YAZIDÍES: LOS ÚLTIMOS ADORADORES DEL DIABLO (Artículo que publiqué en la revista Qué Leer)

Con el traqueteo del coche se me hace difícil manejar el Ipad y encontrar la cita que estoy buscando, intento concentrarme para que mis dedos acierten de una vez con la pestañita correspondiente, pero cuando vas a más de cien por hora por una carretera iraquí, aun la más sencilla de las tecnologías digitales se torna complicada, además, si no la encuentro rápido corro serio peligro de marearme por fijar tanto la vista en esta Tablet, que no deja de moverse, en lugar de hacerlo en el horizonte. Menudo viajero debilucho estoy hecho. Finalmente lo consigo, por fin, aquí está el esquivo texto del profeta Ezequiel:

“Eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado en belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios. (…) Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día que fue hallada en ti la iniquidad. (…) Ensorbeciose tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría por tu esplendor. (…) Yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador y te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de cuantos te miran. Todos cuantos de entre los pueblos te conocían se asombrarán de ti. Serás el espanto de todos y dejarás de existir para siempre.”

Guardé el texto en este trasto antes de salir de viaje para cuando llegase este día. Obviamente, incluso para los desconocedores de los relato bíblicos es fácil deducir que, en el pasaje, Ezequiel está hablando de Lucifer, el primero entre los ángeles, tan perfecto que, dejándose llevar por la soberbia se atrevió a enfrentarse a Dios. Derrotado, fue expulsado del paraíso convirtiéndose en Satanás (palabra que etimológicamente vendría a significar el que se enfrenta, el contrario), esto es, en el señor de las tinieblas… ¿Y por qué es oportuna esta cita hoy? Pues porque voy camino de Lalish, algo así como la Meca o el Vaticano de la secta de los Yazidíes, quienes, por su creencia en Malek Tawus, el nombre con que ellos designan al ángel caído, a lo largo de la historia han sido conocidos popularmente como ¡los adoradores del diablo!

Lalish es el lugar donde está enterrado el santón que dio forma definitiva a esta religión sincrética que mezcla elementos zoroastristas, con cristianismo e islamismo sufí: el jeque Adí Ibn Mosafer. Mausoleo que todo creyente yazidí ha de visitar al menos una vez en la vida. Los yazidíes adoran al ángel caído por una curiosa interpretación del mito de la creación. Así, creen que Dios primero creó a siete arcángeles, y después, del barro, a Adán. Tras esto, y contento con su última obra, el Todopoderoso habría pedido a los arcángeles que se inclinaran ante el hombre, y todos lo hicieron excepto Malek Tawus que se negó alegando que él solo se inclinaba ante Dios, con lo que mostró su valía y perfección.

Sé que el lugar no tendrá un opresivo aspecto gótico, ni estará invadido por la niebla, ni se oirá en sus alrededores el escalofriante rumor de almas en pena, pero voy camino del último reducto de los adoradores del diablo, y ese es un epíteto demasiado sugerente para mi imaginación que no puede evitar, mientras avanzamos por la monótona carretera, construir disparatadas imágenes de película de terror de serie B.

Apenas quedan yazidíes, lastrados por su terrible apodo, han sufrido, desde hace siglos, duras persecuciones, especialmente por los chiitas, quienes les acusan además, erróneamente, de haber asesinado a uno de sus imanes más venerables, el Imán Hussein.

El camino hasta Lalish es largo, así que Bakhtiar el ex militar de anchas espaldas y mirada siempre atenta que me acompaña por estas tierras, decide que paremos a comer en un inmenso restaurante de carretera. Pese a sus proporciones ciclópeas, está abarrotado, lo que me asombra. Él me comenta que es buen restaurante y que además está a unos pocos kilómetros de la refinería más importante de la región y que muchos camioneros y trabajadores vienen aquí a comer. La verdad es que el servicio es impresionante, nada más sentarnos un camarero nos trae una especie de crema de verduras naranja, y dos tortas de pan ácimo caliente y sabroso. Luego pedimos cordero hervido con arroz y el tamaño de los platos que nos traen hace juego con las dimensiones del local, raciones perfectas para un gigantón como Bakhtiar que, encantado, no deja nada, ni una migaja en el plato. Luego, llega la parte más difícil en todo restaurante kurdo: pagar. Conseguir la cuenta es siempre un trabajo arduo, y cuando el comensal se ha desviado, en sus peticiones, de lo que el restaurante considera el menú estándar, las sumas y restas se eternizan. Los encargados de estos establecimientos, por lo general son gente amable y atentísima, pero desde luego no han nacido para las matemáticas…

Salimos, y antes de volver al coche para seguir con nuestro camino, optamos por dar un paseo y favorecer así la digestión del pantagruélico ágape. Caminamos por una cercana arboleda de eucaliptus, supongo que en algún momento fueron plantados allí, pues no creo que sea una especie autóctona, y desde luego, teniendo en cuenta como estos árboles erosionan el terreno no me parece una elección acertada. En cualquier caso, la arboleda está plagada de familias dispuestas a pasar el sábado disfrutando de un picnic. Tumbados sobre sus extendidas alfombras y mantas, o cuidando las brasas donde asarán los inevitables pinchos y kebabs, cuando reparan en nuestra presencia todos nos llaman para que nos acerquemos, ofreciéndonos hospitalarios su comida y, sobre todo, armados con sus modernos teléfonos móviles, fotografían la exótica y extraña presencia junto a ellos, en su país, de un turista extranjero. Sin duda alguna, el Kurdistán iraquí es una de esas tierras en las que, gracias a la global popularización de la tecnología, el viajero recibe muchísimas más fotografías de las que es capaz de hacer él.

Me llama la atención, además, que todavía, al menos en este día festivo, la mayoría de la gente con la que nos cruzamos, sigue conservando el traje tradicional kurdo, ellas con sus largos vestidos multicolor y ellos con su mono de color teja y su fajín, algo extraño prácticamente en todo el mundo ya. Al cabo de un rato reemprendemos la marcha. ¡Los adoradores del diablo nos esperan!

Llegar hasta Lalish nos cuesta aun un par de horas, desde luego no es tarea fácil llegar hasta allí, ¡espero que Lucifer sepa apreciar nuestro esfuerzo! Finalmente, sobre las cuatro de la tarde, enfilamos el último tramo, un camino serpenteante que desde la carretera principal asciende, montaña arriba, hasta el mausoleo. Diez minutos más y llegamos al sancta sanctorum de los yazidíes.

Lo primero que me sorprende es que los alrededores del templo están llenos de fieles, familias y jóvenes sentados por todas partes, que supongo han venido a su obligatoria y perceptiva peregrinación. El ambiente que se respira es en general festivo, personalmente deseaba que la entrada al lugar sagrado de los seguidores de Satán resultara un poco más tenebrosa… Pero no todo va a resultar alegre, al bajar del coche unos tipos uniformados que deben ser vigilantes o cuidadores me indican que he de quitarme los zapatos y los calcetines. Para mi disgusto, por el recinto debe andarse descalzo. Además no me dejan pasar, los no creyentes no pueden entrar solos, y deben ser acompañados por un guía yazidí, sonrío, ¿cómo habrán intuido estos perspicaces vigilantes que no soy un fiel más? Me temo que mi pinta de turista despistado delata mi falta de fe…

El guía religioso no tarda en llegar, un individuo impecablemente vestido al estilo kurdo pero con un cabello largo, cuidado y rizado que desde luego no solo desentona allí, sino que lo haría a lo largo de todo el Kurdistán. Se presenta como estudiante de periodismo y economía, y teniendo en cuenta la edad que aparenta concluyo que no debe ser muy buen estudiante, porque más de un curso ha repetido… Ceremonioso, se empeña, antes de empezar el recorrido por el mausoleo, en llevarnos a una sala anexa para introducirnos en las creencias yazidíes. En su más que correcto inglés nos castiga con teorías y doctrinas a lo largo de una media hora. Insiste con vehemencia en que son una religión que rechaza la violencia y que una de sus reglas principales es la tolerancia. Yo no puedo evitar pensar que más que por su voluntad, fundamentalmente no le queda otro remedio a esta secta perseguida por fuerzas aplastantemente más poderosas que ella, que ser tolerante con la esperanza que, los demás, de una vez por todas lo sean con ella. Me quedo con otras dos características curiosas de su religión, a los yazidíes les está permitido practicar lo que ellos llaman la “taghiya”, el disimulo, esto es, actuar como si no profesasen sus creencias para protegerse de posibles castigos, un precepto que deja bien a las claras lo difícil que les ha resultado en muchas ocasiones profesar su religión. La otra característica es que uno no puede convertirse al yazidismo, no es que se me hubiera pasado precisamente por la cabeza hacerlo, pero, ¿una religión que no quiere nuevos adeptos? ¡Qué extraño! Solo puede ser yazidí quien nace de padre y madre yazidí. Regla que sin duda les condena a ser siempre minoritarios en todas partes…

Tras la lección de yazidismo, nuestro guía nos permite por fin pasar al templo, guardado en su puerta principal por una serpiente negra que inevitablemente me recuerda al mito de Adán y Eva. El santuario es sin duda antiguo, y el punto siniestro lo da la oscuridad de sus paredes, ennegrecidas por el humo de las lámparas de aceite que allí se encienden cada noche. El aspecto un poco sui géneris lo produce el hecho de que en la gran sala que antecede a la tumba del jeque Adí, se amontonan las cajas de cartón con botellas del aceite de girasol que servirán como combustible de las lámparas, no sé si en el Vaticano se permitiría este desorden… En esa misma nave observo un montón de pañuelos anudados unos con otros sin una forma precisa. Me explica el guía que los nudos significan los deseos de los fieles que visitan el lugar. Cuando un nuevo creyente llega, deshace uno, lo que produce que el deseo del yazidí anterior se cumpla, y luego hace otro nudo expresando un deseo, que será cumplido cuando alguien desanude el suyo. Me parece una cosa algo infantil, del tenor de tirar una moneda a una fuente…, me esperaba más de estos adoradores del diablo. Aunque el tipo de la espléndida cabellera rizada me invita a participar en el jueguecito de los nudos, me excuso con una sonrisa y paso a la sala donde está el sarcófago con los restos del jeque Aid. La sala es igual de sobria, sin adornos ni imágenes, y también ennegrecida por el humo de las lámparas. Veo a un grupo de peregrinos, muy serios, dando vueltas alrededor de la tumba en sentido contrario a las agujas del reloj, como si se tratase de una especie de Kaaba musulmana en miniatura. No hay mucho más que ver, así que salgo y me siento en el patio exterior. Empieza a caer la tarde y sentado en una pequeña escalinata de piedra que hay en el patio exterior puedo observar a algunos miembros de la familia que cuida del templo. Otra tradición yazidí es la de que, al caer la noche, solo puede quedar en el mausoleo la familia encargada, desde hace siglos, de guardar el lugar. Me resulta curioso el hecho de que estas personas, quizá por su cargo religioso no visten al estilo kurdo, como el resto, sino como si fueran árabes. Uno de estos cuidadores, quizá picado por la curiosidad, se sienta a mi lado, para ser un seguidor de Lucifer la verdad es que su cara dibuja una expresión más bien bondadosa. Le preguntó si siempre ha vivido allí, y me dice que sí,

– ¿Nunca has salido de Lalish?

Me mira asombrado, como si la pregunta fuera absurda, antes de contestar, sonriendo, un conciso

-No, nunca.

El viajero no puede evitar pensar en la diversidad de planteamientos que caben en el ser humano. Así, frente el ansia por huir siempre más lejos, que le empuja a él, la feliz serenidad de quien nunca ha salido de este perdido y minúsculo rincón de las montañas kurdas… Me quedaría un rato charlando con él, pero Bakhtiar no me lo permite, se está haciendo tarde también para nosotros, debemos irnos. Ya en el coche, observo como poco a poco, la morada de los adoradores del diablo, tan poco diabólicos ellos, se va empequeñeciendo, mi viaje se acerca a su fin, y como siempre, la melancolía empieza a invadirme.

El catorce de agosto de 2007 los yazidíes de esta región sufrieron uno más de los abundantes atentados con los que han sido históricamente castigados. La explosión de un camión cisterna suicida acabó con más de doscientos cincuenta de ellos. Apenas quedan, repartidos por el mundo, unos 250.000 creyentes. Tan dura ha sido su represión, que la comunidad más abundante de yazidíes se encuentra en Alemania…

En la carretera de Lalish a Dohuk, Kurdistán iraquí, a 18 de abril de 2014

 

PS: Apenas pocos meses después de mi visita a Lalish, el Daesh inició su levantamiento en tierras iraquíes y sirias. Sin duda la minoría religiosa que ha sufrido una mayor persecución por parte de este grupo terrorista han sido los yazidíes, más incluso que los cristianos, hasta el punto de que puede hablarse de un auténtico genocidio yazidí. Desconozco si las hordas de los malditos integristas alcanzó Lalish, y si el antiguo templo aún sigue en pie, deseo fervientemente que sí.

 

EL GUSANO DE ENKIDU

Hace algo más de cinco mil años reinó en las tierras de Mesopotamia, el actual Iraq, un rey todopoderoso y legendario, Gilgamesh:

“Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ninguno, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla.”

Adorado como un Dios prácticamente desde el mismo momento de su muerte, sus andanzas fueron recogidas en el antiquísimo “Poema de Gilgamesh”, una obra a la que dieron forma definitiva los escribas de los reyes asirios, señores y dominadores, en aquellos lejanísimos tiempos, de las tierras que conforman, hoy día, el Kurdistán iraquí. La primera parte de la magna epopeya narra las aventuras y hazañas en busca de gloria del héroe junto a su inseparable amigo: Enkidu. Mas al final de esta primera parte, un terrible acontecimiento hará que el resto del poema adopte un tono más sombrío y profundo. Tras doce días de larga agonía, Enkidu muere. Gilgamesh, dominado por el dolor se niega a separarse del cuerpo de su amigo hasta que un detalle macabro le hace desmoronarse definitivamente,

“Durante seis días y siete noches le lloré, hasta que un gusano salió de su nariz. Entonces me asusté, se apoderó de mí el miedo a la muerte.”

