YAZIDÍES: LOS ÚLTIMOS ADORADORES DEL DIABLO (Artículo que publiqué en la revista Qué Leer)

Con el traqueteo del coche se me hace difícil manejar el Ipad y encontrar la cita que estoy buscando, intento concentrarme para que mis dedos acierten de una vez con la pestañita correspondiente, pero cuando vas a más de cien por hora por una carretera iraquí, aun la más sencilla de las tecnologías digitales se torna complicada, además, si no la encuentro rápido corro serio peligro de marearme por fijar tanto la vista en esta Tablet, que no deja de moverse, en lugar de hacerlo en el horizonte. Menudo viajero debilucho estoy hecho. Finalmente lo consigo, por fin, aquí está el esquivo texto del profeta Ezequiel:

“Eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado en belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios. (…) Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día que fue hallada en ti la iniquidad. (…) Ensorbeciose tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría por tu esplendor. (…) Yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador y te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de cuantos te miran. Todos cuantos de entre los pueblos te conocían se asombrarán de ti. Serás el espanto de todos y dejarás de existir para siempre.”

Guardé el texto en este trasto antes de salir de viaje para cuando llegase este día. Obviamente, incluso para los desconocedores de los relato bíblicos es fácil deducir que, en el pasaje, Ezequiel está hablando de Lucifer, el primero entre los ángeles, tan perfecto que, dejándose llevar por la soberbia se atrevió a enfrentarse a Dios. Derrotado, fue expulsado del paraíso convirtiéndose en Satanás (palabra que etimológicamente vendría a significar el que se enfrenta, el contrario), esto es, en el señor de las tinieblas… ¿Y por qué es oportuna esta cita hoy? Pues porque voy camino de Lalish, algo así como la Meca o el Vaticano de la secta de los Yazidíes, quienes, por su creencia en Malek Tawus, el nombre con que ellos designan al ángel caído, a lo largo de la historia han sido conocidos popularmente como ¡los adoradores del diablo!

Lalish es el lugar donde está enterrado el santón que dio forma definitiva a esta religión sincrética que mezcla elementos zoroastristas, con cristianismo e islamismo sufí: el jeque Adí Ibn Mosafer. Mausoleo que todo creyente yazidí ha de visitar al menos una vez en la vida. Los yazidíes adoran al ángel caído por una curiosa interpretación del mito de la creación. Así, creen que Dios primero creó a siete arcángeles, y después, del barro, a Adán. Tras esto, y contento con su última obra, el Todopoderoso habría pedido a los arcángeles que se inclinaran ante el hombre, y todos lo hicieron excepto Malek Tawus que se negó alegando que él solo se inclinaba ante Dios, con lo que mostró su valía y perfección.

Sé que el lugar no tendrá un opresivo aspecto gótico, ni estará invadido por la niebla, ni se oirá en sus alrededores el escalofriante rumor de almas en pena, pero voy camino del último reducto de los adoradores del diablo, y ese es un epíteto demasiado sugerente para mi imaginación que no puede evitar, mientras avanzamos por la monótona carretera, construir disparatadas imágenes de película de terror de serie B.

Apenas quedan yazidíes, lastrados por su terrible apodo, han sufrido, desde hace siglos, duras persecuciones, especialmente por los chiitas, quienes les acusan además, erróneamente, de haber asesinado a uno de sus imanes más venerables, el Imán Hussein.

El camino hasta Lalish es largo, así que Bakhtiar el ex militar de anchas espaldas y mirada siempre atenta que me acompaña por estas tierras, decide que paremos a comer en un inmenso restaurante de carretera. Pese a sus proporciones ciclópeas, está abarrotado, lo que me asombra. Él me comenta que es buen restaurante y que además está a unos pocos kilómetros de la refinería más importante de la región y que muchos camioneros y trabajadores vienen aquí a comer. La verdad es que el servicio es impresionante, nada más sentarnos un camarero nos trae una especie de crema de verduras naranja, y dos tortas de pan ácimo caliente y sabroso. Luego pedimos cordero hervido con arroz y el tamaño de los platos que nos traen hace juego con las dimensiones del local, raciones perfectas para un gigantón como Bakhtiar que, encantado, no deja nada, ni una migaja en el plato. Luego, llega la parte más difícil en todo restaurante kurdo: pagar. Conseguir la cuenta es siempre un trabajo arduo, y cuando el comensal se ha desviado, en sus peticiones, de lo que el restaurante considera el menú estándar, las sumas y restas se eternizan. Los encargados de estos establecimientos, por lo general son gente amable y atentísima, pero desde luego no han nacido para las matemáticas…

