HUEVOS DE GALLINAS FELICES

Empecemos por reconocer que soy tan débil como cualquiera, y que por tanto, inevitablemente participo de los vicios de mi época, y sobre todo de la ridícula superficialidad de estos tiempos así como la perenne necesidad que sentimos de acallar nuestra, en general adormecida conciencia, con pequeños gestos banales. Comienzo pues por admitirlo, sí yo también compro huevos en cajitas con grandes letras impresas en las que el propietario de la marca jura que son fruto de gallinas felices…

¡Cómo resistirse a semejante publicidad! Gallinas felices… Si uno se detiene mínimamente a considerar la afirmación frente al lineal del supermercado le entran las dudas claro… ¿Qué es una gallina feliz? De hecho, ¿pueden ser felices las gallinas? Si además el pensador en cuestión tiene alma de filósofo, -como es mi caso-, la cuestión se complica, y avanza hacia la oscuridad con otra pregunta, ¿qué es la felicidad? ¿Existe como tal algo que podamos denominar felicidad? Para el aprendiz de filósofo que se adentra por los serpeantes vericuetos de la reflexión al respecto de las gallinas y su felicidad, el tiempo parece detenerse con la caja de huevos entre las manos hasta que por fin, una bienintencionada ama de casa, ajena a toda reflexión metafísica, tiene a bien golpear ligeramente al pensador con su carro de la compra despertándole de su improductivo sueño reflexivo y obligándole a tomar una decisión. Determinación que, como ya he dicho al principio, no puede ser otra que optar por la esperanza en la felicidad de las pobres gallinas que nos proveen de proteínas en forma de huevo.

Es lo que tiene vivir en esta sociedad de nuevos ricos en la que vivimos: la pose, el selfie, la imagen, el eslogan, lo son todo. Necesitamos comer productos con la etiqueta de ecológicos, abandonar esas cosas tan dañinas para el ser humano y sobre todo, tan absolutamente vulgares, como el gluten, la lactosa, el pan blanco y, por supuesto los huevos de gallinas desgraciadas. Pero en base a nada, a ninguna decisión racional, sólo por pura emoción, por sentirnos bien durante un instante. Por otro lado, uno se sorprende al pensar cómo es posible que la humanidad haya podido no sólo sobrevivir, sino crecer en proporción geométrica pese a haber estado expuesta a ese tipo de alimentos…

El pasado verano, durante las vacaciones, me alojé en una serie de encantadores hoteles. En todos ellos me preguntaron una y otra vez si tenía alguna intolerancia alimentaria, si comía carne, si bebía leche, si era vegano, y cosas así. Yo cada vez insistía en que no tenía ninguna “restricción” alimentaria, que era una persona “normal”, pero quienes me preguntaban no parecían quedar contentos con mi respuesta, quizá porque hoy en día lo normal es no ser normal, pues para compensar la falta de auténtica profundidad de nuestras vidas, necesitamos sentirnos “especiales” a base de soluciones tan peregrinas como comprar huevos de gallinas felices.

Pues, al fin y al cabo, como decía anteriormente, qué significa eso de que esas pobres aves domésticas son felices. ¿Que pueden negarse a poner huevos? ¿Que pueden irse del corral industrial cuando quieran? ¿Qué pueden tomar, en definitiva, decisiones personales sobre su propia vida? No soy un experto en cuestiones agropecuarias, pero supongo que no… Imagino que en el mejor de los casos las “gallinas felices” contarán con unos cuantos centímetros más de espacio a su alrededor que sus compañeras infelices, y poco más…

