YAZIDÍES: LOS ÚLTIMOS ADORADORES DEL DIABLO (Artículo que publiqué en la revista Qué Leer)

Con el traqueteo del coche se me hace difícil manejar el Ipad y encontrar la cita que estoy buscando, intento concentrarme para que mis dedos acierten de una vez con la pestañita correspondiente, pero cuando vas a más de cien por hora por una carretera iraquí, aun la más sencilla de las tecnologías digitales se torna complicada, además, si no la encuentro rápido corro serio peligro de marearme por fijar tanto la vista en esta Tablet, que no deja de moverse, en lugar de hacerlo en el horizonte. Menudo viajero debilucho estoy hecho. Finalmente lo consigo, por fin, aquí está el esquivo texto del profeta Ezequiel:

“Eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado en belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios. (…) Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día que fue hallada en ti la iniquidad. (…) Ensorbeciose tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría por tu esplendor. (…) Yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador y te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de cuantos te miran. Todos cuantos de entre los pueblos te conocían se asombrarán de ti. Serás el espanto de todos y dejarás de existir para siempre.”

Guardé el texto en este trasto antes de salir de viaje para cuando llegase este día. Obviamente, incluso para los desconocedores de los relato bíblicos es fácil deducir que, en el pasaje, Ezequiel está hablando de Lucifer, el primero entre los ángeles, tan perfecto que, dejándose llevar por la soberbia se atrevió a enfrentarse a Dios. Derrotado, fue expulsado del paraíso convirtiéndose en Satanás (palabra que etimológicamente vendría a significar el que se enfrenta, el contrario), esto es, en el señor de las tinieblas… ¿Y por qué es oportuna esta cita hoy? Pues porque voy camino de Lalish, algo así como la Meca o el Vaticano de la secta de los Yazidíes, quienes, por su creencia en Malek Tawus, el nombre con que ellos designan al ángel caído, a lo largo de la historia han sido conocidos popularmente como ¡los adoradores del diablo!

Lalish es el lugar donde está enterrado el santón que dio forma definitiva a esta religión sincrética que mezcla elementos zoroastristas, con cristianismo e islamismo sufí: el jeque Adí Ibn Mosafer. Mausoleo que todo creyente yazidí ha de visitar al menos una vez en la vida. Los yazidíes adoran al ángel caído por una curiosa interpretación del mito de la creación. Así, creen que Dios primero creó a siete arcángeles, y después, del barro, a Adán. Tras esto, y contento con su última obra, el Todopoderoso habría pedido a los arcángeles que se inclinaran ante el hombre, y todos lo hicieron excepto Malek Tawus que se negó alegando que él solo se inclinaba ante Dios, con lo que mostró su valía y perfección.

Sé que el lugar no tendrá un opresivo aspecto gótico, ni estará invadido por la niebla, ni se oirá en sus alrededores el escalofriante rumor de almas en pena, pero voy camino del último reducto de los adoradores del diablo, y ese es un epíteto demasiado sugerente para mi imaginación que no puede evitar, mientras avanzamos por la monótona carretera, construir disparatadas imágenes de película de terror de serie B.

Apenas quedan yazidíes, lastrados por su terrible apodo, han sufrido, desde hace siglos, duras persecuciones, especialmente por los chiitas, quienes les acusan además, erróneamente, de haber asesinado a uno de sus imanes más venerables, el Imán Hussein.

El camino hasta Lalish es largo, así que Bakhtiar el ex militar de anchas espaldas y mirada siempre atenta que me acompaña por estas tierras, decide que paremos a comer en un inmenso restaurante de carretera. Pese a sus proporciones ciclópeas, está abarrotado, lo que me asombra. Él me comenta que es buen restaurante y que además está a unos pocos kilómetros de la refinería más importante de la región y que muchos camioneros y trabajadores vienen aquí a comer. La verdad es que el servicio es impresionante, nada más sentarnos un camarero nos trae una especie de crema de verduras naranja, y dos tortas de pan ácimo caliente y sabroso. Luego pedimos cordero hervido con arroz y el tamaño de los platos que nos traen hace juego con las dimensiones del local, raciones perfectas para un gigantón como Bakhtiar que, encantado, no deja nada, ni una migaja en el plato. Luego, llega la parte más difícil en todo restaurante kurdo: pagar. Conseguir la cuenta es siempre un trabajo arduo, y cuando el comensal se ha desviado, en sus peticiones, de lo que el restaurante considera el menú estándar, las sumas y restas se eternizan. Los encargados de estos establecimientos, por lo general son gente amable y atentísima, pero desde luego no han nacido para las matemáticas…

Salimos, y antes de volver al coche para seguir con nuestro camino, optamos por dar un paseo y favorecer así la digestión del pantagruélico ágape. Caminamos por una cercana arboleda de eucaliptus, supongo que en algún momento fueron plantados allí, pues no creo que sea una especie autóctona, y desde luego, teniendo en cuenta como estos árboles erosionan el terreno no me parece una elección acertada. En cualquier caso, la arboleda está plagada de familias dispuestas a pasar el sábado disfrutando de un picnic. Tumbados sobre sus extendidas alfombras y mantas, o cuidando las brasas donde asarán los inevitables pinchos y kebabs, cuando reparan en nuestra presencia todos nos llaman para que nos acerquemos, ofreciéndonos hospitalarios su comida y, sobre todo, armados con sus modernos teléfonos móviles, fotografían la exótica y extraña presencia junto a ellos, en su país, de un turista extranjero. Sin duda alguna, el Kurdistán iraquí es una de esas tierras en las que, gracias a la global popularización de la tecnología, el viajero recibe muchísimas más fotografías de las que es capaz de hacer él.

Me llama la atención, además, que todavía, al menos en este día festivo, la mayoría de la gente con la que nos cruzamos, sigue conservando el traje tradicional kurdo, ellas con sus largos vestidos multicolor y ellos con su mono de color teja y su fajín, algo extraño prácticamente en todo el mundo ya. Al cabo de un rato reemprendemos la marcha. ¡Los adoradores del diablo nos esperan!

Llegar hasta Lalish nos cuesta aun un par de horas, desde luego no es tarea fácil llegar hasta allí, ¡espero que Lucifer sepa apreciar nuestro esfuerzo! Finalmente, sobre las cuatro de la tarde, enfilamos el último tramo, un camino serpenteante que desde la carretera principal asciende, montaña arriba, hasta el mausoleo. Diez minutos más y llegamos al sancta sanctorum de los yazidíes.

Lo primero que me sorprende es que los alrededores del templo están llenos de fieles, familias y jóvenes sentados por todas partes, que supongo han venido a su obligatoria y perceptiva peregrinación. El ambiente que se respira es en general festivo, personalmente deseaba que la entrada al lugar sagrado de los seguidores de Satán resultara un poco más tenebrosa… Pero no todo va a resultar alegre, al bajar del coche unos tipos uniformados que deben ser vigilantes o cuidadores me indican que he de quitarme los zapatos y los calcetines. Para mi disgusto, por el recinto debe andarse descalzo. Además no me dejan pasar, los no creyentes no pueden entrar solos, y deben ser acompañados por un guía yazidí, sonrío, ¿cómo habrán intuido estos perspicaces vigilantes que no soy un fiel más? Me temo que mi pinta de turista despistado delata mi falta de fe…

El guía religioso no tarda en llegar, un individuo impecablemente vestido al estilo kurdo pero con un cabello largo, cuidado y rizado que desde luego no solo desentona allí, sino que lo haría a lo largo de todo el Kurdistán. Se presenta como estudiante de periodismo y economía, y teniendo en cuenta la edad que aparenta concluyo que no debe ser muy buen estudiante, porque más de un curso ha repetido… Ceremonioso, se empeña, antes de empezar el recorrido por el mausoleo, en llevarnos a una sala anexa para introducirnos en las creencias yazidíes. En su más que correcto inglés nos castiga con teorías y doctrinas a lo largo de una media hora. Insiste con vehemencia en que son una religión que rechaza la violencia y que una de sus reglas principales es la tolerancia. Yo no puedo evitar pensar que más que por su voluntad, fundamentalmente no le queda otro remedio a esta secta perseguida por fuerzas aplastantemente más poderosas que ella, que ser tolerante con la esperanza que, los demás, de una vez por todas lo sean con ella. Me quedo con otras dos características curiosas de su religión, a los yazidíes les está permitido practicar lo que ellos llaman la “taghiya”, el disimulo, esto es, actuar como si no profesasen sus creencias para protegerse de posibles castigos, un precepto que deja bien a las claras lo difícil que les ha resultado en muchas ocasiones profesar su religión. La otra característica es que uno no puede convertirse al yazidismo, no es que se me hubiera pasado precisamente por la cabeza hacerlo, pero, ¿una religión que no quiere nuevos adeptos? ¡Qué extraño! Solo puede ser yazidí quien nace de padre y madre yazidí. Regla que sin duda les condena a ser siempre minoritarios en todas partes…

Tras la lección de yazidismo, nuestro guía nos permite por fin pasar al templo, guardado en su puerta principal por una serpiente negra que inevitablemente me recuerda al mito de Adán y Eva. El santuario es sin duda antiguo, y el punto siniestro lo da la oscuridad de sus paredes, ennegrecidas por el humo de las lámparas de aceite que allí se encienden cada noche. El aspecto un poco sui géneris lo produce el hecho de que en la gran sala que antecede a la tumba del jeque Adí, se amontonan las cajas de cartón con botellas del aceite de girasol que servirán como combustible de las lámparas, no sé si en el Vaticano se permitiría este desorden… En esa misma nave observo un montón de pañuelos anudados unos con otros sin una forma precisa. Me explica el guía que los nudos significan los deseos de los fieles que visitan el lugar. Cuando un nuevo creyente llega, deshace uno, lo que produce que el deseo del yazidí anterior se cumpla, y luego hace otro nudo expresando un deseo, que será cumplido cuando alguien desanude el suyo. Me parece una cosa algo infantil, del tenor de tirar una moneda a una fuente…, me esperaba más de estos adoradores del diablo. Aunque el tipo de la espléndida cabellera rizada me invita a participar en el jueguecito de los nudos, me excuso con una sonrisa y paso a la sala donde está el sarcófago con los restos del jeque Aid. La sala es igual de sobria, sin adornos ni imágenes, y también ennegrecida por el humo de las lámparas. Veo a un grupo de peregrinos, muy serios, dando vueltas alrededor de la tumba en sentido contrario a las agujas del reloj, como si se tratase de una especie de Kaaba musulmana en miniatura. No hay mucho más que ver, así que salgo y me siento en el patio exterior. Empieza a caer la tarde y sentado en una pequeña escalinata de piedra que hay en el patio exterior puedo observar a algunos miembros de la familia que cuida del templo. Otra tradición yazidí es la de que, al caer la noche, solo puede quedar en el mausoleo la familia encargada, desde hace siglos, de guardar el lugar. Me resulta curioso el hecho de que estas personas, quizá por su cargo religioso no visten al estilo kurdo, como el resto, sino como si fueran árabes. Uno de estos cuidadores, quizá picado por la curiosidad, se sienta a mi lado, para ser un seguidor de Lucifer la verdad es que su cara dibuja una expresión más bien bondadosa. Le preguntó si siempre ha vivido allí, y me dice que sí,

– ¿Nunca has salido de Lalish?

Me mira asombrado, como si la pregunta fuera absurda, antes de contestar, sonriendo, un conciso

-No, nunca.

El viajero no puede evitar pensar en la diversidad de planteamientos que caben en el ser humano. Así, frente el ansia por huir siempre más lejos, que le empuja a él, la feliz serenidad de quien nunca ha salido de este perdido y minúsculo rincón de las montañas kurdas… Me quedaría un rato charlando con él, pero Bakhtiar no me lo permite, se está haciendo tarde también para nosotros, debemos irnos. Ya en el coche, observo como poco a poco, la morada de los adoradores del diablo, tan poco diabólicos ellos, se va empequeñeciendo, mi viaje se acerca a su fin, y como siempre, la melancolía empieza a invadirme.

El catorce de agosto de 2007 los yazidíes de esta región sufrieron uno más de los abundantes atentados con los que han sido históricamente castigados. La explosión de un camión cisterna suicida acabó con más de doscientos cincuenta de ellos. Apenas quedan, repartidos por el mundo, unos 250.000 creyentes. Tan dura ha sido su represión, que la comunidad más abundante de yazidíes se encuentra en Alemania…

En la carretera de Lalish a Dohuk, Kurdistán iraquí, a 18 de abril de 2014

 

PS: Apenas pocos meses después de mi visita a Lalish, el Daesh inició su levantamiento en tierras iraquíes y sirias. Sin duda la minoría religiosa que ha sufrido una mayor persecución por parte de este grupo terrorista han sido los yazidíes, más incluso que los cristianos, hasta el punto de que puede hablarse de un auténtico genocidio yazidí. Desconozco si las hordas de los malditos integristas alcanzó Lalish, y si el antiguo templo aún sigue en pie, deseo fervientemente que sí.

 

EL GUSANO DE ENKIDU

Hace algo más de cinco mil años reinó en las tierras de Mesopotamia, el actual Iraq, un rey todopoderoso y legendario, Gilgamesh:

“Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ninguno, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla.”

Adorado como un Dios prácticamente desde el mismo momento de su muerte, sus andanzas fueron recogidas en el antiquísimo “Poema de Gilgamesh”, una obra a la que dieron forma definitiva los escribas de los reyes asirios, señores y dominadores, en aquellos lejanísimos tiempos, de las tierras que conforman, hoy día, el Kurdistán iraquí. La primera parte de la magna epopeya narra las aventuras y hazañas en busca de gloria del héroe junto a su inseparable amigo: Enkidu. Mas al final de esta primera parte, un terrible acontecimiento hará que el resto del poema adopte un tono más sombrío y profundo. Tras doce días de larga agonía, Enkidu muere. Gilgamesh, dominado por el dolor se niega a separarse del cuerpo de su amigo hasta que un detalle macabro le hace desmoronarse definitivamente,

“Durante seis días y siete noches le lloré, hasta que un gusano salió de su nariz. Entonces me asusté, se apoderó de mí el miedo a la muerte.”

Es este un momento del texto que siempre me ha conmovido, el instante en que el gran héroe mesopotámico descubre la muerte, tomando conciencia además, de que él también morirá. A partir de entonces su vida se convertirá en una desesperada búsqueda de la inmortalidad. Así viajará hasta las míticas montañas Mashu, al jardín del dios Shamash, nadará en las aguas del gran abismo e incluso conocerá a Utnapishtim, el anciano Noé mesopotámico. Pero, obviamente, todos sus intentos por esquivar a la muerte resultarán baldíos, por lo que tomará una última y radical determinación: entrará en una tumba construida en el lecho del Eufrates y dejará que el agua inunde el sepulcro. Esto es, abatido ante su impotencia frente a la muerte, decidirá entregarse a ella suicidándose junto a su familia y criados.

La historia de Gilgamesh es turbadora, y pese a su antigüedad sigue manteniendo la actualidad de las grandes obras literarias atemporales, capaces de ahondar en las grandes cuestiones humanas, que siguen siendo las mismas ahora que hace cinco mil años, pues los miedos, pasiones y vicios de los hombres se mantienen inalterables a lo largos de los siglos.

Quizá, nunca lo sabré, a lo largo de este viaje por el Kurdistán iraquí que estoy a punto de comenzar, en algún momento pisaré la misma tierra que hace milenios pisó el inigualable Gilgamesh. Sólo por esa razón se justifica este recuerdo al gran rey. Pero además, en cierto sentido, la epopeya de Gilgamesh es una metáfora apropiada de lo que ha sido la vida del pueblo kurdo iraquí a lo largo de la historia: triste como el poema, y en especial en los últimos tiempos, una historia de sufrimiento y persecuciones, de defensa de la propia identidad y de búsqueda de la inmortalidad a través de la consecución de un estado propio e independiente. Las gentes de esta tierra han visto, desgraciadamente, tantas veces el gusano de la nariz de Enkidu… Como el héroe Gilgamesh, ellos también han caminado en busca de la felicidad, no en vano su historia es un incesante ir y venir desde las montañas del norte a las planicies más meridionales, y desde éstas, de nuevo a las montañas, para ellos siempre acogedoras, en busca de refugio ante el ataque de algún enemigo. De alguna manera, a día de hoy, cuando sus miembros empiezan a recuperarse de una última y especialmente sangrienta guerra, del pueblo kurdo puede decirse lo mismo que el poema dice del héroe Gilgamesh:

“Todo lo sufrió y todo lo superó”.

Estoy a punto de cruzar la frontera y entrar en Iraq para seguir, locuras de la geopolítica internacional, el viaje por el país kurdo que empecé, el año pasado, en Turquía. Como cada vez, antes de iniciar una nueva aventura, el viajero siente nerviosismo y un extraño sensación de desazón en el estómago, mientras que confía en que sea la sonrisa franca de las gentes kurdas su compañera de viaje y no la agria desesperación final de Gilgamesh.

 

UN TURISTA EN EL SLUM DE BOMBAY

 

Pizza, una pizza de atún realmente buena, ¡por fin comida con sabor auténticamente occidental! Para el viajero, el Pizza Bay de Bombay resulta un paraíso, aunque quizá con precios un tanto diabólicos…, donde poder dar descanso a un paladar que, tras semanas vagando por la India, agoniza por sobredosis narcotizante de picante massala, la tradicional mezcla de especias india, omnipresente en la gastronomía hindú. Situado en pleno Marina Drive, el resplandeciente paseo marítimo de Bombay que a lo largo de unos tres kilómetros enmarca la bahía Back hasta morir en la popular playa de Chowpatty, el restaurante, con su moderna decoración en blanco y negro, su panorámica cristalera, y pese al anacrónico recopilatorio de los Bee Gees que de forma inclemente resuena a través del hilo musical, resulta un lugar reconfortante donde cenar mientras el sol cae sobre la capital económica de la India.