Salimos, y antes de volver al coche para seguir con nuestro camino, optamos por dar un paseo y favorecer así la digestión del pantagruélico ágape. Caminamos por una cercana arboleda de eucaliptus, supongo que en algún momento fueron plantados allí, pues no creo que sea una especie autóctona, y desde luego, teniendo en cuenta como estos árboles erosionan el terreno no me parece una elección acertada. En cualquier caso, la arboleda está plagada de familias dispuestas a pasar el sábado disfrutando de un picnic. Tumbados sobre sus extendidas alfombras y mantas, o cuidando las brasas donde asarán los inevitables pinchos y kebabs, cuando reparan en nuestra presencia todos nos llaman para que nos acerquemos, ofreciéndonos hospitalarios su comida y, sobre todo, armados con sus modernos teléfonos móviles, fotografían la exótica y extraña presencia junto a ellos, en su país, de un turista extranjero. Sin duda alguna, el Kurdistán iraquí es una de esas tierras en las que, gracias a la global popularización de la tecnología, el viajero recibe muchísimas más fotografías de las que es capaz de hacer él.

Me llama la atención, además, que todavía, al menos en este día festivo, la mayoría de la gente con la que nos cruzamos, sigue conservando el traje tradicional kurdo, ellas con sus largos vestidos multicolor y ellos con su mono de color teja y su fajín, algo extraño prácticamente en todo el mundo ya. Al cabo de un rato reemprendemos la marcha. ¡Los adoradores del diablo nos esperan!

Llegar hasta Lalish nos cuesta aun un par de horas, desde luego no es tarea fácil llegar hasta allí, ¡espero que Lucifer sepa apreciar nuestro esfuerzo! Finalmente, sobre las cuatro de la tarde, enfilamos el último tramo, un camino serpenteante que desde la carretera principal asciende, montaña arriba, hasta el mausoleo. Diez minutos más y llegamos al sancta sanctorum de los yazidíes.

Lo primero que me sorprende es que los alrededores del templo están llenos de fieles, familias y jóvenes sentados por todas partes, que supongo han venido a su obligatoria y perceptiva peregrinación. El ambiente que se respira es en general festivo, personalmente deseaba que la entrada al lugar sagrado de los seguidores de Satán resultara un poco más tenebrosa… Pero no todo va a resultar alegre, al bajar del coche unos tipos uniformados que deben ser vigilantes o cuidadores me indican que he de quitarme los zapatos y los calcetines. Para mi disgusto, por el recinto debe andarse descalzo. Además no me dejan pasar, los no creyentes no pueden entrar solos, y deben ser acompañados por un guía yazidí, sonrío, ¿cómo habrán intuido estos perspicaces vigilantes que no soy un fiel más? Me temo que mi pinta de turista despistado delata mi falta de fe…