Al pensarlo, resulta inevitable no establecer una analogía con nuestras vidas, para concluir, que nosotros, los hijos del capitalismo del siglo XXI somos exactamente eso, una especie de “gallinas felices.” El sistema capitalista se basa en la necesidad de crecimiento continuo, y para que ese crecimiento continuo pueda sostenerse, se ha visto obligado a mejorar, aparentemente, nuestras condiciones de vida. Al sistema ya no le basta que produzcamos de lunes a viernes, necesita además, que los sábados llenemos el centro comercial y que, por supuesto, consumamos compulsivamente. De forma que nos ha dado un poquito más de dinero a cambio de convertirnos en unos eternos adolescentes mentales, siempre necesitados del aquí y el ahora, de satisfacer compulsivamente de manera inmediata presuntas necesidades impostadas en busca de eso que ha venido en llamarse felicidad, pero que no es sino puro vacío existencial. Los habitantes de occidente nos hemos convertido en reses, animales bobos que cumplen con su obligada función mientras nos engañamos pensando que somos dueños de nuestra vida y de nuestras decisiones. Como digo, simples reses que confunden la libertad con no mirar la cerca que nos encierra. No deja de resultar curioso que hoy sigan perfectamente vigentes las palabras de Tocqueville:

“(…) veo ante mí (en un futuro) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llena sus almas. (…) Encima de ellos, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal que sus ciudadanos no piensen más que en gozar; cubre la sociedad con un tejido de pequeñas normas complicadas, uniformes y minuciosas, a través de las cuales las almas más vigorosas y originales no podrán elevarse sobre el vulgo. No tiraniza propiamente: encadena, oprime, enerva, reduce a cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado.”

Cada vez que compramos huevos de gallinas felices, pan de espelta, o leche sin leche, el Gran Hermano sonríe, contempla con satisfacción cómo nos contentamos con nuestra parodia de vida. Muestren lo que muestren las apariencias, la humanidad retrocede. El humanismo, es decir, aquello que hace referencia a lo humano, es ya prácticamente una reliquia del pasado. El sistema socio-económico que nos engulle no necesita ya de nadie que reflexione al respecto de qué es en realidad ser un ser humano, o qué es la felicidad.

Vivimos en la época de la emoción, del sentimentalismo hueco. Confundimos felicidad con triste placer perentorio, y por ello resultamos perfectos hijos del capitalismo. Necesitamos emociones a todas horas, siempre más, de la misma forma que el entramado económico necesita crecer y crecer en un ciclo sin fin. Incapaces ya de pensar y esperar, de concentrarnos durante un buen rato en un texto, en una reflexión en busca de su sustancia, la realidad se ha reducido a imágenes, todo es inmediato, por ello mismo todo nos aburre. Hemos perdido cualquier sentido de la profundidad. No tenemos tiempo para leer, ni para reflexionar al respecto de nuestra vida, pero nos detenemos con toda paz y minuciosidad a leer el presunto y siempre sospechoso análisis nutricional de los productos del supermercado. Así nos va… Como a las falsas gallinas felices, pobrecitas ellas y pobrecitos nosotros.

DE MAYOR QUIERO SER GAUTIER CAPUÇON!

Sí, lo confieso públicamente, definitivamente y sin asomo de duda alguno, en mi próxima vida, esa en la que por fin conseguiré hacerme mayor y además un hombre de provecho, quiero reencarnarme en ese excelso intérprete de violonchelo nacido en Chambéry (Saboya), que es Gautier Capuçon. No crean que la decisión ha sido fácil, al contrario, me ha resultado dificilísimo decidirme, pero al final he tenido que rendirme ante la evidencia: deseo ser el clon perfecto de Capuçon. La principal dificultad en la elección radicaba en que, durante años, ha sido otro personaje, también casualmente francés, el gran Michel Ney quien ocupaba el cargo honorífico de ser el personaje histórico que colmaba todas mis aspiraciones existenciales, – como pueden observar queridos lectores, mi mente posee un querencia absolutamente irracional, y lo que es peor, absolutamente autónoma, hacia todo lo que tenga que ver con el país galo, hecho éste que me preocupa enormemente, pues en teoría a los españoles nos caen mal los franceses, ¿no?-.