Llegué ayer por la noche en avión desde la ciudad de Aurangabad. En un vuelo amenizado por las constantes peticiones del sobrecargo y las azafatas al pasaje para que los viajeros apagaran sus teléfonos. Ruego que fue perfecta e indolentemente ignorado por unos pasajeros que absolutamente indiferentes a las llamadas al orden por parte de la tripulación juguetearon con sus teléfonos durante todo el trayecto. De hecho, prácticamente acabábamos de despegar cuando una musiquita boliwodiense fue creciendo en volumen desde el interior del bolsillo de la camisa del tipo que se sentaba a mi lado, denunciando que su teléfono estaba irreprochablemente conectado y, en este caso, recibiendo una llamada. Le eché una mirada acusadora que no pareció alterarle demasiado, y aunque tuvo el detalle de no contestar, no apagó, por supuesto, su receptor. Como europeo siempre temeroso, no pude evitar recriminar su actitud, el hombre puso cara de circunstancias y se disculpó aduciendo que había olvidado el número del pin y que por tanto, si lo apagaba, ¡no podría volver a ponerlo en marcha! Eso sí, en contrapartida, y quizá para hacerse perdonar el descuido, decidió dedicar el resto del viaje a explicarme de forma concienzudamente detallada las diferentes trayectorias vitales y profesionales de sus abundantes hijos, los cuales, al parecer, en su mayoría viven en Alemania…

La de hoy ha sido una larga jornada, intensa y al mismo tiempo emocionante que bien merecía este colofón de atún, queso y masa de trigo. Al fin y al cabo, durante el día he caminado por el dédalo de callejones que conforman el slum de Bombay, el hipertrofiado barrio marginal llamado Dharavi, en el que Vikas Swarup situó gran parte de su novela “Slumdog Millionaire” y que la mayoría de nosotros conocimos a través de su exitosa versión cinematográfica. Por unas horas, me he convertido en uno más de los perros del slum, paseando entre aquellos que podrían afirmar lo mismo que Rama Mahoma Thomas, el protagonista de curioso nombre de la citada novela: “Vivo en un rincón de Bombay llamado Dharavi, en un angosto chamizo de diez metros cuadrados que no tiene ventanas, ni luz natural ni ventilación, y donde me hace de techo una lámina de metal ondulado. La choza vibra violentamente cada vez que pasa el tren sobre mi cabeza. No hay agua corriente ni sanitarios. Esto es todo lo que puedo permitirme. Pero en Dharavi no soy el único. Hay un millón de personas como yo , apiñados en un rectángulo de doscientas hectáreas de cenagoso páramo urbano, donde vivimos como animales y morimos como insectos. Indigentes venidos de todo el país compiten entre sí por un pedacito de cielo en el suburbio más grande de Asia[1].”

Justo después del desayuno me he lanzado en busca de mi objetivo: ¡Dharavi! Aunque, la verdad, he alargado más de lo necesario la primera colación del día, pues me he dedicado a escuchar divertido a los ocupantes de la mesa de enfrente, dos parejas de turistas: padre, madre, hija y novio, los cuatro rozando la obesidad mórbida y que, mientras arrasaban literalmente el por otro lado un tanto ramplón buffet del Hotel Fariyas, han tomado, de forma curiosamente paradójica, como objeto de conversación el comentario y glosa de todo tipo de dietas de adelgazamiento, el ser humano resulta siempre tan paradójico…

Estaba dispuesto a lanzarme a la aventura, pero nada resulta sencillo en la India, tras escuchar el nombre del suburbio, el taxista ha negado con la cabeza al tiempo que me sugería un “sightseeing”, un recorrido panorámico por la ciudad, a fin de cuentas, ¿no era yo un turista? Exprimiendo mi tortuoso inglés he conseguido convencerle de que, efectivamente, no era un error, y que realmente quería conocer el slum. Finalmente, y pese a que su cara denunciaba cierto escepticismo, ha arrancado anunciando que tardaríamos aproximadamente una hora en llegar, pues cruzar una ciudad de más de veinticinco millones de habitantes no es, sin duda, una tarea fácil. Mientras avanzábamos a través del caóticamente infernal tráfico, contemplaba los modernos rascacielos construidos sobre los solares donde antaño se asentaron las fábricas textiles que dieron vigor y prosperidad a Bombay. Curiosamente, desaparecidas las plantas industriales, se mantienen en pie, sin embargo, los inmensos bloques de minúsculos apartamentos en su mayoría de una sola habitación, creados para albergar a los trabajadores de estas industrias, vetustas construcciones hiperpobladas que se arraciman alrededor de los nuevos y altísimos edificios de oficinas en un chocante contraste, por otra parte tan típicamente indio, entre la opulencia y la necesidad.

Al llegar a Dharavi le pido a Prashant que se detenga, entre atasco y atasco el taxista y yo hemos tenido tiempo de sobra para presentarnos claro y charlar sobre casi todo. Son muy pocas las calles del barrio por las que se puede circular en coche, pues la mayoría son demasiado estrechas para ello, y además me apetece andar, así que paramos y Prashant me obliga a anotar cuidadosamente el nombre del pequeño puesto de comida donde va a esperarme, así como su número de móvil. Con todo, todavía no está tranquilo, y me pide que le llame ahora desde mi teléfono, a modo de prueba, para confirmar que, si me pierdo, podré ponerme en contacto con él. Humilde taxista, Prashant ha resultado ser un hombre realmente responsable y concienzudo, preocupado por la inconsciencia de este ignorante extranjero.

Bien, finalmente estoy aquí, doy apenas unos pasos y me detengo a contemplar el turbador espectáculo que se muestra ante mis ojos. No puedo evitar meditar que, durante los inmóviles siglos de la interminable Edad Media europea, el nombre de la India evocaba el edén. Para el ideario medieval, aislada del resto del mundo por los demoníacos ejércitos de Gog y Magog citados en el Apocalipsis, la India era una tierra maravillosa, plagada de riquezas y extraños habitantes, que alimentaba la desatada fantasía de los escritores del Medievo. Citando al medievalista francés Le Goff, la India resultaba nada menos que la antecámara del paraíso. A la vista de Dharavi, con sus chabolas, sus montones de basura, su hedor, quizá las leyendas medievales exageraban un poco…

Estoy solo, un occidental despistado caminando por angostas callejas, deteniéndose a contemplar la ordenada cola que forman unos cuantos hindúes para acceder a un aseo público, a la puerta del cual se vende champú y jabón en coloridas dosis individuales, o sorprendiéndose por el indescifrable entramado de cables y tomas de corriente que cuelgan por las fachadas de las hileras de casas y chabolas. Una soledad que por un momento aguijonea mi estómago en forma de miedo. Pienso en la novela del gran Vikram Chandra, Juegos sagrados, y su peligroso Bombay lleno de gánsters, delincuentes y policías corruptos, donde la vida de un hombre no vale nada, y casi me parece adivinar, entre los individuos que pasan junto a mí, la figura de Ganesh Gaitonde, el implacable bhai[2], que protagoniza su obra. La verdad es que resultaría fácil hacerme desaparecer en Dharavi y probablemente nunca se hallaría rastro de mí en este enjambre humano inaccesible a toda racionalidad urbanística, pero para mi tranquilidad, la gente con la que me cruzo, y ese es siempre el milagro de este país, sonríe despreocupada. Un barbero cuyo establecimiento consiste en dos sillas y un pequeño espejo me llama para que me afeite, una anciana que tranquilamente deja pasar el día frente a la puerta de su casa me hace una seña hospitalaria para que entre en su humilde hogar y unos hombres que lavan ropa en una especie de charca de agua estancada, y que cuelgan las prendas ¿limpias? sobre las vías del tren para que se sequen me piden que les fotografíe. Nada resulta inquietante o comprometido. El único problema con el que me encuentro son tres adolescentes empeñados en seguirme y darme la mano, finalmente le doy un empujón al mayor de ellos y los tres desaparecen entre risas. Como las leyendas medievales, me da la impresión de que también la literatura contemporánea, en ocasiones, tiende a exagerar un poco.

Cuando decido volver en busca de Prashant y su taxi, es ya mediodía, el calor ha ido subiendo a lo largo de toda la mañana y ahora resulta húmedo y asfixiante, cansado por la caminata y acalorado por la temperatura, compro en una pequeña tienda una botella de Maaza, un aparentemente exótico refresco de zumo de mango que sin embargo está comercializado, milagros de la globalización, por Coca-Cola, y me siento en el suelo a disfrutar de mi bebida. La bebo con los ojos cerrados, dejando que el líquido frío y dulce me reconforte. Cuando los abro, observo que una mujer vestida de forma tradicional con un sari de color azul se ha sentado a mi lado e imagino que extrañada y suponiéndome perdido, me pregunta si puede ayudarme en algo, le contesto que no y le doy las gracias, pero ella no se mueve y esta vez su pregunta es más difícil, me pregunta por qué estoy allí, en Dharavi. Guardo silencio, es una pregunta difícil, resultaría estúpido contestar, como si estuviera frente al Taj Mahal, con el socorrido “is very nice”, de repente casi me avergüenzo y me siento como un intruso que se hubiera adentrado, sin recato, en la cara más sórdida y triste de la gigantesca urbe en busca de entretenimiento a través de la miseria de la gente, así que finalmente me encojo de hombros mientras ella asiente con la cabeza. Durante un rato, conversación inevitable en esta nación, me habla de sus hijos, pero luego vuelven las preguntas espinosas,

-¿Te gusta la India?

Esta vez le contesto sin dudas, rotundo: sí, la India me fascina, es un país inconmensurable. Ella se ríe mostrando un fila de dientes desigual y bastante incompleta, pero su respuesta está bañada en fatalismo,

– Te gusta porque solo vas a estar unos días, si vivieras siempre aquí la odiarías.

De nuevo el silencio tan solo cortado por mi breve respuesta: un quizás dubitativo. Incomodo le sonrío y me despido. Decido desandar definitivamente el camino en busca de mi taxi. Cuando llego donde estaba aparcado, Prashant me mira con alivio al comprobar que no me he perdido y que vuelvo en perfecto estado de revista.

Culmino mi banquete en el Pizza Bay con un tiramisú, pura lujuria en forma de pastel. Inopinadamente los Bee Gees continúan con su letanía de canciones pasadas de moda y el local está ahora repleto, con sus clientes divididos en dos bandos según sus prioridades, los turistas, agolpados junto al ventanal, siempre en busca de la mejor vista, y los locales, que optan por las mesas del fondo del local, más cercanas a las salidas de aire acondicionado y por tanto más frescas. Satisfecho y con el estómago lleno salgo a la calle. Marine Drive alcanza el colmo de su belleza durante la noche, no en vano los ingleses la llamaban “Queen’s Necklace”, el collar de la reina, por el rutilante brillo de sus farolas que en la distancia semejarían perlas de un gigantesco collar. Además, la oscuridad permite disfrutar en todo su esplendor del iluminado skyline de Bombay, un skyline que no deja de crecer impulsado por la economía de una ciudad que genera más del 30% del producto interior bruto de la totalidad del país. Pero ya se sabe, la India es la tierra del todo o nada, así que mientras contemplo la magnificencia del lugar, un pobre desarrapado extiende a unos metros de mí una vieja y raída manta, probablemente su única propiedad, para tumbarse sobre ella dispuesto a pasar allí la noche. Me acerco y le doy unas cuantas rupias, una triste limosna que seguramente aspira no tanto a salvar al pobre indigente como a aliviar la mezquina conciencia del viajero. Un viajero que, resignado, decide seguir el consejo que a Rama Mahoma Thomas da su casero Ramakrishna en “Slumdog Millionaire”:

“Los indios poseemos la sublime capacidad de ver el dolor y la miseria que nos rodea sin que nos afecte. Así que pórtate como un auténtico habitante de Bombay, cierra los ojos, cierra los oídos, cierra la boca y serás feliz como yo. Y ahora vete, es mi hora de dormir[3].”

En Bombay, a 16 de agosto de 2012

 

 

 

[1] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire. Anagrama. Barcelona, 2006, p. 154

 

[2] Capo de una banda de delincuentes

[3] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire, opus cit, p.,82

TURCOS, KURDOS, ARMENIOS Y LA TRISTE CONDICIÓN HUMANA…

La riqueza monumental del Kurdistán resulta un reflejo de su paradójica historia. El viajero que dedique unos días a explorar una región típicamente kurda como la que conforma la provincia de Van, se sorprenderá al comprobar que la mayor parte de sus monumentos relevantes no son de origen kurdo, ni por supuesto turco, pues éstos, en cierta forma siguen anclados en su papel de extranjeros invasores y colonizadores. La gloría artística del Kurdistán pertenece, sin duda, al pueblo armenio. Gloria en la que, desde luego, tiene un lugar preeminente la iglesia de la Santa Cruz de la isla de Akdamar, una fotografía inevitable en cualquier agencia de viajes de toda Turquía, y que la mayoría de nosotros ha admirado alguna vez, aun sin estar muy seguros de a qué lugar pertenecía, en algún catálogo o guía turística.

Es un contrasentido triste y cruel, casi como la mismísima condición humana. Así, el pueblo kurdo, durante años ha sido fuertemente reprimido por parte del Estado Turco, cada vez que ha intentado reivindicar su identidad. Una represión que ha sumido a la región en un estado de sitio militar y violencia constante. Sin embargo, pocas veces se recuerda que en las primeras décadas del siglo veinte, los kurdos participaron activamente, actuando de la mano de los turcos, en el exterminio genocida de la etnia armenia, pueblo que vivía en buena parte del actual Kurdistán llegando a conformar, durante siglos, el próspero y cristiano reino de Armenia. Como desalmado premio a su colaboración, los turcos les condenaron a ser ciudadanos de segunda en el nuevo estado laico y centralista instaurado con mano de hierro por Kemal Ataturk, sin posibilidad real de abandonar su situación de pobreza e ignorancia generalizada.

Mientras medito sobre estas cosas abandono la carretera principal que conecta a Van con el aeropuerto y me adentro por un mar de sinuosas callejas que deberían llevarme hasta la iglesia armenia de Yedi Kilise. Tras un buen rato de lenta conducción esquivando transeúntes, furgonetas aparcadas en doble fila, bicicletas, gallinas desorientadas y multitud de obstáculos de todo tipo, me doy por vencido. Lo único que estoy consiguiendo es quemar gasolina. Sin un cartel indicativo, sin una placa que informe del nombre de alguna calle, para un occidental medio como yo, resulta imposible, en aquel caos, encontrar el camino hacia Yedi Kilise. Así que empiezo a preguntar, y la verdad, las cosas no mejoran demasiado, imposible encontrar alguien que hable inglés, por lo que me limito a gritar el nombre de mi destino, pero casi nadie parece entenderme a la primera, la mayoría abre los ojos como en un esfuerzo de concentración para acabar negando después con la cabeza, ¡no me entienden! En ese momento les enseñó mi mapa señalándoles el lugar, y entonces suspiran comprendiendo:

– Ah…

Ese Ah…, resulta algo así como un: – ¡Haberlo dicho antes! Lo que buscas es Yedi Kilise. Y me repiten varias veces el nombre pronunciándolo correctamente, casi como si me regañaran por mi mala pronunciación del turco. Es entonces cuando viene lo peor, un inacabable y bienintencionado montón de ininteligibles instrucciones: la primera a la izquierda, dos más y a la derecha…, todo ello, por supuesto, en perfecto turco, dando lógicamente por hecho que más allá de sus problemas de pronunciación, el extranjero entiende, sin dificultad, nuestro idioma….

Estoy a punto de caer en la más profunda de las desesperaciones, cuando pregunto a uno más de la multitud de muchachos de look prácticamente clónico que invaden el sureste de la península de Anatolia: Chaqueta de cuero, pantalones pitillo, unos zapatos en punta sorprendentemente brillantes dado el polvoriento estado de calzadas y aceras, y una espesísima mata de pelo negro peinado cuidadosamente hacia atrás. Estoy de suerte; en lugar de las consabidas indicaciones decide subirse a mi coche y guiarme personalmente. Arranco y mi felicidad inicial se interrumpe momentáneamente, pues después de la experiencia del otro día, pienso que quizá vuelvo a gozar de la compañía de un policía de paisano. Con todo y mientras sigo conduciendo, alejo de mi mente estos temores diciéndome que por momentos mis ideas se vuelven paranoicas e intento entablar conversación con mi improvisado guía. Al hacerlo descubro que va a ser casi más difícil que encontrar Yedi Kilise, pues es un hombre de pocas palabras, tras un arduo interrogatorio tan solo consigo saber que su nombre es Alí.

Poco a poco, el paisaje se va volviendo más agrícola, dejamos el asfalto y nos adentramos por una pista de tierra que discurre entre aisladas granjas por las que puede verse corretear a niños kurdos en edad escolar que desde luego, no están en la escuela, Me pregunto qué sabrán ellos de los armenios, y de sus preciosas iglesias abandonadas, probablemente nada. Finalmente llegamos a una aldea típicamente kurda, un pequeño y abigarrado conjunto de casas habitadas por ovejas de gruesa lana, cabras, vacas, niños vestidos con ropa sucia, y de vez en cuando, por algún adulto.

Mi decepción es infinita. De lo que antaño fue el imponente conjunto de iglesias y monasterios que conformaban Yedi Kilise sólo queda una iglesia más o menos en pie, eso sí, convertida en el corral posterior de una de las casas de la aldea. El dueño de la casa me abre la verja del aprisco y camino hacia las ruinas. Los restos del espléndido nártex abovedado están esparcidos por el suelo, al parecer, y según el actual propietario de la iglesia, se vino abajo junto con las dos cúpulas en el último terremoto de 2011. Entro en el templo, pese a su deplorable estado general, la arquitectura de la nave principal sigue impresionando, como un último testigo mudo y desolado de un mundo, el armenio en territorio turco, desaparecido con la fuerza de la sangre, el fuego, y sobre todo de la barbarie. Me indigno al observar, y especialmente oler, como Yedi Kilisi, todavía hoy sigue utilizándose, supongo que por las noches, como recinto para cuidar el ganado, por su dueño, un kurdo indiferente a la belleza de aquellas paredes y a la fe de quienes las construyeron. Al salir me pide dinero y le miro malhumorado, aunque al final le doy unas monedas, quizá, pienso, si empieza a obtener algún rendimiento por el turismo cuidará un poco más su propiedad.