Es este un momento del texto que siempre me ha conmovido, el instante en que el gran héroe mesopotámico descubre la muerte, tomando conciencia además, de que él también morirá. A partir de entonces su vida se convertirá en una desesperada búsqueda de la inmortalidad. Así viajará hasta las míticas montañas Mashu, al jardín del dios Shamash, nadará en las aguas del gran abismo e incluso conocerá a Utnapishtim, el anciano Noé mesopotámico. Pero, obviamente, todos sus intentos por esquivar a la muerte resultarán baldíos, por lo que tomará una última y radical determinación: entrará en una tumba construida en el lecho del Eufrates y dejará que el agua inunde el sepulcro. Esto es, abatido ante su impotencia frente a la muerte, decidirá entregarse a ella suicidándose junto a su familia y criados.

La historia de Gilgamesh es turbadora, y pese a su antigüedad sigue manteniendo la actualidad de las grandes obras literarias atemporales, capaces de ahondar en las grandes cuestiones humanas, que siguen siendo las mismas ahora que hace cinco mil años, pues los miedos, pasiones y vicios de los hombres se mantienen inalterables a lo largos de los siglos.

Quizá, nunca lo sabré, a lo largo de este viaje por el Kurdistán iraquí que estoy a punto de comenzar, en algún momento pisaré la misma tierra que hace milenios pisó el inigualable Gilgamesh. Sólo por esa razón se justifica este recuerdo al gran rey. Pero además, en cierto sentido, la epopeya de Gilgamesh es una metáfora apropiada de lo que ha sido la vida del pueblo kurdo iraquí a lo largo de la historia: triste como el poema, y en especial en los últimos tiempos, una historia de sufrimiento y persecuciones, de defensa de la propia identidad y de búsqueda de la inmortalidad a través de la consecución de un estado propio e independiente. Las gentes de esta tierra han visto, desgraciadamente, tantas veces el gusano de la nariz de Enkidu… Como el héroe Gilgamesh, ellos también han caminado en busca de la felicidad, no en vano su historia es un incesante ir y venir desde las montañas del norte a las planicies más meridionales, y desde éstas, de nuevo a las montañas, para ellos siempre acogedoras, en busca de refugio ante el ataque de algún enemigo. De alguna manera, a día de hoy, cuando sus miembros empiezan a recuperarse de una última y especialmente sangrienta guerra, del pueblo kurdo puede decirse lo mismo que el poema dice del héroe Gilgamesh:

“Todo lo sufrió y todo lo superó”.

Estoy a punto de cruzar la frontera y entrar en Iraq para seguir, locuras de la geopolítica internacional, el viaje por el país kurdo que empecé, el año pasado, en Turquía. Como cada vez, antes de iniciar una nueva aventura, el viajero siente nerviosismo y un extraño sensación de desazón en el estómago, mientras que confía en que sea la sonrisa franca de las gentes kurdas su compañera de viaje y no la agria desesperación final de Gilgamesh.

 

UN TURISTA EN EL SLUM DE BOMBAY

 

Pizza, una pizza de atún realmente buena, ¡por fin comida con sabor auténticamente occidental! Para el viajero, el Pizza Bay de Bombay resulta un paraíso, aunque quizá con precios un tanto diabólicos…, donde poder dar descanso a un paladar que, tras semanas vagando por la India, agoniza por sobredosis narcotizante de picante massala, la tradicional mezcla de especias india, omnipresente en la gastronomía hindú. Situado en pleno Marina Drive, el resplandeciente paseo marítimo de Bombay que a lo largo de unos tres kilómetros enmarca la bahía Back hasta morir en la popular playa de Chowpatty, el restaurante, con su moderna decoración en blanco y negro, su panorámica cristalera, y pese al anacrónico recopilatorio de los Bee Gees que de forma inclemente resuena a través del hilo musical, resulta un lugar reconfortante donde cenar mientras el sol cae sobre la capital económica de la India.

Llegué ayer por la noche en avión desde la ciudad de Aurangabad. En un vuelo amenizado por las constantes peticiones del sobrecargo y las azafatas al pasaje para que los viajeros apagaran sus teléfonos. Ruego que fue perfecta e indolentemente ignorado por unos pasajeros que absolutamente indiferentes a las llamadas al orden por parte de la tripulación juguetearon con sus teléfonos durante todo el trayecto. De hecho, prácticamente acabábamos de despegar cuando una musiquita boliwodiense fue creciendo en volumen desde el interior del bolsillo de la camisa del tipo que se sentaba a mi lado, denunciando que su teléfono estaba irreprochablemente conectado y, en este caso, recibiendo una llamada. Le eché una mirada acusadora que no pareció alterarle demasiado, y aunque tuvo el detalle de no contestar, no apagó, por supuesto, su receptor. Como europeo siempre temeroso, no pude evitar recriminar su actitud, el hombre puso cara de circunstancias y se disculpó aduciendo que había olvidado el número del pin y que por tanto, si lo apagaba, ¡no podría volver a ponerlo en marcha! Eso sí, en contrapartida, y quizá para hacerse perdonar el descuido, decidió dedicar el resto del viaje a explicarme de forma concienzudamente detallada las diferentes trayectorias vitales y profesionales de sus abundantes hijos, los cuales, al parecer, en su mayoría viven en Alemania…

La de hoy ha sido una larga jornada, intensa y al mismo tiempo emocionante que bien merecía este colofón de atún, queso y masa de trigo. Al fin y al cabo, durante el día he caminado por el dédalo de callejones que conforman el slum de Bombay, el hipertrofiado barrio marginal llamado Dharavi, en el que Vikas Swarup situó gran parte de su novela “Slumdog Millionaire” y que la mayoría de nosotros conocimos a través de su exitosa versión cinematográfica. Por unas horas, me he convertido en uno más de los perros del slum, paseando entre aquellos que podrían afirmar lo mismo que Rama Mahoma Thomas, el protagonista de curioso nombre de la citada novela: “Vivo en un rincón de Bombay llamado Dharavi, en un angosto chamizo de diez metros cuadrados que no tiene ventanas, ni luz natural ni ventilación, y donde me hace de techo una lámina de metal ondulado. La choza vibra violentamente cada vez que pasa el tren sobre mi cabeza. No hay agua corriente ni sanitarios. Esto es todo lo que puedo permitirme. Pero en Dharavi no soy el único. Hay un millón de personas como yo , apiñados en un rectángulo de doscientas hectáreas de cenagoso páramo urbano, donde vivimos como animales y morimos como insectos. Indigentes venidos de todo el país compiten entre sí por un pedacito de cielo en el suburbio más grande de Asia[1].”

Justo después del desayuno me he lanzado en busca de mi objetivo: ¡Dharavi! Aunque, la verdad, he alargado más de lo necesario la primera colación del día, pues me he dedicado a escuchar divertido a los ocupantes de la mesa de enfrente, dos parejas de turistas: padre, madre, hija y novio, los cuatro rozando la obesidad mórbida y que, mientras arrasaban literalmente el por otro lado un tanto ramplón buffet del Hotel Fariyas, han tomado, de forma curiosamente paradójica, como objeto de conversación el comentario y glosa de todo tipo de dietas de adelgazamiento, el ser humano resulta siempre tan paradójico…

Estaba dispuesto a lanzarme a la aventura, pero nada resulta sencillo en la India, tras escuchar el nombre del suburbio, el taxista ha negado con la cabeza al tiempo que me sugería un “sightseeing”, un recorrido panorámico por la ciudad, a fin de cuentas, ¿no era yo un turista? Exprimiendo mi tortuoso inglés he conseguido convencerle de que, efectivamente, no era un error, y que realmente quería conocer el slum. Finalmente, y pese a que su cara denunciaba cierto escepticismo, ha arrancado anunciando que tardaríamos aproximadamente una hora en llegar, pues cruzar una ciudad de más de veinticinco millones de habitantes no es, sin duda, una tarea fácil. Mientras avanzábamos a través del caóticamente infernal tráfico, contemplaba los modernos rascacielos construidos sobre los solares donde antaño se asentaron las fábricas textiles que dieron vigor y prosperidad a Bombay. Curiosamente, desaparecidas las plantas industriales, se mantienen en pie, sin embargo, los inmensos bloques de minúsculos apartamentos en su mayoría de una sola habitación, creados para albergar a los trabajadores de estas industrias, vetustas construcciones hiperpobladas que se arraciman alrededor de los nuevos y altísimos edificios de oficinas en un chocante contraste, por otra parte tan típicamente indio, entre la opulencia y la necesidad.

Al llegar a Dharavi le pido a Prashant que se detenga, entre atasco y atasco el taxista y yo hemos tenido tiempo de sobra para presentarnos claro y charlar sobre casi todo. Son muy pocas las calles del barrio por las que se puede circular en coche, pues la mayoría son demasiado estrechas para ello, y además me apetece andar, así que paramos y Prashant me obliga a anotar cuidadosamente el nombre del pequeño puesto de comida donde va a esperarme, así como su número de móvil. Con todo, todavía no está tranquilo, y me pide que le llame ahora desde mi teléfono, a modo de prueba, para confirmar que, si me pierdo, podré ponerme en contacto con él. Humilde taxista, Prashant ha resultado ser un hombre realmente responsable y concienzudo, preocupado por la inconsciencia de este ignorante extranjero.

Bien, finalmente estoy aquí, doy apenas unos pasos y me detengo a contemplar el turbador espectáculo que se muestra ante mis ojos. No puedo evitar meditar que, durante los inmóviles siglos de la interminable Edad Media europea, el nombre de la India evocaba el edén. Para el ideario medieval, aislada del resto del mundo por los demoníacos ejércitos de Gog y Magog citados en el Apocalipsis, la India era una tierra maravillosa, plagada de riquezas y extraños habitantes, que alimentaba la desatada fantasía de los escritores del Medievo. Citando al medievalista francés Le Goff, la India resultaba nada menos que la antecámara del paraíso. A la vista de Dharavi, con sus chabolas, sus montones de basura, su hedor, quizá las leyendas medievales exageraban un poco…

Estoy solo, un occidental despistado caminando por angostas callejas, deteniéndose a contemplar la ordenada cola que forman unos cuantos hindúes para acceder a un aseo público, a la puerta del cual se vende champú y jabón en coloridas dosis individuales, o sorprendiéndose por el indescifrable entramado de cables y tomas de corriente que cuelgan por las fachadas de las hileras de casas y chabolas. Una soledad que por un momento aguijonea mi estómago en forma de miedo. Pienso en la novela del gran Vikram Chandra, Juegos sagrados, y su peligroso Bombay lleno de gánsters, delincuentes y policías corruptos, donde la vida de un hombre no vale nada, y casi me parece adivinar, entre los individuos que pasan junto a mí, la figura de Ganesh Gaitonde, el implacable bhai[2], que protagoniza su obra. La verdad es que resultaría fácil hacerme desaparecer en Dharavi y probablemente nunca se hallaría rastro de mí en este enjambre humano inaccesible a toda racionalidad urbanística, pero para mi tranquilidad, la gente con la que me cruzo, y ese es siempre el milagro de este país, sonríe despreocupada. Un barbero cuyo establecimiento consiste en dos sillas y un pequeño espejo me llama para que me afeite, una anciana que tranquilamente deja pasar el día frente a la puerta de su casa me hace una seña hospitalaria para que entre en su humilde hogar y unos hombres que lavan ropa en una especie de charca de agua estancada, y que cuelgan las prendas ¿limpias? sobre las vías del tren para que se sequen me piden que les fotografíe. Nada resulta inquietante o comprometido. El único problema con el que me encuentro son tres adolescentes empeñados en seguirme y darme la mano, finalmente le doy un empujón al mayor de ellos y los tres desaparecen entre risas. Como las leyendas medievales, me da la impresión de que también la literatura contemporánea, en ocasiones, tiende a exagerar un poco.

Cuando decido volver en busca de Prashant y su taxi, es ya mediodía, el calor ha ido subiendo a lo largo de toda la mañana y ahora resulta húmedo y asfixiante, cansado por la caminata y acalorado por la temperatura, compro en una pequeña tienda una botella de Maaza, un aparentemente exótico refresco de zumo de mango que sin embargo está comercializado, milagros de la globalización, por Coca-Cola, y me siento en el suelo a disfrutar de mi bebida. La bebo con los ojos cerrados, dejando que el líquido frío y dulce me reconforte. Cuando los abro, observo que una mujer vestida de forma tradicional con un sari de color azul se ha sentado a mi lado e imagino que extrañada y suponiéndome perdido, me pregunta si puede ayudarme en algo, le contesto que no y le doy las gracias, pero ella no se mueve y esta vez su pregunta es más difícil, me pregunta por qué estoy allí, en Dharavi. Guardo silencio, es una pregunta difícil, resultaría estúpido contestar, como si estuviera frente al Taj Mahal, con el socorrido “is very nice”, de repente casi me avergüenzo y me siento como un intruso que se hubiera adentrado, sin recato, en la cara más sórdida y triste de la gigantesca urbe en busca de entretenimiento a través de la miseria de la gente, así que finalmente me encojo de hombros mientras ella asiente con la cabeza. Durante un rato, conversación inevitable en esta nación, me habla de sus hijos, pero luego vuelven las preguntas espinosas,

-¿Te gusta la India?

