QUIEN NO TIENE DUDAS ES UN FANÁTICO (Entrevista que se publicó en La Vanguardia)

LA VANGUARDIA. Iñaki Cano

¿Creo completa el proceso que proponía en su libro anterior, Reiníciate?

Sí y no. Creer es una manera muy profunda y muy radical de reiniciarse. Los dos libros enlazan en una cuestión de fondo: Uno no puede transitar por la vida sin hacerse preguntas radicales. Obviar y limitar esas preguntas es una de las tendencias de la sociedad actual, limitarse a lo puramente mecánico. Al final de lo que habla Reiníciate es de que busquemos el sentido de nuestra vida en nuestro interior y eso enlaza con Creo. Una manera muy concreta de reiniciarse es el camino de la fe, de la creencia en Dios. Ambos libros proponen un análisis interior e ir contra corriente ante el estado actual de las cosas de que lo único real e importante es lo medible y lo material, lo científico. La razón tiene límites y no tienen por que coincidir con los límites de lo existencial y lo real, que escapa a lo que nosotros entendemos hoy por científico o racional.

Lo que dice la ciencia es válido mientras no se demuestre lo contrario.

Da la impresión de que el ateísmo domina y es mayoritario, eso no es así. Lo que hay es un desprestigio de la fe y de la creencia, pero ateos verdaderos hay muy pocos: Nietzsche, Sartre… Personas que realmente asumen lo durísimo y lo terrible que es razonar que el mundo no tiene sentido, que es absurdo y que estamos solos. En medio están las personas que han cambiado de una fe religiosa a una fe más banal y simplificada: música, deporte, nacionalismo… cualquier idolatría. Y la más extendida, la fe en la tecnología y la ciencia. Pero la ciencia en realidad no prueba nada porque establece leyes universales e infinitas a través de comprobaciones finitas. Popper ya dejó zanjado este tema. La ciencia no demuestra nada, falsea otras leyes y señala las que acercan más a la verdad. Pero la verdad sigue lejos. En estos días un cierto cientifismo absurdo e ignorante reduce estas leyes a la verdad y todo lo que no tenga que ver con esa verdad recortada es falso. Es un absurdo total.

Afirma que es católico. ¿Es practicante?

Soy practicante. Pero este libro no habla de religión o de religiones. Es una reflexión sobre la trascendencia y cuáles son las vías para apostar por la existencia de Dios. Yo me declaro católico y es normal por mi cultura y el lugar donde vivo. Lo extraño sería que fuera hindú. A la hora de escoger una religión el hecho cultural te influye mucho. Pero es evidente que la católica, comparada con el resto de religiones, aporta un punto de sublimidad que las demás no tienen. En el libro lo único estrictamente religioso que cito es el Sermón de la montaña. El problema de los propios cristianos es que nadie se ha creído de verdad un mensaje tan revolucionario y tan escandaloso como ése, que dice que los dueños del mundo son los que sufren y no tienen nada.

¿Qué es lo que hace a la religión cristiana más sublime que las demás?

Es una cuestión peliaguda. Es legítimo ser de cualquier religión. La mayoría de religiones tiene ideas comunes, una búsqueda de la verdad y de un sentido de la vida. Pero no todas las creencias son iguales. El cristianismo es especialmente sublime porque es revolucionario. En una sociedad material que se mide por el poder, es una religión que está enfocada a los que no tienen, a los que sufren. Da ejemplo desde el minuto cero. Dios se encarna en una persona. Por ello es distinta, por ese mensaje a los oprimidos, a los abandonados de la sociedad… Ahora sólo eres lo que produces o lo que tienes. El cristianismo dice que eso no tiene importancia, por eso es revolucionario. También dice que Dios es amor y que le encontraremos en la entrega a los demás, pero eso está muy alejado de nuestra realidad. Los cristianos no asumen realmente el cristianismo. Nietzsche decía que quizá sólo ha habido un cristiano en el mundo y que murió en la cruz.

¿Por qué si es tan revolucionario tiene una imagen tan alejada de eso?

Es innegable que ha habido una instrumentalización de la religión por parte de las clases dominantes durante siglos para someter a los demás. Pero han sido las personas, no la religión. Y eso no dice nada de la existencia de Dios, sólo habla de los hombres malvados con poder que lo han utilizado.

En el libro cita a Pascal: “Si me buscas es porque me has encontrado”. ¿No cree que perseguir esa trascendencia sin una base y no hallar respuestas puede llevar a un vacío mayor del que te lleva a buscarla?

Lo que yo pretendo, muy modestamente, no es redimir al mundo sino despertar a la gente y decirle que hay toda una tradición y una corriente de pensamiento occidental que estamos abandonando y que aborda esta cuestión. Para todos nuestros problemas hay una capacidad de pensamiento que nos puede alimentar y aliviar. Si en la calle paras a la gente y le preguntas por las tuercas que lleva un Boeing 777 no tendrá ni idea. En cambio si le preguntas por la existencia de Dios en un minuto puede tener opinión y te puede dar respuesta incluso con discursos larguísimos. Esto es una cosa seria y hay que dedicarle un tiempo. El libro dice a la gente que no puede seguir viviendo así, tiene que cambiar y hay pensadores con los que profundizar. No se trata de sentarse e inspirarse. La realidad no es sólo lo puramente racional, abarca más. Y hemos de caminar con lo racional y con el pensamiento. No hago una llamada a lo irracional o a misticismos raros. La razón tiene límites, pero tampoco hay que andar sin razón y pongo ejemplos de ello en el libro, como es el caso de los cristianos Tertuliano y Orígenes. Pero Creo y Reiníciate no dan respuestas definitivas, son preguntas. Hay gente que a veces no lo entiende. Yo hago planteamientos para empezar a andar. Quien espera una respuesta definitiva en cualquier libro se equivoca.