Me voy triste. Yedi Kilisie convertida en un corral resulta una buena metáfora de lo que es hoy el Kurdistán, una tierra de dominios y atrocidades escalonadas, donde paulatinamente el más fuerte ha ido acabando con el más débil, y todo ello a través de la mezquindad, la intolerancia y el desprecio por el diferente. Al llegar de nuevo a Van me despido del silencioso Alí. He de insistir para que acepte mi propina, lo que me insufla un poco de optimismo, en medio de la paupérrima situación de la región, no está todo perdido, todavía hay quien mantiene el orgullo de ser quien es de manera civilizada, ayudando a los demás de una manera desinteresada y bondadosa.

El 24 de abril del 1915, 254 intelectuales armenios fueron arrestados en Estambul y finalmente ejecutados. Solo fue el comienzo de una matanza que, aunque las cifras aún se discuten, acabó con la vida de entre uno y dos millones de armenios. En 1923, ya no había nadie que se declarase armenio en toda Turquía.

En Van a 26 de marzo de 2013

CRÓNICAS NAMIBIAS 3. De canales de televisión y puestas de sol.

Cercano ya el mediodía, empezaba a apretar el calor en la inmensidad del desierto del Kalahari. El invierno namibio es así de “divertido”, por la noche las temperaturas bajan hasta apenas los seis u ocho grados en la madrugada, pero con la salida del sol, remontan rápidamente hasta sobrepasar los 25 en pleno día. Así que lo mejor es vestirse con varias capas de ropa de las que uno va despojándose a lo largo de la jornada para volvérselas a poner todas cuando llega la noche.

Tras unas horas de conducción parecía que estaba cogiéndole definitivamente el tranquillo a lo de conducir por las pistas sin asfaltar namibias. De forma que hasta me permití poner en marcha la radio del mega trastón en busca, sin éxito, de alguna emisora de música. En una muestra de que no todo está perdido para la humanidad, constaté que en Namibia todavía no existe nada parecido a “Los 40 principales,” así que apagué la radio y me puse a silbar tranquilamente. Incluso empecé a pensar que había sido un exceso lo de comprar dos garrafas de cinco litros de agua, “por si acaso”. Todo parecía controlado, estaba hecho un perfecto conductor africano. Sin embargo a pocos kilómetros de mi destino, el “Camelthorn lodge”, la realidad volvió a poner a mis dotes de conductor en su sitio… Pues de repente la pista por la que transitaba se cubrió de arena, y mi acorazado, pese a su tracción a las cuatro ruedas, empezó a resbalar y a deslizarse sobre la arena dando bandazos hacia uno y otro lado. Disminuí la velocidad y apreté con fuerza el volante, y con ello se acabó todo mi arsenal de habilidades técnicas para sortear la situación… Ah, bueno, también dejé de silbar, aunque eso tampoco ayudó mucho. De modo que ya pueden imaginar, queridos lectores, que aquellos últimos kilómetros resultaron un auténtico infierno para este turista con ínfulas.

Cuando al cabo de un rato, y frente a la entrada del Camelthorn bajé la ventanilla para pedir al portero que subiera la barrera, éste contempló a un pobre españolito absolutamente aliviado por haber llegado finalmente a su destino, empapado de sudor y con los brazos absolutamente acalambrados de tanto apretar el volante…

El Camelthorn es un bonito hotel formado por unas cuantas habitaciones en forma de pequeñas casitas diseminadas alrededor del edificio que alberga la recepción y el restaurante. Eso que los modernos (y los anglosajones claro…) llaman un lodge o un tented camp… El contraste entre aquellas acogedoras casitas y el paisaje totalmente árido, durísimo e interminable en el que están situadas me pareció realmente curioso. Los turistas producimos engendros muy extraños… En la recepción me presentaron a Bilo, el guía que, por la tarde iba a llevarme a recorrer los alrededores en busca de animales. Me dijo que salíamos en menos de dos horas, así que tenía el tiempo justo para comer algo y echarme una breve siestecita en mi casita. Después de tantas horas de conducción y sufrimiento, ¡me merecía el premio de la siesta!

Cuando sonó mi móvil avisándome de que el tiempo de mi merecido sueñecito había acabado, me sentí invadido por el cansancio. ¡Qué bien se dormía en aquella cama tan ancha y qué pereza salir ahora de ella! Me eché un poco de agua en la cara para despertarme, cogí un polar por si volvíamos tarde, y expectante ante el safari de aquella tarde, me dirigí a la puerta. Hasta aquí todo normal, pero claro, la normalidad resulta algo muy anormal en mí…, así que al intentar salir descubrí que había sido un error cerrar la puerta por dentro, ¡no había manera de abrirla ahora!, es en esos momentos cuando uno, en lugar de serenarse e intentar arreglar el problema, empieza a recriminarse por lo hecho anteriormente, algo que no tiene ninguna utilidad práctica pero que, por alguna razón, parece confortar el espíritu de los seres humanos. En mi caso empecé a reprocharme, con toda razón por otro lado, el haber cerrado la puerta con llave en aquel lugar dejado de la mano de Dios, absolutamente desértico, en el que uno podía transitar horas sin ver a nadie, ¿quién diantres pensaba que podía entrar en mi habitación? Conforme pasaba el tiempo mis nervios se aceleraban y apretaba más la llave contra el bombín sin obtener ningún resultado. Mi casita-habitación aunque perfectamente acogedora, no tenía teléfono, así que no podía llamar a recepción, y desde luego, todo tiene un límite incluso para mí, no estaba dispuesto a ponerme a gritar pidiendo socorro… ¡Habría resultado demasiado humillante! Ya había pasado la hora en que había quedado con Bilo, y yo seguía allí, ridículamente encerrado en mi habitación, así que llegó el momento de las decisiones “heroicas”: decidí salir por uno de los amplios ventanales de la habitación. Una vez subido al alfeizar, y antes del “arriesgado salto al vacío” desde una altura de medio metro, miré a los lados para asegurarme que no había nadie que pudiese contemplar la ridícula escena de aquel absurdo turista huyendo de su cabaña por la ventana en lugar de por la puerta. “Sorprendentemente”, en medio del desierto no había nadie a mi alrededor…, así que pude saltar sin miedo al ridículo y salir corriendo hacia la recepción dónde Bilo me esperaba impaciente, subido al jeep descapotable y con el motor en marcha.

Me recibió con una sonrisa y, lo que más agradecí, sin preguntas al respecto de la causa de mi retraso. Iniciamos el trayecto y la verdad es que lo disfruté cada segundo, más allá de su imponente belleza, lo que me fascinaba fundamentalmente era la sensación de estar en uno de aquellos lugares que uno ha mitificado desde niño. El Kalahari significaba para mí noches de sábado frente al televisor, degustando el inolvidable “Informe Semanal”, un programa que me permitía saber de la existencia de lugares tan exóticos como el Kalahari, la árida tierra dónde vivía el pueblo bosquimano y que atravesó el explorador Livingstone. Sin duda el Kalahari ocupa un lugar en mi propia mitología junto a lugares tales como Etiopía, Samarcanda, Benarés, Tombuctú.

A lo largo del tiempo he podido visitar todos esos rincones recónditos del mundo que excitaron mi infantil imaginación. Verlos en toda su magnificencia, resultó en cada ocasión algo impresionante. Pero he de reconocer que ningún viaje real ha podido superar nunca las expectativas de belleza y exotismo que aquellos programas y documentales en blanco y negro generaron en aquel niño que fui. Ya se sabe que, como escribió Cervantes, el camino siempre, siempre es mejor que la posada…

Es curioso pero, cuanto más viejo me hago, más creo que vivimos sumergidos en un mundo de falsa libertad. Mi niñez discurrió en una época de sólo dos canales de televisión, probablemente quienes sean tan viejos como yo lo recordarán. Así que estábamos condenados a tener que ver sí o sí Informe Semanal, La Clave o los documentales de Rodríguez de la Fuente. Resultaba fastidioso, sin duda, no poder elegir, y más de un día pensé que me moría de aburrimiento frente a aquel televisor sin mando a distancia ni canales alternativos. Pero a cambio vi programas que en cierto modo me formaron, me enseñaron el mundo y sobre todo, despertaron en aquel niño de un barrio obrero de Hospitalet un insaciable deseo de conocer, de viajar y de aprender. Algo que, de otra forma, probablemente nunca habría experimentado. Me recuerdo a mí mismo sentado en el suelo del comedor viendo como José Luis Balbín presentaba a sus invitados y sorprendiéndome ante sus currículums, los idiomas que hablaban y los libros que habían escrito. No podía evitar sentir una desmedida admiración por aquellos señores tan serios que parecían saberlo todo sobre cosas y cuestiones de las que yo ni siquiera había oído hablar jamás.

Hoy en día gozamos en cambio de un número casi infinito de posibilidades televisivas, ventajas del capitalismo supongo. Paradójicamente en esa posibilidad prácticamente inacabable no hay sitio para programas como aquellos. Hoy todo tiene que ser lúdico, superficial, gracioso, aparentemente divertido. Como resultado de esa transformación presuntamente democrática y liberalizadora, si fuese niño hoy día vería Sálvame en Tele 5, nunca hubiese sabido de la existencia del desierto del Kalahari y mi avidez por saber se habría transformado en un deseo incontenido por convertirme en uno de esos patéticos famosos que pueblan nuestra televisión. Vivimos en un mundo de apariencias, se nos ha convencido de que jamás nadie ha sido tan libre como nosotros, pero créanme, es algo puramente engañoso, somos tan libres como las vacas que pastan tranquilamente en un campo vallado a la espera de ser llevadas al matadero…

Por suerte, pues mis reflexiones empezaban a deprimirme, la presencia de una vieja leona me despertó de mi triste monólogo interior. Bilo acercó el coche hasta ella, que nos miró con ojos retadores. Al vernos se levantó y comenzó a andar pesadamente. La seguimos un rato con el coche, Bilo me comentó que era el último ejemplar de un grupo formado por un macho y tres hembras que habían vivido en aquella zona durante años y que, a causa de la edad habían ido muriendo. Aun anciana, aquella leona seguía manteniendo, desde luego, un aspecto fiero e imponente y de vez en cuando se giraba amenazadora como queriendo advertirnos de que estábamos demasiado cerca y que la dejáramos en paz. Finalmente le hicimos caso, y Bilo condujo hasta una pequeña colina donde poder contemplar la puesta del sol. Sacó una pequeña mesa plegable, dos sillas de camping y una nevera portátil del maletero. Perfectamente pertrechados, nos acomodamos en silencio y cerveza en mano a esperar que el sol, un día más, decidiese retirarse para dejar su lugar a la luna. Rápidamente, el cielo fue adquiriendo un ominoso color rojizo, la oscuridad se adueñó por momentos de aquella gigantesca planicie acentuándose, con ello, la sensación de pequeñez y turbadora soledad que invade al turista la transitar por esta tierra. Lejos de todo y de todos, sobre aquella colina sita prácticamente en ninguna parte, rodeado por la sordina de la nada y el rojo fuego de un sol a punto de morir, por un momento todo dejó de tener sentido: el trabajo, el futuro, el pasado, mis libros y artículos, mis eternas cavilaciones y angustias… Es en esos divinos momentos en los que todo deja de tener sentido, cuando el ser humano, por un instante, puede intuir el único y paradójico sentido: vivir. Le di un último trago a mi cerveza Windhoek y cerré los ojos. Volví a pensar en la vieja leona, en su soledad final, tumbada junto a algún matorral y contemplando, como yo, el más hermoso de todos los cielos estrellados: el africano. ¿Se preguntaría por el sentido de su vida? Probablemente no, pero seguro que antes de dormir rememoraría sus tiempos de juventud, junto a sus compañeros de manada, los tiempos en que sus noches eran menos solitarias y, ¡quién sabe!, quizá experimentaría la misma melancolía que yo al recordar mis días de televisión e infancia. Comenzaba a hacer frío y Bilo me tocó en el hombro para indicarme que debíamos volver. Lástima. Me habría quedado allí para siempre.

CRÓNICAS NAMIBIAS 2. Camino del Kalahari

Me desperté con dolor de estómago. La noche anterior, había cenado en el inevitable Joe’s, el restaurante de carne que recomiendan todas las guías de turismo, donde una vez más confirmé la evidencia de que el turista medio (categoría en la que sin duda me incluyo), es un ser sumiso y disciplinado, pues el garito estaba tan abarrotado que me dio la impresión que todos los extranjeros llegados a Windhoek, la capital de Namibia, habían tomado la misma decisión que yo, quizá incluso habían comprado también la misma guía… Al llegar pensé que aquel abigarrado local había sido decorado por el dueño de un restaurante de la competencia. Horroroso, pretendía simular, con menos que escaso acierto, una especie de poblado indígena. La oronda camarera que me recibió me preguntó si tenía reserva. ¿Reserva? ¿En Windhoek Namibia? ¿De verdad? Mi negativa fue recibida con un resignado mirar al estrellado cielo namibio por parte de la mujer y un gesto de que esperara. ¡Y vaya si esperé! Esperé para ser sentado, para ser atendido, para que llegara mi comida… En Joe’s aprendí dos cosas importantes al respecto de la hostelería namibia, la primera es que su comida, a base fundamentalmente de carnes a la brasa es absolutamente excelente, la segunda es que jamás ningún camero o camarera del país morirá de un ataque al corazón a causa del estrés producido por la tensión del trabajo…

La guía recomendaba el entrecot de cebra y he de reconocer que estaba espectacular, una carne sorprendentemente tierna y de un sabor fuerte y sabroso, así que, animado por aquel gran comienzo, decidí arremeter también contra un filete de kudu, y unas brochetas de gacela… Todo ello regado con dos imponentes jarras de buena cerveza local cuyo nombre es el mismo que el de la capital: Windhoek. Lo sé, lo sé, un exceso… así estaba yo por la mañana, muerto de sueño y con mi estómago protestando.

Había llegado el momento de abandonar el confortable hotel y lanzarme, por fin, a la aventura. Mi coche estaba en el parking subterráneo del edificio, pero antes de subirme a él decidí preguntar a uno de los porteros por la dirección que tenía que tomar para salir de la ciudad en dirección sur, hacia el Kalahari. Sí, sí, tenía mi GPS claro, pero por si acaso un poco de información nunca está de más… El chico, con una amable sonrisa me explicó un par de veces lo que debía hacer, pero yo no acababa de entenderle. Pacientemente me indicó que mejor me acompañaba hasta el parking y que, ya en la calle, comprendería mejor sus explicaciones. Me pareció buena idea, así que bajé con él hasta dónde me esperaba mi carro de combate reconvertido. Mientras me subía al engendro mecánico, me dijo que me esperaba en la salida, lo único que debía hacer para llegar hasta ella era salir recto y que cuando llegase al final, girar a la derecha. ¿Fácil verdad? Con lo que no contó el buen hombre fue con mis dificultades para la orientación. Fui capaz de arrancar el coche, que rugió como cinco leones justos, pero cuando llegué a la pequeña encrucijada giré, por supuesto, a la izquierda… En mi defensa diré que era muy temprano, y sobre todo que era tan solo la segunda vez que conducía aquel mega trasto en el que todo estaba al revés, empezando por el volante, ¿cómo no iba a confundirme si lo que toda la vida había estado en la izquierda estaba ahora a la derecha? La cuestión es que al equivocarme enfilé por la rampa de entrada en lugar de la de salida, mientras oía gritar en la lejanía al pobre portero, que a estas alturas debía pensar que yo era absolutamente tonto…

Como no podía ser de otro modo, dada mi proverbial buena suerte, me encontré con un coche de cara, al conductor del mismo imagino que estuvo a punto de darle, a él sí a diferencia de los hosteleros locales, un ataque cardiaco al ver venir de frente a aquella arma de destrucción masiva. El resto de la escena la pueden imaginar, el portero dándome instrucciones para que hiciera marcha atrás sin chocar con nada, el individuo del otro coche, superado el susto, mirándome con una sonrisa del tipo, ay los turistas… Cuando por fin conseguí llegar a la salida, no quise escuchar las nuevas indicaciones de aquel portero con alma de santo Job, quería dejar atrás aquel ridículo cuanto antes. Moví afirmativamente la cabeza en un gesto que quería indicar que estaba todo claro, le di una más que merecida propina y arranqué. Para mi tranquilidad, en cuanto lo hice, el GPS empezó a darme órdenes. Hace ya más de un siglo, mi adorado Dostoievski escribió que todo hombre busca quien le esclavice, pues en el fondo, el ser humano odia la libertad. Tenía absolutamente toda la razón, yo acababa de encontrar a mi nuevo amo, el GPS, y gracias a ello estaba absolutamente encantado.

Justo antes de salir de la ciudad, parado en uno de los últimos semáforos que vería durante muchos días, pasó ante mí una mujer Herero, el grupo étnico que durante siglos fue habitó aquellas tierras del centro de Namibia. La reconocí por el estrafalario sombrero alargado y de colores vistosos que estas mujeres gustan llevar hoy día. Ya en la carretera, no pude evitar que los Herero y su triste historia ocupasen mi mente durante un buen rato.

La verdad es que la primera vez que tuve noticia de este pueblo fue a través de la lectura de una novela excepcional: “V” de Thomas Pynchon. Siempre he pensado que si pudiese elegir qué escritor ser, escogería sin dudar a Pynchon. Autor de culto que se ha permitido el lujo de ser un perfecto desconocido. De hecho, si buscan su nombre por internet comprobarán que prácticamente no existen fotos suyas y que en raras ocasiones ha hablado con la prensa. Pynchon no necesita tener un blog, ni promocionarse en twitter, ni hablar con sus lectores ni darles coba. Pynchon tan sólo es un grandísimo escritor dedicado únicamente a eso, a escribir, lo que le convierte en un auténtico héroe de la literatura contemporánea. “V” es una obra que hay que leer sin prisas, pero les aseguro que vale la pena hacerlo. En la novela, Pynchon convierte la ley física de la entropía en una metáfora del camino disolvente que sigue nuestra sociedad, denunciando la conversión del hombre en pura mercancía capitalista en manos de una tecnología que lo deshumaniza por momentos. Como les digo, dediquen unas cuantas horas de su vida a leer a Pynchon, no será un gasto de tiempo sino una inversión existencial.