Esta vez le contesto sin dudas, rotundo: sí, la India me fascina, es un país inconmensurable. Ella se ríe mostrando un fila de dientes desigual y bastante incompleta, pero su respuesta está bañada en fatalismo,

– Te gusta porque solo vas a estar unos días, si vivieras siempre aquí la odiarías.

De nuevo el silencio tan solo cortado por mi breve respuesta: un quizás dubitativo. Incomodo le sonrío y me despido. Decido desandar definitivamente el camino en busca de mi taxi. Cuando llego donde estaba aparcado, Prashant me mira con alivio al comprobar que no me he perdido y que vuelvo en perfecto estado de revista.

Culmino mi banquete en el Pizza Bay con un tiramisú, pura lujuria en forma de pastel. Inopinadamente los Bee Gees continúan con su letanía de canciones pasadas de moda y el local está ahora repleto, con sus clientes divididos en dos bandos según sus prioridades, los turistas, agolpados junto al ventanal, siempre en busca de la mejor vista, y los locales, que optan por las mesas del fondo del local, más cercanas a las salidas de aire acondicionado y por tanto más frescas. Satisfecho y con el estómago lleno salgo a la calle. Marine Drive alcanza el colmo de su belleza durante la noche, no en vano los ingleses la llamaban “Queen’s Necklace”, el collar de la reina, por el rutilante brillo de sus farolas que en la distancia semejarían perlas de un gigantesco collar. Además, la oscuridad permite disfrutar en todo su esplendor del iluminado skyline de Bombay, un skyline que no deja de crecer impulsado por la economía de una ciudad que genera más del 30% del producto interior bruto de la totalidad del país. Pero ya se sabe, la India es la tierra del todo o nada, así que mientras contemplo la magnificencia del lugar, un pobre desarrapado extiende a unos metros de mí una vieja y raída manta, probablemente su única propiedad, para tumbarse sobre ella dispuesto a pasar allí la noche. Me acerco y le doy unas cuantas rupias, una triste limosna que seguramente aspira no tanto a salvar al pobre indigente como a aliviar la mezquina conciencia del viajero. Un viajero que, resignado, decide seguir el consejo que a Rama Mahoma Thomas da su casero Ramakrishna en “Slumdog Millionaire”:

“Los indios poseemos la sublime capacidad de ver el dolor y la miseria que nos rodea sin que nos afecte. Así que pórtate como un auténtico habitante de Bombay, cierra los ojos, cierra los oídos, cierra la boca y serás feliz como yo. Y ahora vete, es mi hora de dormir[3].”

En Bombay, a 16 de agosto de 2012

 

 

 

[1] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire. Anagrama. Barcelona, 2006, p. 154

 

[2] Capo de una banda de delincuentes

[3] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire, opus cit, p.,82

VICTOR SERGE. “Medianoche en el siglo”

“Para entonces la noche se cuajaba ya en los cristales rotos y parcheados con trozos de papel. En el sótano, debajo de ellos, una mujer acunaba un niño. Su voz exhalaba como un lamento. (…) Elkin sirvió alcohol en dos vasos grandes. Durante un instante se quedaron silenciosos, espesos, endurecidos, envejecidos: para cada uno el rostro del otro parecía emerger de una tristeza desesperada.”

El drama intelectual y sobre todo personal de Víctor Serge puede resumirse en el choque, siempre brutal y descorazonador, entre la esperanzadora e idealista utopía y la realidad, siempre tan prosaica y mezquina. Víctor Serge fue, fundamentalmente, un fiel creyente. Sí, un sincero devoto de la revolución socialista cuya fe no se vio nunca alterada pese a sus reiterados fracasos personales y a que pudo contemplar, con sus propios ojos, como el paraíso prometido por la Revolución Rusa se transformaba en el infierno del gulag estalinista.

Este hijo de rusos exiliados en Bélgica, dedicó su vida entera a la agitación en pro del socialismo, pero esta entrega absoluta no le salvó de la represión del estalinismo. Con todo, pese a su rechazo frontal a la deriva que tomó la Revolución Rusa con Stalin, Serge nunca abandonó su fidelidad a la figura de Lenin. Quizá porque en un principio, también Vladimir Ilich, auténtico nombre de Lenin, se dejó llevar por el amor a la utopía, llegando a escribir frases como éstas:

“La gente llegará a acostumbrarse gradualmente al respeto a las normas elementales de la vida en común, a respetarlas sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato específico de fuerza al que se denomina Estado.”

Desgraciadamente, y a diferencia de Serge, siempre más intelectual que político, el componente utópico en Lenin será sustituido por una fijación obsesiva por la consecución del poder, objetivo al que supeditará todo lo demás, convirtiéndose fundamentalmente en un táctico de la política, perfectamente pegado al terreno. Hasta el punto de que, como es sabido, aunque su partido, tras la caída del zar, perderá las elecciones obteniendo tan solo un 24% de los votos, los bolcheviques impedirán, armas en mano, la apertura de la Asamblea Constituyente y se harán violentamente con el poder.

Una vez en el poder, los restos de pensamiento utópico, si es que todavía albergaba algunos, de Lenin, se enfrentarán a la realidad, y su respuesta estará muy alejada del idealismo que siempre mantuvo Víctor Serge. Así, Lenin despachará la cuestión con afirmaciones de este tipo: “El proletariado está desclasado. No prometemos libertad ni democracia. La industria es indispensable, la democracia no.”

De ésta forma, nuestro querido intelectual y genial escritor, una vez más, se quedó solo. Como ya le había ocurrido en Bélgica, en Francia, e incluso en España, donde colaboró, en 1917, con el movimiento anarquista. Hasta el punto de que en 1928, ya en pleno estalinismo, será expulsado del Partido Comunista, por el que tanto había luchado, y encarcelado en 1933.

Quizá pueda parecer que he dedicado demasiado espacio a las vicisitudes políticas de Víctor Serge y su época, pero es que sin conocer el contexto resulta imposible comprender adecuadamente su obra literaria en general, y el libro que comentamos hoy: “Medianoche en el siglo.” Serge fue un escritor de un talento natural excepcional, sin embargo, su dedicación política en aquellos tiempos convulsos perjudicó sin duda su obra, que podía haber sido aún mucho mejor. Como él afirmó más de una vez, sus textos están redactados de forma un tanto acelerada, faltos quizá del reposo que con otro tipo de vida, podría haberles dado, y sin embargo resultan al mismo tiempo magníficos.

Esto es lo que le ocurre a “Medianoche en el siglo”, cuyo esquema argumental podría estar mejor resuelto, pues por momentos resulta un tanto deslavazado. Sin embargo, la lectura de esta obra es altamente recomendable, su mayor valía es la de acertar a expresar literariamente el ambiente de opresión, de derrota, desánimo y especialmente de sinsentido de los primeros represaliados políticos de la revolución bolchevique, condenados a malvivir en recónditos parajes de la inmensa Rusia, esperando su ejecución en la siguiente vuelta de tuerca de las purgas estalinistas. Toda la novela está bañada en el amargo almíbar de una melancolía sin esperanza. Traicionados por el ideal al que entregaron sus vidas, los personajes admiten y soportan, con esa resignación siempre tan presente en la literatura rusa, que ya nada tiene sentido, que sus vidas han perdido todo objetivo, y sobrellevan ese dolor de una forma que sin duda cala en el ánimo del lector conmoviéndole. Pues como afirma uno de los personajes citando a Pushkin: “No hay dicha en la tierra, sino calma y voluntad.”

Pese a la inocencia que frente al mundo real presenta siempre el intelectual de raza, en la época en que escribió “Medianoche en el siglo” Serge ya había descubierto que las revoluciones las inician casi siempre idealistas de bien, pero las concluyen tipejos sin escrúpulos como Dzerzhinski, primer director de la checa soviética, quien se permitía expresar lindezas como esta: “Yo no busco justicia. No necesitamos justicia. Esto es una guerra, cara a cara, una lucha hasta el final. Esto es a vida o muerte.” Sin embargo, sus personajes, como él mismo, siguen manteniendo su lealtad a la revolución, aun sabedores de que serán masacrados por ella, lo que les convierte en seres conmovedores y estúpidos a la vez.

“Medianoche en el siglo” es un excelente recuerdo literario de una de las grandes decepciones socio-políticas de la historia, la Revolución Rusa, que probablemente acabó con la posibilidad de la utopía dando el primer paso hacia nuestra postverdad contemporánea. De ahí que resulta lectura obligada para todos aquellos amantes de la buena literatura interesados además en un acontecimiento históricamente tan significativo. Dejemos que sean las palabras de la novela de Serge que cierren, igual que la iniciaron, esta reseña:

“Uno cree ser único y que sin su presencia el universo se quedaría vacío, pero en realidad uno ocupa en el mundo el mismo espacio que una hormiga en la hierba. La hormiga camina acarreando un huevo de pulgón, tarea capital para la que ha nacido: tú la aplastas sin saberlo, sin que ella misma lo sepa, y nada cambia. (…) No sufras por tu insignificancia, pero que te sirva de consuelo: pierdes muy poco al perderte a ti mismo y, en cuanto al mundo, él sí que no pierde nada.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HUEVOS DE GALLINAS FELICES

Empecemos por reconocer que soy tan débil como cualquiera, y que por tanto, inevitablemente participo de los vicios de mi época, y sobre todo de la ridícula superficialidad de estos tiempos así como la perenne necesidad que sentimos de acallar nuestra, en general adormecida conciencia, con pequeños gestos banales. Comienzo pues por admitirlo, sí yo también compro huevos en cajitas con grandes letras impresas en las que el propietario de la marca jura que son fruto de gallinas felices…

¡Cómo resistirse a semejante publicidad! Gallinas felices… Si uno se detiene mínimamente a considerar la afirmación frente al lineal del supermercado le entran las dudas claro… ¿Qué es una gallina feliz? De hecho, ¿pueden ser felices las gallinas? Si además el pensador en cuestión tiene alma de filósofo, -como es mi caso-, la cuestión se complica, y avanza hacia la oscuridad con otra pregunta, ¿qué es la felicidad? ¿Existe como tal algo que podamos denominar felicidad? Para el aprendiz de filósofo que se adentra por los serpeantes vericuetos de la reflexión al respecto de las gallinas y su felicidad, el tiempo parece detenerse con la caja de huevos entre las manos hasta que por fin, una bienintencionada ama de casa, ajena a toda reflexión metafísica, tiene a bien golpear ligeramente al pensador con su carro de la compra despertándole de su improductivo sueño reflexivo y obligándole a tomar una decisión. Determinación que, como ya he dicho al principio, no puede ser otra que optar por la esperanza en la felicidad de las pobres gallinas que nos proveen de proteínas en forma de huevo.

Es lo que tiene vivir en esta sociedad de nuevos ricos en la que vivimos: la pose, el selfie, la imagen, el eslogan, lo son todo. Necesitamos comer productos con la etiqueta de ecológicos, abandonar esas cosas tan dañinas para el ser humano y sobre todo, tan absolutamente vulgares, como el gluten, la lactosa, el pan blanco y, por supuesto los huevos de gallinas desgraciadas. Pero en base a nada, a ninguna decisión racional, sólo por pura emoción, por sentirnos bien durante un instante. Por otro lado, uno se sorprende al pensar cómo es posible que la humanidad haya podido no sólo sobrevivir, sino crecer en proporción geométrica pese a haber estado expuesta a ese tipo de alimentos…

El pasado verano, durante las vacaciones, me alojé en una serie de encantadores hoteles. En todos ellos me preguntaron una y otra vez si tenía alguna intolerancia alimentaria, si comía carne, si bebía leche, si era vegano, y cosas así. Yo cada vez insistía en que no tenía ninguna “restricción” alimentaria, que era una persona “normal”, pero quienes me preguntaban no parecían quedar contentos con mi respuesta, quizá porque hoy en día lo normal es no ser normal, pues para compensar la falta de auténtica profundidad de nuestras vidas, necesitamos sentirnos “especiales” a base de soluciones tan peregrinas como comprar huevos de gallinas felices.

Pues, al fin y al cabo, como decía anteriormente, qué significa eso de que esas pobres aves domésticas son felices. ¿Que pueden negarse a poner huevos? ¿Que pueden irse del corral industrial cuando quieran? ¿Qué pueden tomar, en definitiva, decisiones personales sobre su propia vida? No soy un experto en cuestiones agropecuarias, pero supongo que no… Imagino que en el mejor de los casos las “gallinas felices” contarán con unos cuantos centímetros más de espacio a su alrededor que sus compañeras infelices, y poco más…

Al pensarlo, resulta inevitable no establecer una analogía con nuestras vidas, para concluir, que nosotros, los hijos del capitalismo del siglo XXI somos exactamente eso, una especie de “gallinas felices.” El sistema capitalista se basa en la necesidad de crecimiento continuo, y para que ese crecimiento continuo pueda sostenerse, se ha visto obligado a mejorar, aparentemente, nuestras condiciones de vida. Al sistema ya no le basta que produzcamos de lunes a viernes, necesita además, que los sábados llenemos el centro comercial y que, por supuesto, consumamos compulsivamente. De forma que nos ha dado un poquito más de dinero a cambio de convertirnos en unos eternos adolescentes mentales, siempre necesitados del aquí y el ahora, de satisfacer compulsivamente de manera inmediata presuntas necesidades impostadas en busca de eso que ha venido en llamarse felicidad, pero que no es sino puro vacío existencial. Los habitantes de occidente nos hemos convertido en reses, animales bobos que cumplen con su obligada función mientras nos engañamos pensando que somos dueños de nuestra vida y de nuestras decisiones. Como digo, simples reses que confunden la libertad con no mirar la cerca que nos encierra. No deja de resultar curioso que hoy sigan perfectamente vigentes las palabras de Tocqueville:

“(…) veo ante mí (en un futuro) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llena sus almas. (…) Encima de ellos, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal que sus ciudadanos no piensen más que en gozar; cubre la sociedad con un tejido de pequeñas normas complicadas, uniformes y minuciosas, a través de las cuales las almas más vigorosas y originales no podrán elevarse sobre el vulgo. No tiraniza propiamente: encadena, oprime, enerva, reduce a cada pueblo a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado.”

