del Kalahari. Al parecer, meses después, los soldados alemanes encontraron montones de esqueletos de nativos junto a grandes agujeros. ¿La razón? Centenares de hereros murieron de sed mientras cavaban, desesperados, en busca de un agua que nunca encontraron… Todavía se discuten las cifras, pero parece que entre el 70 y el 80 por ciento de la población herero murió a causa de aquella brutal represión. La historia de la colonización europea de África es siempre tan linda y edificante…

La triste meditación al respecto de la suerte de los herero me acompañó un buen rato, hasta que después de recorrer poco más de cien quilómetros paré a poner gasolina en Mariental, según mi mapa, el último pueblo que merecía ese nombre antes de dejar la carretera asfaltada y adentrarme en el desierto. Al tipo del surtidor le pareció que no le bastaba con llenarme el depósito, así que decidió, impasible ante mis protestas, limpiarme el cristal del parabrisas, ¡pero si estaba impecable! Acabada esta tarea, siguió sin darse por vencido, y me hizo gestos de que abriera el capó ¿el capó? ¿Para qué? Una vez más le dije que no, pero él me hizo el mismo caso que con el parabrisas y siguió insistiendo. Ahora ya no es que me negase, ¡simplemente no tenía la menor idea de cómo se abría el capó de aquel todoterreno! Finalmente, el hombre miró al cielo con una expresión que me recordó a la de la flemática y bien alimentada camarera del restaurante Joe’s, y abriendo la puerta del conductor, le dio él mismo a la palanca que abría el capó… Echó un vistazo a aquel motor que sería capaz de generar el solo electricidad suficiente para la mitad del continente africano y tras abrir una especie de depósito, mi desconocimiento de la mecánica de un coche es absoluto, cogió una regadera azul que tenía allí cerca y echó un buen chorro de agua. Tras hacerlo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza. Ahora sí que podía, por fin, continuar con mi viaje.

Tras Mariental, la carretera se convirtió en una pista polvorienta, ¡ahora sí que definitivamente estaba en marcha! Cuando mi macro tanque empezó a botar a causa de los baches del camino, noté como la adrenalina recorría mi cuerpo y mis pulsaciones se disparaban. Poco a poco, me fui calmando, y la adrenalina fue sustituida por una relativa calma y sobre todo, por una profunda y embriagadora sensación de libertad. Allí estaba yo, en medio de África, camino del Kalahari, aferrado al volante, conduciendo en medio de una nada inmensa apenas salpicada aquí y allá por alguna solitaria acacia ¿Qué más puede pedir un turista con ensoñaciones de viajero?

CRÓNICAS NAMIBIAS 1. El largo camino del aeropuerto al hotel.

¡Allí estaba yo! Con aquel todoterreno inmenso que más que un coche parecía un carro de combate destinado a conquistar Polonia, con su volante a la derecha y su cambia de marchas a mi izquierda, ¡todo al revés! Vehículo monstruoso al que tenía que sacar del jardín de aquella casa haciendo marcha atrás a través de un estrecho caminito y un aún más estrecho portón de salida a la calle. Mientras más que subir, dada la altura del trastón, ascendía al asiento, sentía flaquear mis piernas, no sé porqué cuando llegué me convencí ingenuamente de que el sonriente italiano de prominente barriga que me había conducido hasta allí me ayudaría a sacar al coche de aquel lugar o directamente lo sacaría él. Al fin y al cabo yo era su cliente, pues desde España había contratado a su agencia de viajes para que me consiguiera un coche, un coche por Dios, no aquella especie de tanque Panzer de la Segunda Guerra Mundial, y reservara mis alojamientos para los días que me proponía pasar en el país. Pero al acabar nuestra reunión, simplemente me despidió con un “buena suerte” y un ligero movimiento de mano. Le lancé un par de miradas suplicantes señalando el mini camino y el maxi cuatro por cuatro, pero el orondo Bruno ni se percató, pues tras su escueta despedida, quizá para disimular, se sumergió en la contemplación de su móvil. Después de más de dieciséis horas de vuelo en tres aviones distintos para llegar hasta aquel rincón del mundo, era lo único que me faltaba para redondear la jornada: estamparme con un puñetero furgón blindado el primer día, antes ni siquiera de iniciar la ruta… Una vez sentado frente al volante se confirmaron mis peores presagios, la visibilidad trasera era nula, tendría que conducir hacia atrás mirando por los espejos retrovisores laterales. Lancé una última mirada al espagueti, pero seguía con su móvil… Debería haberlo supuesto. Cuando apenas una hora antes había aterrizado en el pequeño y extrañamente tranquilo y muy poco africano, por cierto, aeropuerto de Windhoek, el tal Bruno, que estaba esperándome, se había limitado a darme las llaves del engendro mecánico y acto seguido, sin más indicaciones, me había pedido que le siguiera hasta su oficina. Sin mostrar piedad alguna, y pese a mi petición de que no condujese muy deprisa, fiel a la tradición automovilística de su país natal, arrancó su Land Rover como si se tratase de la salida del Gran Premio de Monza. ¡Pero si yo no era capaz todavía de poner la primera con la mano izquierda! Sudé todo el trayecto, que por suerte fueron apenas 20 kilómetros, intentando no perder la estela de aquel italiano con complejo de Fittipaldi, mientras me equivocaba una y otra vez al cambiar de marchas y le daba al limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente… Quienes hayan conducido alguna vez con el volante al otro lado me entenderán perfectamente…