Pero me desvío del hilo de mi historia, lo que quería decirles es que Pynchon habla en su novela “V” de los Herero, y en concreto del genocidio que sufrieron a manos de los alemanes, los iniciales colonos europeos de esta tierra. Sí, “sorprendentemente”, los colonizadores alemanes se tomaron a mal que a los pobres Herero no les gustase que se les echara de sus tierras de toda la vida y que además se les esclavizase. Quizá pensaron que aquellos indígenas eran unos picajosos que nunca estaban contentos con nada… Así que, cuando los Herero finalmente se sublevaron, el ejército alemán contestó con toda la brutalidad de la que fue capaz, y ya sabemos que en general, siempre ha sido capaz de bastante… De hecho fue aquí donde se construyó el probablemente primer campo de concentración y exterminio de la historia, Shark Island, tenebroso presagio de lo que ocurriría apenas treinta años después en Europa. La represión militar quedó en manos del repugnante general Lothar von Trotta, uno de esos especímenes execrables que, demasiado a menudo, es capaz de general la raza humana.

Resulta tristemente famosa su declaración de 1904, en la que ordenó que todo herero, armado o desarmado, que fuese localizado en lo que él consideraba territorio alemán, fuera ejecutado. Así se simple, así de terrible. Los herero, diezmados y perseguidos, fueron empujados a las zonas más inhóspitas y secas del desierto del Kalahari. Al parecer, meses después, los soldados alemanes encontraron montones de esqueletos de nativos junto a grandes agujeros. ¿La razón? Centenares de hereros murieron de sed mientras cavaban, desesperados, en busca de un agua que nunca encontraron… Todavía se discuten las cifras, pero parece que entre el 70 y el 80 por ciento de la población herero murió a causa de aquella brutal represión. La historia de la colonización europea de África es siempre tan linda y edificante…

La triste meditación al respecto de la suerte de los herero me acompañó un buen rato, hasta que después de recorrer poco más de cien quilómetros paré a poner gasolina en Mariental, según mi mapa, el último pueblo que merecía ese nombre antes de dejar la carretera asfaltada y adentrarme en el desierto. Al tipo del surtidor le pareció que no le bastaba con llenarme el depósito, así que decidió, impasible ante mis protestas, limpiarme el cristal del parabrisas, ¡pero si estaba impecable! Acabada esta tarea, siguió sin darse por vencido, y me hizo gestos de que abriera el capó ¿el capó? ¿Para qué? Una vez más le dije que no, pero él me hizo el mismo caso que con el parabrisas y siguió insistiendo. Ahora ya no es que me negase, ¡simplemente no tenía la menor idea de cómo se abría el capó de aquel todoterreno! Finalmente, el hombre miró al cielo con una expresión que me recordó a la de la flemática y bien alimentada camarera del restaurante Joe’s, y abriendo la puerta del conductor, le dio él mismo a la palanca que abría el capó… Echó un vistazo a aquel motor que sería capaz de generar el solo electricidad suficiente para la mitad del continente africano y tras abrir una especie de depósito, mi desconocimiento de la mecánica de un coche es absoluto, cogió una regadera azul que tenía allí cerca y echó un buen chorro de agua. Tras hacerlo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza. Ahora sí que podía, por fin, continuar con mi viaje.

Tras Mariental, la carretera se convirtió en una pista polvorienta, ¡ahora sí que definitivamente estaba en marcha! Cuando mi macro tanque empezó a botar a causa de los baches del camino, noté como la adrenalina recorría mi cuerpo y mis pulsaciones se disparaban. Poco a poco, me fui calmando, y la adrenalina fue sustituida por una relativa calma y sobre todo, por una profunda y embriagadora sensación de libertad. Allí estaba yo, en medio de África, camino del Kalahari, aferrado al volante, conduciendo en medio de una nada inmensa apenas salpicada aquí y allá por alguna solitaria acacia ¿Qué más puede pedir un turista con ensoñaciones de viajero?

CRÓNICAS NAMIBIAS 1. El largo camino del aeropuerto al hotel.

¡Allí estaba yo! Con aquel todoterreno inmenso que más que un coche parecía un carro de combate destinado a conquistar Polonia, con su volante a la derecha y su cambia de marchas a mi izquierda, ¡todo al revés! Vehículo monstruoso al que tenía que sacar del jardín de aquella casa haciendo marcha atrás a través de un estrecho caminito y un aún más estrecho portón de salida a la calle. Mientras más que subir, dada la altura del trastón, ascendía al asiento, sentía flaquear mis piernas, no sé porqué cuando llegué me convencí ingenuamente de que el sonriente italiano de prominente barriga que me había conducido hasta allí me ayudaría a sacar al coche de aquel lugar o directamente lo sacaría él. Al fin y al cabo yo era su cliente, pues desde España había contratado a su agencia de viajes para que me consiguiera un coche, un coche por Dios, no aquella especie de tanque Panzer de la Segunda Guerra Mundial, y reservara mis alojamientos para los días que me proponía pasar en el país. Pero al acabar nuestra reunión, simplemente me despidió con un “buena suerte” y un ligero movimiento de mano. Le lancé un par de miradas suplicantes señalando el mini camino y el maxi cuatro por cuatro, pero el orondo Bruno ni se percató, pues tras su escueta despedida, quizá para disimular, se sumergió en la contemplación de su móvil. Después de más de dieciséis horas de vuelo en tres aviones distintos para llegar hasta aquel rincón del mundo, era lo único que me faltaba para redondear la jornada: estamparme con un puñetero furgón blindado el primer día, antes ni siquiera de iniciar la ruta… Una vez sentado frente al volante se confirmaron mis peores presagios, la visibilidad trasera era nula, tendría que conducir hacia atrás mirando por los espejos retrovisores laterales. Lancé una última mirada al espagueti, pero seguía con su móvil… Debería haberlo supuesto. Cuando apenas una hora antes había aterrizado en el pequeño y extrañamente tranquilo y muy poco africano, por cierto, aeropuerto de Windhoek, el tal Bruno, que estaba esperándome, se había limitado a darme las llaves del engendro mecánico y acto seguido, sin más indicaciones, me había pedido que le siguiera hasta su oficina. Sin mostrar piedad alguna, y pese a mi petición de que no condujese muy deprisa, fiel a la tradición automovilística de su país natal, arrancó su Land Rover como si se tratase de la salida del Gran Premio de Monza. ¡Pero si yo no era capaz todavía de poner la primera con la mano izquierda! Sudé todo el trayecto, que por suerte fueron apenas 20 kilómetros, intentando no perder la estela de aquel italiano con complejo de Fittipaldi, mientras me equivocaba una y otra vez al cambiar de marchas y le daba al limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente… Quienes hayan conducido alguna vez con el volante al otro lado me entenderán perfectamente…

Total, ¿para qué? Para nada, simplemente para darme, en aquel chalet a las afueras de Windhoek reconvertido en la oficina de una agencia de turismo local, una breve charla sobre el itinerario que debía seguir junto con un pequeño y poco detallado mapa en el que había marcado los hitos principales del camino. A cambio de esa absurda charla que perfectamente nos podíamos haber ahorrado, debía yo, cual héroe mitológico, superar uno de los trabajos de Hércules: salir de allí a través de aquel portón que parecía hacerse pequeño por momentos. No lo entendía, ¿por quién me había tomado aquel italiano exiliado en un país tan lejano al suyo? ¿Por un viajero intrépido? ¿Por un aventurero experimentado? ¿Pero no veía mi pinta? ¡Yo era un turista! Es lo que siempre he sido vamos, y a los turistas hay que tratarlos como a disminuidos psíquicos, necesitamos ayuda, que nos lo expliquen todo tres veces y que nos indiquen hasta dónde están los lavabos en el restaurante… Pero no, el despiadado de Bruno había decidido ascenderme a la categoría de viajero a base de despreocuparse totalmente de mí una vez terminada su charlita.

Encendí el motor y, aunque con alguna dificultad, conseguí poner la marcha atrás. En ese momento me vino a la cabeza el recuerdo de mi padre. Desde las alturas celestiales, sin duda debía estar riéndose a mi costa. A él, camionero de profesión, que recorrió una infinidad de veces España entera a través de las tortuosas carreteras de los años sesenta y setenta a los mandos nada menos que de un viejo Barreiros, la prueba de conducción que estaba a punto de iniciar debía parecerle un juego de niños. Sin embargo, yo notaba cómo mis pulsaciones se aceleraban como si estuviese en medio de una maratón. En fin, ya saben aquello que escribió Horacio en una de sus Odas: “Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie aún más incapaz.” Pues eso, que la sabiduría del poeta clásico era inconmensurable…

Llegados aquí, les ahorraré todo el sufrimiento que pasé en aquellos larguísimos, eternos segundos de marcha atrás y les contaré el feliz final, milagrosamente conseguí salir de allí sin chocar contra la puerta ni rozar con nada. A mi profesor de autoescuela acabaron echándole un año después de que yo me examinara, al parecer por su excesiva afición a las bebidas espirituosas. Después de mi salida triunfal estarán de acuerdo conmigo en que se trató de una absoluta injusticia, si consiguió hacer de mí, el tipo más torpe del mundo, un conductor aceptable, aquel buen hombre era un absoluto genio…

Con la adrenalina y la autoconfianza por las nubes, empecé mi tortuoso camino hacia el hotel, tortuoso porque seguían mis problemas con el cambio de marchas lo que hacía que el coche se moviese como a empujones, mientras el omnipotente motor de aquella especie de “transformer” que me habían entregado rugía con desesperación al obligarle una y otra vez, debido a mis errores con las marchas, a subir excesivamente sus revoluciones. Antes de abandonarme a mi suerte, Bruno me había dado lo que él entendía como indicaciones para llegar a mi destino, algo del tipo: “cuando salgas gira a la izquierda, luego después del segundo o tercer semáforo tomas la calle de la derecha, después en la rotonda otra vez a la izquierda y después de pasar un puente a la izquierda, a partir de allí todo recto hasta llegar a otra rotonda y entonces te pones a la derecha, un par de kilómetros más y ya estarás en el hotel. Es imposible que no lo encuentres.” ¿Nunca se han sentido como unos idiotas cuando alguien les ha dado ese tipo de indicaciones? Cómo pretende la gente que uno encuentre un camino de ese tipo si al medio minuto ya no recuerdas si la segunda era a la derecha a la izquierda o todo recto… Hombre, sin duda Windhoek no es Nueva York precisamente, ¡pero aún así! Lo peor había sido su coletilla final, aquello de que era imposible no encontrarlo, ¿Habría sido un rasgo de mala leche o una muestra de humor italiano?

En cualquier caso, y mientras volvía a equivocarme y ponía segunda en lugar de cuarta, sonreía para mis adentros por mi pequeña pillería. Me daban igual sus indicaciones, en un momento de increíble lucidez, antes da salir hacia esta tierra africana había cargado en mi TomTom la cartografía namibia y lo había metido en mi maleta. Así que, mientras que yo seguía discutiendo con la palanca de cambios y la maneta del limpiaparabrisas, mi queridísimo GPS iba indicándome, en perfecto castellano, el camino a seguir hasta el hotel de Windhoek donde iba a pasar la noche. Empezaba a oscurecer cuando llegué, y la ciudad estaba ya desierta. Pronto descubriría que la vida, en Namibia, acaba exactamente a las cinco y media de la tarde. En cualquier caso, había conseguido llegar hasta allí, un amable portero del hotel me había pedido las llaves del carro de combate para aparcarlo en el parking subterráneo y me esperaba una exótica cena a base de entrecot de cebra en el restaurante más famoso de la capital, Joe’s, y una cómoda y amplia cama después. Después de todo, el viaje no empezaba tan mal…

 

 

 

Yoga, santones y lágrimas de rímel en la ciudad santa de Rishikesh. (Artículo que publiqué en la revista “Qué leer”)

Al atardecer, la humedad en forma de una cada vez más densa neblina que parece surgir de las purificadoras aguas del Ganges, poco a poco, va engullendo la amplia escalinata junto al río que conforma el ghat de Triveni, en la ciudad santa de Rishikesh. Mientras espero que llegue definitivamente el final del día y con él la habitual ceremonia religiosa del aarti, paseo por sus empapados peldaños y me viene a la cabeza un conocido texto del Upanisad, muy popular en la India, con el que el maestro despide al discípulo después de haberle transmitido su sabiduría:
“Di la verdad, practica el dharma. No hay que descuidar lo que se debe a los dioses y a los antepasados; las acciones que son irreprochables, ésas son las que se deben observar, no las demás. Se debe dar con fe y ánimo radiante. Si no hay fe, no se debe dar. Ésa es la doctrina secreta del Veda.”

¡Al fin y al cabo es ésta una ciudad de prosélitos! Situada a los pies del Himalaya, Rishikesh disfruta hoy día del honorífico título de capital mundial del yoga. Para conseguirlo, probablemente no resultó banal que en 1968 los Beatles pasaran aquí una temporada en busca de iluminación. De esta forma, cada año, miles de personas de todo el mundo acuden a esta pequeña ciudad para alojarse en sus numerosos ashrams (escuelas de yoga) e imbuirse del sanatana dharma: la “fe eterna” del hinduismo, haciéndose así merecedores, tras su estancia, de las palabras de esta protocolar despedida védica en boca de su gurú.

Se acerca la noche y una multitud de fieles empieza a sentarse a mi alrededor cuando aparece Kemsi, el menudo guía de montaña nacido en la Cachemira India. Me hace señas para que me levante, y con su inglés, que es casi tan malo como el mío, me comenta que el aarti de este lado del Ganges es muy parecido al que saboreamos ayer en Haridwar, la ciudad donde el dios pájaro Garuda derramó una gota del elixir de la inmortalidad, y que es mejor que crucemos a la otra orilla, donde se encuentran la mayoría de ashrams, y así observar el ritual desde el ghat del templo de Swargashram.

Dicho y hecho, pues no hay mucho tiempo que perder. Me levanto y caminamos hacia el vertiginoso puente colgante de Laxman Jhula que nos permitirá cruzar un Ganges crecido estos días por las lluvias del monzón. Kemsi camina delante de mí, obligándome a acelerar mi ritmo de marcha, habitualmente tranquilo, para adaptarme a su paso vivo. Atravesar el Laxman Jhula, por el que no pueden pasar coches debido a su estrechez, pero siempre atestado de motoristas, caminantes y monos que cual temerarios funambulistas se pasan el día haciendo equilibrios a lo largo de los cables de acero que sostienen el puente, me ofrece una soberbia perspectiva de la ribera oriental de Rishikiesh, dominada al noreste por la imponente masa piramidal del templo de Shri Trayanhakshwar, un edificio de varias plantas en el que los altares dedicados a diferentes deidades del infinito panteón hindú: Visnú, Brahma, Sakti, Parvati, Durga…, se entremezclan con pequeñas tiendas de bisutería y regalos en un abigarrado conjunto que culmina en la última y estrecha planta con un linga, la representación fálica del dios Shiva, junto al que un sacerdote aguarda pacientemente la llegada de los fieles para bendecirlos con el agua sagrada del Ganges.

Dejo atrás Laxman Jhula y me sumerjo en el bullicio nada silencioso ni reflexivo, de las calles de Rishikesh. Camino rodeado de carteles anunciando escuelas de yoga en los que se ven, alternativamente, a yogis de pelo largo y poblada barba, o completamente afeitados, sentados en posición meditativa y sonrío al ver pasar a santones de carne y hueso sorprendentemente adaptados a los tiempos que me adelantan en sus ruidosas motos “Hero–Honda”, con sus hábitos blancos, mostaza o azafrán. Una actitud dinámica que contrasta con la de la mayoría de ellos, pues a lo largo de la larga avenida principal que discurre paralela al río pueden observarse a decenas de sadhus, santones y yogis, -no estoy muy seguro de cuál es la diferencia-, cómoda y pasivamente arrellanados en los bancos, o simplemente tirados en el suelo durante horas, esperando quizá ese momento de iluminación que les permita alcanzar el moksha, la liberación de sus magros cuerpos de la cruel samsara, la interminable rueda de la reencarnación. Eso sí, mientras el momento sublime llega, algunos de ellos, al paso del turista, no dejan de alargar perezosamente la mano en un gesto mendicante. No puedo evitar apuntar a un pequeño grupo de ellos con mi cámara pero niegan con la cabeza y me piden dinero por dejarse fotografiar, supongo que su alma está todavía muy alejada del moksha, atrapada por la materialidad y un karma mejorable…

Con todo, el ritmo de Kemsi no me da tregua, por lo que sigo caminando lo más deprisa que puedo. A lo largo de las callejuelas se asientan multitud de pequeños negocios y puestecillos en los que se vende de todo, productos herbales para la piel y el pelo, ropa cutre pretendidamente hippie, imanes de nevera y medallas baratas de Visnú o Shiva, fruta…, y en cada esquina un ciber café o una agencia de viajes ofreciendo emocionantes raftings y apasionantes trekkings de montaña. Aunque el ritmo de marcha empieza a generarme una cierta hipoxia, mi cerebro no puede evitar reflexionar al respecto de la paradójica contradicción que supone el hecho, en general habitual, de que en las ciudades y pueblos que acaban convirtiéndose en destino de mochileros, cumbas y modernos progresistas antisistema en general, lo que más prolifere sean las tiendas y el comercio, consiguiendo convertir, de forma curiosamente irónica, al anticapitalismo en una forma más de crematístico negocio…

Finalmente, y para relajo de mi ritmo cardiaco, llegamos al ghat de Swargashram, con la habitual estatua del azul Shiva, en ese estilo del arte hindú moderno, que me parece siempre tan cercano, en la voluptuosidad de sus formas, al kitsch, y un poco más a la derecha una estatua de grandes proporciones representando a Hanuman, el dios mono, con el pecho abierto mostrando su corazón. No hemos sido los únicos en optar por este ghat, pero parece que sí, lamentablemente, los últimos en llegar. Los escalones están atestados de devotos y también de visitantes curiosos que han debido llegar con tiempo para hacerse con un buen sitio desde el que disfrutar del ceremonial. Mi cara de extrañeza y decepción al mirar a Kemsi imagino que resulta mucho más expresiva y clarificadora que mi inglés, pues me pide calma con las manos mientras se adentra en la marea humana que abarrota el lugar. Le veo hablar con uno de los gurús vestidos de azafrán agrupados en el último escalón de la gradería, a los que por aquí se les llama baba, y que por sus gestos y manera de moverse parece estar al mando de la ceremonia. La conversación es rápida y para mi sorpresa el santón me mira en la distancia y me indica que me acerque. Atravieso los escalones más alejados al río con cuidado de no pisar a nadie y ante las miradas airadas de los turistas que supongo se preguntan el porqué de mi privilegio, llego a la grada poblada de religiosos donde me esperan Kemsi y el maestro yogi, un chico joven con el pelo azabache cuidadosamente peinado hacia atrás, que me recibe con el saludo tradicional juntando las manos e inclinando ligeramente la cabeza. Con un inglés envidiable me comenta que es un placer conocerme y que es para él un honor que les acompañe, que puedo sentarme junto a ellos. Encantado por su amabilidad hablo unos minutos con él. Me comenta que da clases en el ashram que está frente al ghat, y que el mismo está lleno de estudiantes, especialmente de extranjeros, más de cien, afirma abriendo los brazos en un aspaviento que quiere refrendar lo superlativo de la cifra. Cuando la breve charla está a punto de llegar a su fin, el bueno de Kemsi me susurra en el oído que antes de que se vaya le dé una limosna, doscientas rupias concretamente, y una vez más confirmo que esté donde esté, el más ingenuo siempre soy yo…, así que en la despedida, incumplo el consejo del texto del Upanisad, pues aunque doy, lo hago sin fe, y cambio el ánimo radiante por un cierto escepticismo fatalista, muy hindú por otra parte. En cualquier caso, estoy sentado en primera fila…

Apenas han comenzado los cantos del aarti, que en sanscrito viene a significar “lo que disipa la oscuridad”, y que acabará con el tradicional ritual de las lámparas de alcanfor encendidas que movidas en círculos por los sadhus alumbrarán la oscuridad crepitante del Ganges, cuando se sientan justo detrás de mí un grupo de cinco chicas occidentales, todas muy monas y perfectamente maquilladas, acompañadas por un tipo también occidental al que el pañuelo de color rojo atado en forma de cinta en la cabeza junto a su camisa y pantalón blancos le otorgan un ridículo aspecto de extemporáneo baturro perdido en la India. Uno de los religiosos más jóvenes les estaba guardando el sitio y le saludan afectuosamente, como si le conocieran y no fuese ésta la primera vez que vienen. Picado por la curiosidad me acerco al grupo que, muy espiritual, se ha sentado en la imposible para mí, posición de loto con las piernas cruzadas. Les pregunto y me contestan con desgana, como si les fastidiase la interrupción, son un grupo de norteamericanos que están alojados en el ahsram y que esperan pasar unas cuantas semanas aprendiendo yoga y mejorando sus técnicas de meditación y relajación.