Pero salir de la caverna, como explica el mito platónico, no es un proceso agradable. Es doloroso. Y si encima la gente no es capaz de encontrar luego esa idea de Dios de la que habla…

Mi primer libro es Las preguntas son respuestas. Inevitablemente quien se hace preguntas profundas ya crece. Luego todos somos diferentes y cada uno llega a puntos distintos. Se trata de estar desasosegado, inquieto, intranquilo e iniciar ese camino que es un proceso de cambio. Lo que no es humano es decir ya he acabado, lo sé todo, estoy tranquilo y feliz. Quien diga eso se engaña o tiene un problema. El ser humano es un Homo Viator, un señor que camina. No hay final. Cada uno llega hasta donde puede y lo que nos transforma es caminar, es buscar. Que es doloroso lo pondría entre comillas. Aparentemente es más cómodo no hacerse preguntas, pero sólo aparentemente. Es más fácil llegar a casa y poner la tele y hacer lo que está de moda. Yo trabajé en la empresa farmacéutica durante muchos años y el segmento que más crece es el de medicamentos para la depresión y la ansiedad. La apariencia de confort es un vacío brutal en el que la gente sufre muchísimo. El hecho de empezar a caminar ya es una mejora y nos va a cambiar. Y sí es doloroso porque nada nos da más miedo que escucharnos a nosotros mismos y pensar en nuestra vida; porque así descubrimos el horror y el terror de lo que estamos haciendo. Pero es el único camino hacia la vida. El camino para encontrar a Dios está en nosotros, como decía San Agustín. No es medible ni comprobable, nunca podrá afirmarse ni negarse racionalmente su existencia, por ello está en nuestro interior.

Pero ese proceso radical que propone no es fácil.

Es más cómodo seguir igual y no hacerse preguntas, pero a la larga es peor. Es como un enfermo que no se quiere operar por miedo a las agujas o al bisturí. Es más cómodo, pero al final si no se opera, morirá. Es evidente que tener una fe como la cristiana es un camino mucho más radical porque frente a la mayoría de las religiones es menos formal y es más interior, de más exigencia personal. Como ya he dicho, uno de los problemas de los cristianos es no creernos la radicalidad del mensaje. La cruz es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, dice San Pablo. El mensaje cristiano es profundamente radical y revolucionario. Pero los cristianos no llegamos a esa radicalidad.

¿Hay que creer para ser feliz?

Primero tendríamos que definir el concepto de felicidad, que es superdifícil. Tendemos a confundir la felicidad con el placer y bienestar. Yo veo la felicidad como un proceso que nunca acaba, es como el horizonte. Caminamos hacia la felicidad, pero nunca llegamos a ese horizonte de la velocidad. El hombre no se colma y siempre puede ser un poco más feliz o infeliz porque estamos abiertos al infinito. El hombre nunca puede estar colmado. Para el cristiano la felicidad de verdad está en el más allá, pero para el ser humano en general la felicidad es un camino. El no creyente tiene que ser capaz de asumir que si no crees en Dios, la vida es fundamentalmente un absurdo, lo cual no significa que no valga la pena ser vivida, como decía Albert Camus. Se puede vivir aceptando el absurdo, pero eso requiere de una fuerza brutal.

Parece que se ha prescindido de Dios, pero si se prescinde de Dios y de la espiritualidad no puedes seguir utilizando las mismas palabras en moral, en ética, en política… Los valores están fundamentados en un entorno religioso. Por ello Nietzsche, uno de los pocos ateos de verdad, es más duro con los ateos y decía que si Dios no existe la vida no puede seguir igual. Ser ateo de verdad es durísimo, por eso escribe que él vive en el hielo, porque no hay moralidad. Sartre escribe La Náusea cuando se plantea estas cosas. Un ateo de verdad es muy respetable, pero es muy difícil serlo. Hay que ser muy religioso para no creer en Dios. Por eso no es malo que la gente lea a los ateos de verdad. Probablemente sus argumentos refuerzan a los cristianos, porque ellos sí tienen consuelo. Lo que yo ataco es la gente que no se plantea nada, puedes no creer pero lo que no puedes es no interrogarte sobre el sentido de la vida.

Pero la fe es una cuestión que viene dada. Si naces en una casa en que no te la transmiten, no la conoces y quizá no tienes esas inquietudes.

La pregunta por el sentido de la vida y la existencia de Dios es común a todos los seres humanos. La cuestión cultural está ahí y si naces en un país árabe lo normal es que seas musulmán. Yo creo que si buscas la verdad estás salvado. La fe y la religión no pueden ser algo reduccionista. No sólo los católicos o los musulmanes podemos salvarnos y pensar eso es integrismo. Obviamente yo creo que la mía, el catolicismo, es la verdadera. La diferencia entre un integrista y un creyente es admitir la duda. Decides creer sin tener todas las pruebas. Creer absolutamente es imbécil, con perdón. Lo que es cristiano es dudar. ¡Hasta Jesús dudó! Quien no tenga dudas es un fanático. Cuando una persona cree que está en posesión de la verdad, en esta materia, inequívocamente está equivocado.

¿Sin Dios puede tener sentido la vida?

Que una cosa tenga sentido significa que tiene un principio y un fin. Si Dios no existe, la existencia es algo aleatorio que no tiene sentido.

¿Y no hay sentido finito?

No, porque en lo finito no hay dirección ni finalidad. Para el creyente la vida tiene sentido, para el ateo, no. Tras este paso por aquí originado por mezclas químicas lo que hay es la nada. Sin Dios no hay fundamentación ni sentido, eso es lo que pienso.

¿Y no puede haber valores buenos en una vida sin Dios?

Lo que planteas son cuestiones metafísicas. Sin metafísica, sólo queda utilitarismo o consenso. No hay verdad, hay que ponerse de acuerdo. Eso elimina lo absoluto y da derecho a que todo el mundo haga lo que quiera. Ser consecuente de verdad es muy difícil. De todos modos, la cuestión de la pérdida de fe es una cuestión occidental, no pasa en todo el mundo, aunque seamos etnocentristas y nos pensemos que es una tendencia global.

