VICTOR SERGE. “Medianoche en el siglo”

“Para entonces la noche se cuajaba ya en los cristales rotos y parcheados con trozos de papel. En el sótano, debajo de ellos, una mujer acunaba un niño. Su voz exhalaba como un lamento. (…) Elkin sirvió alcohol en dos vasos grandes. Durante un instante se quedaron silenciosos, espesos, endurecidos, envejecidos: para cada uno el rostro del otro parecía emerger de una tristeza desesperada.”

El drama intelectual y sobre todo personal de Víctor Serge puede resumirse en el choque, siempre brutal y descorazonador, entre la esperanzadora e idealista utopía y la realidad, siempre tan prosaica y mezquina. Víctor Serge fue, fundamentalmente, un fiel creyente. Sí, un sincero devoto de la revolución socialista cuya fe no se vio nunca alterada pese a sus reiterados fracasos personales y a que pudo contemplar, con sus propios ojos, como el paraíso prometido por la Revolución Rusa se transformaba en el infierno del gulag estalinista.

Este hijo de rusos exiliados en Bélgica, dedicó su vida entera a la agitación en pro del socialismo, pero esta entrega absoluta no le salvó de la represión del estalinismo. Con todo, pese a su rechazo frontal a la deriva que tomó la Revolución Rusa con Stalin, Serge nunca abandonó su fidelidad a la figura de Lenin. Quizá porque en un principio, también Vladimir Ilich, auténtico nombre de Lenin, se dejó llevar por el amor a la utopía, llegando a escribir frases como éstas:

“La gente llegará a acostumbrarse gradualmente al respeto a las normas elementales de la vida en común, a respetarlas sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato específico de fuerza al que se denomina Estado.”

Desgraciadamente, y a diferencia de Serge, siempre más intelectual que político, el componente utópico en Lenin será sustituido por una fijación obsesiva por la consecución del poder, objetivo al que supeditará todo lo demás, convirtiéndose fundamentalmente en un táctico de la política, perfectamente pegado al terreno. Hasta el punto de que, como es sabido, aunque su partido, tras la caída del zar, perderá las elecciones obteniendo tan solo un 24% de los votos, los bolcheviques impedirán, armas en mano, la apertura de la Asamblea Constituyente y se harán violentamente con el poder.

Una vez en el poder, los restos de pensamiento utópico, si es que todavía albergaba algunos, de Lenin, se enfrentarán a la realidad, y su respuesta estará muy alejada del idealismo que siempre mantuvo Víctor Serge. Así, Lenin despachará la cuestión con afirmaciones de este tipo: “El proletariado está desclasado. No prometemos libertad ni democracia. La industria es indispensable, la democracia no.”

De ésta forma, nuestro querido intelectual y genial escritor, una vez más, se quedó solo. Como ya le había ocurrido en Bélgica, en Francia, e incluso en España, donde colaboró, en 1917, con el movimiento anarquista. Hasta el punto de que en 1928, ya en pleno estalinismo, será expulsado del Partido Comunista, por el que tanto había luchado, y encarcelado en 1933.

Quizá pueda parecer que he dedicado demasiado espacio a las vicisitudes políticas de Víctor Serge y su época, pero es que sin conocer el contexto resulta imposible comprender adecuadamente su obra literaria en general, y el libro que comentamos hoy: “Medianoche en el siglo.” Serge fue un escritor de un talento natural excepcional, sin embargo, su dedicación política en aquellos tiempos convulsos perjudicó sin duda su obra, que podía haber sido aún mucho mejor. Como él afirmó más de una vez, sus textos están redactados de forma un tanto acelerada, faltos quizá del reposo que con otro tipo de vida, podría haberles dado, y sin embargo resultan al mismo tiempo magníficos.

Esto es lo que le ocurre a “Medianoche en el siglo”, cuyo esquema argumental podría estar mejor resuelto, pues por momentos resulta un tanto deslavazado. Sin embargo, la lectura de esta obra es altamente recomendable, su mayor valía es la de acertar a expresar literariamente el ambiente de opresión, de derrota, desánimo y especialmente de sinsentido de los primeros represaliados políticos de la revolución bolchevique, condenados a malvivir en recónditos parajes de la inmensa Rusia, esperando su ejecución en la siguiente vuelta de tuerca de las purgas estalinistas. Toda la novela está bañada en el amargo almíbar de una melancolía sin esperanza. Traicionados por el ideal al que entregaron sus vidas, los personajes admiten y soportan, con esa resignación siempre tan presente en la literatura rusa, que ya nada tiene sentido, que sus vidas han perdido todo objetivo, y sobrellevan ese dolor de una forma que sin duda cala en el ánimo del lector conmoviéndole. Pues como afirma uno de los personajes citando a Pushkin: “No hay dicha en la tierra, sino calma y voluntad.”