No puedo estar mucho rato de pie, ya que molesto a los demás asistentes, así que vuelvo a mi sitio mientras la ceremonia continúa y poco a poco va aumentando la intensidad de los cantos. De vez en cuando miro de reojo a las americanas, que místicamente concentradas cierran sus ojos y siguen el ritmo de la música con el movimiento oscilante de sus cabezas al tiempo que, para mi sorpresa, entonan la letra de las canciones, al parecer memorizadas. Cuando el ritual está a punto de llegar a su clímax con el encendido de las lámparas mi pasmo adquiere tintes insospechados al contemplar como una de ellas, la más alta, de largos y lacios cabellos morenos, dejándose llevar, supongo, por la intensidad del momento, rompe a llorar. Inmediatamente le pregunto a Kemsi por el significado del himno litúrgico, y me contesta que son jaculatorias en honor de Hanuman. Los occidentales somos así, no podemos evitarlo, amamos la multiculturalidad, al fin y al cabo, qué son el pensamiento griego clásico, la escolástica medieval, la Ilustración, la Revolución Francesa o el desarrollo del empirismo científico al lado de las desventuras del dios mono…

Acabado el acto cultual, y cuando la aglomeración de gente me lo permite, purifico mi espíritu empujando con mis manos el humo de las lámparas contra mi cara, recupero los zapatos y me despido de Kemsi que ha encontrado a unos amigos y se va en su compañía. Vagando en busca de un restaurante acierto a encontrar una librería todavía abierta y entro en busca de un buen mapa de montaña donde marcar la ruta que me espera en los próximos días. Estoy en Rishikesh, epicentro de la sabiduría yogi, de la meditación y del camino védico, asiento de modernos y mochileros en busca de la verdad y el conocimiento iluminador, así que claro… la librería está llena de libros de Paulo Coelho y Osho.

Todo se abarata y banaliza, ya nada es lo que era y peor aún, ya nada es lo que pudiera parecer, pese a estar escondida en las estribaciones del Himalaya, en Rishikesh se bebe, por supuesto, Coca Cola, se lee al autor de El Alquimista, y las aspirantes a maestros de hatha yoga, aplican rímel fabricado por alguna perversa multinacional a sus espirituales pestañas.

Diluvia, y la torrencial lluvia monzónica, que al caer parece casi compacta, golpea inclemente la cristalera del popular restaurante Chotiwala en el que me he resguardado en busca de un pulao perfectamente vegetal, como no puede ser de otro modo en una ciudad donde “contaminar” el espíritu por la ingestión de carne resulta prácticamente imposible , y al escribir estas líneas al viajero le resulta difícil no dejarse llevar por la melancolía y por el oscuro pensamiento de que por más lejos que sus pies le lleven, al final, la conclusión será siempre la misma: “mundus senescit”.

En Rishikesh a tres de agosto de 2012

Caminando junto a los primeros viajeros españoles. Ruy González de Clavijo: De Madrid a la corte de Tamerlán

Caminando junto a los primeros viajeros españoles. Ruy González de Clavijo: De Madrid a la corte de Tamerlán

Texto y fotos: Antonio Fornés – 24-03-2016

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En general, la mayoría de nosotros tiene grabada en su mente una serie de nombres legendarios que difícilmente localizaríamos geográficamente en un mapa y que, incluso muchas veces, ignoramos si existieron o no, pero que sin embargo nos evocan un pasado lejano y maravilloso. Nombres que, envueltos en una bruma de sensualidad oriental, inevitablemente despiertan en nosotros una melancólica añoranza de aventura y misterio, de secretos tesoros, de palacios magníficos… Tombuctú, Kashgar, Palmira… Sin embargo, de entre todos los que somos capaces de nombrar, uno sobresale sin duda por encima del resto: Samarcanda.

 

Samarcanda es la ciudad mítica por excelencia. Probablemente si preguntamos serán muy pocos quienes sabrán decirnos algo concreto sobre ella, pero en cambio todos afirmarán conocerla. La razón de ello se encuentra en el hecho de que Samarcanda es un mito dentro de otro mito, o mejor, es el mito de la fabulosa ciudad oriental dentro del mito viajero por excelencia: La Ruta de la Seda. Por ello, esta ciudad es uno de esos sitios a los que uno quiere ir sin importar que encontrará allí. El poder de atracción mítico de Samarcanda para el viajero es tan grande, la leyenda y significación alegórica del lugar tan intensa, que el camino hasta ella se convierte en una peregrinación y el encuentro con su realidad material un sentimiento prácticamente místico, pues más allá del disfrute de una belleza arquitectónica, de un entorno o una cultura, llegar a Samarcanda es una aprehensión simbólica que trascendiendo la temporalidad nos transporta a un mundo asombroso y fascinante creado por todos aquellos que a lo largo de los siglos soñaron con emprender viaje hacia ella.

 

Pues nada menos que el viaje a Samarcanda es lo que nos ofrece el bueno de Ruy González de Clavijo. Acompañémosle entonces en un itinerario que nos va a proporcionar más sorpresas de las que pensamos…

 

“Y porque la embajada es ardua y a lejanas tierras, es necesario poner en escrito todos los lugares y tierras por donde los emisarios fueren y las cosas que les ocurrieren en ello, para que así no caigan en olvido y mejor y de manera más verdadera se puedan contar y saber; y por eso, en el nombre de Dios, en cuyo poder son las cosas y de la virgen Santa María, su madre, comencé a escribir desde el día que los embajadores llegaron al puerto de Santa María, cerca de Cádiz”[1].

 

González de Clavijo estuvo la mayor parte de su vida ligado a la corte del rey de Castilla. En concreto cuando Enrique III decide confiarle la misión de liderar una embajada que llegue hasta Samarcanda, ciudad donde se hallaba la corte del gran emperador Tamerlán, Clavijo ocupaba el cargo de camarero real, un puesto que en la actualidad podríamos traducir más o menos por el de jefe de la Casa Real.

 

Con todo, no es mucho lo que sabemos de la vida de Ruy González de Clavijo, ni siquiera estamos seguros de la fecha de su nacimiento, aunque sí parece, y tan solo este dato nos muestra ya lo excepcional del personaje, ¡que probablemente tenía más de 60 años cuando partió hacia el centro de Asia! Tengamos en cuenta que estamos en 1403. Imaginemos la dureza de un viaje de ese tipo en aquel momento, las dificultades y sufrimientos que soportó quien era ya un anciano según los cánones de la época durante los tres años que duró su periplo: naufragios, robos, hambre, grandes nevadas, el intenso calor del desierto… De hecho, de los catorce hombres que al parecer conformaban la embajada cuando ésta partió del puerto gaditano de Santa María el 22 de mayo de 1403 al menos tres murieron por el camino. El viaje de González de Clavijo es uno de esos ejemplos que de vez en cuando encontramos del poder de la voluntad y de la capacidad del hombre para superar la mayor de las dificultades, la de vencerse a sí mismo. Cuando en nuestro próximo viaje de turistas más o menos acomodados, y frente a las maravillas que acabamos de contemplar durante el día, nos desanimemos ante un hotel precario, o ante la necesidad de hacer acampada y dormir en una modesta tienda de campaña, no estará de más recordar al veterano Clavijo y su gesta, sabiendo que cualquiera de nuestras quejas ante lo que no son sino pequeñas incomodidades del viaje en la modernidad haría sonreír al viajero madrileño.

 

Efectivamente, madrileño. Este es otro de los pocos rasgos conocidos de su biografía. De hecho, nuestro protagonista es el primer madrileño célebre de la historia. En esta época –inicios del siglo XIV– Madrid es apenas una villa castellana con menos de 5.000 habitantes que a su estratégica situación geográfica añadía la ventaja de ser frecuentada por los reyes de Castilla como punto de partida para sus reales cacerías. Clavijo no sólo es uno de los primeros madrileños de los que tenemos noticia, sino que ejerce como tal, hasta el punto de que será el primero también que internacionalice el nombre de Madrid. Así, es conocida la existencia de otros Madrid que nacieron a la sombra del poder que el descubrimiento del nuevo mundo daría al imperio español. De esta forma podemos encontrar un Madrid en Colombia, otro en Filipinas, y varios en lo que hoy es Estados Unidos (hallamos este nombre en ciudades de varios estados norteamericanos, Misuri, Iowa, Nuevo México…). Sin embargo, mucho antes, Clavijo consiguió que el gran Tamerlán, el soberano de Asia central al que dirigió su embajada, y del que hablaremos con más detalle, diera el nombre de la capital española a un pequeño pueblo cercano a Samarcanda. Con los años, el crecimiento de la urbe absorbió esta población convirtiéndola en un barrio de la ciudad, pero ¡conservando su nombre! De forma que todavía hoy los turistas españoles pueden pasear en el corazón del Asia central y en plena ruta de la seda ¡por las calles de un barrio llamado Madrid! Curiosidades como éstas son las que dan la razón al viejo representante de la generación del 98, Ramiro de Maeztu, cuando exclamó aquello de ¡tan universales somos!

 

Un último apunte sobre González de Clavijo y su carácter. Él mismo nos trasmite en su libro un detalle curioso y extraño para un personaje de aquel tiempo, y es que nuestro protagonista era abstemio. Al parecer no bebía alcohol. De hecho en su libro de viajes nos narra cómo esta condición de no bebedor en un diplomático que atraviesa Europa y Asia no deja de provocarle problemas. De esta forma cuando, dejado atrás el mar negro y la ciudad de Trebisonda, la comitiva de nuestro héroe comienza a internarse en Asia Central, llegará a una ciudad que Clavijo llama Arzinga, la actual Erzincan turca, erigida a orillas de un Éufrates apenas nacido. Allí nos describe una ceremonia de trasfondo mágico o chamánico, donde el señor de la ciudad va dando de beber vino uno a uno a sus vasallos, quienes deben apurar la copa que les entrega el señor de la localidad de rodillas en señal de sumisión y obediencia, pues al parecer el estado de embriaguez resultaba en aquella gente un rasgo que denotaba nobleza y poder. Sin embargo, este ceremonial resulta imposible con Ruy González, que a lo largo de todo el viaje siempre se mostrará inflexible con el tema del alcohol, por lo que el señor de la ciudad, en un esfuerzo por mostrar su hospitalidad deberá cambiar por un día el ceremonial, así lo explica nuestro autor:

 

“Y al entrar los embajadores, inclinose ante ellos y los hizo sentar cerca de él, y trajeron en seguida muchos pedazos de azúcar, y dijeron que él y el caballero que no bebía vino, que era Ruy González de Clavijo, quería que aquel día fuesen compañeros en el beber. Y trajeron una gran jarra de vidrio, llena de agua con azúcar, y bebió él, y después dio a beber a Ruy González de su mano. Y a todos los otros dieron vino. (…) Y cuando el señor se cansó de darles de beber, sus caballeros tomaban la taza grande y se daban los unos a los otros hasta que los más de ellos estuvieron beodos. Y este día no bebió vino el señor por tener por compañero a Ruy González”.

 

Bien, dejemos las anécdotas. Debemos, siempre de la mano de nuestro viajero, emprender de una vez la marcha y caminar en busca de Samarcanda. Sin embargo, antes de repasar propiamente el relato del viaje, debemos contestar a una pregunta inevitablemente inicial: ¿Por qué viajará hasta Samarcanda González Clavijo? El suyo es un viaje oficial: el rey de Castilla, Enrique III (1379-1406), le envía en misión diplomática a la corte del gran Tamerlán, por entonces el dueño del Asia Central y probablemente el hombre más poderoso de todo el orbe conocido. ¿Por qué razón? ¿Quién era Tamerlan?

 

Tamerlán fue el fundador de una de las grandes dinastías de Asia y del mundo en todas sus épocas, la de los timuríes. Perteneciente a una familia noble venida a menos, nació en un pequeño pueblo cerca de Samarcanda, Shar-i Sabz. Si se viaja a Uzbekistán no se debe dejar de conocer este pintoresco lugar que sin duda resulta sorprendente. Actualmente Shar-i Sabz es la ciudad de las bodas. Cientos, miles de jóvenes parejas de todo el país escogen esta ciudad para casarse, protagonizando un espectáculo abigarrado y chocante. Así, si uno decide subir un día cualquiera las angostas escaleras que llevan a lo alto de las monumentales ruinas del palacio de Aq-Saray, que el propio Timur hizo construir en su ciudad natal y que alcanza los cincuenta metros de altura, observará a lo largo de la calle principal de la villa un río humano de personas dividido a su vez en grupos de diferentes tamaños encabezados por los felices recién casados que, precedidos por un grupo de músicos ataviados de forma más o menos folclórica, hacen sonar de forma estridente una especie de trompetas y tambores. Ambos novios vestidos al modo occidental, aunque el traje de ellos resultaba siempre demasiado brillante y holgado; ellas perfectas, pero con un rostro serio, de hecho en realidad triste. Pregunté cuál era la razón y me contestaron que era el deber de toda novia parecer recatada… Todas las comitivas caminan desde este palacio de Aq-Saray hasta una plaza donde se encuentra una escultura monumental de Tamerlán, en el que las parejas posan, prácticamente hombro con hombro, para las consabidas fotos con la familia y amigos. Apenas a unos cien metros de esta plaza se ubica toda una serie de restaurantes con grandes entoldados y patios con mesas donde poder celebrar, tras la sesión fotográfica, el banquete nupcial. ¡Shar-i Sabz es hoy día la capital del amor de Uzbekistán!

 

Nacido en esta ciudad, Tamerlán no parecía en un principio destinado a ser el gran guerrero que en realidad fue, pues era cojo. De hecho a su nombre Timur se le añadió Lang, que significaba cojo, “Timur el cojo”, (Tamerlán es una vulgarización occidental). Además poseía también una malformación en el hombro derecho que se agravó con un flechazo y que acabó dejándole prácticamente inútil el brazo derecho… Pero no se dejen engañar, su inteligencia y el valor indómito de su corazón compensaron con creces estas deficiencias físicas, a esto ayudó también, y no poco, ¡su celebérrima crueldad! En su campaña de invasión de la India llegó a acumular hasta 100.000 prisioneros. Harto de tener que cuidar de ellos y de que pudieran suponer un peligro para su ejército un día simplemente ordenó ejecutar a todos los varones del grupo de cautivos… Timur desarrolló el terror como táctica militar, estrategia en la que quizás llegó incluso a superar a su gran referente histórico, el señor de las estepas Gengis Kan. Entre sus costumbres estaba la de edificar pirámides, lo que no parecería en un primer momento algo especialmente terrible. La maldad y el terror se perciben cuando descubrimos que estas pirámides se construían con los cráneos de sus enemigos vencidos. De esta forma, cuando la ciudad de Isfahán (actualmente en Irán) asesinó en un acto de rebeldía al recaudador de impuestos timurí, la ciudad fue tomada por las armas y Tamerlán ordenó construir 28 pirámides ante la ciudad ¡con las cabezas de unos 70.000 habitantes de la misma!

 

De cualquier manera, no es tan sólo horror y destrucción lo que dejó este emperador para la historia. Su legado principal fue artístico. Tamerlán escogió como capital de su imperio a Samarcanda y desde allí creó las bases de un estilo artístico fascinante, el timurí, que se extendió por todos sus dominios. Timur el cojo transformó esta ciudad con las riquezas obtenidas en sus conquistas. Su voluntad era la de hacer de Samarcanda el “centro del mundo”. Para ello potenció un estilo arquitectónico que se caracteriza fundamentalmente por la monumentalidad y el aspecto imponente de sus edificios. Con este ideal constructivo no sólo pretendía alzar bellos edificios, sino transmitir también un claro mensaje político al que los observaba, el del irresistible poder de quien los hacía construir. Hablábamos antes de las ruinas del palacio de Aq-Saray, y del impresionante tamaño de las mismas, pues bien, en una inscripción colocada en la puerta principal podía leerse:

 

“¡Si dudas de nuestro poder, mira entonces nuestros edificios!”.