Pero ser cristiano, por lo que dice, cuesta. Elegir ese camino implica romper con muchas cosas. En el libro no habla mucho de ello.

No es que sea un camino difícil, es muy profundo. Es una religión que lo exige todo, palabra, obra y omisión. Ser cristiano es una transformación personal y que debería cambiar a la sociedad. Pero la mezcla del cristianismo con el racionalismo griego ha rebajado esa radicalidad. El cristianismo siempre ha sido minoritario en el mundo, sólo era mayoritario en Occidente y ahora aquí también se ha convertido en una minoría. Si no reivindicamos esa radicalidad y su razón de ser acabará por desaparecer. Lo único que puede cambiar el cristianismo es nuestra acción personal y nuestro ejemplo de vida. Pero en el libro no insisto en ello porque no es sobre el cristianismo.

Dice que la cuestión sexual ha provocado muchas pérdidas de fe.

Sin duda. Ahora me saldré del dogma y creo que la iglesia acabará aceptándolo. La cuestión sexual es coyuntural y cultural. Cuando muere Jesús la religión queda en mano de doce apóstoles que son campesinos y pescadores de la Judea de hace 2.000 años. Jesús es revolucionario, trata de tú a tú a las mujeres. Pero cuando muere la gente sigue en el contexto de la época. No hay ningún dogma que diga que las mujeres no pueden ser sacerdote. Y luego está el hecho de establecer el sexo como tabú, que en el siglo I era así y se ha mantenido. La Iglesia tiene que adaptarse a los nuevos tiempos porque no hay dogma tampoco en ese sentido. Lo importante es que todos somos iguales y todos somos hijos de Dios. Lo que sí es malo es la utilización del sexo y tratar a los seres humanos como cosas. Eso nos lleva al vacío. Pero las restricciones sexuales en temas como anticonceptivos, etc. no son dogmas, son culturales. Y la Iglesia debería renovarse.

¿La idea de Dios no es una proyección del hombre para hallar consuelo a esta vida?

Esa es una tentación continua en la que ha caído el hombre. No hay más que ver como Keylor Navas rezaba en la tanda de penaltis de la final de la Champions. Si a Dios le preocupa quien gana el partido, dimito de la religión. Llegamos a cosas muy ridículas, pero Dios es mucho más importante y serio. Convertimos a Dios en una gasolinera o un supermercado. Es algo humano que no dice nada sobre Dios. Sólo habla de nuestra mezquindad, de nuestros miedos, de nuestra necesidad de sentirnos protegidos, pero insisto en que no habla de la existencia de Dios. Es imposible saber cómo es Dios, no lo podemos imaginar. Y como humanos no podemos pensar en algo que jamás hayamos visto. Le asignamos atributos humanos a Dios porque no podemos salir de nosotros mismos ni de nuestra humanidad.

¿Es Job un modelo de como creer en Dios?

No. Es un ejemplo de que no hay que juzgar a Dios. Hay incomprensión y pérdidas de fe por la muerte y el dolor. No se puede meter a Dios en nuestra idea de bueno y malo. Eso es difícil. Se puede estar dolido con Dios, pero no se le puede juzgar. ¿Con lo insignificantes que somos cómo vamos a pensar que nuestra lógica es la lógica de todo el universo?

Hay sufrimiento inocente en este mundo. Gente que nace destinada a sufrir.

Eso no tiene explicación… Hay hambre en el mundo, pero es culpa de los hombres. En base a eso no se puede pedir cuentas a Dios o negar su existencia. El dolor y la creación son los dos grandes problemas teológicos: el por qué Dios decide crearnos y por qué si nos crea decide que suframos. No tengo respuesta y no creo que nadie la tenga. Pero la razón tiene un límite y no podemos meter a Dios en ese límite ni se le puede ver como un policía que vigila que todo esté bien.

En Reiníciate hay referencias que no parecen muy cristianas, como cuando habla de que es mejor dejar una pareja que intentar seguir y dice que “nada ni nadie resucita aquello que está muerto”.

Cuando digo que no tiene mucho sentido seguir con una relación cuando se ha acabado el amor entre dos personas, es un comentario apegado a la tierra. Viene a decir que no te has de conformar con la mediocridad ni con el malvivir. Busca siempre lo mejor en el crecimiento personal. Otra cosa es que nos vayamos al plano trascendente. Como cristianos sí creemos que Dios lo puede todo y también que Dios puede resucitar y yo quiero creer que resucitaremos al final de los tiempos.

En los dos libros reivindica la vida interior pero todo nos empuja a la vida exterior, a vivir de cara al escaparate.

Ese es uno de nuestros problemas. La sociedad nos empuja continuamente a convertirnos en una máscara o un personaje, no a ser lo que somos y estamos híper condicionados por la actualidad y las redes sociales, etc. Se nos dice cómo debemos ser. Esto supone un estigma. Un compañero a los pocos días de publicar Creo me dijo que yo parecía “normal”. Se supone que sólo hay una manera de ser y todo lo demás es erróneo. Vivimos en una sociedad en que justamente por eso existe muchísimo sufrimiento interior, psíquico. Dickens empieza con aquel célebre texto de Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Vivimos en un mundo poderosísimo donde podemos hacerlo todo, pero esta sociedad que nos impulsa hacia fuera nos provoca un vacío existencial. No nos escuchamos a nosotros mismos, no sabemos qué queremos hacer con nuestra vida. Eso es inhumano.

No parece que las cosas vayan a cambiar.