Quizá algunos de ustedes se preguntarán al respecto de quién fue Michel Ney y del porqué de mi juvenil adoración, por este personaje. Ney fue nada menos que el mariscal preferido de Napoleón Bonaparte, quien le bautizó con el sobrenombre de “valiente entre los valientes”, ¡ahí es nada! si Napoleón, que se pasó la vida rodeado de héroes militares tenía esa impresión de Ney, menudo debía ser el tipo…

Ney es un personaje extraordinario, siendo hijo de un modesto tonelero, no sólo llegó a mariscal, que desde luego no es poco, sino que a lo largo de su vida acumuló todos estos títulos: Par de Francia, Caballero de la Orden de San Luis, Duque de Elchingen, Príncipe del Moscova… Y todo ello simplemente a golpe de valor y sable. Ney era un joven pelirrojo, mujeriego y alegre al que sus compañeros adoraban. Cómo no va un individuo cómo yo envidiar a un hombre así…, yo que a diferencia del valiente entre los valientes, además de feo y más bien tristón siempre he sido un cobarde entre los cobardes hasta el punto de presentar mil alegaciones distintas para al final conseguir no ir ni a la mili… En cambio, a Ney lo que le gustaba era el riesgo y la acción, en todas las batallas en que participó, y fueron muchas, siempre cargó en primera línea al frente de la caballería. Todos los enemigos de Francia, rusos, prusianos, austriacos, ingleses e incluso españoles, vieron venir contra ellos la figura esbelta de Ney, sable en mano y cabellera pelirroja al viento (el acento en lo de la cabellera es obviamente una traición de mi envidioso subconsciente dado el aspecto desértico de mi cuero cabelludo…). De hecho en la famosa batalla de Waterloo, Napoleón montó en cólera al ver cómo el impaciente Ney, sin esperar a recibir órdenes, harto de esperar, ordenó una carga suicida de su cuerpo de ejército contra la infantería inglesa. La mortandad entre sus filas fue tal que acabó quedándose solo en la carga, y los ingleses lo detuvieron cuando intentaba acabar con una batería británica a base de sablazos…

Pero el gran momento de Ney llegó unos años antes, en la terrible campaña rusa. Como es sabido, las tropas napoleónicas llegaron hasta Moscú, pero allí derrotadas por el hambre y el frío tuvieron que retirarse en un terrible marcha a través de la helada estepa acosados por el ejército ruso. En esas circunstancias, Napoleón puso al mando de la retaguardia, con la orden de cubrir la retirada de las fuerzas napoleónicas, al impasible Ney. En esa terrible retirada, el heroísmo de Ney sobrepasó todo lo esperable. Su mayor hazaña la protagonizó en el río Berezina, concretamente en uno de los puentes que cruzaba este río, Ney demostró que la “potencia testicular” que atesoraba estaba fuera de toda norma… Las tropas francesas cruzaron aquel puente a toda prisa perseguidas por los terribles cosacos rusos, sin embargo, los ingenieros del ejército francés no llegaron a tiempo de volar el puente a fin de evitar el paso de los cosacos. Ney ordenó a sus hombres que no cruzaran el puente y que plantasen cara a la caballería rusa hasta que el resto de las tropas francesas se hubieran alejado, sin embargo, y a diferencia de él, sus hombres estaban hechos de carne y hueso, y al oír el ruido de los cascos de los caballos cosacos, huyeron en desbandada. Pero eso no le importó a Ney, quien sí, créanselo porque es un hecho perfectamente histórico, impertérrito se quedó solo dispuesto a hacer frente a la embestida rusa… Finalmente, un pequeño grupo de soldados apenas doce, volvieron y le acompañaron en la gesta de detener por un rato a las huestes rusas.