Total, ¿para qué? Para nada, simplemente para darme, en aquel chalet a las afueras de Windhoek reconvertido en la oficina de una agencia de turismo local, una breve charla sobre el itinerario que debía seguir junto con un pequeño y poco detallado mapa en el que había marcado los hitos principales del camino. A cambio de esa absurda charla que perfectamente nos podíamos haber ahorrado, debía yo, cual héroe mitológico, superar uno de los trabajos de Hércules: salir de allí a través de aquel portón que parecía hacerse pequeño por momentos. No lo entendía, ¿por quién me había tomado aquel italiano exiliado en un país tan lejano al suyo? ¿Por un viajero intrépido? ¿Por un aventurero experimentado? ¿Pero no veía mi pinta? ¡Yo era un turista! Es lo que siempre he sido vamos, y a los turistas hay que tratarlos como a disminuidos psíquicos, necesitamos ayuda, que nos lo expliquen todo tres veces y que nos indiquen hasta dónde están los lavabos en el restaurante… Pero no, el despiadado de Bruno había decidido ascenderme a la categoría de viajero a base de despreocuparse totalmente de mí una vez terminada su charlita.

Encendí el motor y, aunque con alguna dificultad, conseguí poner la marcha atrás. En ese momento me vino a la cabeza el recuerdo de mi padre. Desde las alturas celestiales, sin duda debía estar riéndose a mi costa. A él, camionero de profesión, que recorrió una infinidad de veces España entera a través de las tortuosas carreteras de los años sesenta y setenta a los mandos nada menos que de un viejo Barreiros, la prueba de conducción que estaba a punto de iniciar debía parecerle un juego de niños. Sin embargo, yo notaba cómo mis pulsaciones se aceleraban como si estuviese en medio de una maratón. En fin, ya saben aquello que escribió Horacio en una de sus Odas: “Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie aún más incapaz.” Pues eso, que la sabiduría del poeta clásico era inconmensurable…

Llegados aquí, les ahorraré todo el sufrimiento que pasé en aquellos larguísimos, eternos segundos de marcha atrás y les contaré el feliz final, milagrosamente conseguí salir de allí sin chocar contra la puerta ni rozar con nada. A mi profesor de autoescuela acabaron echándole un año después de que yo me examinara, al parecer por su excesiva afición a las bebidas espirituosas. Después de mi salida triunfal estarán de acuerdo conmigo en que se trató de una absoluta injusticia, si consiguió hacer de mí, el tipo más torpe del mundo, un conductor aceptable, aquel buen hombre era un absoluto genio…