Cada vez que compramos huevos de gallinas felices, pan de espelta, o leche sin leche, el Gran Hermano sonríe, contempla con satisfacción cómo nos contentamos con nuestra parodia de vida. Muestren lo que muestren las apariencias, la humanidad retrocede. El humanismo, es decir, aquello que hace referencia a lo humano, es ya prácticamente una reliquia del pasado. El sistema socio-económico que nos engulle no necesita ya de nadie que reflexione al respecto de qué es en realidad ser un ser humano, o qué es la felicidad.

Vivimos en la época de la emoción, del sentimentalismo hueco. Confundimos felicidad con triste placer perentorio, y por ello resultamos perfectos hijos del capitalismo. Necesitamos emociones a todas horas, siempre más, de la misma forma que el entramado económico necesita crecer y crecer en un ciclo sin fin. Incapaces ya de pensar y esperar, de concentrarnos durante un buen rato en un texto, en una reflexión en busca de su sustancia, la realidad se ha reducido a imágenes, todo es inmediato, por ello mismo todo nos aburre. Hemos perdido cualquier sentido de la profundidad. No tenemos tiempo para leer, ni para reflexionar al respecto de nuestra vida, pero nos detenemos con toda paz y minuciosidad a leer el presunto y siempre sospechoso análisis nutricional de los productos del supermercado. Así nos va… Como a las falsas gallinas felices, pobrecitas ellas y pobrecitos nosotros.

A PROPÓSITO DEL 500 ANIVERSARIO DE LAS 95 TESIS DE WITTENBERG DE MARTÍN LUTERO. (Texto de la conferencia que pronuncié en el encuentro filosófico organizado por la revista “El Llobregat” en el Ateneo de Sant Feliu al respecto de ética y religión)

Personalmente creo que resultaría poco enriquecedor que dedicara esta charla a desgranar la biografía de Lutero o a describir sistemáticamente la doctrina luterana pues, más allá de que tanto el personaje como sus teorías son harto conocidas, este tipo de información está a su alcance en cualquier manual o, si me apuran, en la mismísima Wikipedia. Por ello lo que intentaré durante esta hora será dar mi visión personal del personaje, que espero les resulte interesante, permitiéndoles además, situar adecuadamente a Lutero en el contexto del pensamiento occidental entendiendo además el porqué de alguna de sus actitudes e ideas.

Desde mi punto de vista, para comprender adecuadamente a Martín Lutero debemos remontarnos unos cuantos siglos antes de su nacimiento. Aunque por lo general tendemos a tener una imagen “prefabricada” del gran reformista, en la que se nos aparece como un hijo de la modernidad que rompe con el oscurantismo de la Iglesia Medieval y con los abusos del papado, intentaré mostrar como en realidad Lutero miró siempre hacia atrás, fue un pensador plenamente medieval que, en cierta manera, lo que hace es culminar y llevar a término algunas de las ideas omnipresentes a lo largo de toda la Edad Media.

Empecemos, pues, por el principio. El inicio de la corriente filosófica en la que debe encuadrarse a Lutero se sitúa en 1277, concretamente el 7 de mayo, cuando el obispo Esteban Tempier (que cuenta para ello con el apoyo del Papa Juan XXI) condena buena parte del aristotelismo que se enseñaba en la Universidad de París. Si se me permite la digresión, es interesante resaltar como la historia de la transmisión del pensamiento aristotélico es una peripecia absolutamente fascinante, merecedora sin duda de la atención de las grandes productoras cinematográficas, y que transformó absolutamente la forma de pensar en Europa, y por tanto, en el mundo. Curiosamente, todavía en el 1215, esta misma Universidad de París mantenía la prohibición de enseñar las obras de Aristóteles sobre ciencias naturales o metafísica[1], pero apenas cuarenta años después, y gracias a una sorprendente revolución intelectual, ya era obligatorio, en el currículo académico de esta ciudad la enseñanza de las obras de Aristóteles. ¿Por qué condena entonces el obispo Tempier al aristotelismo? Condena, por cierto, que tendría muy poca efectividad, pues el aristotelismo seguiría expandiéndose, de forma que al año siguiente, en 1278, el aristotelismo de Santo Tomás de Aquino sería ya la doctrina oficial de la orden dominica. Son varias las razones ideológicas que llevan a la condena del aristotelismo, pero para lo que aquí nos interesa debemos resaltar la implícita negación de la omnipotencia divina que sostiene esta doctrina. Así, Aristóteles defiende la existencia de un mundo eterno que no podía ser de otra manera, la creación resulta por tanto necesaria y no contingente, no hay sitio en el constructo ideológico aristotélico para la absoluta libertad creadora de Dios. Frente a esta tesis se alzarán un buen número de filósofos y teólogos, de ahí que podamos decir que 1277 supone la puesta en escena definitiva de una cesura radical en el pensamiento europeo que continuará durante siglos hasta bien entrado el XIX.

La reacción de 1277 provocará el establecimiento de tres caminos filosóficos. Una primera escuela estuvo formada por los teólogos agustinianos que recuperarán el lema philosophia ancilla tehologiae (la filosofía como sierva de la teología), que rápidamente absorberá las tesis nominalistas de Scoto y Ockam, y en la que debemos colocar a Lutero, una segunda corriente será formada por los peripatéticos moderados como Alberto Magno y Tomás de Aquino, que seguirían a Aristóteles salvo cuando éste entrara en flagrante contradicción con la fe; y, por último, los aristotélicos radicales, que, anacrónicamente podríamos definir como racionalistas extremos o revolucionarios, dispuestos a llevar los principios aristotélicos hasta sus últimas consecuencias[2].

La llegada del aristotelismo provocará además la aparición de lo que ha venido a denominarse “la escolástica crítica”. Sus miembros rechazan la concepción de la filosofía como una herramienta independiente de la teología y por tanto, autónoma frente a la revelación divina, enfrentándose así al racionalismo de cariz aristotélico que cree que tanto las verdades de fe como el conocimiento general del mundo pueden alcanzarse por la pura razón humana. Este antiaristotelismo empujará a los pensadores posteriores a decantarse por opciones en las que la idea de voluntad se imponga a la de raciocinio y en las que frente al necesitarismo mecanicista anterior se pondrá un énfasis extremo en el poder divino.

Será en la obra de los dos grandes nominalistas, Duns Escoto y Guillermo de Ockham donde podremos observar ya de una forma explícitamente establecida, la defensa de un mundo sin más verdades que las derivadas de la revelación y en el que el hombre queda reducido a una existencia fáctica y contingente, sometido a una dependencia obedencial respecto de un omni-poder que lo despoja de cualquier asidero racional[3].

Es en esta corriente de pensamiento donde hemos de colocar a Lutero para comprender mejor su obra. Hoy en día resulta indiscutible que Lutero recibió una formación académica esencialmente nominalista, lo que explica su continuo recelo hacia la filosofía y el racionalismo, así como sus duras tesis ético-religiosas. Pues démonos cuenta que las posturas nominalistas tienen radicales consecuencias a la hora de la reflexión ética, ya que al negar la existencia de los universales así como la existencia de cualquier tipo de derecho natural, niegan cualquier camino ético que no se ciña a la mera obediencia de la Revelación. Es más, desde esta postura se niega que Dios nos ordene seguir una serie de normas porque son buenas, sino que estas normas pasan a ser automáticamente buenas porque Dios nos ordena hacerlas. Recordemos que lo que se trata aquí es de preservar de manera absoluta la omnipotencia divina, por ello Ockham afirmará que Dios decidió libremente salvar a los hombres, pero que podría haber decidido salvar a los asnos…

Apuntemos aquí una cuestión, este fideísmo a ultranza del nominalismo, del que desde luego participará Lutero, en realidad está apuntando a la aparición del escepticismo moderno. De hecho veremos más adelante como en cierto sentido será la sombra del escepticismo la que espoleará a Martín Lutero en su apuesta por la fe. Al fin y al cabo, el fideísmo ilustrado es siempre un agnosticismo convencido de la imposibilidad de confirmar racionalmente la existencia de Dios y que apuesta, ante esta encrucijada, por refugiarse en una fe antirracionalista. El caso de Pascal a este respecto, (cercano en algunos aspectos a Lutero), resulta paradigmático.

Hemos hablado, hasta aquí, del movimiento filosófico en el que se integra Lutero. Hablemos ahora de otra cuestión que muestra el perfil medieval de Lutero: la cuestión de la “reforma”. Si uno estudia mínimamente el periodo medieval, -especialmente la Baja Edad Media-, descubrirá que la palabra “reforma” estaba en boca de todo el mundo, fuese cual fuese su posición ideológica, política o religiosa. Por hacer un símil que se entienda rápidamente, en la Edad Media la palabra “reforma” era un poco como la palabra “democracia” hoy en día, un término usado por todo el mundo como arma arrojadiza sin que se esté muy seguro en realidad de qué significa este concepto. El ansia de reforma, de vuelta a los orígenes “ideales” de los primeros cristianos recorre de una punta a otra toda la Europa Medieval. A este respecto les recomiendo un libro que a mí siempre me ha parecido una obra maestra, un texto divertidísimo que explicita perfectamente esto que les estoy comentando, uno de esos libros que a este humilde conferenciante le habría encantado escribir: Norman Cohn, En pos del milenio.

Antes de que Lutero se decidiera a emprender su propia reforma de la Iglesia Católica, otros muchos místicos y religiosos se habían lanzado a esta tarea, tanto dentro de los cauces de la ortodoxia católica como fuera de ellos, conformando, en algunos casos, delirantes teorías reformistas que hoy no dejan de sorprendernos y admirarnos. No fue la novedad de su pensamiento, ya perfectamente delimitado por pensadores muy superiores a él, ni el repetido deseo de reforma lo que permitió que las tesis de Lutero triunfaran, sino la extrema debilidad moral de la Iglesia del momento, y sobre todo, la dificilísima coyuntura política del imperio alemán que ofreció cobijo al reformista nacido en Eisleben.

Otro factor a tener en cuenta es el del contexto escatológico en el que se mueve Lutero. De nuevo aquí encontramos, una vez más, una característica plenamente medieval en el reformador. Tengamos en cuenta que el milenarismo medieval se exacerbará a partir de la obra del monje calabrés del siglo XII Joaquín de Fiore, y prácticamente todas las herejías que se suceden a partir de entonces estarán impregnadas de un fortísimo componente escatológico, es decir, de la idea de que el fin del mundo estaba muy cerca. Permítanme que aquí les recomiende otro libro magnífico y asombroso al respecto, el de Henri de Lubac, La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore. Esta sensación de decadencia, de pesimismo, recibió un fuerte impulso por dos acontecimientos trascendentales, de un lado la terrible epidemia de peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, y de otro el desastroso cisma papal de Aviñón, que sumió a la cristiandad en la confusión y que supuso un golpe durísimo al prestigio del papado. Para que ustedes comprendan hasta qué punto de absurdo alcanzó esta cuestión del cisma papal tengan en cuenta que, en 1409, se celebró el famoso concilio de Pisa con la intención de acabar con el cisma. El concilio empezó con dos Papas, (Gregorio XII y Benedicto XIII), pues bien, ¡el concilio acabó con 3 Papas! A los dos citados se les unió Alejandro V…

No es de extrañar pues, que el emperador alemán Maximiliano I, ordenara en su testamento que a su muerte, ocurrida en 1519, dos años después, por tanto, de la célebre proclamación de las tesis de Wittenberg, se azotara su cadáver, se le rapara el pelo de la cabeza y se le arrancaran todos los dientes, como una forma penitencial de presentarse ante Dios… Lutero está sin duda imbuido también de esta tensión escatológica que se respiraba en el ambiente, está convencido de que el mundo se acaba, lo que le empuja a seguir en el camino de la reforma.

Llegados aquí, detengámonos un momento y hagamos un repaso sumario de los conceptos clave explícita o implícitamente comentados, que desde mi punto de vista conforman el edificio ideológico de Lutero:

  • Nominalismo antirracionalista que defiende la omnipotencia divina, perfectamente arbitraria, y que coloca a la teología por encima de la filosofía.
  • Pesimismo antropológico derivado de una interpretación rigorista de San Agustín, que ve al hombre como un ser pecador e incapaz de alcanzar el bien con sus propios medios.
  • Continuidad en general de las ideas medievales. En Lutero, por ejemplo, la figura del diablo es omnipresente…
  • Escepticismo y su cura a través del dogmatismo fideísta.
  • Ansía de reforma de la Iglesia que también se enraíza en la Edad Media.
  • Fuerte sentimiento escatológico, proximidad del fin de los tiempos y el Papa como anticristo.