Independientemente de que uno crea en Dios o no, cualquier hombre se siente distinto al resto de la creación. Hay preguntas vitales que están en nuestro interior y obviarlas nos condena a un horror, a una vida mecánica y sin ningún sentido. Por eso siempre insisto en que debemos parar, escucharnos a nosotros mismos, tomar nuestras propias decisiones y no dejarnos llevar por las modas. Una de las constantes en este libro es que es tan legítimo creer como no creer, lo que no es legítimo es no plantearse la cuestión. Eso es inhumano. La idea de Dios es una idea poética. No es casualidad que en este mundo haya desaparecido la idea de Dios de la misma forma que ha desaparecido la poesía, lo sensible… todo lo que no tiene que ver con lo puramente material y con el dinero. Las personas no son valoradas por lo que son sino por lo que producen o lo que tienen. Vivimos en una sociedad deshumanizante y desestructurada que lleva al horror vital.

Insta a romper con este mundo hipercomunicado y a que seamos más reflexivos, pero eso puede dejarnos aislados.

Yo creo que la soledad es lo que hace el hombre actual. Voy a trabajar cada día en transporte público desde hace unos meses y eso es un ejemplo brutal de incomunicación humana. Más del 80% de la gente va enganchada al teléfono. En apariencia es el mundo de la comunicación. En realidad es el mundo de soledad absoluta y gélida. Eso no es comunicarse. El aluvión de información no equivale a comunicación. Vivimos solos porque no hablamos de las cosas importantes. Hay que mirar hacia el interior para luego dirigirse al exterior, pero no a un millón de personas. No se tienen mil amigos, aunque lo diga Facebook o Twitter. La comunicación son las cosas trascendentes de la vida y eso no lo puedes tener con más de diez personas. Lo que hace la gente en el psicólogo o en el psiquiatra es tener una conversación de verdad. Tenemos millones de conversaciones pero no nos comunicamos. Por eso hago una cruzada contra la tecnología, no va a salvar ninguno de nuestros males. No arreglará los problemas de verdad del hombre, que son los mismos de hace 2.500 años y tienen que ver con lo que sentimos. La tecnología no nos alivia, nos individualiza y ha banalizado muchas cosas.

Dices que la aceptación de la existencia de Dios es algo transformador. Pero la naturaleza humana no cambia así como así.

El hombre es el hombre, con sus limitaciones y carencias. Pero la apertura al infinito, en el que cabe más felicidad e infelicidad es lo que nos hace humanos. Si sólo pudiéramos ser felices no seríamos libres. Aunque nunca se llegue a la perfección, creer te da una postura diferente ante el mundo y ante las demás personas. Te lleva por caminos distintos que yo quiero pensar que serán transformadores. El hombre actual es el hombre del gris, de la mecanicidad, del hastío absoluto, de la luz artificial, de la incomunicación, es el hombre más poderoso de todos los tiempos y probablemente el más infeliz de todos los tiempos. Vivimos en un mundo sin poesía y abandonamos las cosas importantes por las que vale la pena vivir y que no son medibles. Son sentimentales, estéticas, espirituales… Mientras trabajamos o jugamos a fútbol somos sustituibles por otra persona. Cuando no lo somos es cuando disfrutamos de las cosas y entramos en la espiritualidad, pero eso está abandonado. Hemos eliminado la filosofía y la literatura y eso nos deshumaniza. A las grandes empresas les sale más a cuenta que seamos robots. Quieren seres productivos y no reflexivos. Eso es el fin de la civilización. ¿Vale la pena vivir en un mundo así?

¿Es optimista?

Hay que serlo porque el hombre es maravilloso y siempre se ha de tener esperanza. Pero la realidad cada vez es más aplastante y es una ola que va a más. Soy optimista si somos capaces de decir basta. ¿Qué mejor sociedad para la clase dominante que una que no se haga preguntas?

CRÓNICAS NAMIBIAS 1. El largo camino del aeropuerto al hotel.

¡Allí estaba yo! Con aquel todoterreno inmenso que más que un coche parecía un carro de combate destinado a conquistar Polonia, con su volante a la derecha y su cambia de marchas a mi izquierda, ¡todo al revés! Vehículo monstruoso al que tenía que sacar del jardín de aquella casa haciendo marcha atrás a través de un estrecho caminito y un aún más estrecho portón de salida a la calle. Mientras más que subir, dada la altura del trastón, ascendía al asiento, sentía flaquear mis piernas, no sé porqué cuando llegué me convencí ingenuamente de que el sonriente italiano de prominente barriga que me había conducido hasta allí me ayudaría a sacar al coche de aquel lugar o directamente lo sacaría él. Al fin y al cabo yo era su cliente, pues desde España había contratado a su agencia de viajes para que me consiguiera un coche, un coche por Dios, no aquella especie de tanque Panzer de la Segunda Guerra Mundial, y reservara mis alojamientos para los días que me proponía pasar en el país. Pero al acabar nuestra reunión, simplemente me despidió con un “buena suerte” y un ligero movimiento de mano. Le lancé un par de miradas suplicantes señalando el mini camino y el maxi cuatro por cuatro, pero el orondo Bruno ni se percató, pues tras su escueta despedida, quizá para disimular, se sumergió en la contemplación de su móvil. Después de más de dieciséis horas de vuelo en tres aviones distintos para llegar hasta aquel rincón del mundo, era lo único que me faltaba para redondear la jornada: estamparme con un puñetero furgón blindado el primer día, antes ni siquiera de iniciar la ruta… Una vez sentado frente al volante se confirmaron mis peores presagios, la visibilidad trasera era nula, tendría que conducir hacia atrás mirando por los espejos retrovisores laterales. Lancé una última mirada al espagueti, pero seguía con su móvil… Debería haberlo supuesto. Cuando apenas una hora antes había aterrizado en el pequeño y extrañamente tranquilo y muy poco africano, por cierto, aeropuerto de Windhoek, el tal Bruno, que estaba esperándome, se había limitado a darme las llaves del engendro mecánico y acto seguido, sin más indicaciones, me había pedido que le siguiera hasta su oficina. Sin mostrar piedad alguna, y pese a mi petición de que no condujese muy deprisa, fiel a la tradición automovilística de su país natal, arrancó su Land Rover como si se tratase de la salida del Gran Premio de Monza. ¡Pero si yo no era capaz todavía de poner la primera con la mano izquierda! Sudé todo el trayecto, que por suerte fueron apenas 20 kilómetros, intentando no perder la estela de aquel italiano con complejo de Fittipaldi, mientras me equivocaba una y otra vez al cambiar de marchas y le daba al limpiaparabrisas cada vez que quería poner el intermitente… Quienes hayan conducido alguna vez con el volante al otro lado me entenderán perfectamente…

