EL GUSANO DE ENKIDU

Hace algo más de cinco mil años reinó en las tierras de Mesopotamia, el actual Iraq, un rey todopoderoso y legendario, Gilgamesh:

“Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ninguno, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla.”

Adorado como un Dios prácticamente desde el mismo momento de su muerte, sus andanzas fueron recogidas en el antiquísimo “Poema de Gilgamesh”, una obra a la que dieron forma definitiva los escribas de los reyes asirios, señores y dominadores, en aquellos lejanísimos tiempos, de las tierras que conforman, hoy día, el Kurdistán iraquí. La primera parte de la magna epopeya narra las aventuras y hazañas en busca de gloria del héroe junto a su inseparable amigo: Enkidu. Mas al final de esta primera parte, un terrible acontecimiento hará que el resto del poema adopte un tono más sombrío y profundo. Tras doce días de larga agonía, Enkidu muere. Gilgamesh, dominado por el dolor se niega a separarse del cuerpo de su amigo hasta que un detalle macabro le hace desmoronarse definitivamente,

“Durante seis días y siete noches le lloré, hasta que un gusano salió de su nariz. Entonces me asusté, se apoderó de mí el miedo a la muerte.”

Es este un momento del texto que siempre me ha conmovido, el instante en que el gran héroe mesopotámico descubre la muerte, tomando conciencia además, de que él también morirá. A partir de entonces su vida se convertirá en una desesperada búsqueda de la inmortalidad. Así viajará hasta las míticas montañas Mashu, al jardín del dios Shamash, nadará en las aguas del gran abismo e incluso conocerá a Utnapishtim, el anciano Noé mesopotámico. Pero, obviamente, todos sus intentos por esquivar a la muerte resultarán baldíos, por lo que tomará una última y radical determinación: entrará en una tumba construida en el lecho del Eufrates y dejará que el agua inunde el sepulcro. Esto es, abatido ante su impotencia frente a la muerte, decidirá entregarse a ella suicidándose junto a su familia y criados.

La historia de Gilgamesh es turbadora, y pese a su antigüedad sigue manteniendo la actualidad de las grandes obras literarias atemporales, capaces de ahondar en las grandes cuestiones humanas, que siguen siendo las mismas ahora que hace cinco mil años, pues los miedos, pasiones y vicios de los hombres se mantienen inalterables a lo largos de los siglos.

Quizá, nunca lo sabré, a lo largo de este viaje por el Kurdistán iraquí que estoy a punto de comenzar, en algún momento pisaré la misma tierra que hace milenios pisó el inigualable Gilgamesh. Sólo por esa razón se justifica este recuerdo al gran rey. Pero además, en cierto sentido, la epopeya de Gilgamesh es una metáfora apropiada de lo que ha sido la vida del pueblo kurdo iraquí a lo largo de la historia: triste como el poema, y en especial en los últimos tiempos, una historia de sufrimiento y persecuciones, de defensa de la propia identidad y de búsqueda de la inmortalidad a través de la consecución de un estado propio e independiente. Las gentes de esta tierra han visto, desgraciadamente, tantas veces el gusano de la nariz de Enkidu… Como el héroe Gilgamesh, ellos también han caminado en busca de la felicidad, no en vano su historia es un incesante ir y venir desde las montañas del norte a las planicies más meridionales, y desde éstas, de nuevo a las montañas, para ellos siempre acogedoras, en busca de refugio ante el ataque de algún enemigo. De alguna manera, a día de hoy, cuando sus miembros empiezan a recuperarse de una última y especialmente sangrienta guerra, del pueblo kurdo puede decirse lo mismo que el poema dice del héroe Gilgamesh:

“Todo lo sufrió y todo lo superó”.

Estoy a punto de cruzar la frontera y entrar en Iraq para seguir, locuras de la geopolítica internacional, el viaje por el país kurdo que empecé, el año pasado, en Turquía. Como cada vez, antes de iniciar una nueva aventura, el viajero siente nerviosismo y un extraño sensación de desazón en el estómago, mientras que confía en que sea la sonrisa franca de las gentes kurdas su compañera de viaje y no la agria desesperación final de Gilgamesh.

 

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