Con la adrenalina y la autoconfianza por las nubes, empecé mi tortuoso camino hacia el hotel, tortuoso porque seguían mis problemas con el cambio de marchas lo que hacía que el coche se moviese como a empujones, mientras el omnipotente motor de aquella especie de “transformer” que me habían entregado rugía con desesperación al obligarle una y otra vez, debido a mis errores con las marchas, a subir excesivamente sus revoluciones. Antes de abandonarme a mi suerte, Bruno me había dado lo que él entendía como indicaciones para llegar a mi destino, algo del tipo: “cuando salgas gira a la izquierda, luego después del segundo o tercer semáforo tomas la calle de la derecha, después en la rotonda otra vez a la izquierda y después de pasar un puente a la izquierda, a partir de allí todo recto hasta llegar a otra rotonda y entonces te pones a la derecha, un par de kilómetros más y ya estarás en el hotel. Es imposible que no lo encuentres.” ¿Nunca se han sentido como unos idiotas cuando alguien les ha dado ese tipo de indicaciones? Cómo pretende la gente que uno encuentre un camino de ese tipo si al medio minuto ya no recuerdas si la segunda era a la derecha a la izquierda o todo recto… Hombre, sin duda Windhoek no es Nueva York precisamente, ¡pero aún así! Lo peor había sido su coletilla final, aquello de que era imposible no encontrarlo, ¿Habría sido un rasgo de mala leche o una muestra de humor italiano?

En cualquier caso, y mientras volvía a equivocarme y ponía segunda en lugar de cuarta, sonreía para mis adentros por mi pequeña pillería. Me daban igual sus indicaciones, en un momento de increíble lucidez, antes da salir hacia esta tierra africana había cargado en mi TomTom la cartografía namibia y lo había metido en mi maleta. Así que, mientras que yo seguía discutiendo con la palanca de cambios y la maneta del limpiaparabrisas, mi queridísimo GPS iba indicándome, en perfecto castellano, el camino a seguir hasta el hotel de Windhoek donde iba a pasar la noche. Empezaba a oscurecer cuando llegué, y la ciudad estaba ya desierta. Pronto descubriría que la vida, en Namibia, acaba exactamente a las cinco y media de la tarde. En cualquier caso, había conseguido llegar hasta allí, un amable portero del hotel me había pedido las llaves del carro de combate para aparcarlo en el parking subterráneo y me esperaba una exótica cena a base de entrecot de cebra en el restaurante más famoso de la capital, Joe’s, y una cómoda y amplia cama después. Después de todo, el viaje no empezaba tan mal…

 

 

 

Yoga, santones y lágrimas de rímel en la ciudad santa de Rishikesh. (Artículo que publiqué en la revista “Qué leer”)

Al atardecer, la humedad en forma de una cada vez más densa neblina que parece surgir de las purificadoras aguas del Ganges, poco a poco, va engullendo la amplia escalinata junto al río que conforma el ghat de Triveni, en la ciudad santa de Rishikesh. Mientras espero que llegue definitivamente el final del día y con él la habitual ceremonia religiosa del aarti, paseo por sus empapados peldaños y me viene a la cabeza un conocido texto del Upanisad, muy popular en la India, con el que el maestro despide al discípulo después de haberle transmitido su sabiduría:
“Di la verdad, practica el dharma. No hay que descuidar lo que se debe a los dioses y a los antepasados; las acciones que son irreprochables, ésas son las que se deben observar, no las demás. Se debe dar con fe y ánimo radiante. Si no hay fe, no se debe dar. Ésa es la doctrina secreta del Veda.”

¡Al fin y al cabo es ésta una ciudad de prosélitos! Situada a los pies del Himalaya, Rishikesh disfruta hoy día del honorífico título de capital mundial del yoga. Para conseguirlo, probablemente no resultó banal que en 1968 los Beatles pasaran aquí una temporada en busca de iluminación. De esta forma, cada año, miles de personas de todo el mundo acuden a esta pequeña ciudad para alojarse en sus numerosos ashrams (escuelas de yoga) e imbuirse del sanatana dharma: la “fe eterna” del hinduismo, haciéndose así merecedores, tras su estancia, de las palabras de esta protocolar despedida védica en boca de su gurú.

Se acerca la noche y una multitud de fieles empieza a sentarse a mi alrededor cuando aparece Kemsi, el menudo guía de montaña nacido en la Cachemira India. Me hace señas para que me levante, y con su inglés, que es casi tan malo como el mío, me comenta que el aarti de este lado del Ganges es muy parecido al que saboreamos ayer en Haridwar, la ciudad donde el dios pájaro Garuda derramó una gota del elixir de la inmortalidad, y que es mejor que crucemos a la otra orilla, donde se encuentran la mayoría de ashrams, y así observar el ritual desde el ghat del templo de Swargashram.