Como ven, todas estas características refuerzan la idea, que les transmitía al inicio de esta charla, de que Lutero pese a vivir en el Renacimiento, es un hombre que mira continuamente hacia el pasado, hacia el mundo medieval. De ahí que podamos afirmar que en modo alguno el protestantismo significa la inauguración del mundo moderno. Por ello me parece adecuado, como colofón a esta primera parte de la conferencia, leerles un párrafo del pensador protestante Ernst Troeltsch, seleccionado de su libro El protestantismo y el mundo moderno:

“En casi todas las ramas principales [el protestantismo] resulta sorprendentemente conservador. No conoce, si descontamos los grupos baptistas radicales, la idea de igualdad, y jamás propugna la formación libre de la sociedad por los individuos. Si alguna vez existió la igualdad, sería en el estado de inocencia del Paraíso, pero no se puede hablar de él en este mundo de pecado. Claro que ante Dios todos somos pecadores y elegidos, y este sentimiento de igualdad se extiende únicamente al sentimiento religioso fundamental[4]

Una vez glosado el contexto intelectual de Lutero, permítanme ahora que profundicemos mínimamente, ahora sí, en el personaje y sus ideas. Quisiera empezar destacando un momento de su biografía que a mí siempre me ha parecido extraordinariamente significativo. El monje Martín Lutero viaja a Roma, todavía no se ha lanzado a la aventura de la reforma y sigue siendo un fiel devoto de la Iglesia católica y de su cabeza terrenal, el Papa. Aprovecha su estancia para visitar los lugares más píamente famosos de la ciudad, y en concreto, decide hacer penitencia subiendo la escalera de Pilatos, y rezando en cada uno de los escalones, con la intención de librar a su abuelo del purgatorio. Él mismo contará, años después, que justo cuando llegó al último peldaño le sobrevino la duda, el pensamiento escéptico, y se dijo para sí: “¡quién sabe si será verdad!”

Creo que esta cuestión resulta fundamental para entender a Lutero, un hombre que como casi la mayoría de creyentes (y en esta categoría me incluyo personalmente), se angustia ante la idea de que todo en lo que cree no sea más que pura fantasía, un hombre al que, en el fondo, su pensamiento le arrastra hacia el escepticismo. Por ello, toda su reflexión teológica se reduce a la búsqueda de una garantía. Una seguridad que, por supuesto, es imposible encontrarla a través de la razón, como lo demuestran los siglos y siglos de filosofía sin ninguna tesis definitiva al respecto de nada. De ahí que Lutero encuentre la respuesta en el dogmatismo, en el fideísmo, amparándose en la famosa afirmación de Pablo: “El justo vivirá por la fe.” (Rm 1, 17). Lutero presiente que toda aspiración de salvación eterna está expuesta a la pregunta escéptica, y para él, la única respuesta válida es esta declaración de Dios a través de San Pablo.

Un tiempo después de su experiencia en la escalera de Pilatos, Lutero proclamará sus famosas tesis de Wittemberg, proclamación de la que en este 2017 se cumplen 500 años y supone la excusa para nuestra reunión de hoy. Hablo de proclamación porque aún hoy no está claro si Lutero llegó a clavar realmente las tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg o este gesto forma parte de la leyenda. Lo que es cierto en cualquier caso es que las tesis tuvieron un éxito inmediato y se imprimieron por toda Alemania. Todos sabemos que, en estas tesis, Lutero se enfrenta a la costumbre de la venta de indulgencias. Concretamente, en aquella ocasión, y haciendo un poco de historia, Alberto de Brandemburgo acababa de ser nombrado arzobispo de Maguncia, o dicho en román paladino, acababa de comprar la sede de Maguncia al Papa. La compra le sale tan cara que inmediatamente envía predicadores a vender indulgencias con el fin de recuperar su onerosa inversión. Un negocio éste, del que también obtienen réditos el emperador Maximiliano, los famosos banqueros Fugger y, por supuesto, una vez más el Vaticano, siempre sediento de nuevos ingresos. Los predicadores utilizaban todo tipo de argumentos para convencer a la población. Por ejemplo era frecuente la afirmación de que cuando la moneda sonaba dentro de la caja (de recaudación) un alma salía del purgatorio…

Conviene decir que todo lo dicho por Lutero contra la práctica de la venta de indulgencias, en su mayoría perfectamente razonable, ya había sido dicho antes por otros pensadores, valga aquí citar tan solo al bohemio Hus, o al inglés Wyclif, quienes no gozaron de una coyuntura política tan favorable como la de Lutero.

Pongamos ahora el foco en una de las contantes del pensamiento de Lutero, su convicción de que fe y razón se contradicen mutuamente. De ahí su desprecio por la filosofía. Una inquina que proclamará una y otra vez utilizando además un lenguaje vulgar en extremo, algo a lo que, aunque les sorprenda, era muy aficionado Lutero. Veamos algunos ejemplos salidos literalmente de la pluma del reformador alemán:

“La razón es la mayor p… del diablo; por su naturaleza y manera de ser es una p… dañina; una prostituta, la p… titular del diablo, una p… carcomida por la roña y la lepra, a quien habría que pisotear y destruir junto a su sabiduría… Arrójale inmundicia al rostro para afearla… la abominable merecería ser relegada a la más sucia habitación de la casa, a las letrinas[5].”

O bien:

“Aristóteles es el reducto impío de los Papistas. Es para la teología lo que las tinieblas son para la luz. Su ética es la mayor enemiga de la gracia[6].”

Vean en esta última manifestación una muestra evidente del antiaristotelismo del que hablaba al principio de mi intervención. De hecho su enfrentamiento con la filosofía le llevará a negar, por innecesaria, cualquier prueba dela existencia de Dios. Desde su punto de vista, la distancia entre Dios y el hombre es inmensa, y no puede, por tanto, salvarse a través de la razón sino sola y exclusivamente a través de la fe.

Su tesis principal, la de la justificación por la fe, responde a una absolutización muy radicalizada del pesimismo antropológico de San Agustín. El hombre es pecador por naturaleza, sus actos, como pecador que es, no valen nada, son apenas muestras, y no le garantizan en ningún caso la salvación: sólo Dios salva y solo Él concede la fe. Fijémonos que llevado de este profundo pesimismo antropológico, y en el marco de su polémica con el gran humanista renacentista Erasmo de Rotterdam, Lutero llegará a negar la libertad humana, pues para él el único ser infinitamente libre es Dios, y su infinita libertad niega, por imposible, la libertad humana.

Antes de acabar esta conferencia quisiera dedicar unos minutos al pensamiento político de Martín Lutero, pues me parece que es una faceta poco conocida y al tiempo altamente interesante. Su teoría política nace de la mente de un teólogo, por lo que toda su filosofía política es en realidad auténtica teología política (aunque no es el tema que nos reúne hoy y entrar en él nos desviaría de la cuestión, les adelantaré que personalmente creo que, parta de un teólogo o de un ateo, en el fondo, toda tesis política es, en última instancia, teología política, pues inevitablemente todo constructo teórico se apoya en una intuición inicial, en un dogma incontestable y, en cierto sentido, irracional).

Lutero, siguiendo la estela de San pablo y su afirmación de que todo poder viene de Dios (Rm 13, 1), establece la autoridad como algo de origen divino. De esta forma dibuja un esquema que podemos definir de autoridad descendente donde el poder que emana de Dios recae en la autoridad civil que es su legítima usufructuaria. De nuevo vemos como no podemos considerar al pensamiento de Lutero como el de un adalid de la modernidad…

Por ello, cuando los campesinos enarbolen la bandera de la reforma para defender sus derechos frente a la opresión económica y política de los nobles alemanes (guerra de los campesinos), para su sorpresa, y también en realidad para la nuestra, espectadores anacrónicos de estos sucesos, se encontrarán con la durísima oposición de Martín Lutero quien reaccionará con terrible dureza contra los campesinos y sus algaradas, hasta el punto de defender la represión violenta como medio para acabar con el levantamiento campesino. Veamos algunos ejemplos de lo escrito por Lutero a este respecto:

“No hay que hacerle mucho caso al pueblo, pues por lo demás le gusta alborotar, y es más equitativo negarle diez varas que concederle la anchura de una mano o incluso, de un dedo; es mejor que los tiranos le hagan cien injusticias que el pueblo le haga una sola a los tiranos. Si hay que sufrir injusticia, es de preferir sufrirla de la autoridad a que la autoridad la sufra de sus súbditos. El pueblo no tiene ni conoce la medida y en cada individuo se esconden más de cinco tiranos. Es mejor sufrir injusticia de un solo tirano, es decir, de la autoridad, que sufrirla de innumerables tiranos, es decir, del pueblo[7].”

O bien,

“Yo creo que no queda ningún demonio en el infierno, sino que todos se han incorporado a los campesinos… A la autoridad civil que pueda y quiera, sin previas ofertas de justicia y equidad, golpear y castigar a los campesinos, yo no se lo prohíbo… para eso porta la espada y es servidora de Dios (Rom 13, 4) contra los malhechores[8].”

Conviene aclarar aquí que la reacción de Lutero frente al levantamiento campesino no se explica por contubernio alguno con la nobleza alemana, sino por su idea de que los cristianos deben someterse siempre, en pro de ese poder descendente, a la autoridad civil, sin prestar además, demasiada atención a estos temas, pues su objetivo y su prioridad está lejos de cualquier interés mundano, y se centra en la salvación y en el reino de Dios. Lutero, en cierta medida, convierte a la autoridad civil en una herramienta más al servicio de la Providencia, y especialmente de la cólera divina. Frente a esta, lo que exige a los ciudadanos es una total obediencia y pasividad ante el castigo. De ahí que Troeltsch llegue a afirmar que la introducción del protestantismo luterano favoreció la instauración de sistemas políticos absolutistas. Es más, González Montes, citando al teólogo Karl Barth, apunta que esta pasividad luterana ante el poder político quedó descarnadamente puesta de manifiesto con el nacional socialismo: “Barth, sin embargo, se propone arrancar la ética política del riesgo al que sucumbió a su juicio el luteranismo tradicional: la pasividad permisiva ante la tiranía del estado, siempre posible y desgraciadamente real y dramática bajo el nacional socialismo[9].”

La figura de Lutero es a un tiempo compleja, controvertida, llena de claroscuros y fascinante. Sin lugar a dudas sus tesis religiosas transformaron la cristiandad rompiendo la unidad religiosa que hasta el momento existía en Europa. Más allá de su enfrentamiento con el Papa, muchas de sus tesis son aceptadas hoy día por el catolicismo, y desde luego, el luteranismo impulsó de forma decidida y fundamental el estudio filológico y académico de la Biblia. Aunque estos minutos que ustedes me han concedido amablemente resultan obviamente insuficientes para cubrir todos los aspectos de un gigante del pensamiento, la religión y la historia como Martín Lutero, espero que mis palabras les hayan aportado un enfoque interesante del gran reformador alemán. Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

[1] Alasdair MACINTYRE, Dios, filosofía y universidades. Granada. Editorial Nuevo Inicio. 2012, p.115

[2] F. LEÓN, La condena de la filosofía. Madrid. A parte rei Revista de Filosofía. 2007, p. 9.

[3]Ignacio MIRALBELL, Ockham y su crítica al pensamiento realista. Pamplona. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998, p. 7.

[4] Ernst TROELTSCH, El protestantismo y el mundo moderno. México. Fondo de Cultura Económica. 1958, p. 80

[5] Tomado de Jacques MARITAIN, Tres reformadores. Buenos Aires: Editorial Difusión, 1968, p. 44.

[6] Tomado de Ibídem, p. 41

[7] Martín LUTERO. Escritos políticos. Madrid. Tecnos. 1990, pp.140-141.

[8] Martín LUTERO, Escritos políticos, opus cit., p. 98

[9] Adolfo GONZÁLEZ MONTES, “Fundamentos teológicos de lo político en Lutero”, en D. KONEIECKI y Juan Manuel ALMARZA-MEÑICA coord.. Martin Lutero (1483-1983). Jornadas Hispano Alemanas sobre la personalidad y la obra de Martin Lutero en el V Centenario de su nacimiento. Salamanca. Universidad Pontificia-Fundación Friedrich Ebert, 1984, p. 151

¿Tiene sentido hablar de ética hoy? (Texto de la ponencia que pronuncié en el ciclo de conferencias en torno a la ética organizadas por la revista “El Llobregat”)

La revista “El Llobregat” ha tenido la feliz idea de impulsar una serie de conferencias filosóficas bajo el nombre genérico de “Diàlegs Filosòfics al Baix” cuya hilo argumental central será  la ética. El coordinador de este proyecto, don Jaume Grau, me ha solicitado que en esta intervención inicial que abre el ciclo, realice una pequeña reflexión genérica acerca de la filosofía ética que sirva como marco teórico general a las distintas ponencias que tendrán lugar a lo largo de este ciclo. De ahí que en esta breve intervención intentaré presentar algunos conceptos básicos al respecto de la reflexión ética, y sobre todo, plantear una serie de interrogantes, ¡esta es en realidad la función del filósofo!, a fin de que, quienes sigan las diferentes ponencias planificadas, puedan recapacitar sobre los mismos a través de las aportaciones, seguro que brillantes, de los diferentes ponentes.

Empecemos por el principio, es decir por la protagonista de estas charlas, la palabra ética. Aunque es una cuestión generalmente conocida, no está de más recordar cuál es su origen etimológico. Ética tiene su origen en el término griego ethos, que en un primer momento quería decir “lugar”, “aquel lugar en el que uno se mueve”. Sin embargo, con el tiempo, el significado se determinará mejor hasta significar aquello que discierne nuestro movimiento, lo que hace que nos movamos en una dirección u otra[1]. Es decir, y aquí nos encontramos ya con una idea altamente significativa, la palabra alcanza el significado de “orientación”, aquello que orienta al hombre, prefigurando una de sus acepciones modernas, la de la ética como orientación racional para la vida. Por ello no resulta extraño que el tema central que “Diàlegs Filosòfics del Baix” haya elegido para su primer ciclo de conferencias sea el de la ética, pues sin duda vivimos una época muy necesitada de orientación, de consejo y de ética.