El guía religioso no tarda en llegar, un individuo impecablemente vestido al estilo kurdo pero con un cabello largo, cuidado y rizado que desde luego no solo desentona allí, sino que lo haría a lo largo de todo el Kurdistán. Se presenta como estudiante de periodismo y economía, y teniendo en cuenta la edad que aparenta concluyo que no debe ser muy buen estudiante, porque más de un curso ha repetido… Ceremonioso, se empeña, antes de empezar el recorrido por el mausoleo, en llevarnos a una sala anexa para introducirnos en las creencias yazidíes. En su más que correcto inglés nos castiga con teorías y doctrinas a lo largo de una media hora. Insiste con vehemencia en que son una religión que rechaza la violencia y que una de sus reglas principales es la tolerancia. Yo no puedo evitar pensar que más que por su voluntad, fundamentalmente no le queda otro remedio a esta secta perseguida por fuerzas aplastantemente más poderosas que ella, que ser tolerante con la esperanza que, los demás, de una vez por todas lo sean con ella. Me quedo con otras dos características curiosas de su religión, a los yazidíes les está permitido practicar lo que ellos llaman la “taghiya”, el disimulo, esto es, actuar como si no profesasen sus creencias para protegerse de posibles castigos, un precepto que deja bien a las claras lo difícil que les ha resultado en muchas ocasiones profesar su religión. La otra característica es que uno no puede convertirse al yazidismo, no es que se me hubiera pasado precisamente por la cabeza hacerlo, pero, ¿una religión que no quiere nuevos adeptos? ¡Qué extraño! Solo puede ser yazidí quien nace de padre y madre yazidí. Regla que sin duda les condena a ser siempre minoritarios en todas partes…

Tras la lección de yazidismo, nuestro guía nos permite por fin pasar al templo, guardado en su puerta principal por una serpiente negra que inevitablemente me recuerda al mito de Adán y Eva. El santuario es sin duda antiguo, y el punto siniestro lo da la oscuridad de sus paredes, ennegrecidas por el humo de las lámparas de aceite que allí se encienden cada noche. El aspecto un poco sui géneris lo produce el hecho de que en la gran sala que antecede a la tumba del jeque Adí, se amontonan las cajas de cartón con botellas del aceite de girasol que servirán como combustible de las lámparas, no sé si en el Vaticano se permitiría este desorden… En esa misma nave observo un montón de pañuelos anudados unos con otros sin una forma precisa. Me explica el guía que los nudos significan los deseos de los fieles que visitan el lugar. Cuando un nuevo creyente llega, deshace uno, lo que produce que el deseo del yazidí anterior se cumpla, y luego hace otro nudo expresando un deseo, que será cumplido cuando alguien desanude el suyo. Me parece una cosa algo infantil, del tenor de tirar una moneda a una fuente…, me esperaba más de estos adoradores del diablo. Aunque el tipo de la espléndida cabellera rizada me invita a participar en el jueguecito de los nudos, me excuso con una sonrisa y paso a la sala donde está el sarcófago con los restos del jeque Aid. La sala es igual de sobria, sin adornos ni imágenes, y también ennegrecida por el humo de las lámparas. Veo a un grupo de peregrinos, muy serios, dando vueltas alrededor de la tumba en sentido contrario a las agujas del reloj, como si se tratase de una especie de Kaaba musulmana en miniatura. No hay mucho más que ver, así que salgo y me siento en el patio exterior. Empieza a caer la tarde y sentado en una pequeña escalinata de piedra que hay en el patio exterior puedo observar a algunos miembros de la familia que cuida del templo. Otra tradición yazidí es la de que, al caer la noche, solo puede quedar en el mausoleo la familia encargada, desde hace siglos, de guardar el lugar. Me resulta curioso el hecho de que estas personas, quizá por su cargo religioso no visten al estilo kurdo, como el resto, sino como si fueran árabes. Uno de estos cuidadores, quizá picado por la curiosidad, se sienta a mi lado, para ser un seguidor de Lucifer la verdad es que su cara dibuja una expresión más bien bondadosa. Le preguntó si siempre ha vivido allí, y me dice que sí,

– ¿Nunca has salido de Lalish?

Me mira asombrado, como si la pregunta fuera absurda, antes de contestar, sonriendo, un conciso

-No, nunca.

El viajero no puede evitar pensar en la diversidad de planteamientos que caben en el ser humano. Así, frente el ansia por huir siempre más lejos, que le empuja a él, la feliz serenidad de quien nunca ha salido de este perdido y minúsculo rincón de las montañas kurdas… Me quedaría un rato charlando con él, pero Bakhtiar no me lo permite, se está haciendo tarde también para nosotros, debemos irnos. Ya en el coche, observo como poco a poco, la morada de los adoradores del diablo, tan poco diabólicos ellos, se va empequeñeciendo, mi viaje se acerca a su fin, y como siempre, la melancolía empieza a invadirme.