Dicho y hecho, pues no hay mucho tiempo que perder. Me levanto y caminamos hacia el vertiginoso puente colgante de Laxman Jhula que nos permitirá cruzar un Ganges crecido estos días por las lluvias del monzón. Kemsi camina delante de mí, obligándome a acelerar mi ritmo de marcha, habitualmente tranquilo, para adaptarme a su paso vivo. Atravesar el Laxman Jhula, por el que no pueden pasar coches debido a su estrechez, pero siempre atestado de motoristas, caminantes y monos que cual temerarios funambulistas se pasan el día haciendo equilibrios a lo largo de los cables de acero que sostienen el puente, me ofrece una soberbia perspectiva de la ribera oriental de Rishikiesh, dominada al noreste por la imponente masa piramidal del templo de Shri Trayanhakshwar, un edificio de varias plantas en el que los altares dedicados a diferentes deidades del infinito panteón hindú: Visnú, Brahma, Sakti, Parvati, Durga…, se entremezclan con pequeñas tiendas de bisutería y regalos en un abigarrado conjunto que culmina en la última y estrecha planta con un linga, la representación fálica del dios Shiva, junto al que un sacerdote aguarda pacientemente la llegada de los fieles para bendecirlos con el agua sagrada del Ganges.

Dejo atrás Laxman Jhula y me sumerjo en el bullicio nada silencioso ni reflexivo, de las calles de Rishikesh. Camino rodeado de carteles anunciando escuelas de yoga en los que se ven, alternativamente, a yogis de pelo largo y poblada barba, o completamente afeitados, sentados en posición meditativa y sonrío al ver pasar a santones de carne y hueso sorprendentemente adaptados a los tiempos que me adelantan en sus ruidosas motos “Hero–Honda”, con sus hábitos blancos, mostaza o azafrán. Una actitud dinámica que contrasta con la de la mayoría de ellos, pues a lo largo de la larga avenida principal que discurre paralela al río pueden observarse a decenas de sadhus, santones y yogis, -no estoy muy seguro de cuál es la diferencia-, cómoda y pasivamente arrellanados en los bancos, o simplemente tirados en el suelo durante horas, esperando quizá ese momento de iluminación que les permita alcanzar el moksha, la liberación de sus magros cuerpos de la cruel samsara, la interminable rueda de la reencarnación. Eso sí, mientras el momento sublime llega, algunos de ellos, al paso del turista, no dejan de alargar perezosamente la mano en un gesto mendicante. No puedo evitar apuntar a un pequeño grupo de ellos con mi cámara pero niegan con la cabeza y me piden dinero por dejarse fotografiar, supongo que su alma está todavía muy alejada del moksha, atrapada por la materialidad y un karma mejorable…

Con todo, el ritmo de Kemsi no me da tregua, por lo que sigo caminando lo más deprisa que puedo. A lo largo de las callejuelas se asientan multitud de pequeños negocios y puestecillos en los que se vende de todo, productos herbales para la piel y el pelo, ropa cutre pretendidamente hippie, imanes de nevera y medallas baratas de Visnú o Shiva, fruta…, y en cada esquina un ciber café o una agencia de viajes ofreciendo emocionantes raftings y apasionantes trekkings de montaña. Aunque el ritmo de marcha empieza a generarme una cierta hipoxia, mi cerebro no puede evitar reflexionar al respecto de la paradójica contradicción que supone el hecho, en general habitual, de que en las ciudades y pueblos que acaban convirtiéndose en destino de mochileros, cumbas y modernos progresistas antisistema en general, lo que más prolifere sean las tiendas y el comercio, consiguiendo convertir, de forma curiosamente irónica, al anticapitalismo en una forma más de crematístico negocio…