Los tiempos turbulentos resultan siempre más proclives a la ética, pues cuando los puntos de apoyo culturales y sociológicos no están claros, cuando la tradición recibida y las enseñanzas paternas no encajan con la realidad que al ser humano le ha tocado vivir, éste busca inevitablemente en la ética respuestas claras a la pregunta al respecto de cómo actuar y cómo situarse ante la vida. La metafísica, por el contrario, requiere de un mayor sosiego, pues aunque en el fondo pretenda resolver las mismas cuestiones, sus respuestas quizá puedan parecer en estos tiempos, demasiado teóricas, demasiado profundas. Podríamos decir que es en épocas de mayor tranquilidad coyuntural cuando el hombre asciende en busca de la fundamentación de la ética, es decir, se zambulle en la metafísica. Y es que, realmente resulta harto discutible que, sin metafísica, pueda hablarse, con auténtico sentido, de ética. Pero este es un punto sobre el que volveré más adelante. Vivimos tiempos convulsos, sin duda, pero conviene aclarar que con esta afirmación no me estoy refiriendo a las penosas peripecias políticas que sufre nuestro país en la actualidad. Cuestión esta que no deja de resultar ridícula desde un punto de vista racional y absolutamente falta de grosor intelectual. Desde una perspectiva mundial no deja de ser una cuestión más bien nimia. Al hacer esta reflexión me refiero a una coyuntura que afecta a todo el planeta y que tiene que ver, fundamentalmente, con la incontenible revolución tecnológica que se está desarrollando en nuestros días. Una revolución que no sólo está acelerando de forma desmedida el devenir de los acontecimientos humanos, sino que supone un cambio de paradigma radical en el total del orbe. Si Sócrates y Platón fueron testigos del trascendental cambio que supuso el paso de la tradición oral a la tradición escrita, los humanos que transitamos por este siglo XXI somos partícipes en primera persona de un cambio igual de trascendente: el abandono de la tradición escrita y la imposición de un nuevo paradigma que podemos llamar “virtual” o “tecnológico”. De ahí que, en medio de esta confusa transición, el hombre busque respuestas, y sobre todo, sensación de seguridad, en la ética.

Este dominio de lo tecnológico, de lo científico, como no puede ser de otra forma, está influyendo también en la filosofía, así Victoria Camps, en la introducción a su Breve historia de la ética, afirma que las preguntas por la ética son las más propiamente filosóficas, pues la mayoría de los ámbitos de conocimiento que pertenecieron en otros tiempos a la filosofía han pasado a manos de las ciencias sociales y empíricas[2]. Argumento éste con el que no puedo estar de acuerdo, pues el nervio central de la filosofía es el mismo que genera la gran pregunta del ser humano, la interrogación primaria: el problema del sentido de la vida, y ésta es una cuestión que más que ética es fundamentalmente metafísica y desde luego el pensamiento científico tiene muy poco, o más bien nada que decir al respecto. Es famosa en este sentido, y absolutamente veraz, la afirmación del filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein: “Incluso aunque se llegaran a responder todas las preguntas científicas posibles, los problemas de la vida seguirían totalmente intactos.” La filosofía sigue resultando hoy día una ciencia imprescindible para intentar comprender el mundo y sobre todo nuestra vida. De hecho, solo la filosofía puede defendernos hoy de la radical deshumanización de la existencia hacia la que nos está conduciendo este triste imperio de lo tecnológico, un imperio cuyo impulso fundamental es convertir toda acción en herramienta y a todo hombre en engranaje indiferenciado de un todo artificial y alienado en pro de la eficacia, la producción y lo técnico.

Si la metafísica coloca al hombre en la posición de preguntarse por el sentido de la vida, la ética centra su indagación al respecto de qué es vivir bien, de en qué consiste una vida buena. Además, y en segunda instancia, la ética aborda la cuestión de cómo organizar la vida en común de los hombres, al fin y al cabo somos seres fundamentalmente sociales, preservando al mismo tiempo los derechos, libertades y autonomía de cada ser humano. De lo dicho se deduce fácilmente que, en última instancia, toda reflexión ética es al mismo tiempo, e inevitablemente, una reflexión política. Recordemos aquí la reflexión de fondo que late en La República de Platón, más que los distintos regímenes políticos, lo importante son los ciudadanos que los soportan, pues si los ciudadanos son virtuosos, tienen una buena ética, y se esfuerzan por llevar a cabo una vida óptima, el país en el que vivan será un gran país. Por el contrario, ningún constructo político será capaz de enderezar una sociedad formada por hombres malvados.

Antes de seguir con estas reflexiones, creo que estaría bien que nos detuviéramos un momento en la distinción entre ética y moral. Si bien en el habla corriente estas dos palabras tienden a confundirse y a utilizarse de forma indistinta, en realidad no significan lo mismo, y conviene que lo tengamos en cuenta. Por decirlo de un modo casi economicista pero fácilmente entendible, la moral tiene más que ver con la coyuntura, mientras que la ética se refiere a la estructura. La moral se pregunta directamente por el qué he de hacer, es decir, tiene relación con nuestros hábitos y costumbres, mientras que la ética se pregunta por qué lo he de hacer. Es decir, se pregunta por la razón última de nuestros actos. Por ello podemos decir que la ética es, en un cierto sentido, filosofía moral. La ética busca la legitimación de la moral, situándose en un plano superior. De ahí que a lo largo del tiempo y dependiendo de los cambios culturales, diferentes posturas morales pueden sostenerse sobre una misma idea ética. Por esta misma razón una moral perversa o equivocada puede partir de una ética perfectamente razonable. Pongamos un ejemplo, nadie negará la profundidad de la ética aristotélica, y sin embargo la suya es una moral que acepta de buen grado la esclavitud, algo con lo que, evidentemente, no podemos estar de acuerdo en la actualidad. De lo dicho hasta ahora, vemos claramente como el relativismo moral resulta un hecho innegable, corolario obligado de las diferencias temporales y culturales. Otra cosa muy distinta es si podemos hablar, con la misma tranquilidad de relativismo ético. La cuestión aquí es más difícil, pues admitir el relativismo ético implica, en último término, negar la existencia de una verdad absoluta que permita fundamentar la ética, y eso  puede significar la invalidación de la ética en sí misma.

El hombre es un ser libre por naturaleza, el ser humano es esencialmente libertad, pues en cualquier situación es cada individuo quien debe elegir qué hacer. Así, nuestros actos, es decir, las diferentes decisiones que vamos tomando al respecto de las situaciones vitales con las que nos encontramos, conforman ya, de manera consciente o inconsciente, nuestros valores morales. Sin embargo, al igual que el resto de la reflexión filosófica occidental, podemos decir que el pensamiento ético, tal y como lo entendemos hoy día nació en Grecia. Aunque probablemente ya encontramos planteamientos éticos en autores previos como Heráclito, podemos afirmar que es con el viejo maestro Sócrates cuando el pensamiento ético adquiere carta de naturaleza. En realidad, Sócrates revoluciona el modo de pensar en esta cuestión. Hasta entonces, lo que imperaba era un tipo de moral determinada por la pertenencia a un grupo social. Así, guerrero, agricultor, sacerdote…, de forma que lo virtuoso era directamente hacer lo que se esperaba que hiciera en cada ocasión un guerrero, un agricultor, etc. La moral estaba formalizada, no se trataba de “elegir”, sino de “seguir” las normas dictadas para cada casta. Alasdair MacIntyre lo explica muy bien. “En tal sociedad, un hombre sabe quién es sabiendo su papel en estas estructuras; y sabiendo esto sabe lo que debe y lo que se le debe. (…) El hombre es lo que hace. (…) Cualquier interpretación adecuada de las virtudes en las sociedades heroicas no es posible si se las separa de su contexto en la estructura social. (…) Moral y estructura social son de hecho una y la misma cosa[3].”

Sócrates romperá esta lógica socio-moral mostrando cómo más allá de pertenencias a estratos sociales, lo que nos identifica es nuestra humanidad, y que es a partir de ella como, de forma individual y personal, hemos de tomar nuestras decisiones éticas y morales. Es decir a partir de Sócrates se hace necesario, para adoptar una postura ética, dar un paso atrás, tomar distancia sobre nosotros mismos y nuestra historia, juzgando la cuestión, por así decirlo, desde nuestro exterior. Fijémonos que este modo de enfocar el asunto conlleva un gran efecto secundario, el de la responsabilidad personal. A partir de las enseñanzas del filósofo ateniense, ya no podemos escudarnos en la tradición o en enseñanzas preconcebidas, tenemos la obligación de tomar nuestras propias decisiones morales y cargar con la responsabilidad de las mismas. Algo que en general no nos suele ilusionar demasiado…

Podemos englobar a la multitud de posiciones y doctrinas éticas aparecidas desde la época socrática en dos grandes subconjuntos: el de las éticas teleológicas y el de las éticas deontológicas.

La ética teleológica ve a la felicidad y el bien como fines naturales de hombre. Así este tipo de éticas se esfuerzan en enseñarnos cómo debemos vivir para alcanzar esta felicidad. El ejemplo prototípico sería el epicureísmo. Conviene mostrar que el peligro de estas éticas está en su banalización y su desarrollo sin una fundamentación clara (de nuevo la metafísica…), pues si sólo nos centramos en los presuntos caminos para alcanzar la felicidad, podemos convertir a estas éticas en mera autoayuda, al estilo de los bestsellers simplificadores de pretendidos gurús, que tanto se venden hoy día y que prometen, vanamente, conocer la vía más directa hacia la felicidad.

Por su parte, la ética deontológica, obviamente sin rechazar la felicidad, pone al deber en el centro de la cuestión. El hombre ha de hacerse digno de su existencia y por ello debe priorizar la acción debida. En este caso, el ejemplo de ética deontológica lo encontraríamos en el estoicismo. Si el peligro de la ética teleológica es la banalización, el de la ética deontológica es el de convertir su filosofía de la acción por el deber en una pose fundamentalmente estética, en un mostrarse como superior al resto a través de comportamientos aparentemente sublimes.

Presentados someramente algunos conceptos básicos de la ética, es el momento de abordar ciertos interrogantes que en la actualidad se plantean a la reflexión ético-moral. El primero de ellos remite a la cuestión dela felicidad. Ya hemos visto que la felicidad resulta una idea clave para la mayoría de elaboraciones éticas. Pero, ¿realmente existe la felicidad o es en realidad un mero deseo, un anhelo del hombre que siempre se sitúa en el futuro y nunca en el presente? Es una cuestión discutible, pero desde mi punto de vista la felicidad es algo que el hombre, por su propia naturaleza no puede alcanzar. Podríamos decir que la felicidad se parece a la línea del horizonte, es algo que parece siempre estar delante de nosotros, a nuestro alcance, pero que por más que caminemos nunca  alcanzaremos. El hombre es un ser abierto al infinito, inevitablemente inquieto, pues intuye en él mismo una apertura a lo espiritual que no consigue articular y que le causa desasosiego. El ser humano no puede sentirse nunca totalmente colmado, pues siempre le cabe un poco más de dolor o un poco más de placer. Cada acto en nuestra vida no es más que una etapa que nos encara ante una nueva situación, pues aunque el hombre se construya fundamentalmente desde el pasado, está inevitablemente enfocado hacia el futuro y a la esperanza, más o menos consciente, de la inmortalidad. En cierto se puede afirmar quien dice ser perfectamente feliz, o se autoengaña, o bien ha empezado a morir, al menos espiritualmente, es decir, en cuanto a su auténtica humanidad.

El otro gran interrogante al respecto de la ética que quería comentar en esta charla es el que hace referencia al problema de la fundamentación. Vivimos en una época profundamente secularizada, en la que, de facto, se ha borrado toda referencia al mundo trascendente y a la cuestión de la existencia de Dios. Nos guste más o menos, -imagino que ustedes ya habrán intuido a estas alturas que a mí me gusta más bien poco…-, este es el mundo en el que vivimos, y en el que debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿es posible elaborar y sobre todo sostener un discurso ético sin que el mismo esté fundamentado por algo externo a él? Creo que la ética no puede sustentarse en sí misma, la mera pretensión de algo así es una caída evidente en el famoso trilema de Münchhausen. Si se renuncia a la verdad trascendente, si sólo queda lo material, si todo es discutible, ¿por qué he de obedecer alguna regla moral? Sin trascendencia, sin metafísica, la ética se convierte en puro utilitarismo, una doctrina voluntarista y egoísta condenada a convertirse en grosera autoayuda. Digámoslo de forma más clara, sin religión la ética resulta imposible, se convierte en una pura convención económica.

Esta cuestión ya fue fijada, de forma definitiva por Nietzsche en su celebérrimo texto del loco con la linterna (La Gaya Ciencia, aforismo 125). El filósofo alemán nos advierte de que una vez la sociedad occidental ha acabado con la idea de Dios no es posible seguir, intelectualmente, como si nada hubiera pasado. Al eliminar el referente último, el pilar fundamental, sobre el que se había construido toda la filosofía occidental desde Grecia hasta el siglo XIX, inevitablemente el edificio se derrumba. Fijémonos en que la mayoría de conceptos que seguimos utilizando hoy día en torno a la ética tienen una connotación absolutamente cristiana, y en su mayoría fueron desarrollados por pensadores religiosos, el término persona, creado en los grandes concilios de Nicea y Calcedonia resulta a este respecto arquetípico. ¿No es paradójico? Lo que estamos haciendo es utilizar un lenguaje absolutamente desfasado e inútil, pues al haber eliminado del mismo cualquier sustrato religioso, lo que hemos hecho es vaciarlo de sentido, dejarlo sin contenido.