 

Pero no fue nada de todo esto lo que impulsó a Enrique III a enviar la embajada de González de Clavijo. Como toda acción política, estuvo preñada de prosaico utilitarismo. El interés por Tamerlán se despertó en toda Europa tras una de las últimas y más grandes proezas del emperador asiático: su victoria sobre un imperio, el turco, que en aquel momento no sólo amenazaba a la ya agonizante Constantinopla, sino a la cristiandad europea. Cuando en su avance hacia el este los ejércitos de Tamerlán  llegaron a Siria y al este de la península de Anatolia los dos imperios pasaron a compartir fronteras, y el conquistador asiático se apresuró a dejar claro al sultán turco que podía aventurarse todo lo que quisiera hacia Europa, pero que en ningún caso se atreviese a amenazar los territorios conquistados por las huestes mongolas. Bayaceto era un general extraordinario y de gran valor, pero sin embargo la prudencia no resultaba uno de sus fuertes, así que acabó dejándose llevar por la inevitable tentación y atacó bajo vasallaje de Tamerlán. La reacción del mismo no se hizo esperar, y ambos personajes se vieron las caras cerca de Ankara, hoy día capital administrativa de Turquía. La batalla de Ankara fue una de las mayores batallas de la Edad Media, en la que probablemente participaron unos 500.000 hombres y que acabó, como no podía ser de otro modo, con la victoria mongola y la aniquilación del ejército turco. Timur el cojo, fiel a sí mismo, no dejó de lado tampoco esta vez su inopinada crueldad queriendo mostrar al mismo tiempo su ilimitado poder con un gesto claramente ejemplificador de su talante: encerró nada menos que al sultán de los turcos, a Bayaceto, en una pequeña jaula que en adelante Tamerlán usó ¡de escaño para subir a su caballo!

 

Las consecuencias de esta batalla fueron muy importantes para Europa. El cerco otomano a Constantinopla se deshacía, y en general el peligro turco parecía debilitarse. Es en esta coyuntura donde podemos entender la embajada de Ruy González. Las intenciones de Enrique III de Castilla parecen claras. Alcanzar algún  tipo de acuerdo con el emperador que sirviera para que ambas fuerzas, castellanas y mongolas, pudieran hacer pinza frente al enemigo común, el turco, tan presente a lo largo de la historia de España. Por fin estamos en camino.

 

Como ya comentamos, Clavijo parte el 21 de mayo de 1403, en barco, desde el puerto de Santa María, y tras una travesía de un mes arribará al puerto de Gaeta, el jueves 27 de junio. Allí la expedición descansó durante dieciséis días, pues el capitán del barco en el que viajaban aprovechó la ocasión para conseguir unos “ingresos extra” comerciando con los mercaderes del puerto.

 

Gaeta es un pueblo pintoresco de la costa occidental de Italia, a poco más de cien kilómetros de Roma, donde curiosamente, la rueca de la moira Cloto en su tejer los hilos del destino histórico se ha detenido más de una vez. Mil trescientos años antes de que la nave de Clavijo fondeara en su puerto, esta pequeña villa fue testigo del asesinato del más célebre orador y político de la historia de Roma, Marco Tulio Cicerón. Paradójicamente, fue la muerte de uno de sus grandes enemigos, Julio César, lo que supondría el principio del fin para el político latino. Cicerón es ya prácticamente un anciano cuando el conquistador de la Galia es asesinado, pero aun así su conciencia del deber lo arrastra de nuevo a la arena política, para escoger, una vez más el bando perdedor. Así, fiel a sus ideales éticos y democráticos Cicerón se opondrá al triunvirato formado por Octavio, Antonio y Lépido, quienes dibujan sobre Roma la siniestra sombra de la dictadura. El peor de los tres, Antonio, pondrá precio a su cabeza y Cicerón se verá obligado a huir, aunque lo hace de mala gana. Hastiado y desencantado, su fuga resulta errática y finalmente, tras una breve travesía, el 7 de diciembre del año 43 llega a Gaeta dirigiéndose a su villa de Formia. La recompensa ofrecida por el triunvirato es una tentación demasiado fuerte para un pueblo, el romano, cada vez más alejado de sus valores tradicionales, de ahí que abunden los esbirros en busca del dinero fácil y que rápidamente sea localizado por uno de estos grupos, en concreto el encabezado por el centurión Herennio. Advertidos, los esclavos de Cicerón montarán a su señor en una litera e intentarán inútilmente la huida, pero pronto son interceptados. Frente a la turba de sicarios, el viejo adalid de la República no opondrá resistencia, tan sólo mostrará dignidad: ofrece su cuello a la espada mientras sereno afirma que siempre supo que era mortal… Será el propio Herennio quien lo decapite, para ello necesitará tres golpes. La mano derecha de Cicerón, la que escribió contra los enemigos de la República, será también simbólicamente cortada. Dicen que Antonio pagó diez veces más de lo estipulado por asesinar a Marco Tulio Cicerón, y que embriagado por su triunfo colocó la cabeza del senador en la mesa de su comedor para poder tenerla a la vista. Su mujer, Fluvia, llevada de la misma sádica locura se dedicó a clavar agujas en la lengua del inmortal orador…

 

Desde Gaeta, el 13 de julio, Ruy y sus acompañantes se hacen de nuevo a la mar rumbo a Constantinopla. Al sur de Italia su barco está a punto de zozobrar a causa de una tormenta que durante dos días torna ingobernable la nave. La solución del patrón para poner remedio a la peligrosa situación dice mucho del riesgo de la navegación en aquella época y de la limitada tecnología con la que se contaba para evitar el temido naufragio:

 

“Durante la tormenta el patrón hizo cantar la letanía, y que todos pidiesen merced a Dios”.

 

Y es que, al fin y al cabo ¡la embajada viajaba en una carraca! Sí, no es una broma. La carraca era un tipo de barco de carga similar a una nao pero de mayor tonelaje, muy popular en la Edad Media, pese a que resultaba bastante difícil de maniobrar. No es extraño pues el significado despectivo con el que ha llegado hasta nosotros y los sufrimientos que provocó a la expedición. De todas formas, finalmente conseguirán doblar la península italiana y siguiendo hacia el este  adentrarse en el mar Egeo. Cerca de la costa turca harán un alto en la isla de Rodas. Allí, intentan saludar al gran maestre de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén, pero no consiguen verle, pues éste se halla fuera de la isla en una expedición de castigo contra el enemigo sarraceno. En cualquier caso, como es natural, un embajador de un reino cristiano es bien acogido, y descansarán en la isla durante casi un mes.

 

En la actualidad, Rodas es fundamentalmente un enclave turístico. Recuerdo que yo, al igual que el bueno de Clavijo llegué a la isla en barco –aunque no precisamente en una carraca–. Adentrarse por el puerto y la ciudad de Rodas es volver atrás en el tiempo y pasear por una auténtica villa medieval disfrutando de las imponentes construcciones defensivas góticas de la ciudad. No en vano es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Lástima del exceso de tiendas de recuerdos que acaban rompiendo ligeramente el encanto. Rodas fue uno de mis primeros viajes, plagado además de grandes recuerdos. Sin embargo uno destaca sobre el resto, es una imagen que nunca me abandonará: durante el trayecto en el ferry que me llevó a la isla compartí mesa y cena con un matrimonio que resultó ser de Beirut. Aunque años más tarde conocería la capital del Líbano en primera persona, en aquel momento conocer a alguien de Beirut me pareció de un exotismo desorbitado, cercanas aun en mi mente las imágenes televisivas de la terrible guerra civil que enfrentó a cristianos maronitas, fuerzas pro sirias, drusos… En mi torpe inglés no puede evitar comentarles que debía ser difícil vivir en Beirut, y les pregunté por su situación –quizá indiscretamente. En cualquier caso la respuesta del marido, un grandullón de ojos oscuros y gran bigote, que me pareció sincera, me dejó desconcertado. Me dijo que efectivamente cada vez era más difícil vivir en Beirut, ¡pues el precio del suelo y las viviendas no dejaba de subir! Mi mente morbosa esperaba sin duda alguna observación mucho más terrible, algún detalle sangriento y desgarrador, y en ningún caso ese comentario pequeño burgués digno de mi vecino, el dueño de la inmobiliaria de la esquina. Confundido pasé el resto de la velada hablando del tiempo y de las presuntas bondades gastronómicas de la cena a bordo…

 

Volvamos de nuevo a 1403. A finales de agosto González de Clavijo, descansado y animado por el trato que le dispensan en Rodas los monjes de la orden de San Juan, reemprende la marcha. Vuelve a embarcar en la conocida carraca y desde allí, con una breve parada en la isla de Quíos, navegará una vez más con rumbo a Constantinopla, donde por fin arribarán él y sus acompañantes el 24 de octubre. La voluntad del embajador era la de pasar unos pocos días y seguir su camino, por ello el 13 de noviembre saldrá de la ciudad con la intención de adentrarse en el Mar Negro. Sin embargo dos días después una nueva tormenta hará embarrancar la nave en la costa turca, con el peligro correspondiente, y les obligará a volver a Constantinopla y pasar prudentemente el invierno allí. Clavijo debió pensar que el mar ya les había advertido demasiadas veces, y que no siempre iban a salir tan bien parados.

 

La embajada fue muy bien tratada por el emperador Manuel II, siempre deseoso de mejorar sus relaciones con cualquier reino cristiano. Muestra de los largos meses pasados por Clavijo en la capital bizantina es la cuidadosa descripción que de monumentos y paisajes lleva a cabo en su libro. No nos detendremos en ello. Sí, con todo, resulta interesante mencionar que el embajador español es consciente del estado decadente en que se encuentra la ciudad y de la gloria de su pasado:

 

“También por esta ciudad de Constantinopla hay muy grandes edificios de casas, iglesias, monasterios, y lo más de todo ello está caído. Bien parece que en otro tiempo esta ciudad estaba en su esplendor, que era una de las más nobles ciudades del mundo”.

 

Pero pese a esa decadencia, el refinamiento de una cultura todavía muy superior a la del occidente medieval, no puede sino maravillarle, y el madrileño admite la excelencia del arte bizantino, de esta forma, y al describir Santa Sofía afirma cosas como esta:

 

“(…) se entra al cuerpo de la iglesia, que es como una sala redonda, la mayor, más alta y más rica que en los mundos puede ser”.

 

Pero nuestro héroe no sólo se muestra capaz de apreciar el arte. Como funcionario real y hombre de gobierno en Castilla, González de Clavijo se muestra perspicaz al describir uno de los problemas más agudos del imperio bizantino en sus últimos tiempos: la despoblación. La ciudad de Constantinopla llegó a albergar en su época de mayor esplendor a más de 500.000 personas. Cuando él la visita apenas viven 50.000 almas en la ciudad:

 

“Y aunque la ciudad sea tan grande y de unas tales murallas, no está bien poblada, pues en medio de ella hay muchos oteros y valles en que hay campos de trigo y viñas y muchas huertas”.

 

Con todo, frente a esta desolación y en una situación de guerra total entre bizantinos y turcos, uno de los recuerdos de Ruy González nos muestra que por penosa que sea la circunstancia el hombre siempre se sobrepone y lucha por sobrevivir más allá de sus creencias, aislándose en lo posible de las terribles circunstancias que lo rodean, y mostrando o bien su voluntad de permanencia o bien simplemente su falta de escrúpulos. Así, describe cómo a tres millas de Constantinopla cristianos y otomanos, enemigos mortales e irreconciliables, semanalmente encontraban un momento, en medio de su diaria sangría, en el que olvidar momentáneamente sus diferencias para comerciar e intercambiar productos. Siempre tan poderoso caballero es don dinero… Llega la primavera y hemos de seguir nuestro camino. Estamos a 20 de marzo de 1404, hace ya diez meses que partimos del puerto de Santa María.

 

La expedición afronta su último tramo marítimo, el trayecto que a través del Mar Negro le llevará hasta la ciudad portuaria de Trebisonda, en el noreste de la península de Anatolia. Aunque Turquía es un país eminentemente turístico, lamentablemente la mayoría de nosotros acaba conformándose con el paquete estándar que incluye visita a Estambul, Capadocia y, en los tours más largos, la costa del Egeo. Sin embargo hay mucha más belleza y diversidad por ver y disfrutar en Turquía. Tanto la localidad por la que pasó González de Clavijo como sus alrededores merecen una visita detenida. Lo primero de lo que se percata el visitante al llegar a la zona de Trebisonda es el cambio de panorama. Se deja atrás la aridez característica de Anatolia y nos adentramos en un paisaje verde, húmedo, donde abundan los bosques espesos y la niebla. Cerca de Trebisonda podemos encontrar una maravilla como el monasterio de Sumela, situado al borde de un vertiginoso acantilado, y que por su estructura recuerda a los edificios monásticos del Monte Athos. En la ciudad descuella por encima de todo Santa Sofía de Trebisonda, construida en el siglo XIII y una de las cumbres del arte bizantino de todos los tiempos no sólo por su arquitectura, sino especialmente por sus frescos que resultan una obra maestra de delicada belleza. Iglesia que sin duda fue visitada por González de Clavijo, pues las páginas de su libro dedicadas a Trebisonda tratan fundamentalmente de los diversos ritos cristianos que seguían las diferentes iglesias de la ciudad. A partir de Trebisonda Clavijo abandona la costa para internarse en Asia buscando su corazón, Samarcanda.

 

Avanzará siempre hacia el este, cruzando Armenia y adentrándose en Persia, el actual Irán, por su lado noroccidental. Precisamente en aquella zona fronteriza, en la ciudad de Khoy, que él llama Huy, Ruy González se encuentra con otra embajada diplomática que se dirige al encuentro de Tamerlán, en concreto con una comitiva enviada por el sultán de Egipto. Este hecho en sí mismo no resultaría especialmente destacable –a lo largo de su camino nuestro protagonista se cruza con diversas comitivas de este tipo– si entre los presentes que portaba la misma no se encontrase una jirafa, animal extraordinario a los ojos de toda la expedición española. Tan sorprendente resulta el animal que González de Clavijo la describe detalladamente, no pudiendo ocultar su sorpresa y admiración. ¡Probablemente fue el primer español que vio una jirafa! La llama jornusa y la ve como una especie de mezcla entre caballo y ciervo, las palabras del viajero castellano resultan elocuentes:

 

“Llevaba también seis avestruces y un animal que llaman jornusa, el cual presentaba el siguiente aspecto: tenía el cuerpo tan grande como un caballo y el pescuezo, muy largo; los brazos mucho más altos que las piernas, y el pie, hendido como el de buey; desde la uña del brazo hasta encima de la espalda medía diez y seis palmos, y desde las agujas hasta la cabeza, otros diez y seis. Cuando quería levantar el pescuezo, lo alzaba tanto y tan alto, que era maravilla; el pescuezo era delgado, como de ciervo, y tenía las piernas cortas en comparación con la longitud de los brazos, de tal modo que, alguien que no la hubiese visto nunca creería que estaba sentada. Tenía las ancas derrocadas como búfalo, y la barriga, blanca, y el cuerpo de color dorado y con ruedas blancas y grandes. El rostro era como de ciervo y en lo bajo, hacia las narices, en la frente, tenía un cerro alto, agudo; y los ojos eran muy grandes y redondos, y las orejas como de caballo; cerca de ellas tenía dos pequeños cuernos, redondos, cubiertos de pelo, semejantes a los del ciervo cuando le nacen. Y tan alto era el pescuezo y tanto cuando quería lo extendía, que podría alcanzar la comida por encima de unas paredes que fuesen tan altas como cinco o seis tapias. Y de tal modo comer de las hojas de los árboles altos, como hacía con frecuencia, que a quien nunca la había visto, le parecía cosa maravillosa de ver”.

 

Durante semanas Ruy González atraviesa Persia, y el 5 de julio de 1404 llega a Teherán, actual capital de Irán. La ciudad le parece hermosa, y llama su atención el hecho de que pese a su tamaño no posea murallas. Aquí es bien recibido por el señor del lugar, quien lo agasaja con un festín en el que le ofrece una cabeza de caballo asada, lo que al parecer en aquella zona suponía un gran manjar…

 

Hoy en día Teherán no posee un encanto especial, si bien sus habitantes resultan igual de acogedores que en la época de Clavijo. La hospitalidad de los habitantes de países exóticos resulta en general un tópico de toda guía de viajes que se precie, por lo que el comentario puede parecer banal, pero no es así. Al viajar a Irán se descubre un país de gran densidad histórica, donde sus ciudadanos son en general mucho más cultos de lo que el habitual etnocentrismo europeo podría suponer, pues son hijos de una refinada cultura milenaria. Persia destacó a lo largo de los siglos en la creación literaria y en el desarrollo de una delicadísima poesía lírica, hasta el punto que uno de los cráteres de la luna lleva el nombre de un insigne sabio y poeta persa, Omar Jayyan. Cuando se encuentra con un extranjero occidental, el iraní se esfuerza en mostrar su amabilidad y digamos en reivindicarse frente al estereotipo de integrismo y violencia que de ellos solemos tener, mostrando que, como en la mayoría de países, la gente corriente que uno se encuentra por la calle está muy por encima moral e intelectualmente de la minoría dirigente y sus portavoces. De mi primer viaje a Irán recuerdo especialmente un encuentro con una familia que endomingada paseaba por la ciudad de Shiraz, al sur del país. Al verme, la madre se empeñó en que su hija mayor hablara conmigo para demostrar que sabía inglés y lo bien que lo había aprendido. Recuerdo la cara de orgullo y satisfacción de los padres, la expresión de niña aplicada de la hija, y sobre todo recuerdo mi sufrimiento porque la muchacha hablaba inglés muchísimo mejor que yo y ¡me costaba entenderla! La gran maravilla, el diamante del tesoro iraní, es sin duda Isfahán. Para los iraníes Isfahán es “la mitad del mundo”. No exageran. Pocos lugares impresionan como esta ciudad, especialmente la mezquita Sheikh Lotfolla, situada en uno de los costados de la plaza Naghsh-E-Jahan. No posee esta mezquita una entrada tan monumental como otras que pueden verse por el país, pero cuando tras entrar en ella y transitar por un pasillo envuelto en azulejos se llega a la sala de oración y a la contemplación del decorado interior de su cúpula, toda ella en color azafrán, el sentimiento es de éxtasis y las lágrimas asoman en unos ojos deslumbrados por tanta perfección artística. Durante la larga guerra entre Irak e Irán (1980-1988), una más de las atroces aventuras del loco dictador iraquí Saddam Hussein que llevó a los dos países a una sangrienta confrontación de desgaste que acabó finalmente sin un vencedor claro, los iraníes mantuvieron siempre a dos cazas de combate sobrevolando Sheikh Lotfolla, para impedir a toda costa, y fuera cual fuera las coyuntura militar del momento, que la mezquita fuera bombardeada. Probablemente este es uno de los pocos gestos que la humanidad deba agradecer al tiránico régimen iraní de los ayatolás…

 

Ruy González de Clavijo apenas pasará 7 días en Teherán. Pese a ser bien tratados, la dureza del viaje comienza a hacer mella en el séquito del embajador. Cuando el 12 de julio decide partir, de los 14 miembros del grupo 7 quedan enfermos en la ciudad. Cuando a la vuelta de Samarcanda el embajador castellano vuelva a buscarles al menos 2 de los enfermos habrán muerto…

 

Cuatro días después de reemprender la marcha, y ya relativamente cerca de la actual frontera iraní con Turkmenistán, la comitiva llega cerca de la ciudad de Damghan, donde González de Clavijo tiene ocasión de observar el “sutil” sentido de la justicia de Tamerlán y su “gusto” por las construcciones piramidales… En concreto observa cuatro torres o pirámides construidas ¡con los cráneos de un clan de tártaros como materia prima! En su imprudencia al parecer se habían dedicado a saquear aquellas tierras que estaban bajo la protección del gran señor timúrida. Nuestro protagonista lo explica así:

 

“Fuera de la ciudad, cuanto podía ser dos tiros de ballesta, estaban dos torres altas cuanto un hombre podría echar una piedra hacia arriba, que estaban hechas de barro y cabezas de hombre; y junto a ellas, otras dos, caídas en tierra”.