Finalmente, y para relajo de mi ritmo cardiaco, llegamos al ghat de Swargashram, con la habitual estatua del azul Shiva, en ese estilo del arte hindú moderno, que me parece siempre tan cercano, en la voluptuosidad de sus formas, al kitsch, y un poco más a la derecha una estatua de grandes proporciones representando a Hanuman, el dios mono, con el pecho abierto mostrando su corazón. No hemos sido los únicos en optar por este ghat, pero parece que sí, lamentablemente, los últimos en llegar. Los escalones están atestados de devotos y también de visitantes curiosos que han debido llegar con tiempo para hacerse con un buen sitio desde el que disfrutar del ceremonial. Mi cara de extrañeza y decepción al mirar a Kemsi imagino que resulta mucho más expresiva y clarificadora que mi inglés, pues me pide calma con las manos mientras se adentra en la marea humana que abarrota el lugar. Le veo hablar con uno de los gurús vestidos de azafrán agrupados en el último escalón de la gradería, a los que por aquí se les llama baba, y que por sus gestos y manera de moverse parece estar al mando de la ceremonia. La conversación es rápida y para mi sorpresa el santón me mira en la distancia y me indica que me acerque. Atravieso los escalones más alejados al río con cuidado de no pisar a nadie y ante las miradas airadas de los turistas que supongo se preguntan el porqué de mi privilegio, llego a la grada poblada de religiosos donde me esperan Kemsi y el maestro yogi, un chico joven con el pelo azabache cuidadosamente peinado hacia atrás, que me recibe con el saludo tradicional juntando las manos e inclinando ligeramente la cabeza. Con un inglés envidiable me comenta que es un placer conocerme y que es para él un honor que les acompañe, que puedo sentarme junto a ellos. Encantado por su amabilidad hablo unos minutos con él. Me comenta que da clases en el ashram que está frente al ghat, y que el mismo está lleno de estudiantes, especialmente de extranjeros, más de cien, afirma abriendo los brazos en un aspaviento que quiere refrendar lo superlativo de la cifra. Cuando la breve charla está a punto de llegar a su fin, el bueno de Kemsi me susurra en el oído que antes de que se vaya le dé una limosna, doscientas rupias concretamente, y una vez más confirmo que esté donde esté, el más ingenuo siempre soy yo…, así que en la despedida, incumplo el consejo del texto del Upanisad, pues aunque doy, lo hago sin fe, y cambio el ánimo radiante por un cierto escepticismo fatalista, muy hindú por otra parte. En cualquier caso, estoy sentado en primera fila…

Apenas han comenzado los cantos del aarti, que en sanscrito viene a significar “lo que disipa la oscuridad”, y que acabará con el tradicional ritual de las lámparas de alcanfor encendidas que movidas en círculos por los sadhus alumbrarán la oscuridad crepitante del Ganges, cuando se sientan justo detrás de mí un grupo de cinco chicas occidentales, todas muy monas y perfectamente maquilladas, acompañadas por un tipo también occidental al que el pañuelo de color rojo atado en forma de cinta en la cabeza junto a su camisa y pantalón blancos le otorgan un ridículo aspecto de extemporáneo baturro perdido en la India. Uno de los religiosos más jóvenes les estaba guardando el sitio y le saludan afectuosamente, como si le conocieran y no fuese ésta la primera vez que vienen. Picado por la curiosidad me acerco al grupo que, muy espiritual, se ha sentado en la imposible para mí, posición de loto con las piernas cruzadas. Les pregunto y me contestan con desgana, como si les fastidiase la interrupción, son un grupo de norteamericanos que están alojados en el ahsram y que esperan pasar unas cuantas semanas aprendiendo yoga y mejorando sus técnicas de meditación y relajación.

No puedo estar mucho rato de pie, ya que molesto a los demás asistentes, así que vuelvo a mi sitio mientras la ceremonia continúa y poco a poco va aumentando la intensidad de los cantos. De vez en cuando miro de reojo a las americanas, que místicamente concentradas cierran sus ojos y siguen el ritmo de la música con el movimiento oscilante de sus cabezas al tiempo que, para mi sorpresa, entonan la letra de las canciones, al parecer memorizadas. Cuando el ritual está a punto de llegar a su clímax con el encendido de las lámparas mi pasmo adquiere tintes insospechados al contemplar como una de ellas, la más alta, de largos y lacios cabellos morenos, dejándose llevar, supongo, por la intensidad del momento, rompe a llorar. Inmediatamente le pregunto a Kemsi por el significado del himno litúrgico, y me contesta que son jaculatorias en honor de Hanuman. Los occidentales somos así, no podemos evitarlo, amamos la multiculturalidad, al fin y al cabo, qué son el pensamiento griego clásico, la escolástica medieval, la Ilustración, la Revolución Francesa o el desarrollo del empirismo científico al lado de las desventuras del dios mono…