Total, ¿para qué? Para nada, simplemente para darme, en aquel chalet a las afueras de Windhoek reconvertido en la oficina de una agencia de turismo local, una breve charla sobre el itinerario que debía seguir junto con un pequeño y poco detallado mapa en el que había marcado los hitos principales del camino. A cambio de esa absurda charla que perfectamente nos podíamos haber ahorrado, debía yo, cual héroe mitológico, superar uno de los trabajos de Hércules: salir de allí a través de aquel portón que parecía hacerse pequeño por momentos. No lo entendía, ¿por quién me había tomado aquel italiano exiliado en un país tan lejano al suyo? ¿Por un viajero intrépido? ¿Por un aventurero experimentado? ¿Pero no veía mi pinta? ¡Yo era un turista! Es lo que siempre he sido vamos, y a los turistas hay que tratarlos como a disminuidos psíquicos, necesitamos ayuda, que nos lo expliquen todo tres veces y que nos indiquen hasta dónde están los lavabos en el restaurante… Pero no, el despiadado de Bruno había decidido ascenderme a la categoría de viajero a base de despreocuparse totalmente de mí una vez terminada su charlita.

Encendí el motor y, aunque con alguna dificultad, conseguí poner la marcha atrás. En ese momento me vino a la cabeza el recuerdo de mi padre. Desde las alturas celestiales, sin duda debía estar riéndose a mi costa. A él, camionero de profesión, que recorrió una infinidad de veces España entera a través de las tortuosas carreteras de los años sesenta y setenta a los mandos nada menos que de un viejo Barreiros, la prueba de conducción que estaba a punto de iniciar debía parecerle un juego de niños. Sin embargo, yo notaba cómo mis pulsaciones se aceleraban como si estuviese en medio de una maratón. En fin, ya saben aquello que escribió Horacio en una de sus Odas: “Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie aún más incapaz.” Pues eso, que la sabiduría del poeta clásico era inconmensurable…

Llegados aquí, les ahorraré todo el sufrimiento que pasé en aquellos larguísimos, eternos segundos de marcha atrás y les contaré el feliz final, milagrosamente conseguí salir de allí sin chocar contra la puerta ni rozar con nada. A mi profesor de autoescuela acabaron echándole un año después de que yo me examinara, al parecer por su excesiva afición a las bebidas espirituosas. Después de mi salida triunfal estarán de acuerdo conmigo en que se trató de una absoluta injusticia, si consiguió hacer de mí, el tipo más torpe del mundo, un conductor aceptable, aquel buen hombre era un absoluto genio…

Con la adrenalina y la autoconfianza por las nubes, empecé mi tortuoso camino hacia el hotel, tortuoso porque seguían mis problemas con el cambio de marchas lo que hacía que el coche se moviese como a empujones, mientras el omnipotente motor de aquella especie de “transformer” que me habían entregado rugía con desesperación al obligarle una y otra vez, debido a mis errores con las marchas, a subir excesivamente sus revoluciones. Antes de abandonarme a mi suerte, Bruno me había dado lo que él entendía como indicaciones para llegar a mi destino, algo del tipo: “cuando salgas gira a la izquierda, luego después del segundo o tercer semáforo tomas la calle de la derecha, después en la rotonda otra vez a la izquierda y después de pasar un puente a la izquierda, a partir de allí todo recto hasta llegar a otra rotonda y entonces te pones a la derecha, un par de kilómetros más y ya estarás en el hotel. Es imposible que no lo encuentres.” ¿Nunca se han sentido como unos idiotas cuando alguien les ha dado ese tipo de indicaciones? Cómo pretende la gente que uno encuentre un camino de ese tipo si al medio minuto ya no recuerdas si la segunda era a la derecha a la izquierda o todo recto… Hombre, sin duda Windhoek no es Nueva York precisamente, ¡pero aún así! Lo peor había sido su coletilla final, aquello de que era imposible no encontrarlo, ¿Habría sido un rasgo de mala leche o una muestra de humor italiano?

En cualquier caso, y mientras volvía a equivocarme y ponía segunda en lugar de cuarta, sonreía para mis adentros por mi pequeña pillería. Me daban igual sus indicaciones, en un momento de increíble lucidez, antes da salir hacia esta tierra africana había cargado en mi TomTom la cartografía namibia y lo había metido en mi maleta. Así que, mientras que yo seguía discutiendo con la palanca de cambios y la maneta del limpiaparabrisas, mi queridísimo GPS iba indicándome, en perfecto castellano, el camino a seguir hasta el hotel de Windhoek donde iba a pasar la noche. Empezaba a oscurecer cuando llegué, y la ciudad estaba ya desierta. Pronto descubriría que la vida, en Namibia, acaba exactamente a las cinco y media de la tarde. En cualquier caso, había conseguido llegar hasta allí, un amable portero del hotel me había pedido las llaves del carro de combate para aparcarlo en el parking subterráneo y me esperaba una exótica cena a base de entrecot de cebra en el restaurante más famoso de la capital, Joe’s, y una cómoda y amplia cama después. Después de todo, el viaje no empezaba tan mal…

 

 

 

Yoga, santones y lágrimas de rímel en la ciudad santa de Rishikesh. (Artículo que publiqué en la revista “Qué leer”)

Al atardecer, la humedad en forma de una cada vez más densa neblina que parece surgir de las purificadoras aguas del Ganges, poco a poco, va engullendo la amplia escalinata junto al río que conforma el ghat de Triveni, en la ciudad santa de Rishikesh. Mientras espero que llegue definitivamente el final del día y con él la habitual ceremonia religiosa del aarti, paseo por sus empapados peldaños y me viene a la cabeza un conocido texto del Upanisad, muy popular en la India, con el que el maestro despide al discípulo después de haberle transmitido su sabiduría:
“Di la verdad, practica el dharma. No hay que descuidar lo que se debe a los dioses y a los antepasados; las acciones que son irreprochables, ésas son las que se deben observar, no las demás. Se debe dar con fe y ánimo radiante. Si no hay fe, no se debe dar. Ésa es la doctrina secreta del Veda.”