Dicen que Napoleón, informado de la circunstancia, llegó a decir: “tengo 300 millones de francos en las Tullerías, los daría todos con tal de que Ney vuelva…” Y sorprendentemente, el “valiente entre los valientes” volvió, y tuvo sus quince minutos de gloria absoluta, al presentarse frente al emperador e informarle que él había sido el último francés en cruzar el puente sobre el río Berezina antes de volarlo, asegurando así la retirada francesa. Fue entonces cuando el emperador le nombró Príncipe del Moscova, convirtiéndose a ojos del pueblo francés en el héroe por excelencia de las guerras napoleónicas.

Sólo un apunte sobre su muerte, a diferencia de buena parte del resto de mariscales y generales del imperio francés, Ney se mostró fiel hasta el final a Napoleón. Obviamente un hombre como Ney temía mucho más al deshonor que a la muerte… Y la encontró junto a una tapia, donde fue fusilado tras la vuelta al poder de Luis XVIII. Se dice que frente al pelotón de fusilamiento sus últimas palabras fueron estas: “he luchado 100 veces por Francia, y nunca contra ella. ¡Viva Francia!”

Quizá después de este breve resumen comprendan mejor mi querencia por el mariscal Ney. Pero les tranquilizo, mis veleidades militares han acabado. Ahora mismo mi personaje es Gautier Capuçon. Tuve la ocasión de escucharle en directo en Barcelona hace un par de años. Me impresionó. Su interpretación, en concreto del concierto para violonchelo de Dvorak fue realmente exquisita. Y su porte…, su porte me trasladó a la misma envidia absolutamente insana que siempre había sentido por Ney. Tan perfectamente elegante, jamás por más que lo intente me quedará un traje como le queda a él, esa forma pausada y aristocrática de moverse, y sobre todo (y aquí vuelve de nuevo a hacerse visible con furia mi inconsciente) esa forma con que su abundante y lacio flequillo cae sobre el lado izquierdo de su rostro mientras interpreta… Si tienen un momento busquen fotos de mi envidiado Capuçon y me entenderán mejor. ¿Se imaginan lo que tiene que ligar un tipo como este? Su agenda debe ocupar un disco duro de cientos de gigas… Es algo injusto, porque este guaperas millonario no es un tonto más, ni un tipo superficial y lamentable, sino alguien capaz de arrancar al violonchelo una música deliciosa y magnífica, de manera que ni siquiera puedo odiarle –último recurso de los mediocres ante los triunfadores-, encima no puedo sino admirarle y escuchar boquiabierto sus interpretaciones. Los tipos como Capuçon nos recuerdan lo patéticamente imperfectos y aburridos que somos la gran mayoría de los mortales…

Busquen por ejemplo en Youtube su interpretación junto a la pianista Yuja Wang de la sonata para violonchelo y piano de Rachmaninov. Absolutamente sublime. Armonía celestial, la música que debe oírse en el paraíso. A quién no le gustaría ser Capuçon y poder hacerle a la linda Wang el gestito ese de: “estoy preparado, ya puedes empezar cuando quieras cielo.” Ay…

Yuja Wang, por cierto, merece una mención aparte, fíjense en su ropa híper ajustada, en sus tacones imposibles, ¿Cómo consigue tocar el piano y hacerlo también vestida así? ¿Será para impresionar a Capuçon? La ex niña prodigio del piano es una joven con unas facultades inmensas para la interpretación, pero por alguna razón que desconozco, se empeña en disfrazarse de pianista “choni.” Un poco al estilo de otra gran pianista del momento, la ucraniana buniatishvili, pero con menos gusto todavía. Seguro que las dos, en cualquier caso, están locas por Capuçon (disfrútenla también gratuitamente en youtube).