Pese a la inocencia que frente al mundo real presenta siempre el intelectual de raza, en la época en que escribió “Medianoche en el siglo” Serge ya había descubierto que las revoluciones las inician casi siempre idealistas de bien, pero las concluyen tipejos sin escrúpulos como Dzerzhinski, primer director de la checa soviética, quien se permitía expresar lindezas como esta: “Yo no busco justicia. No necesitamos justicia. Esto es una guerra, cara a cara, una lucha hasta el final. Esto es a vida o muerte.” Sin embargo, sus personajes, como él mismo, siguen manteniendo su lealtad a la revolución, aun sabedores de que serán masacrados por ella, lo que les convierte en seres conmovedores y estúpidos a la vez.

“Medianoche en el siglo” es un excelente recuerdo literario de una de las grandes decepciones socio-políticas de la historia, la Revolución Rusa, que probablemente acabó con la posibilidad de la utopía dando el primer paso hacia nuestra postverdad contemporánea. De ahí que resulta lectura obligada para todos aquellos amantes de la buena literatura interesados además en un acontecimiento históricamente tan significativo. Dejemos que sean las palabras de la novela de Serge que cierren, igual que la iniciaron, esta reseña:

“Uno cree ser único y que sin su presencia el universo se quedaría vacío, pero en realidad uno ocupa en el mundo el mismo espacio que una hormiga en la hierba. La hormiga camina acarreando un huevo de pulgón, tarea capital para la que ha nacido: tú la aplastas sin saberlo, sin que ella misma lo sepa, y nada cambia. (…) No sufras por tu insignificancia, pero que te sirva de consuelo: pierdes muy poco al perderte a ti mismo y, en cuanto al mundo, él sí que no pierde nada.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIAJES CON HERÓDOTO. Ryszard Kapuscinski.

No creo que sea casual que la reseña que inaugura esta nueva sección de mi blog, dedicada a comentar textos que me han parecido interesantes, esté dedicada a un libro de viajes, pues una obra de este tipo recoge dos de mis principales pasiones y vocaciones: viajar y leer. El libro, “Viajes con Heródoto”, me lo prestó, además, el doctor Joaquim García. Joaquim pertenece a esa clase de amigos que uno tiene siempre presente y cuya amistad resulta indiferente al paso del tiempo y a la mayor o menor frecuencia de nuestros encuentros. Pues cuando por fin nos vemos, el reencuentro siempre resulta natural y plagado de cuestiones sobre las que charlar. De forma que este libro de viajes del maestro Kapuscinski, prestado por un viejo amigo, me pareció el ideal para iniciar este nuevo camino.

Kapuscinski puede considerarse prácticamente como una figura legendaria del periodismo y del reporterismo. A lo largo de su vida viajó por todo el mundo y sus crónicas aparecieron publicadas en los más prestigiosos periódicos y revistas internacionales. Además, aprovechando el material recogido en sus viajes periodísticos, escribió un buen número de libros que obtuvieron también un gran éxito. Hasta que cayó en mis manos este “Viajes de Heródoto”, el único libro que había leído de él, y que me gustó mucho además, fue “El emperador”, dedicado a Etiopía y a la figura de su último emperador Haile Selassie, rey de reyes, león de Judá. Cuando lo leí estaba preparando mi viaje a aquella tierra, y la obra de Kapuscinski contribuyó a aumentar la fascinación que siempre he sentido por la tierra e historia etíope.

Así que empecé el libro absolutamente predispuesto a dejarme seducir una vez más por la prosa del periodista polaco y por el exotismo de los países de los que se disponía a hablar. Tal vez la expectativa era muy alta, ya conocen aquel aforismo que afirma que la satisfacción es la diferencia entre la expectativa y la realidad…, pero he de decirles que en términos generales, pese a resultar interesante, el libro acabó defraudándome un poco. Me explicaré.