Acabado el acto cultual, y cuando la aglomeración de gente me lo permite, purifico mi espíritu empujando con mis manos el humo de las lámparas contra mi cara, recupero los zapatos y me despido de Kemsi que ha encontrado a unos amigos y se va en su compañía. Vagando en busca de un restaurante acierto a encontrar una librería todavía abierta y entro en busca de un buen mapa de montaña donde marcar la ruta que me espera en los próximos días. Estoy en Rishikesh, epicentro de la sabiduría yogi, de la meditación y del camino védico, asiento de modernos y mochileros en busca de la verdad y el conocimiento iluminador, así que claro… la librería está llena de libros de Paulo Coelho y Osho.

Todo se abarata y banaliza, ya nada es lo que era y peor aún, ya nada es lo que pudiera parecer, pese a estar escondida en las estribaciones del Himalaya, en Rishikesh se bebe, por supuesto, Coca Cola, se lee al autor de El Alquimista, y las aspirantes a maestros de hatha yoga, aplican rímel fabricado por alguna perversa multinacional a sus espirituales pestañas.

Diluvia, y la torrencial lluvia monzónica, que al caer parece casi compacta, golpea inclemente la cristalera del popular restaurante Chotiwala en el que me he resguardado en busca de un pulao perfectamente vegetal, como no puede ser de otro modo en una ciudad donde “contaminar” el espíritu por la ingestión de carne resulta prácticamente imposible , y al escribir estas líneas al viajero le resulta difícil no dejarse llevar por la melancolía y por el oscuro pensamiento de que por más lejos que sus pies le lleven, al final, la conclusión será siempre la misma: “mundus senescit”.

En Rishikesh a tres de agosto de 2012

DE LA JUSTICIA A LA BONDAD Y LA COMPASIÓN (Artículo publicado en Social.cat)

Para la mayoría de nosotros, la filosofía es poco más que un recuerdo borroso de nuestra época de instituto, clases aburridas dictadas por un profesor más bien tristón y absolutamente desmotivado que explicaba, monótono, una asignatura que por resumirlo de una manera breve, ¡no servía para nada! Quizá por ello, estamos convencidos de que las tesis de los grandes genios del pensamiento son poco más que un conjunto de palabras incomprensibles, absolutamente alejadas de la realidad. Sin embargo, esta impresión es absolutamente falsa. Ningún saber está más cercano a la realidad que el filosófico. Ninguna otra sabiduría ha tenido y tiene mayor influencia sobre el devenir de la historia, y por tanto, sobre nuestras vidas, que la filosofía. De ahí que, en realidad, y aunque ya nadie las lea, no hay mejor libro de autoayuda que las obras maestras de la filosofía occidental.

            Toda esta introducción viene a colación de la cuestión de la que quiero hablarles hoy, de la dimensión interpersonal del ser humano, una cuestión que, como los apuntes de aquellas clases de filosofía, hemos  olvidado. Vivimos en una época dominada por la técnica, el nuestro es un mundo que se define fundamentalmente por nuestra relación unipersonal con las cosas. Una relación, además, que es siempre de dominio, de transformación, en la que el hombre esclaviza a la realidad, es decir, a la naturaleza, para su propio aprovechamiento, sometiéndola siempre a una relación amo-esclavo. Podrían aducirse muchas razones que expliquen esta situación, económicas, sociales, ideológicas…, pero en realidad, la razón última del modelo que rige el ámbito occidental se encuentra en las reflexiones de un filósofo cuyo nombre a todos nos suena, pese a que no estemos muy seguros de lo que dijo ni de lo que pensó. Me estoy refiriendo al genial René Descartes.