En fin, imagino que uno siempre desea lo que nunca poseerá, al fin y al cabo desear lo que se posee es en realidad un contrasentido…, así que inevitablemente aspiraré siempre de forma perfectamente inútil a la valentía de Ney, y al dominio artístico de Capuçon (sí, sí…, también envidiaré su pelo, y su éxito con las mujeres…). ¿Pues quién no sueña de vez en cuando con ser otro? En realidad a la mayoría de nosotros nos gustaría huir de nosotros mismos, dejar atrás nuestra vida y nuestro personaje. Deberíamos meditar sobre ello, pues en realidad, este soñar con alejarnos de nuestra propia identidad no es sino un síntoma demostrativo de lo vulgar, gris y lamentable que resulta, casi siempre, nuestra vida real…

DON HIGINIO EL PAVERO (Artículo que publiqué en la revista “Educación 3.0”)

Dispositivos móviles, contenidos interactivos y gamificados, pantallas en las aulas, e-learning, agility learning, neotelling… Es un hecho, como no podía ser menos, también el mundo educativo ha sucumbido a la realidad de nuestro tiempo, a ésta nuestra época de digitalización y virtualidad llena de extrañas palabras presuntamente importantes, todas obedientemente acabadas en ing. Sin embargo, a mi modo de ver, el brillo de este nuevo escenario tecnológico oculta algunas peligrosas zonas oscuras y puede llevarnos a la confusión. Por eso, a veces, conviene detenerse, y echar la vista atrás. Personalmente, ante estas cuestiones, siempre tengo presente un célebre texto de Unamuno:

“Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos (…), algodón en los oídos, y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de “el pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡y tan pavos!

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas.”

Don Higinio, que así se llamaba el primer maestro de Unamuno, probablemente ni llegó a imaginar un mundo como el nuestro, nunca soñó con aulas informatizadas ni mundos digitales, y probablemente la única proactividad que esperó de sus alumnos fue la de sus gritos ahogados al recibir alguno de sus inclementes cañazos, pero ¡ay!, de su vieja aula decimonónica y de sus paulosianamente conductistas cañazos surgió nada menos que un genio absoluto como Don Miguel. Nuestras escuelas actuales, con toda su panoplia de posibilidades ¿serán capaces de algo así?

No se trata de abogar por una vuelta al método de Don Higinio, claro. Como casi siempre, el problema reside en no perder el foco y no dejar que el bosque de la tecnología nos impida ver el árbol, esto es, al maestro. Seguramente a nuestros niños les viene de perlas poder trabajar con una Tablet en el aula, la posibilidad de visitas online a los grandes museos del mundo o el uso de proyectores en las clases, pero sobre todo, al alumno del siglo XXI, como al del XIX, lo que de verdad le viene bien, lo que le resulta diferencial y absolutamente clave, lo que le marcará como persona y resultará una influencia decisiva para su vida adulta será contar con un buen profesor. Por ello, en mitad de toda esta baraúnda tecnológica, y por seguir con la jerga informática, quizá el profesorado deba “reiniciarse”, detenerse un momento y reclamar su puesto central e insustituible en la educación así como, y esto es importante, en la sociedad. Para ello resulta imprescindible que como profesores volvamos la vista de nuevo hacia nuestra vocación primigenia, que volvamos a escuchar las razones que nos llevaron a escoger este camino tan hermoso y desgraciadamente cada vez más devaluado, que nos apartemos de modas y “postureos” y volvamos a hacer aquello con lo que soñamos desde pequeños: enseñar. Pues pese a los nuevos vientos ideológicos que azotan a la educación, el maestro no puede limitarse a ser un acompañante, un dinamizador, sino que debe ser mucho más, ya que es su aporte personal, y no las herramientas tecnológicas, lo que marca la diferencia entre recibir una buena o mala educación.

Es difícil concebir una ocupación más bella que la de la enseñanza, el filósofo de filósofos, Platón, que vivió en un momento de cambio de paradigma tecnológico (de la oralidad a la escritura) muy similar al actual, afirmaba que quien enseñaba escribiendo enseñaba sobre hojas de papel, pero que quien enseñaba hablando, lo hacía sobre el alma de los hombres. En esta época de virtualidad digital, ¿sobre qué vamos a enseñar nosotros?