Podríamos decir que “Viajes con Heródoto” es en realidad tres libros en uno. De un lado y sin que el autor lo exprese formalmente, resulta una especie de pequeña autobiografía o libro de memorias del autor, de otro, al ir comentando sus andanzas en diversos países, es propiamente un libro de viajes, y por último, sus continuas referencias a la obra del padre de la historia, Heródoto, lo convierten, también, en una especie de brevísima síntesis del magno libro del historiador griego nacido en Halicarnaso. Curiosamente, lo que debería resultar la virtud del libro, esta variedad temática desde la que se encara la narración, se convierte en su principal defecto, pues desde mi punto de vista Kapuscinski se queda corto en el desarrollo de los tres argumentos. Si bien resulta siempre un recurso narrativo eficaz dejar al lector con ganas de más texto, es decir, no hartarlo para que el libro no acabe resultando aburrido, el escritor polaco lleva este recurso al extremo, de forma que más que dejar con algo de hambre al lector, lo deja absolutamente famélico, lo que al final acaba generando un efecto parecido al de atiborrarle de información, pues provoca igualmente disgusto.

Este aspecto resulta especialmente evidente en las escasas pero indicativas menciones que Kapuscinski dedica a la historia de su país, que es al mismo tiempo, claro, su propia historia. Así, nos dice que de pequeño vivía cerca del gueto de Varsovia, pero no avanza ni una palabra más en esa dirección. En el caso de la dictadura comunista polaca, la cosa resulta más llamativa, hace mención a la tristeza de los que vienen del Gulag, a la escasez de libros, o su sorpresa ante el hecho de que, a diferencia de Varsovia, en Roma las empleadas de las tiendas se levantaban al verle y le atendían con alegría, pero siempre se queda ahí, apunta pero no dispara. Todos estos comentarios aparecen sueltos como pequeños indicativos de la situación de penuria política y económica que vivió su país, pero sin ahondar en ellos, sin realizar siquiera un comentario valorativo, quizá el hecho de que él mismo militara durante muchísimos años en el partido comunista polaco, -desconozco si de forma absolutamente voluntaria o no-, tenga algo que ver con esta cuestión…

También pasa demasiado deprisa, al menos para mi gusto, por los países por los que viajó. Nos da alguna pequeña pincelada, se entretiene en algún detalle o narra un encuentro con algún personaje singular. Pero, esto resulta prácticamente poco más que una gota en el océano al hablar de países absolutamente inmensos y no sólo desde un punto de vista geográfico como India, China, Irán, Etiopía o el Congo. Esta sensación resultó especialmente lacerante para mí en el caso del Congo. Por suerte para mí, he viajado por la mayoría de países que aborda Kapuscinski en su libro, salvo por el Congo, que con el tiempo se ha ido convirtiendo en mi asignatura pendiente como viajero, ese “corazón de las tinieblas”, lugar exóticamente mítico y fascinante que sueño con conocer algún día. De ahí que devorase las páginas que dedica a ese país, y que me parecieran muy, pero que muy pocas.

En realidad por momentos el libro parece centrarse en la monumental obra de Heródoto. Convirtiéndose prácticamente en una gran reseña que exhorta a su lectura. La virtud de Kapuscinski a este respecto es ofrecernos pequeños entremeses del texto de Heródoto aderezados con comentarios personales. Como tantas veces ocurre, al atrevernos a entrar, en este caso de la mano del escritor polaco, en el ámbito de las obras clásicas, descubrimos su grandeza intemporal, su profundidad y su comprensión lúcida de la condición humana. Cuando conseguimos romper nuestro miedo ante estas magnas obras, lo primero que nos sorprende es que, pese a los miles de años que nos separan, los personajes que aparecen son absolutamente parecidos a nosotros, tienen nuestros mismos deseos, inquietudes y problemas. Al viajar a través del tiempo gracias a las obras clásicas descubrimos que el hombre, en realidad, ha cambiado muy poco, y que Heródoto, pero también Sócrates, Platón, Tucídides, Cicerón, Tácito o Suetonio nos hablan en realidad directamente a nosotros, y desde luego tienen mucho, muchísimo que decirnos. Por ello, el acercamiento que Kapuscinski nos ofrece a Heródoto resulta, a mi entender, lo mejor del libro. Pues el lector acaba el mismo con unas ganas absolutas de empezar la “Historia” herodotiana.

En cualquier caso, y por concluir, aclarar que hay también mucho de bueno en “Viajes de Heródoto”, de ahí que nos hubiera gustado que el autor nos ofreciese más. Kapuscinski es un maestro de la escritura y por ello el libro se lee muy fácil, sin esfuerzo, resultando absolutamente ameno, cuando quieres darte cuenta ya lo has acabado y mientras tanto has viajado, someramente o no, por gran parte del globo terráqueo, por la biografía del autor y por supuesto por las historias del genial Heródoto. “Viajes de Heródoto” es un libro que podría haber sido mucho más de lo que es, pero en cualquier caso no debe, desde luego, desdeñarse su lectura.