¡Al fin y al cabo es ésta una ciudad de prosélitos! Situada a los pies del Himalaya, Rishikesh disfruta hoy día del honorífico título de capital mundial del yoga. Para conseguirlo, probablemente no resultó banal que en 1968 los Beatles pasaran aquí una temporada en busca de iluminación. De esta forma, cada año, miles de personas de todo el mundo acuden a esta pequeña ciudad para alojarse en sus numerosos ashrams (escuelas de yoga) e imbuirse del sanatana dharma: la “fe eterna” del hinduismo, haciéndose así merecedores, tras su estancia, de las palabras de esta protocolar despedida védica en boca de su gurú.

Se acerca la noche y una multitud de fieles empieza a sentarse a mi alrededor cuando aparece Kemsi, el menudo guía de montaña nacido en la Cachemira India. Me hace señas para que me levante, y con su inglés, que es casi tan malo como el mío, me comenta que el aarti de este lado del Ganges es muy parecido al que saboreamos ayer en Haridwar, la ciudad donde el dios pájaro Garuda derramó una gota del elixir de la inmortalidad, y que es mejor que crucemos a la otra orilla, donde se encuentran la mayoría de ashrams, y así observar el ritual desde el ghat del templo de Swargashram.

Dicho y hecho, pues no hay mucho tiempo que perder. Me levanto y caminamos hacia el vertiginoso puente colgante de Laxman Jhula que nos permitirá cruzar un Ganges crecido estos días por las lluvias del monzón. Kemsi camina delante de mí, obligándome a acelerar mi ritmo de marcha, habitualmente tranquilo, para adaptarme a su paso vivo. Atravesar el Laxman Jhula, por el que no pueden pasar coches debido a su estrechez, pero siempre atestado de motoristas, caminantes y monos que cual temerarios funambulistas se pasan el día haciendo equilibrios a lo largo de los cables de acero que sostienen el puente, me ofrece una soberbia perspectiva de la ribera oriental de Rishikiesh, dominada al noreste por la imponente masa piramidal del templo de Shri Trayanhakshwar, un edificio de varias plantas en el que los altares dedicados a diferentes deidades del infinito panteón hindú: Visnú, Brahma, Sakti, Parvati, Durga…, se entremezclan con pequeñas tiendas de bisutería y regalos en un abigarrado conjunto que culmina en la última y estrecha planta con un linga, la representación fálica del dios Shiva, junto al que un sacerdote aguarda pacientemente la llegada de los fieles para bendecirlos con el agua sagrada del Ganges.

Dejo atrás Laxman Jhula y me sumerjo en el bullicio nada silencioso ni reflexivo, de las calles de Rishikesh. Camino rodeado de carteles anunciando escuelas de yoga en los que se ven, alternativamente, a yogis de pelo largo y poblada barba, o completamente afeitados, sentados en posición meditativa y sonrío al ver pasar a santones de carne y hueso sorprendentemente adaptados a los tiempos que me adelantan en sus ruidosas motos “Hero–Honda”, con sus hábitos blancos, mostaza o azafrán. Una actitud dinámica que contrasta con la de la mayoría de ellos, pues a lo largo de la larga avenida principal que discurre paralela al río pueden observarse a decenas de sadhus, santones y yogis, -no estoy muy seguro de cuál es la diferencia-, cómoda y pasivamente arrellanados en los bancos, o simplemente tirados en el suelo durante horas, esperando quizá ese momento de iluminación que les permita alcanzar el moksha, la liberación de sus magros cuerpos de la cruel samsara, la interminable rueda de la reencarnación. Eso sí, mientras el momento sublime llega, algunos de ellos, al paso del turista, no dejan de alargar perezosamente la mano en un gesto mendicante. No puedo evitar apuntar a un pequeño grupo de ellos con mi cámara pero niegan con la cabeza y me piden dinero por dejarse fotografiar, supongo que su alma está todavía muy alejada del moksha, atrapada por la materialidad y un karma mejorable…

Con todo, el ritmo de Kemsi no me da tregua, por lo que sigo caminando lo más deprisa que puedo. A lo largo de las callejuelas se asientan multitud de pequeños negocios y puestecillos en los que se vende de todo, productos herbales para la piel y el pelo, ropa cutre pretendidamente hippie, imanes de nevera y medallas baratas de Visnú o Shiva, fruta…, y en cada esquina un ciber café o una agencia de viajes ofreciendo emocionantes raftings y apasionantes trekkings de montaña. Aunque el ritmo de marcha empieza a generarme una cierta hipoxia, mi cerebro no puede evitar reflexionar al respecto de la paradójica contradicción que supone el hecho, en general habitual, de que en las ciudades y pueblos que acaban convirtiéndose en destino de mochileros, cumbas y modernos progresistas antisistema en general, lo que más prolifere sean las tiendas y el comercio, consiguiendo convertir, de forma curiosamente irónica, al anticapitalismo en una forma más de crematístico negocio…