Pero la cuestión, si seguimos examinándola, empeora todavía, pues si a la práctica totalidad de tabúes morales y éticos les arrancamos de verdad su pátina de trascendencia o presunta trascendencia, si los dejamos, por decirlo de una forma gráfica, al desnudo, ¿qué nos queda? Pues pura economía. Reglas económicas que tienen que ver con la eficacia productiva, con la protección de la propiedad privada, y con el mantenimiento de la especie. Me remito al respecto a las obras del antropólogo cultura Marvin Harris, quien creo que ha mostrado con eficacia que los tabúes morales suelen ocultar casi siempre intereses de las clases dirigentes y normas de control hacia las clases productivas y oprimidas. Podemos resumir este asunto de la siguiente manera: todas las morales pueden explicarse recurriendo a un trasunto económico, pero la ética difícilmente puede mantenerse sin el sostén último de la divinidad. Quizá resulte provocador para algunos, pero no es ninguna tontería, muy al contrario, afirmar que una vez se renuncia a la religión y a cualquier dogma trascendente, ser un “individuo ético” resulta hoy día absolutamente reaccionario y contrarrevolucionario, pues al comportarse éticamente, el individuo no está haciendo otra cosa que perpetuar las ideas e intereses de quien le está esclavizando.

Para desesperación de la mayoría de filósofos que se mueven hoy día en el ámbito de la ética, no existen los grises en este campo, tan solo el blanco y el negro. En esta área del pensamiento, el gris se convierte en el color de los cobardes, de quienes prefieren no decidir no por falta de conocimiento, sino por miedo.

Resulta sorprendente que una sociedad que niega a priori y de forma absolutamente dogmática y casi diría que violenta, toda expresión de creencia en el más allá, en lo espiritual, por otro lado se empeñe en mantener la ficción de la existencia de los grandes conceptos universales tales como, justicia, bien, mal, derecho natural universal, humanidad… Si yo ahora mismo empezara a defender en esta sala la existencia, digamos por ejemplo, de los ángeles, la mayoría de ustedes empezarían a mirarme de forma escéptica y con una media sonrisa dibujada en su boca. En cambio si hablo de justicia, de bondad, ustedes me escucharán con atenta formalidad. ¿Por qué? Estos conceptos no son más que constructos mentales, convenciones que no remiten más que a un presunto significado metafórico. Si realmente somos una sociedad materialista, que sólo cree en lo empírico, en el método científico, en lo comprobable a través de la experimentación, ¿cómo podemos hablar de derecho natural universal, o de maldad? ¿Dónde está la maldad? ¿Cuánto pesa? ¿De qué color es? Nietzsche ya advirtió que debíamos transformar nuestros patrones morales, pero ay, es tan cómodo, en un mundo tan horrible y frío como el nuestro arroparse bajo el falso calor de los términos universales. Caminar sobre el hielo es algo que dejamos para los individuos como Nietzsche, a los que admiramos, pero no hacemos ni caso…

Seamos claros de una vez, no existe el bien, ni el mal, ni la justicia. Son palabras que han perdido todo su sentido. El ateísmo no puede ser religioso, es ridículo. Por eso en la sociedad se vive lo que hemos llamado “crisis de valores”, porque la ética sobre la que se crearon los mismos ha perdido toda su vigencia, se ha disuelto en el mar de la increencia. La ética actual no es más que puro utilitarismo, es decir prácticas para que, presuntamente, nos vaya mejor en la vida, pero el utilitarismo es siempre discutible, y desde un punto de vista intelectual, perfectamente deleznable. Y aquí se abre una inquietante cuestión, terrorífica diría yo, sobre la que querría hablar antes de concluir esta conferencia: el utilitarismo ético, al carecer de herramientas dogmáticas efectivas, está condenado a moverse por la senda del totalitarismo como única vía para imponer sus presupuestos.

Hemos convertido a la razón humana en la dueña y señora del mundo occidental. Así expresado, esto parece algo positivo, deseable, un avance en la civilización. Pero conviene ser precavidos, si lo apostamos todo por un mundo absolutamente racional, estamos apostando por un mundo sin libertad, mecánico, absolutamente predecible y fundamentalmente autoritario. Tras los horrorosos acontecimientos del siglo XX, seguir manteniendo la fe en la pura razón es simplemente eso: fe desprovista de cualquier correlato en la realidad y en la historia. La Ilustración a través de la Revolución Francesa, nos prometió un mundo regido por la razón que, liberado del oscurantismo religioso, sería absolutamente maravilloso, un mundo de concordia y felicidad. Pero la verdad estaba muy lejos de este ingenuo optimismo, los mismos revolucionarios que defendieron las excelencias de la razón, decidieron que la mejor manera de defender los derechos del hombre era a través de la guillotina… De hecho, un pensador tan poco sospechoso de reaccionario como George Steiner ha declarado sentirse mucho más cercano al contrarrevolucionario de Maistre que a Voltaire, Diderot, Rousseau o a la Ilustración en general, pues a diferencia de éstos, de Maistre fue capaz de predecir el baño de sangre que aguardaba a la Europa del siglo XX. Frente a la ingenuidad ilustrada, el conde Joseph de Maistre ya alertó de que con la eliminación de las barreras de contención que, ante a la ferocidad del hombre, suponían la religión y las tradiciones políticas seculares, la bestia humana salía de su confinamiento para dar rienda suelta a sus apetitos más voraces.

En este mundo posmoderno creo que podemos afirmar que la pura  autofundamentación de la razón, la creencia paradójicamente irracional en la posibilidad de la razón autónoma como único camino posible con acaba en una Arcadia feliz para el conjunto de la humanidad. El reino de la razón soberbiamente descontrolada nos ha llevado hasta un mundo profundamente deshumanizado en el que las relaciones de dominio y explotación se han exacerbado. La razón empírica y falta de todo soporte espiritual liberada por la Ilustración no caminaba hacia la isla de Utopía, sino desgraciadamente en dirección al campo de concentración de Auschwitz.

¿Significa lo dicho en estos últimos párrafos que debemos renunciar a la razón? No, al contrario, pero hemos de tener presenta las limitaciones de la misma, y sobre todo, darnos cuenta de que un mundo que está sufriendo una profundísima transformación debido a la revolución tecnológica y al abandono de su histórica tradición religiosa, necesita nuevas propuestas éticas. No podemos seguir utilizando los mismos conceptos amparándonos en escusas tales como el consenso, porque hacerse trampas al solitario no es nunca una solución. Quizá hay algo de esto en lo que ha venido en llamarse “éticas de mínimos”, aquellas ideas fundamentales en las que, supuestamente, todos los seres humanos podrían ponerse de acuerdo. De nuevo volvemos a la economía y al utilitarismo, al pacto de más vale malo conocido… Al fin y al cabo, si solo hay materia, si solo hay absurdo y aleatoriedad estadística, ¿por qué lo que quiero, en tanto que bueno, he de quererlo para todo el mundo? La respuesta, desgraciadamente es clara, en tanto que no me quede otro remedio… La ética del siglo XXI es sólo interés personal, radical egoísmo disfrazado con palabras grandilocuentes, búsqueda de placer vacío pero instantáneo en un mundo asfixiante en el que todo es economía y más economía.

Por ello, para revivificar la ética no nos queda más remedio que resucitar a la metafísica, porque el discurso ético o es también metafísico o no es más que flatus vocis, una ráfaga de voz sin sentido.  Muchas gracias.

[1] TRÍAS, Eugenio. Els fundadors de l´ètica. En BILBENY, Norbert (editor). Grans fites de l’ètica. Barcelona. Barcelona. Editorial Cruïlla. 2000, pp 15-16

[2] CAMPS, Victoria. Breve historia de la ética. Barcelona. RBA. 2013, p.12

[3] MAcINTYRE, Alasdair. Tras la virtud. Barcelona. Editorial Crítica. 2004,  pp.158-160

DE MAYOR QUIERO SER GAUTIER CAPUÇON!

Sí, lo confieso públicamente, definitivamente y sin asomo de duda alguno, en mi próxima vida, esa en la que por fin conseguiré hacerme mayor y además un hombre de provecho, quiero reencarnarme en ese excelso intérprete de violonchelo nacido en Chambéry (Saboya), que es Gautier Capuçon. No crean que la decisión ha sido fácil, al contrario, me ha resultado dificilísimo decidirme, pero al final he tenido que rendirme ante la evidencia: deseo ser el clon perfecto de Capuçon. La principal dificultad en la elección radicaba en que, durante años, ha sido otro personaje, también casualmente francés, el gran Michel Ney quien ocupaba el cargo honorífico de ser el personaje histórico que colmaba todas mis aspiraciones existenciales, – como pueden observar queridos lectores, mi mente posee un querencia absolutamente irracional, y lo que es peor, absolutamente autónoma, hacia todo lo que tenga que ver con el país galo, hecho éste que me preocupa enormemente, pues en teoría a los españoles nos caen mal los franceses, ¿no?-.

Quizá algunos de ustedes se preguntarán al respecto de quién fue Michel Ney y del porqué de mi juvenil adoración, por este personaje. Ney fue nada menos que el mariscal preferido de Napoleón Bonaparte, quien le bautizó con el sobrenombre de “valiente entre los valientes”, ¡ahí es nada! si Napoleón, que se pasó la vida rodeado de héroes militares tenía esa impresión de Ney, menudo debía ser el tipo…

Ney es un personaje extraordinario, siendo hijo de un modesto tonelero, no sólo llegó a mariscal, que desde luego no es poco, sino que a lo largo de su vida acumuló todos estos títulos: Par de Francia, Caballero de la Orden de San Luis, Duque de Elchingen, Príncipe del Moscova… Y todo ello simplemente a golpe de valor y sable. Ney era un joven pelirrojo, mujeriego y alegre al que sus compañeros adoraban. Cómo no va un individuo cómo yo envidiar a un hombre así…, yo que a diferencia del valiente entre los valientes, además de feo y más bien tristón siempre he sido un cobarde entre los cobardes hasta el punto de presentar mil alegaciones distintas para al final conseguir no ir ni a la mili… En cambio, a Ney lo que le gustaba era el riesgo y la acción, en todas las batallas en que participó, y fueron muchas, siempre cargó en primera línea al frente de la caballería. Todos los enemigos de Francia, rusos, prusianos, austriacos, ingleses e incluso españoles, vieron venir contra ellos la figura esbelta de Ney, sable en mano y cabellera pelirroja al viento (el acento en lo de la cabellera es obviamente una traición de mi envidioso subconsciente dado el aspecto desértico de mi cuero cabelludo…). De hecho en la famosa batalla de Waterloo, Napoleón montó en cólera al ver cómo el impaciente Ney, sin esperar a recibir órdenes, harto de esperar, ordenó una carga suicida de su cuerpo de ejército contra la infantería inglesa. La mortandad entre sus filas fue tal que acabó quedándose solo en la carga, y los ingleses lo detuvieron cuando intentaba acabar con una batería británica a base de sablazos…

Pero el gran momento de Ney llegó unos años antes, en la terrible campaña rusa. Como es sabido, las tropas napoleónicas llegaron hasta Moscú, pero allí derrotadas por el hambre y el frío tuvieron que retirarse en un terrible marcha a través de la helada estepa acosados por el ejército ruso. En esas circunstancias, Napoleón puso al mando de la retaguardia, con la orden de cubrir la retirada de las fuerzas napoleónicas, al impasible Ney. En esa terrible retirada, el heroísmo de Ney sobrepasó todo lo esperable. Su mayor hazaña la protagonizó en el río Berezina, concretamente en uno de los puentes que cruzaba este río, Ney demostró que la “potencia testicular” que atesoraba estaba fuera de toda norma… Las tropas francesas cruzaron aquel puente a toda prisa perseguidas por los terribles cosacos rusos, sin embargo, los ingenieros del ejército francés no llegaron a tiempo de volar el puente a fin de evitar el paso de los cosacos. Ney ordenó a sus hombres que no cruzaran el puente y que plantasen cara a la caballería rusa hasta que el resto de las tropas francesas se hubieran alejado, sin embargo, y a diferencia de él, sus hombres estaban hechos de carne y hueso, y al oír el ruido de los cascos de los caballos cosacos, huyeron en desbandada. Pero eso no le importó a Ney, quien sí, créanselo porque es un hecho perfectamente histórico, impertérrito se quedó solo dispuesto a hacer frente a la embestida rusa… Finalmente, un pequeño grupo de soldados apenas doce, volvieron y le acompañaron en la gesta de detener por un rato a las huestes rusas.

Dicen que Napoleón, informado de la circunstancia, llegó a decir: “tengo 300 millones de francos en las Tullerías, los daría todos con tal de que Ney vuelva…” Y sorprendentemente, el “valiente entre los valientes” volvió, y tuvo sus quince minutos de gloria absoluta, al presentarse frente al emperador e informarle que él había sido el último francés en cruzar el puente sobre el río Berezina antes de volarlo, asegurando así la retirada francesa. Fue entonces cuando el emperador le nombró Príncipe del Moscova, convirtiéndose a ojos del pueblo francés en el héroe por excelencia de las guerras napoleónicas.

Sólo un apunte sobre su muerte, a diferencia de buena parte del resto de mariscales y generales del imperio francés, Ney se mostró fiel hasta el final a Napoleón. Obviamente un hombre como Ney temía mucho más al deshonor que a la muerte… Y la encontró junto a una tapia, donde fue fusilado tras la vuelta al poder de Luis XVIII. Se dice que frente al pelotón de fusilamiento sus últimas palabras fueron estas: “he luchado 100 veces por Francia, y nunca contra ella. ¡Viva Francia!”