Descartes culmina el giro antropocéntrico que se inició con Copérnico. Después de siglos y siglos en los que la Tierra había sido considerada el centro del universo, el bueno del astrónomo polaco nos sacó del error y el ser humano corrió a cubrir ese hueco que se abría en la cosmología colocándose él mismo en el centro y haciendo que todo girase, a partir de ese momento a su alrededor. Ése antropocentrismo necesitaba de una base filosófica, y ahí apareció Descartes, con su “cogito ergo sum”, es decir, su “pienso luego existo”, con el que el hombre conseguía al menos una certeza absoluta y total de algo: su propia existencia. Con su “cogito” Descartes absolutizaba el yo, pero a cambio lo convertía en un yo solitario y aislado, para el que la presencia de los demás es sólo un accidente. ¿Verdad que esto les suena actual? Otra de las consecuencias de la “frasecita” cartesiana fue la de reducir toda la realidad a aquello que la razón puede comprender o explicar. A partir de Descartes la espiritualidad, el misticismo, todo aquello que no sea perfectamente científico resulta sospechoso y queda bajo la sombra de la duda. El yo cartesiano, absolutamente actual, se expansiona tanto que aspira, con una soberbia temeraria, a comprender el universo en su totalidad y a descartar todo aquello que no se adapte a su racionalidad.

La modernidad es hija del cartesianismo y su yo absoluto y autosuficiente que no necesita de los demás para nada. No resulta pues extraño que nunca la historia de la humanidad haya resultado tan cruel y violenta, como en estos últimos siglos. ¿Empiezan a atisbar la trascendencia del pensamiento filosófico?

Por eso hoy quería reivindicar otra forma de pensar, también perfectamente filosófica, pero mucho más humana. La filosofía que entiende que más allá de la certeza del “cogito”, ser un hombre significa, fundamentalmente, ser con los demás. Una filosofía que en el siglo XX han defendido pensadores como Martin Buber o Emmanuel Levinas. Pensamiento que nos recuerda que el ser humano sólo se reconoce como tal frente a otros seres humanos, que por sí solo es incapaz de comprender su propia humanidad. El hombre no sólo es mucho más que su relación con la materialidad, sino que además la relación con el otro, con el tú, es la relación por excelencia, la base fundamental de toda antropología que merezca ese nombre.

Además, esta relación con el otro que sale a nuestro encuentro es una relación trascendente. El encuentro entre el yo y el tú no es sólo un encuentro cognoscitivo o experimental sino fundamentalmente ético. Levinas habla de la epifanía del rostro y no le falta razón. Pues la contemplación del rostro desnudo del tú, para quien lo observa desembarazado de toda antropología egocéntrica, es una contemplación que nos descubre a alguien que es verdaderamente otro y al que no puedo reducir a pura materia. Es más, frente a la relación de poder con el mundo que nos propone Descartes, y que tan común es hoy día, el rostro del otro se nos impone, nos mira desde arriba. De alguna forma resulta una metáfora, en su desnudez, de la humanidad. De una humanidad indigente en su mayoría y que sufre, frente a la que no podemos permanecer indiferentes.

Cuando somos capaces de salir de nuestro propio yo, de abandonar a Descartes, el único camino existencial posible es la entrega a todos los tú del mundo, a una humanidad que no exige de nosotros justicia, ni leyes, sino fundamentalmente entrega, bondad y justicia. El mundo que proponen Buber y Levinas es probablemente mucho menos eficaz que el actual, ¡pero es un mundo tan sublime! Por ello, encomendémonos al poder de la filosofía y confiemos en que su pensamiento tenga alguna vez la misma fortuna que la del maestro Descartes.

Antonio Fornés

Què és una vida realitzada?

Manllevo el títol d’aquest article d’un llibre del filòsof Luc Ferry. Un pensador singular i respectat que va ser ministre d’Educació de la República Francesa entre 2002 i 2004, fet que dignifica aquest país i que probablement explica, per si sol, per què sempre estarem per darrere d’un estat com el francès… En qualsevol cas, no és l’objecte d’aquest article el lamentable nivell intel·lectual de la nostra classe política, sinó una frase de l’excel·lent llibre de Luc Ferry que, en llegir-la, vaig subratllar amb fruïció i que, em sembla, descriu molt bé la nostra societat occidental i aquests temps de tribulació en què ens ha tocat viure. Diu així: “Quan l’horitzó de les nostres vides és la quotidianitat com a tal, existeix el risc que les incerteses meteorològiques es presentin com a esdeveniments considerables i la nostra vida interior tendeixi a reduir-se a la de les nostres molèsties gàstriques”. No em negaran que el paràgraf de Ferry mereix, si més no, una breu reflexió.