Finalmente, y para relajo de mi ritmo cardiaco, llegamos al ghat de Swargashram, con la habitual estatua del azul Shiva, en ese estilo del arte hindú moderno, que me parece siempre tan cercano, en la voluptuosidad de sus formas, al kitsch, y un poco más a la derecha una estatua de grandes proporciones representando a Hanuman, el dios mono, con el pecho abierto mostrando su corazón. No hemos sido los únicos en optar por este ghat, pero parece que sí, lamentablemente, los últimos en llegar. Los escalones están atestados de devotos y también de visitantes curiosos que han debido llegar con tiempo para hacerse con un buen sitio desde el que disfrutar del ceremonial. Mi cara de extrañeza y decepción al mirar a Kemsi imagino que resulta mucho más expresiva y clarificadora que mi inglés, pues me pide calma con las manos mientras se adentra en la marea humana que abarrota el lugar. Le veo hablar con uno de los gurús vestidos de azafrán agrupados en el último escalón de la gradería, a los que por aquí se les llama baba, y que por sus gestos y manera de moverse parece estar al mando de la ceremonia. La conversación es rápida y para mi sorpresa el santón me mira en la distancia y me indica que me acerque. Atravieso los escalones más alejados al río con cuidado de no pisar a nadie y ante las miradas airadas de los turistas que supongo se preguntan el porqué de mi privilegio, llego a la grada poblada de religiosos donde me esperan Kemsi y el maestro yogi, un chico joven con el pelo azabache cuidadosamente peinado hacia atrás, que me recibe con el saludo tradicional juntando las manos e inclinando ligeramente la cabeza. Con un inglés envidiable me comenta que es un placer conocerme y que es para él un honor que les acompañe, que puedo sentarme junto a ellos. Encantado por su amabilidad hablo unos minutos con él. Me comenta que da clases en el ashram que está frente al ghat, y que el mismo está lleno de estudiantes, especialmente de extranjeros, más de cien, afirma abriendo los brazos en un aspaviento que quiere refrendar lo superlativo de la cifra. Cuando la breve charla está a punto de llegar a su fin, el bueno de Kemsi me susurra en el oído que antes de que se vaya le dé una limosna, doscientas rupias concretamente, y una vez más confirmo que esté donde esté, el más ingenuo siempre soy yo…, así que en la despedida, incumplo el consejo del texto del Upanisad, pues aunque doy, lo hago sin fe, y cambio el ánimo radiante por un cierto escepticismo fatalista, muy hindú por otra parte. En cualquier caso, estoy sentado en primera fila…

Apenas han comenzado los cantos del aarti, que en sanscrito viene a significar “lo que disipa la oscuridad”, y que acabará con el tradicional ritual de las lámparas de alcanfor encendidas que movidas en círculos por los sadhus alumbrarán la oscuridad crepitante del Ganges, cuando se sientan justo detrás de mí un grupo de cinco chicas occidentales, todas muy monas y perfectamente maquilladas, acompañadas por un tipo también occidental al que el pañuelo de color rojo atado en forma de cinta en la cabeza junto a su camisa y pantalón blancos le otorgan un ridículo aspecto de extemporáneo baturro perdido en la India. Uno de los religiosos más jóvenes les estaba guardando el sitio y le saludan afectuosamente, como si le conocieran y no fuese ésta la primera vez que vienen. Picado por la curiosidad me acerco al grupo que, muy espiritual, se ha sentado en la imposible para mí, posición de loto con las piernas cruzadas. Les pregunto y me contestan con desgana, como si les fastidiase la interrupción, son un grupo de norteamericanos que están alojados en el ahsram y que esperan pasar unas cuantas semanas aprendiendo yoga y mejorando sus técnicas de meditación y relajación.

No puedo estar mucho rato de pie, ya que molesto a los demás asistentes, así que vuelvo a mi sitio mientras la ceremonia continúa y poco a poco va aumentando la intensidad de los cantos. De vez en cuando miro de reojo a las americanas, que místicamente concentradas cierran sus ojos y siguen el ritmo de la música con el movimiento oscilante de sus cabezas al tiempo que, para mi sorpresa, entonan la letra de las canciones, al parecer memorizadas. Cuando el ritual está a punto de llegar a su clímax con el encendido de las lámparas mi pasmo adquiere tintes insospechados al contemplar como una de ellas, la más alta, de largos y lacios cabellos morenos, dejándose llevar, supongo, por la intensidad del momento, rompe a llorar. Inmediatamente le pregunto a Kemsi por el significado del himno litúrgico, y me contesta que son jaculatorias en honor de Hanuman. Los occidentales somos así, no podemos evitarlo, amamos la multiculturalidad, al fin y al cabo, qué son el pensamiento griego clásico, la escolástica medieval, la Ilustración, la Revolución Francesa o el desarrollo del empirismo científico al lado de las desventuras del dios mono…

Acabado el acto cultual, y cuando la aglomeración de gente me lo permite, purifico mi espíritu empujando con mis manos el humo de las lámparas contra mi cara, recupero los zapatos y me despido de Kemsi que ha encontrado a unos amigos y se va en su compañía. Vagando en busca de un restaurante acierto a encontrar una librería todavía abierta y entro en busca de un buen mapa de montaña donde marcar la ruta que me espera en los próximos días. Estoy en Rishikesh, epicentro de la sabiduría yogi, de la meditación y del camino védico, asiento de modernos y mochileros en busca de la verdad y el conocimiento iluminador, así que claro… la librería está llena de libros de Paulo Coelho y Osho.

Todo se abarata y banaliza, ya nada es lo que era y peor aún, ya nada es lo que pudiera parecer, pese a estar escondida en las estribaciones del Himalaya, en Rishikesh se bebe, por supuesto, Coca Cola, se lee al autor de El Alquimista, y las aspirantes a maestros de hatha yoga, aplican rímel fabricado por alguna perversa multinacional a sus espirituales pestañas.