 

Pese a la seguridad de la ruta garantizada por la “terrible”  justicia de Tamerlán, González Clavijo aun afrontará un último y gravísimo peligro en su camino. Ya en el actual Turkmenistán, a mediados de agosto, en plena estepa desértica del Asia Central, nuestro héroe y su comitiva a punto estarán de morir de sed. En su marcha, para evitar las altas temperaturas, caminan de noche, pero acabadas sus reservas de agua, y bajo un calor sofocante, los caballos que los transportan caen rendidos por el cansancio y la sed. Tan sólo uno se mantiene en pie, y el sirviente que lo lleva cabalga en solitario en busca de agua. Finalmente, tras horas de angustia, encontrará un arroyo, pero ante la sorpresa del lector del relato, que no puede sino sorprenderse por la falta de previsión del grupo, el muchacho no lleva ningún odre ni nada parecido que poder llenar de agua y transportar hasta el grupo. Desesperado lo único que se le ocurre es mojar todas sus ropas, y volver lo más aprisa posible. Los embajadores tuvieron que beber la escasa agua que hemos de suponer obtendrían escurriendo aquellas ropas. Sin embargo lo conseguido fue suficiente para que, apoyados los unos en los otros, y medio muertos, llegaran también ellos, andando, hasta aquel riachuelo.

 

Superada esta última gran dificultad, Ruy González se halla ya muy cerca de su objetivo. Está ya en Uzbekistán, el país al que hoy día pertenece Samarcanda. Así, nos narra cómo el 21 de agosto de 1404 arriba a la orilla del Amu Daria, el mítico río Oxus de los griegos. El de Oxus es otro nombre mítico más de los que este viaje está trufado. Es un nombre que nos habla de Alejandro Magno y su gran epopeya. El joven rey de los macedonios no sólo cruzó este río en su interminable campaña militar que le llevaría hasta la India, sino que a sus orillas, un poco más al sur del lugar por el que cruzó Clavijo, en tierras afganas, fundó la tercera Alejandría, “Alejandría sobre el río Oxus”, ciudad que no ha llegado hasta nosotros porque siglos después de su fundación sería totalmente arrasada por las hordas mongolas de Gengis Khan. González de Clavijo nos cuenta que cruza el río en barca pues aunque existe un puente está inutilizado, ya que sólo el señor de aquellas tierras, Tamerlán, y su ejército pueden pasar por él. El turista que cruza el río Amu Daria hoy, camino de Samarcanda, descubre que en realidad las cosas no han cambiado demasiado desde entonces. Aunque ya no son necesarias barcazas para cruzar de una orilla a la otra, el puente por el que se transita es un puente militar lleno de baches, en teoría provisional, pero en la práctica totalmente definitivo, pues no se vislumbra ningún tipo de actividad constructora por los alrededores que haga pensar otra cosa. Al fin y al cabo estamos en una de las ex-repúblicas soviéticas de Asia, y allí, en muchos sentidos, el tiempo parece haberse detenido. Esta sensación se acentúa a la vista de los numerosos parques de atracciones todos con su correspondiente noria, que pueden verse a lo largo de cualquier carretera uzbeka. A los uzbekos les encantan los parques de atracciones y las tardes de los fines de semana suelen llenar estas instalaciones, sin embargo, a los ojos del occidental aparecen desvencijados, tristes, apenas poblados por unas pocas atracciones oxidadas, dando la impresión de haberse convertido en una metáfora del estado de postración que la decadencia y posterior desaparición de la URSS provocó en toda Asia Central. Junto a los parques de atracciones, la otra visión continua que como turista me traje de las carreteras uzbekas son los interminables campos de algodón. El algodón fue el “regalo” de la economía planificada soviética para la entonces provincia uzbeka, convirtiendo la gran mayoría de sus tierras cultivables en monocultivo del algodón, lo que supuso una tragedia ecológica, pues la necesidad de irrigación de los campos para un cultivo tan exigente para la tierra como es el del algodón casi acabó con la fertilidad de los campos uzbekos y con sus ríos. De hecho, el caudal del imponente Amu Daria descendió radicalmente y este descenso supuso una de las causas del desecamiento del mar de Aral, donde desemboca. Aunque este cultivo sigue muy extendido por todo el país, la independencia de Uzbekistán ha supuesto un cierto alivio al respecto y el milenario Amu Daria está recuperando su caudal.

 

¡Por fin lo hemos conseguido! Estamos a 8 de septiembre de 1404, hace un año y cuatro meses que partimos del Puerto de Santa María, superados sufrimientos y adversidades, Ruy González de Clavijo tiene frente a sus ojos a la imperial Samarcanda.

 

Como ya hemos dicho a lo largo de este capítulo, fue la voluntad de Tamerlán lo que convirtió a la ciudad de Samarcanda en el “umbral del paraíso” (este fue uno de los nombres con los que se conoció a la ciudad en aquella época). Timur el Cojo hizo de Samarcanda la capital de su imperio, y se esforzó para que su belleza y majestuosidad estuvieran a la altura de su poder. Para ello hizo traer por la fuerza a los mejores artesanos de cada una de las tierras que conquistó, y les entregó como materia prima el inmenso botín de riquezas y tesoros que había acumulado a lo largo de todas sus victoriosas campañas. El propio González de Clavijo se encuentra, poco antes de llegar a la ciudad, con uno de estos grupos de emigrados forzosos:

 

“En un lugar encontraron mil y quinientas personas que conducían para la capital del Señor, los cuales llevaban uno, una vaca, otro, un asno, cual, un carnero o dos, ovejas y cabras; y en los concejos adonde llegaban, les daban de comer por orden del Señor.

 

De esta manera decían que Tamorlán había hecho llevar a Samarcanda bien cien mil personas, y aun más…”.

 

La mayor de sus construcciones fue la mezquita de Bibi Janum, que debía ser una de las más grandes del mundo. Sin embargo el edificio no pudo soportar el peso de la portentosa cúpula de 44 metros que la coronaba, y comenzó a desmoronarse estando Tamerlán todavía vivo, resultando una especie de premonición de lo que iba a pasar con el imperio tras su muerte. De todas formas, la imagen turística por excelencia de Samarcanda es sin duda la archifamosa plaza del Registán, cuyas construcciones son posteriores al gran emperador. Registán significa “cubierta de tierra” y su nombre alude a que durante siglos no estuvo empedrada, sino que utilizada como mercado y zona de reunión los transeúntes se manchaban los pies de tierra al pasar por ella. La plaza es un cuadrado inmenso abierto tan sólo por uno de sus lados, el que mira hacia el sur, los otros tres están ocupados por tres gigantescas madrasas, la de Ulugh Bey al este, la de Shir Dor al oeste, y la de Tilla Kari, la “hecha de oro”, en el norte. Entre otras curiosidades, en la mezquita de Shir Dor puede admirarse en el tímpano de su pórtico de entrada uno de los pocos ejemplos de arte figurativo islámico: aparecen tigres, gamos y una imagen del sol con cara de hombre. La plaza del Registán sufrió una profunda restauración en época soviética que resultó muy polémica, pues para los puristas la renovación de los edificios eliminó gran parte de su valor artístico. Si la opinión de este modesto viajero tiene algún valor, Registán sigue manteniendo todo su encanto. Cuando llegué, no pude evitar pasar varias horas sentado esperando el atardecer y disfrutando de sus formas.

 

Tras unos días de espera, al fin y al cabo Tamerlán se consideraba, seguramente con razón, el hombre más poderoso de su tiempo y decidió hacerse valer, el gran emperador recibió en audiencia a  Ruy González. El embajador fue agasajado y acogido cordialmente. Pero no nos equivoquemos. El gran Timur ve en aquella embajada no una visita entre iguales de la que se pueda obtener algún acuerdo o pacto, sino un acto de vasallaje de un pequeño reino, el castellano,  que acude a rendir pleitesía al amo del mundo. Aunque obviamente esto no se explicita en el relato del bueno de González de Clavijo, se puede fácilmente entrever de su trascripción de la entrevista, donde lleno de “paternal” aprecio por la tierra de Castilla, llama “hijo” a su rey, Enrique III…

 

“Ved aquí estos embajadores que me envía mi hijo el rey de España, que es el mejor rey que hay entre los francos, que están en cabo del mundo y son muy gran gente. De verdad yo le daré mi bendición a mi hijo el rey. Y bastaba suficientemente que me enviara él a vosotros con su carta, sin presente, pues tan contento fuera yo en saber de su salud y estado como en enviarme presente”.

 

Durante tres meses, nuestro protagonista será agasajado por la corte timurí, donde acudirá al menos a dieciocho fiestas, y será colmado de regalos por parte de Tamerlán, quien como ya dijimos al comenzar este viaje dará a uno de los suburbios de Samarcanda el nombre de la ciudad natal de González de Clavijo, Madrid, lo que sin duda resultaba un gran honor, pues aunque el soberano asiático había dado también a otros pueblos cercanos a Samarcanda nombres de ciudades ya existentes, estás eran muchísimo más importantes que la pequeña villa castellana, como Bagdad, Damasco… Ruy González dedica un buen número de páginas a narrar su larga estancia en Samarcanda y su vida en la corte, sin embargo en su descripción de la zona sus mayores elogios no se dirigen a ninguno de los excelsos edificios en construcción que pudo observar, ni a los inmensos jardines con que Tamerlán enriqueció la ciudad, sino que, inopinadamente, sus mejores epítetos los guarda para algo mucho más humilde pero sin duda más apetitoso: ¡Los melones y sandías de Samarcanda! Más allá de la anécdota, la verdad es que probablemente los mejores melones del mundo se cultivan en Uzbekistán. ¡El viajero podría pasar todos los días de su viaje por Uzbekistán comiendo melón y sandía! Cualquier pequeño mercado del país posee su particular montaña de estos frutos, cuidadosamente apilados y siempre deliciosos. Si se viaja a Uzbekistán no se debe dejar pasar la ocasión de detenerse en uno de esos comercios, comprarse un melón, y sentado en el borde de cualquier tranquila acera de la ciudad, disfrutar del mismo sabor que apreció nuestro embajador varios siglos antes:

 

“Por la ciudad y por estas huertas iban muchas acequias de agua, y crecían melones y algodonares. Los melones de esta tierra son muchos y buenos, y para Navidad hay tantos de ellos y uvas que es maravilla. Cada día vienen camellos cargados de melones, que producen asombro cómo se gastan y comen. En las aldeas hay tantos que los pasan, y hacen de ellos higos, que los tienen de un año para otro”.

 

La otra insignia de la gastronomía de Samarcanda es, curiosamente, un guiso de arroz llamado Plov que no deja de recordar lejana y un tanto insípidamente a nuestra tradicional paella, por lo que cuando el turista español ataca una comida tradicional uzbeka, a base de Plov como plato principal y melón como dulcísimo postre, no puede evitar mirar a su alrededor por si desde aquellas tierras tan alejadas del mar pudiera divisarse siquiera un pequeño trozo del azul de nuestro mediterráneo y sentirse definitivamente en casa.

 

Pese a todos los esfuerzos y sufrimientos que González de Clavijo tuvo que afrontar para encontrarse con el gran Tamerlán no parece que su embajada tuviera mucho éxito a nivel práctico. El emperador no estaba en aquel momento demasiado interesado por reinos y políticas que distaban mucho más allá del extremo este de sus posesiones. Sus pensamientos se dirigían entonces, y desde hacía ya tiempo, hacia el otro lado del mundo, pues pese a que ya había sobrepasado los setenta años el terrible Timur se disponía a emprender la conquista del único imperio que todavía podía hacerle sombra, el viejo guerrero, sin presentir que su muerte estaba ya cercana, ¡había decidido conquistar China! Así que el 21 de noviembre de 1404, González de Clavijo abandona Samarcanda y emprende camino de vuelta hacia la corte castellana. Uno puede imaginar la mezcla de sentimientos que rondarían por la cabeza del embajador ese día. De un lado la tristeza por el fracaso de su misión diplomática, de otro la alegría de tomar el camino que debía llevarle de vuelta a casa.

 

Ruy González se muestra parco en el relato de su vuelta. Al fin y al cabo todo viajero sabe que el regreso siempre posee un aire melancólico, pues se dejan atrás las maravillas vistas, las emociones sentidas y los amigos hechos por el camino. Además, apenas dos meses y medio después de su partida, todavía por tierras persas, a la comitiva le sorprenderá la noticia de la muerte de Tamerlán, lo que les complicará la vuelta, pues con la noticia el imperio entrará en un periodo de inestabilidad política en la que de nada les servirá a González de Clavijo y sus compatriotas su condición de diplomáticos. Así, en la ciudad iraní de Tabriz serán robados por los gobernantes de la ciudad, hasta pocas fechas antes fieles administradores de las posesiones de Tamerlán… El embajador y su comitiva serán despojados de todos los bienes y regalos que el emperador asiático le había entregado como muestra de buena voluntad, y a duras penas salvarán la vida. El camino de vuelta durará unos dieciséis meses. Finalmente, el 24 de marzo de 1406, dos años y diez meses después de su partida, Ruy González de Clavijo y sus hombres llegarán a Alcalá de Henares, lugar en el que residía en aquel momento la corte castellana y serán recibidos con todos los honores por el rey de Castilla, Enrique III.

 

Pese a lo extenuante del viaje y a su avanzada edad, el bueno de Ruy González de Clavijo todavía podrá gozar de unos años de vida en Castilla –morirá en 1412–, siempre cerca del rey. Hemos de suponer que serían muchas las ocasiones en que el relato de sus aventuras serviría de distracción a la corte, aunque mucho nos tememos que en general la mayoría de sus historias les parecerían a aquellos cortesanos del siglo XV puras invenciones del anciano Clavijo. Los petimetres que le escuchaban no eran sino los antecesores de aquellos a los que Antonio Machado acusará siglos más tarde de despreciar cuanto ignoran…

 

Como Clavijo, yo también abandono Uzbekistán. En Tashkent, la capital administrativa del país y antes de dirigirme al aeropuerto, me siento por última vez en uno de los bancos del parque que rodea la plaza de Amir Timur. A mi alrededor grupos de jubilados apuestan su pensión en vertiginosas partidas de ajedrez, uno de los últimos recuerdos del comunismo en un país que ha cambiado hasta el alfabeto cirílico por el latino. Como una demostración más del esfuerzo de Uzbekistán por remontarse más allá del pasado soviético en busca de unas raíces que le doten de unidad y personalidad propia, el busto de Karl Marx que presidía la plaza ha sido sustituido por una imponente estatua ecuestre de Timur el Cojo, del gran Tamerlán, que en un gesto imposible, dadas las carencias físicas que sufrió, levanta protector su brazo derecho por encima de las cabezas de todos los uzbekos.

 

Tras la muerte de Tamerlán, y como suele ocurrir, su inefable imperio comenzó a deshacerse como un azucarillo. Sus descendientes, demasiado ocupados en luchar por el trono vacante, no fueron capaces de cumplir su última voluntad, la de ser enterrado en su pueblo natal de Shar-i Sabz. La dificultad de la nieve lo impidió, por lo que fue llevado en Samarcanda al mausoleo de Gur-i-Mir, edificio magnífico, por otra parte, y que en la actualidad es una cita obligada en todo paseo nocturno por la ciudad, debido a su magnífica iluminación y donde puede visitarse su tumba. El sarcófago negro en el que descansan sus huesos resulta sorprendentemente sobrio y apenas llama la atención.

 

En 1941 científicos rusos examinaron con la frialdad de la ciencia sus restos y confirmaron las minusvalías físicas de quien fue el amo de Asia y terror del resto del mundo. Sic transit gloria mundi…

 

 


[1] Todas las citas literales del relato de González de Clavijo están tomadas de la siguiente edición: González de Clavijo, Ruy, Relación de la embajada de Enrique III al gran Tamorlán. Madrid 1952, Espasa Calpe.