Quizá después de este breve resumen comprendan mejor mi querencia por el mariscal Ney. Pero les tranquilizo, mis veleidades militares han acabado. Ahora mismo mi personaje es Gautier Capuçon. Tuve la ocasión de escucharle en directo en Barcelona hace un par de años. Me impresionó. Su interpretación, en concreto del concierto para violonchelo de Dvorak fue realmente exquisita. Y su porte…, su porte me trasladó a la misma envidia absolutamente insana que siempre había sentido por Ney. Tan perfectamente elegante, jamás por más que lo intente me quedará un traje como le queda a él, esa forma pausada y aristocrática de moverse, y sobre todo (y aquí vuelve de nuevo a hacerse visible con furia mi inconsciente) esa forma con que su abundante y lacio flequillo cae sobre el lado izquierdo de su rostro mientras interpreta… Si tienen un momento busquen fotos de mi envidiado Capuçon y me entenderán mejor. ¿Se imaginan lo que tiene que ligar un tipo como este? Su agenda debe ocupar un disco duro de cientos de gigas… Es algo injusto, porque este guaperas millonario no es un tonto más, ni un tipo superficial y lamentable, sino alguien capaz de arrancar al violonchelo una música deliciosa y magnífica, de manera que ni siquiera puedo odiarle –último recurso de los mediocres ante los triunfadores-, encima no puedo sino admirarle y escuchar boquiabierto sus interpretaciones. Los tipos como Capuçon nos recuerdan lo patéticamente imperfectos y aburridos que somos la gran mayoría de los mortales…

Busquen por ejemplo en Youtube su interpretación junto a la pianista Yuja Wang de la sonata para violonchelo y piano de Rachmaninov. Absolutamente sublime. Armonía celestial, la música que debe oírse en el paraíso. A quién no le gustaría ser Capuçon y poder hacerle a la linda Wang el gestito ese de: “estoy preparado, ya puedes empezar cuando quieras cielo.” Ay…

Yuja Wang, por cierto, merece una mención aparte, fíjense en su ropa híper ajustada, en sus tacones imposibles, ¿Cómo consigue tocar el piano y hacerlo también vestida así? ¿Será para impresionar a Capuçon? La ex niña prodigio del piano es una joven con unas facultades inmensas para la interpretación, pero por alguna razón que desconozco, se empeña en disfrazarse de pianista “choni.” Un poco al estilo de otra gran pianista del momento, la ucraniana buniatishvili, pero con menos gusto todavía. Seguro que las dos, en cualquier caso, están locas por Capuçon (disfrútenla también gratuitamente en youtube).

En fin, imagino que uno siempre desea lo que nunca poseerá, al fin y al cabo desear lo que se posee es en realidad un contrasentido…, así que inevitablemente aspiraré siempre de forma perfectamente inútil a la valentía de Ney, y al dominio artístico de Capuçon (sí, sí…, también envidiaré su pelo, y su éxito con las mujeres…). ¿Pues quién no sueña de vez en cuando con ser otro? En realidad a la mayoría de nosotros nos gustaría huir de nosotros mismos, dejar atrás nuestra vida y nuestro personaje. Deberíamos meditar sobre ello, pues en realidad, este soñar con alejarnos de nuestra propia identidad no es sino un síntoma demostrativo de lo vulgar, gris y lamentable que resulta, casi siempre, nuestra vida real…

TURCOS, KURDOS, ARMENIOS Y LA TRISTE CONDICIÓN HUMANA…

La riqueza monumental del Kurdistán resulta un reflejo de su paradójica historia. El viajero que dedique unos días a explorar una región típicamente kurda como la que conforma la provincia de Van, se sorprenderá al comprobar que la mayor parte de sus monumentos relevantes no son de origen kurdo, ni por supuesto turco, pues éstos, en cierta forma siguen anclados en su papel de extranjeros invasores y colonizadores. La gloría artística del Kurdistán pertenece, sin duda, al pueblo armenio. Gloria en la que, desde luego, tiene un lugar preeminente la iglesia de la Santa Cruz de la isla de Akdamar, una fotografía inevitable en cualquier agencia de viajes de toda Turquía, y que la mayoría de nosotros ha admirado alguna vez, aun sin estar muy seguros de a qué lugar pertenecía, en algún catálogo o guía turística.

Es un contrasentido triste y cruel, casi como la mismísima condición humana. Así, el pueblo kurdo, durante años ha sido fuertemente reprimido por parte del Estado Turco, cada vez que ha intentado reivindicar su identidad. Una represión que ha sumido a la región en un estado de sitio militar y violencia constante. Sin embargo, pocas veces se recuerda que en las primeras décadas del siglo veinte, los kurdos participaron activamente, actuando de la mano de los turcos, en el exterminio genocida de la etnia armenia, pueblo que vivía en buena parte del actual Kurdistán llegando a conformar, durante siglos, el próspero y cristiano reino de Armenia. Como desalmado premio a su colaboración, los turcos les condenaron a ser ciudadanos de segunda en el nuevo estado laico y centralista instaurado con mano de hierro por Kemal Ataturk, sin posibilidad real de abandonar su situación de pobreza e ignorancia generalizada.

Mientras medito sobre estas cosas abandono la carretera principal que conecta a Van con el aeropuerto y me adentro por un mar de sinuosas callejas que deberían llevarme hasta la iglesia armenia de Yedi Kilise. Tras un buen rato de lenta conducción esquivando transeúntes, furgonetas aparcadas en doble fila, bicicletas, gallinas desorientadas y multitud de obstáculos de todo tipo, me doy por vencido. Lo único que estoy consiguiendo es quemar gasolina. Sin un cartel indicativo, sin una placa que informe del nombre de alguna calle, para un occidental medio como yo, resulta imposible, en aquel caos, encontrar el camino hacia Yedi Kilise. Así que empiezo a preguntar, y la verdad, las cosas no mejoran demasiado, imposible encontrar alguien que hable inglés, por lo que me limito a gritar el nombre de mi destino, pero casi nadie parece entenderme a la primera, la mayoría abre los ojos como en un esfuerzo de concentración para acabar negando después con la cabeza, ¡no me entienden! En ese momento les enseñó mi mapa señalándoles el lugar, y entonces suspiran comprendiendo:

– Ah…

Ese Ah…, resulta algo así como un: – ¡Haberlo dicho antes! Lo que buscas es Yedi Kilise. Y me repiten varias veces el nombre pronunciándolo correctamente, casi como si me regañaran por mi mala pronunciación del turco. Es entonces cuando viene lo peor, un inacabable y bienintencionado montón de ininteligibles instrucciones: la primera a la izquierda, dos más y a la derecha…, todo ello, por supuesto, en perfecto turco, dando lógicamente por hecho que más allá de sus problemas de pronunciación, el extranjero entiende, sin dificultad, nuestro idioma….

Estoy a punto de caer en la más profunda de las desesperaciones, cuando pregunto a uno más de la multitud de muchachos de look prácticamente clónico que invaden el sureste de la península de Anatolia: Chaqueta de cuero, pantalones pitillo, unos zapatos en punta sorprendentemente brillantes dado el polvoriento estado de calzadas y aceras, y una espesísima mata de pelo negro peinado cuidadosamente hacia atrás. Estoy de suerte; en lugar de las consabidas indicaciones decide subirse a mi coche y guiarme personalmente. Arranco y mi felicidad inicial se interrumpe momentáneamente, pues después de la experiencia del otro día, pienso que quizá vuelvo a gozar de la compañía de un policía de paisano. Con todo y mientras sigo conduciendo, alejo de mi mente estos temores diciéndome que por momentos mis ideas se vuelven paranoicas e intento entablar conversación con mi improvisado guía. Al hacerlo descubro que va a ser casi más difícil que encontrar Yedi Kilise, pues es un hombre de pocas palabras, tras un arduo interrogatorio tan solo consigo saber que su nombre es Alí.

Poco a poco, el paisaje se va volviendo más agrícola, dejamos el asfalto y nos adentramos por una pista de tierra que discurre entre aisladas granjas por las que puede verse corretear a niños kurdos en edad escolar que desde luego, no están en la escuela, Me pregunto qué sabrán ellos de los armenios, y de sus preciosas iglesias abandonadas, probablemente nada. Finalmente llegamos a una aldea típicamente kurda, un pequeño y abigarrado conjunto de casas habitadas por ovejas de gruesa lana, cabras, vacas, niños vestidos con ropa sucia, y de vez en cuando, por algún adulto.

Mi decepción es infinita. De lo que antaño fue el imponente conjunto de iglesias y monasterios que conformaban Yedi Kilise sólo queda una iglesia más o menos en pie, eso sí, convertida en el corral posterior de una de las casas de la aldea. El dueño de la casa me abre la verja del aprisco y camino hacia las ruinas. Los restos del espléndido nártex abovedado están esparcidos por el suelo, al parecer, y según el actual propietario de la iglesia, se vino abajo junto con las dos cúpulas en el último terremoto de 2011. Entro en el templo, pese a su deplorable estado general, la arquitectura de la nave principal sigue impresionando, como un último testigo mudo y desolado de un mundo, el armenio en territorio turco, desaparecido con la fuerza de la sangre, el fuego, y sobre todo de la barbarie. Me indigno al observar, y especialmente oler, como Yedi Kilisi, todavía hoy sigue utilizándose, supongo que por las noches, como recinto para cuidar el ganado, por su dueño, un kurdo indiferente a la belleza de aquellas paredes y a la fe de quienes las construyeron. Al salir me pide dinero y le miro malhumorado, aunque al final le doy unas monedas, quizá, pienso, si empieza a obtener algún rendimiento por el turismo cuidará un poco más su propiedad.

Me voy triste. Yedi Kilisie convertida en un corral resulta una buena metáfora de lo que es hoy el Kurdistán, una tierra de dominios y atrocidades escalonadas, donde paulatinamente el más fuerte ha ido acabando con el más débil, y todo ello a través de la mezquindad, la intolerancia y el desprecio por el diferente. Al llegar de nuevo a Van me despido del silencioso Alí. He de insistir para que acepte mi propina, lo que me insufla un poco de optimismo, en medio de la paupérrima situación de la región, no está todo perdido, todavía hay quien mantiene el orgullo de ser quien es de manera civilizada, ayudando a los demás de una manera desinteresada y bondadosa.

El 24 de abril del 1915, 254 intelectuales armenios fueron arrestados en Estambul y finalmente ejecutados. Solo fue el comienzo de una matanza que, aunque las cifras aún se discuten, acabó con la vida de entre uno y dos millones de armenios. En 1923, ya no había nadie que se declarase armenio en toda Turquía.

En Van a 26 de marzo de 2013

DON HIGINIO EL PAVERO (Artículo que publiqué en la revista “Educación 3.0”)

Dispositivos móviles, contenidos interactivos y gamificados, pantallas en las aulas, e-learning, agility learning, neotelling… Es un hecho, como no podía ser menos, también el mundo educativo ha sucumbido a la realidad de nuestro tiempo, a ésta nuestra época de digitalización y virtualidad llena de extrañas palabras presuntamente importantes, todas obedientemente acabadas en ing. Sin embargo, a mi modo de ver, el brillo de este nuevo escenario tecnológico oculta algunas peligrosas zonas oscuras y puede llevarnos a la confusión. Por eso, a veces, conviene detenerse, y echar la vista atrás. Personalmente, ante estas cuestiones, siempre tengo presente un célebre texto de Unamuno:

“Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos (…), algodón en los oídos, y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de “el pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡y tan pavos!

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas.”

Don Higinio, que así se llamaba el primer maestro de Unamuno, probablemente ni llegó a imaginar un mundo como el nuestro, nunca soñó con aulas informatizadas ni mundos digitales, y probablemente la única proactividad que esperó de sus alumnos fue la de sus gritos ahogados al recibir alguno de sus inclementes cañazos, pero ¡ay!, de su vieja aula decimonónica y de sus paulosianamente conductistas cañazos surgió nada menos que un genio absoluto como Don Miguel. Nuestras escuelas actuales, con toda su panoplia de posibilidades ¿serán capaces de algo así?

No se trata de abogar por una vuelta al método de Don Higinio, claro. Como casi siempre, el problema reside en no perder el foco y no dejar que el bosque de la tecnología nos impida ver el árbol, esto es, al maestro. Seguramente a nuestros niños les viene de perlas poder trabajar con una Tablet en el aula, la posibilidad de visitas online a los grandes museos del mundo o el uso de proyectores en las clases, pero sobre todo, al alumno del siglo XXI, como al del XIX, lo que de verdad le viene bien, lo que le resulta diferencial y absolutamente clave, lo que le marcará como persona y resultará una influencia decisiva para su vida adulta será contar con un buen profesor. Por ello, en mitad de toda esta baraúnda tecnológica, y por seguir con la jerga informática, quizá el profesorado deba “reiniciarse”, detenerse un momento y reclamar su puesto central e insustituible en la educación así como, y esto es importante, en la sociedad. Para ello resulta imprescindible que como profesores volvamos la vista de nuevo hacia nuestra vocación primigenia, que volvamos a escuchar las razones que nos llevaron a escoger este camino tan hermoso y desgraciadamente cada vez más devaluado, que nos apartemos de modas y “postureos” y volvamos a hacer aquello con lo que soñamos desde pequeños: enseñar. Pues pese a los nuevos vientos ideológicos que azotan a la educación, el maestro no puede limitarse a ser un acompañante, un dinamizador, sino que debe ser mucho más, ya que es su aporte personal, y no las herramientas tecnológicas, lo que marca la diferencia entre recibir una buena o mala educación.

Es difícil concebir una ocupación más bella que la de la enseñanza, el filósofo de filósofos, Platón, que vivió en un momento de cambio de paradigma tecnológico (de la oralidad a la escritura) muy similar al actual, afirmaba que quien enseñaba escribiendo enseñaba sobre hojas de papel, pero que quien enseñaba hablando, lo hacía sobre el alma de los hombres. En esta época de virtualidad digital, ¿sobre qué vamos a enseñar nosotros?