Diluvia, y la torrencial lluvia monzónica, que al caer parece casi compacta, golpea inclemente la cristalera del popular restaurante Chotiwala en el que me he resguardado en busca de un pulao perfectamente vegetal, como no puede ser de otro modo en una ciudad donde “contaminar” el espíritu por la ingestión de carne resulta prácticamente imposible , y al escribir estas líneas al viajero le resulta difícil no dejarse llevar por la melancolía y por el oscuro pensamiento de que por más lejos que sus pies le lleven, al final, la conclusión será siempre la misma: “mundus senescit”.

En Rishikesh a tres de agosto de 2012

DE LA JUSTICIA A LA BONDAD Y LA COMPASIÓN (Artículo publicado en Social.cat)

Para la mayoría de nosotros, la filosofía es poco más que un recuerdo borroso de nuestra época de instituto, clases aburridas dictadas por un profesor más bien tristón y absolutamente desmotivado que explicaba, monótono, una asignatura que por resumirlo de una manera breve, ¡no servía para nada! Quizá por ello, estamos convencidos de que las tesis de los grandes genios del pensamiento son poco más que un conjunto de palabras incomprensibles, absolutamente alejadas de la realidad. Sin embargo, esta impresión es absolutamente falsa. Ningún saber está más cercano a la realidad que el filosófico. Ninguna otra sabiduría ha tenido y tiene mayor influencia sobre el devenir de la historia, y por tanto, sobre nuestras vidas, que la filosofía. De ahí que, en realidad, y aunque ya nadie las lea, no hay mejor libro de autoayuda que las obras maestras de la filosofía occidental.

            Toda esta introducción viene a colación de la cuestión de la que quiero hablarles hoy, de la dimensión interpersonal del ser humano, una cuestión que, como los apuntes de aquellas clases de filosofía, hemos  olvidado. Vivimos en una época dominada por la técnica, el nuestro es un mundo que se define fundamentalmente por nuestra relación unipersonal con las cosas. Una relación, además, que es siempre de dominio, de transformación, en la que el hombre esclaviza a la realidad, es decir, a la naturaleza, para su propio aprovechamiento, sometiéndola siempre a una relación amo-esclavo. Podrían aducirse muchas razones que expliquen esta situación, económicas, sociales, ideológicas…, pero en realidad, la razón última del modelo que rige el ámbito occidental se encuentra en las reflexiones de un filósofo cuyo nombre a todos nos suena, pese a que no estemos muy seguros de lo que dijo ni de lo que pensó. Me estoy refiriendo al genial René Descartes.

Descartes culmina el giro antropocéntrico que se inició con Copérnico. Después de siglos y siglos en los que la Tierra había sido considerada el centro del universo, el bueno del astrónomo polaco nos sacó del error y el ser humano corrió a cubrir ese hueco que se abría en la cosmología colocándose él mismo en el centro y haciendo que todo girase, a partir de ese momento a su alrededor. Ése antropocentrismo necesitaba de una base filosófica, y ahí apareció Descartes, con su “cogito ergo sum”, es decir, su “pienso luego existo”, con el que el hombre conseguía al menos una certeza absoluta y total de algo: su propia existencia. Con su “cogito” Descartes absolutizaba el yo, pero a cambio lo convertía en un yo solitario y aislado, para el que la presencia de los demás es sólo un accidente. ¿Verdad que esto les suena actual? Otra de las consecuencias de la “frasecita” cartesiana fue la de reducir toda la realidad a aquello que la razón puede comprender o explicar. A partir de Descartes la espiritualidad, el misticismo, todo aquello que no sea perfectamente científico resulta sospechoso y queda bajo la sombra de la duda. El yo cartesiano, absolutamente actual, se expansiona tanto que aspira, con una soberbia temeraria, a comprender el universo en su totalidad y a descartar todo aquello que no se adapte a su racionalidad.

La modernidad es hija del cartesianismo y su yo absoluto y autosuficiente que no necesita de los demás para nada. No resulta pues extraño que nunca la historia de la humanidad haya resultado tan cruel y violenta, como en estos últimos siglos. ¿Empiezan a atisbar la trascendencia del pensamiento filosófico?

Por eso hoy quería reivindicar otra forma de pensar, también perfectamente filosófica, pero mucho más humana. La filosofía que entiende que más allá de la certeza del “cogito”, ser un hombre significa, fundamentalmente, ser con los demás. Una filosofía que en el siglo XX han defendido pensadores como Martin Buber o Emmanuel Levinas. Pensamiento que nos recuerda que el ser humano sólo se reconoce como tal frente a otros seres humanos, que por sí solo es incapaz de comprender su propia humanidad. El hombre no sólo es mucho más que su relación con la materialidad, sino que además la relación con el otro, con el tú, es la relación por excelencia, la base fundamental de toda antropología que merezca ese nombre.

Además, esta relación con el otro que sale a nuestro encuentro es una relación trascendente. El encuentro entre el yo y el tú no es sólo un encuentro cognoscitivo o experimental sino fundamentalmente ético. Levinas habla de la epifanía del rostro y no le falta razón. Pues la contemplación del rostro desnudo del tú, para quien lo observa desembarazado de toda antropología egocéntrica, es una contemplación que nos descubre a alguien que es verdaderamente otro y al que no puedo reducir a pura materia. Es más, frente a la relación de poder con el mundo que nos propone Descartes, y que tan común es hoy día, el rostro del otro se nos impone, nos mira desde arriba. De alguna forma resulta una metáfora, en su desnudez, de la humanidad. De una humanidad indigente en su mayoría y que sufre, frente a la que no podemos permanecer indiferentes.

Cuando somos capaces de salir de nuestro propio yo, de abandonar a Descartes, el único camino existencial posible es la entrega a todos los tú del mundo, a una humanidad que no exige de nosotros justicia, ni leyes, sino fundamentalmente entrega, bondad y justicia. El mundo que proponen Buber y Levinas es probablemente mucho menos eficaz que el actual, ¡pero es un mundo tan sublime! Por ello, encomendémonos al poder de la filosofía y confiemos en que su pensamiento tenga alguna vez la misma fortuna que la del maestro Descartes.

Antonio Fornés