En busca de Alamut, la fortaleza de los asesinos ismaelíes del Viejo de la Montaña

El farallón de Alamut

 

“Al viejo le llamaban en su lengua Aladino. Había hecho construir entre dos montañas, en un valle, el más bello jardín que jamás se vio. En él había los mejores frutos de la tierra. En medio del parque había hecho edificar las más suntuosas mansiones y palacios que jamás vieron los hombres, dorados y pintados de los más maravillosos colores. Había en el centro del jardín una fuente, por cuyas cañerías pasaba el vino, por otra leche, por otra la miel y por otra el agua. Había recogido en él a las doncellas del  mundo, que sabían tañer todos los instrumentos y cantaban como los ángeles, y el Viejo hacía creer a sus súbditos que aquello era el Paraíso. Y lo había hecho creer, porque Mahoma dejó escrito a los sarracenos que los que van al cielo tendrán cuantas mujeres hermosas apetezcan y encontrarán en él caños manando agua, miel, vino y leche. Y por esta razón había mandado construir ese jardín, semejante al Paraíso descrito por Mahoma, y los sarracenos creían realmente que aquel jardín era el Paraíso. En el jardín no entraba hombre alguno, más que aquellos que habían de convertirse en asesinos”[1].

Alamut… Desde que, hace ya demasiados años, pues era yo por entonces todavía un adolescente barbilampiño y hoy mi barba crece ya blanca, leí por primera vez este sugerente texto del viajero de viajeros, Marco Polo, supe que alguna vez, inevitablemente, viajaría hasta Alamut, el inaccesible nido de águilas desde el que Hasan ibn Sabbah, el Viejo de la Montaña, dirigió su secta de “asesinos” y que acabó convirtiendo nada menos que en el Paraíso… Por eso, esta fría mañana de marzo, aunque apenas he tomado un té a modo de “frugal” desayuno y que me esperan un montón de horas de coche por carreteras “manifiestamente” mejorables, me encuentro de un humor inmejorable y esencialmente feliz, pues hoy por fin, las botas siempre cubiertas de polvo de este viajero ascenderán por la cresta sobre la que se alzan los restos de la mítica fortaleza y, desde la cima, mis ojos contemplaran la misma perspectiva que tantas veces observó, imagino, el Viejo de la Montaña. Hoy, si ningún fiero “asesino” llegado desde la noche de los tiempos me lo impide, ¡estaré en Alamut!

 

El Viejo de la Montaña y sus asesinos han formado parte, prácticamente desde siempre, del imaginario mítico-fantástico de occidente. El mismo Umberto Eco incluye Alamut en su Historia de las tierras y los lugares legendarios, junto a la Atlántida, el Reino del Preste Juan, Thule o el “País de Jauja”. Pero a diferencia de todos estos parajes fantásticos, Alamut es un mito que aún hoy día puede visitarse pues, independientemente de su leyenda, existió físicamente. Curiosamente, el eco de su existencia siempre tuvo y ha tenido un eco mucho mayor entre nosotros que en el propio islam. Quizá por las connotaciones negativas de su leyenda o porque para la mayoría del islam el ismaelismo, secta a la que perteneció Hasan ibn Sabbah, resulta esencialmente herético. Así no fue solo Marco Polo quien dio a conocer a los “asesinos” en Occidente. En fechas muy cercanas a las de la existencia del Viejo y anteriores a las del relato de Marco Polo, podemos encontrar por ejemplo las narraciones del arzobispo Guillermo de Tiro o la del conde y cruzado Enrique II de Champaña. La fascinación por Alamut continúa aun hoy en el mundo occidental más viva de lo que pudiera parecer en un primer momento, lo que ocurre es que, simplemente, la mayoría de quienes participan de ella probablemente no son conscientes de ello. Así, podríamos recordar a los millones de jugadores en todo el mundo del popularísimo videojuego Assasins creed, inspirado en la quimérica historia de los asesinos del Viejo de la Montaña. Otro ejemplo de esta constante presencia es la exitosa película de John Milius Conan, el Bárbaro, protagonizada por Arnold Schwarzenegger, donde puede observarse una versión de una de las ceremonias que más debieron impresionar a los contemporáneos de Hasan ibn Sabbah: el “salto de fe”. El salto al vacío desde las murallas de Alamut que al parecer realizaban, a su orden, los fedayines elegidos por el Viejo de la Montaña para probar su fe y su indiferencia ante la muerte. Ceremonia que Enrique II de Champaña afirmó haber contemplado personalmente en su visita a Alamut.

 

Llevo ya unos días recorriendo el noroeste de Irán camino de Alamut, empecé en la ciudad de Tabriz. Desde allí aproveché para acercarme hasta el olvidado, solitario, pero sublimemente bello monasterio armenio de San Tadeo, situado literalmente en el fin de este país, a muy pocos kilómetros de la frontera con Azerbaiyán. Si tienen un momento, busquen en internet alguna imagen de este monasterio que aquí se conoce como Kara Kilise y descubrirán que Irán es mucho más que Isfahan. Desde allí, siempre hacia el este y siempre en coche, he estado en Ardabil y su mausoleo del Sheij Safiodin, y bajo una fortísima nevada, ¡nunca imaginé que fuera a nevarme en Irán!, he visitado también los restos del antiquísimo templo zoroastriano de Takht-e Sulaiman, más conocido como Trono de Salomón. Tanto el gigantesco bazar de Tabriz, como san Tadeo, el mausoleo del Sheij Safiodin o Takht-e Sulaiman, son Patrimonio de la Humanidad, lugares bellísimos y de sugerente exotismo, pero que en realidad no resultan sino un aperitivo frente a mi destino final: la legendaria fortaleza de Alamut.

 

Me pongo en camino pleno de entusiasmo pero un tanto cansado. ¡Esta noche no he podido dormir mucho! La he pasado en un lugar más o menos cercano al Trono de Salomón llamado Takab, un pueblito nada turístico y tan perdido que ni tan siquiera aparece en mi Lonely Planet. Su estructura urbanística es sencilla, una única y larga calle principal que, ¡cómo no!, ostenta el nombre de Imán Jomeini (¡esto es Irán!), desde la que nacen un sinfín de pequeñas callejas. El occidental que pasea por esa única avenida se siente, por un rato, alguien famoso, pues todo el mundo se gira al verle. Muchos hombres, sobre todo los más jóvenes, no podían resistirse y me preguntaban de dónde soy en un inglés tan rústico como el mío o a través del universal lenguaje de gestos, y la breve conversación terminaba siempre con un “Welcome to Irán”. Las mujeres, prácticamente todas enfundadas en el típico chador negro –Teherán queda muy lejos de Takab tanto geográfica como culturalmente–, no se atrevían a preguntar, pero me observaban con el mismo asombro. La mayoría de ellas van maquilladas con una especie de –supongo– polvo de arroz que da a su rostro un tono pálido y más bien ceniciento, lo que mezclado con su negro atuendo les da un aspecto como de  vampiresas. Caminé un buen rato, comí un par de pastelitos de miel que el dueño del negocio se negó a cobrarme y que me envolvió en una improvisada servilleta hecha con un par de folletos propagandísticos de móviles que tenía por el mostrador, y después de cenar una pizza (los pueblos y ciudades de Irán están plagados de pequeñas tienditas y puestos callejeros donde uno puede comer una pizza estupenda), me dirigí a mi pensión para pasar la noche. Enseguida intuí que algo pasaba, pues ya desde una buena distancia antes de llegar podía oírse el estridente ruido, presuntamente musical, que salía de  la pensión. La multitud que abarrotaba la entrada de la misma acabó de confirmar mi impresión. Al entrar, el conserje, que súbitamente había cambiado el jersey raído con el que me había recibido hacía unas horas por un traje gris brillante que le venía como mínimo dos tallas grande, se acercó a mí y me dio la gran noticia: ¡se celebraba una boda en el local! Lo que al parecer era una gran suerte para mí, pues los celebrantes estaban encantados de que asistiera a la fiesta. Desde luego acepté la invitación, y por unos momentos me dejé llevar por cierta euforia festiva. Pero desengáñense, aunque por supuesto no puedo extender mi juicio a todo el Irán, desde luego las bodas en Takab no son nada del otro mundo… Para empezar hombres y mujeres festejan en salas separadas, y obviamente, pese a la buena voluntad de todos los presentes, en ningún caso iba a poder estar en la sala “interesante” que era de la que, además, salía toda aquella música chillona que inundaba la pensión. Así que pasé un rato en la sala de los hombres, que se limitaban a comer y a charlar en conversaciones que, evidentemente yo no entendía. Si hubo al menos alcohol, que está prohibido en este país pero que no es muy difícil conseguir, yo desde luego no lo vi, quizá apareció después de que yo me escabullera, aburrido, a mi habitación. El jolgorio musical duró hasta más o menos la una y media de la madrugada, un horario más que prudente para los usos españoles, pero yo tenía que levantarme a las cinco y media de la mañana para llegar a mi destino, así que ustedes mismos pueden calcular el número de horas que he podido dormir.

 

Conforme avanzo, la carretera va, poco a poco, empeorando. Cuando llevo unas tres horas conduciendo decido parar junto a un pequeño chiringuito de carretera para que tanto yo como especialmente el Khodro Pars que conduzco, la poco fiable versión iraní del Peugeot 405 de toda la vida (para los que hayan vivido un buen número de años y todavía lo recuerden, claro…), descansemos. Me tomo un hirviente té y unas galletas rellenas de una crema que supuestamente debería saber a fresa. Al pagar, el tipo de la tienda me pregunta a dónde voy. Cuando le contesto que a Alamut se le abren los ojos y me dice que está muy lejos y me aconseja que compre más galletas. Me río con él y vuelvo al Khodro Pars. Próxima parada: ¡El legendario mundo de Alamut!

 

La leyenda, iniciada por Marco Polo, el trotamundos veneciano, resulta harto conocida: para conseguir la total y ciega fidelidad de sus fedayines, el Viejo de la montaña líder de los ismaelitas, habría convencido a sus seguidores de que poseía el control de las puertas del Paraíso. Para demostrarlo, de vez en cuando escogía a alguno de sus más ardorosos guerreros y al anochecer lo drogaba con hachís. Así adormecido, el guerrero era introducido en los jardines del castillo, donde despertaba en medio de un maravilloso vergel lleno de agua, comida y sobre todo bellas y complacientes huríes. Allí retozaba el fedayín hasta que, al acercarse el amanecer, era nuevamente drogado y sacado de aquel jardín para despertar, en el interior del castillo, a los pies del Viejo de la Montaña. Ya despierto, el pobre iluso juraba haber estado en el mismísimo edén y sólo deseaba que el Viejo lo llevase allí nuevamente. De esta forma, Hasan ibn Sabbah conseguía la total y absoluta fidelidad de sus “asesinos”, palabra de origen árabe que viene a significar “los que toman hachís.” El Viejo de la Montaña utilizaría a estos drogadictos como imparables asesinos de grandes personalidades –pues los fedayines estaban dispuestos a morir con tal de obedecer a su líder y poder retornar al Paraíso–, vendiendo sus servicios al mejor postor y aterrorizando a todo el mundo medieval, cristiano o musulmán, desde su atalaya. Hasan ibn Sabbah fue un personaje histórico, y efectivamente fue el señor de Alamut, en cuanto a la leyenda…, quizá no sea más que eso, aunque en general siempre hay algo de verdad bajo la fantasía. Hoy sabemos que Marco Polo nunca estuvo en Alamut, y que habló de oídas, pero qué más da, no deja de ser una leyenda sorprendente y fascinante la de un hombre que decidió convencer a sus fieles de que poseía el poder de llevarles al paraíso, y a un paraíso nada espiritual ni intelectual, sino a un edén perfectamente mundano, concreto y sensual.

 

A la altura de Shahrak estoy totalmente agotado, hace ya más de siete horas que salí de Tabak y mis riñones parecen a punto de estallar aprisionados entre mi peso y el incómodo respaldo del asiento, además la carretera, que no deja de subir, es ahora ya muy estrecha y llena de peligrosas curvas. Debería parar y recuperarme un poco, pero estoy ya muy cerca, así que me enderezo en el asiento y sigo conduciendo. Finalmente, apenas una hora después, mi esfuerzo obtiene su recompensa: estoy frente al vertiginoso farallón sobre el que se asienta lo que queda de Alamut. Es una roca lisa de color pálido que se levanta unos cuatrocientos metros sobre su base. Desde abajo cuesta distinguir, en su cumbre, los restos, apenas cimientos, de lo que en su día fue la temible fortaleza. Los causantes de semejante destrozo fueron los mongoles, que a mediados del siglo XIII arrasaron el recinto. Con todo, la visión es magnífica, la cresta de Alamut se levanta majestuosa, imponente en medio de aquel árido paisaje rodeado, a lo lejos, por nevadas montañas de la cadena Elburz. Así que antes de iniciar la ascensión dedico un rato a disfrutar de su contemplación, tan solo por ese rato sentado sobre el capó de mi Pars ha valido, ¡y con mucho!, el esfuerzo de haber llegado hasta aquí. Para mi sorpresa, no soy el único espectador de la maravilla, en el pequeño llano que nace a los pies del penacho hay varios coches más aparcados, estamos en el final del Norus, el año nuevo iraní, y es festivo, así que algunas familias de los alrededores han venido a pasar el día aquí.

 

En su época de apogeo, se accedía a Alamut por una secreta y peligrosa escalera de caracol que unos pocos hombres podían defender de todo un ejército, lo que convertía a aquella atalaya en prácticamente inexpugnable. La escalera actual es algo más sencilla de transitar, pero no crean que demasiado, de hecho a pocos metros de mí una anciana ha tropezado al pisar los bajos de su chador y ha estado a punto de despeñarse. Su familia se ríe, pero a mí me ha dado un susto de muerte. Ya en la cima, caminando por entre las ruinas, no puedo sino emocionarme, pues una de las razones por las que el viajero sufre incomodidades, duerme poco y recorre el mundo, es el ansia de recuperar el pasado, de traspasar la dimensión del tiempo para aprehender el trasfondo espiritual de la historia, que no es otra cosa sino el devenir diario de eso que hemos llamado humanidad. Viajar no puede limitarse a la contemplación de bonitos amaneceres, o bellos monumentos, también es sentir la trascendencia de lo histórico y el recuerdo consciente de quienes nos precedieron y que nos conformaron tal y como somos hoy.

 

Una vez arriba, el castillo me parece muy pequeño. No creo que pudiesen vivir allí más de cincuenta personas. Resulta curioso que desde una guarida tan pequeña y tan alejada de todo se pudiese generar una leyenda como la de Alamut. Me asomo al precipicio y pienso que no habría sido nunca un buen fedayín, pues dado mi vértigo creo que ni por todo el hachís ni por todas las huríes del mundo jamás hubiera saltado siguiendo las órdenes del Viejo de la Montaña… En una de las cuevas naturales que pueblan el interior del reducto, y que en tiempos servían de cisternas para almacenar agua en caso de asedio, dos chicos han montado un “mini” restaurante. En un pequeño hornillo calientan una especie de sopa de ajo a la que han añadido garbanzos y harina para espesar el caldo como plato único de la carta. Aunque lo mío no es la sopa, me tomo un plato para acallar el ruido de mi estómago. Cuando acabo de comer se me acerca un anciano de barba más blanca y más larga que la mía. Al parecer es el guía o guardián del monumento. El hombre, en busca, claro, de la propina que recibirá vuelve a enseñarme las ruinas que ya he visto mientras insiste una y otra vez en que todas las leyendas sobre el Viejo de la Montaña son falsas y que Hasan ibn Sabbah fue simplemente un hombre sabio y espiritual que dedicó su vida al conocimiento y la meditación. Le sonrío y asiento con la cabeza cada vez que insiste con el tema. No voy a discutir con él. Frente a la verdad, lo que opinemos él o yo resulta una minucia intrascendente. El anciano sigue hablándome, pero ya no le escucho, a mi mente llega el recuerdo de la famosa novela de Vladimir Vartol, Alamut, en la que el escritor esloveno esboza el personaje de Hasan ibn Sabbah desde un curioso perfil, lo describe como un hombre tan y tan religioso que ya no cree en nada, haciéndole decir: “Comencé a comprender cada vez mejor la sublime sabiduría de los deyes ismaelitas. La verdad es inaccesible, para nosotros no existe. Entonces, ¿qué conducta hay que seguir? Para el que ha comprendido que no se puede comprender nada, para el que no cree en nada, todo está permitido, y puede seguir sin temor sus pasiones”.

 

Ha llegado la hora de irse, así que lleno de melancolía, cuando empieza a caer el sol, decido dejar Alamut. Vuelvo a mi Pars, a la carretera, y tras unas tres horas de conducción consigo llegar, agotado, a la ciudad de Qazvin. Sin apenas tiempo para dejar las cosas en el hotel –se está haciendo tarde– busco un sitio donde cenar. Decido pedir el plato típico de Qazvin. Lo que me sirven es un guiso de arroz blanco con minúsculos trozos de cordero, algunas almendras y rojas semillas de granada. Tras probarlo decido que mañana volveré a la cocina internacional y por tanto a la pizza…

 

Doy un último paseo para bajar la cena y me encuentro con el bazar de Qazvin, convertido en la actualidad en un sofisticado mercado de arte con preciosas tiendas que exponen colgantes modernos y perfectamente fashion. Nada que ver con el habitual bazar tradicional de otras ciudades iraníes lleno de frutos secos, zapatos chinos y tiendas de oro… Los pasillos del bazar están atiborrados de gente, y en uno de los patios del bazar ha tenido lugar algún tipo de fiesta infantil, pues veo a un gigantesco Bob Esponja de cartón y a otro personaje de dibujos animados con un solo y gigantesco ojo que no sé cómo se llama. Esa escena, tan distinta y alejada de las ensoñaciones de terror y sangre de Alamut, me hace reflexionar. Al final, de la misma forma aquí en Qazvin, junto a Alamut o en cualquier otra parte del mundo, la gente se limita, fundamentalmente, a intentar vivir, y por eso su maldad y su bondad son muy parecidas. Por encima de los regímenes políticos o de la economía, la gente simplemente intenta emerger mínimamente sobre la diaria rutina de sobrevivir, fieles seguidores, sin saberlo, de la más terrible de las doctrinas del Viejo de la Montaña, siempre según Vartol: la de comprender que no se puede comprender nada, tan solo vivir.  

 

Notas


[1]    Marco Polo. Viajes. Traducción de María Cardona y Suzanne Dobelmann. Madrid. Espasa Calpe. 1981.