Vivim en el temps de l’autorealització: tots volem tenir una vida més sana, resultar més profunds, sentir plena la nostra existència, i, en pro de tot això, ens abandonem a les mans del monitor del gimnàs, del nutricionista, del professor de ioga i de vegades, en el que gairebé ens sembla una bogeria espasmòdica, ens atrevim fins i tot amb la temeritat de llegir un llibre, d’autoajuda preferentment, és clar…Sorprenentment, tots aquests petits esforços, si som sincers amb nosaltres mateixos, no ens serveixen per a res. En el fons ens sabem tan buits com sempre, tan incomplets i tan ansiosos. Això ens passa perquè, en un cert sentit, hem perdut absolutament el nord. Els occidentals ens hem llançat a una persecució embogida de la felicitat (Quina paraula més perillosa!), sense aturar-nos en primer lloc a considerar tan sols què és la felicitat i si la podrem aconseguir alguna vegada. Hem equiparat desgraciadament felicitat a confort material i sobretot a plaer. Un malentès i absurd carpe diem que ens absorbeix sense adonar-nos que aquests moments de fugaç plaer que potser acabem aconseguint no ens faran realment feliços. Doncs una vida centrada en el pretès aprofitament, com a norma fonamental, de l’aquí i ara, és una vida condemnada a passar a tota velocitat sense deixar empremta, enfonsada en un mediocre to gris, abocada al desencís i la desesperació. Però l’home és un animal estrany, l’únic que sap del cert és que tard o d’hora morirà i, malgrat saber-ho, s’entesta a viure com si aquest esdeveniment no anés a afectar-lo. Deia Epicur que naixem una sola vegada i no ens és donat néixer dos, però que anem deixant perdre la vida, i que tots nosaltres, encara que per les nostres ocupacions no tinguem temps per a això, morirem.

Per tant, i tornant al leitmotiv d’aquest article, què és una vida realitzada? O millor: com aconseguirem realitzar-nos com a autèntics éssers humans?La resposta, i ho sento pels pseudomoderns i els pseudoprogressistes, es troba en paraules tan antigues i passades de moda com deure, esforç i responsabilitat. Sí, perquè el primer que hem de fer és prendre’ns seriosament la nostra existència, ja que en realitat, la nostra única obligació en la vida és viure, però fent-ho d’una manera digna i mínimament elevada. Omplir el temps treballant, prenent una cervesa de tant en tant, veure el futbol per la tele, tenir converses eternament intranscendents i com a premi anual gaudir d’una setmaneta de vacances a la platja no és viure. Dedicar el temps lliure a córrer o a pintar l’habitació dels nens no és aprofitar el meravellós do que és la vida. Viure suposa assumir reptes, ser capaços de trencar amb la comoditat de la rutina, elaborar un pla de vida, construir alguna cosa al llarg dels anys, comprometre’ns amb els altres i la societat, renunciar de tant en tant als béns materials en benefici dels altres i sentir el desig inesgotable d’aprendre fins a l’últim dels nostres dies.

Hauríem de plantejar-nos com a suprem objectiu vital que, quan la fi sigui a prop, puguem sentir-nos realment orgullosos del nostre discórrer al món, saber que aquest no ha estat en va, que no s’ha limitat al mesquí gaudir d’algun plaer banal. Sentir que la nostra vida ha valgut la pena, que hem fet el que havíem de fer més enllà que ens vingués de gust o no i que, per tant, el món és una mica millor gràcies a nosaltres, és el més raonablement a prop que podrem estar mai d’això que ens entestem a anomenar felicitat i que en realitat hauríem de denominar sentit. Doncs dotar de sentit a la vida equival a tenir una vida bona, digna d’algú tan meravellós i irrepetible com cadascun de nosaltres. Tota la resta, per molt important que ens sembli, és tot just un murmuri en la immensitat del no-res.