El catorce de agosto de 2007 los yazidíes de esta región sufrieron uno más de los abundantes atentados con los que han sido históricamente castigados. La explosión de un camión cisterna suicida acabó con más de doscientos cincuenta de ellos. Apenas quedan, repartidos por el mundo, unos 250.000 creyentes. Tan dura ha sido su represión, que la comunidad más abundante de yazidíes se encuentra en Alemania…

En la carretera de Lalish a Dohuk, Kurdistán iraquí, a 18 de abril de 2014

 

PS: Apenas pocos meses después de mi visita a Lalish, el Daesh inició su levantamiento en tierras iraquíes y sirias. Sin duda la minoría religiosa que ha sufrido una mayor persecución por parte de este grupo terrorista han sido los yazidíes, más incluso que los cristianos, hasta el punto de que puede hablarse de un auténtico genocidio yazidí. Desconozco si las hordas de los malditos integristas alcanzó Lalish, y si el antiguo templo aún sigue en pie, deseo fervientemente que sí.

 

EL GUSANO DE ENKIDU

Hace algo más de cinco mil años reinó en las tierras de Mesopotamia, el actual Iraq, un rey todopoderoso y legendario, Gilgamesh:

“Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ninguno, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla.”

Adorado como un Dios prácticamente desde el mismo momento de su muerte, sus andanzas fueron recogidas en el antiquísimo “Poema de Gilgamesh”, una obra a la que dieron forma definitiva los escribas de los reyes asirios, señores y dominadores, en aquellos lejanísimos tiempos, de las tierras que conforman, hoy día, el Kurdistán iraquí. La primera parte de la magna epopeya narra las aventuras y hazañas en busca de gloria del héroe junto a su inseparable amigo: Enkidu. Mas al final de esta primera parte, un terrible acontecimiento hará que el resto del poema adopte un tono más sombrío y profundo. Tras doce días de larga agonía, Enkidu muere. Gilgamesh, dominado por el dolor se niega a separarse del cuerpo de su amigo hasta que un detalle macabro le hace desmoronarse definitivamente,

“Durante seis días y siete noches le lloré, hasta que un gusano salió de su nariz. Entonces me asusté, se apoderó de mí el miedo a la muerte.”

Es este un momento del texto que siempre me ha conmovido, el instante en que el gran héroe mesopotámico descubre la muerte, tomando conciencia además, de que él también morirá. A partir de entonces su vida se convertirá en una desesperada búsqueda de la inmortalidad. Así viajará hasta las míticas montañas Mashu, al jardín del dios Shamash, nadará en las aguas del gran abismo e incluso conocerá a Utnapishtim, el anciano Noé mesopotámico. Pero, obviamente, todos sus intentos por esquivar a la muerte resultarán baldíos, por lo que tomará una última y radical determinación: entrará en una tumba construida en el lecho del Eufrates y dejará que el agua inunde el sepulcro. Esto es, abatido ante su impotencia frente a la muerte, decidirá entregarse a ella suicidándose junto a su familia y criados.

La historia de Gilgamesh es turbadora, y pese a su antigüedad sigue manteniendo la actualidad de las grandes obras literarias atemporales, capaces de ahondar en las grandes cuestiones humanas, que siguen siendo las mismas ahora que hace cinco mil años, pues los miedos, pasiones y vicios de los hombres se mantienen inalterables a lo largos de los siglos.

Quizá, nunca lo sabré, a lo largo de este viaje por el Kurdistán iraquí que estoy a punto de comenzar, en algún momento pisaré la misma tierra que hace milenios pisó el inigualable Gilgamesh. Sólo por esa razón se justifica este recuerdo al gran rey. Pero además, en cierto sentido, la epopeya de Gilgamesh es una metáfora apropiada de lo que ha sido la vida del pueblo kurdo iraquí a lo largo de la historia: triste como el poema, y en especial en los últimos tiempos, una historia de sufrimiento y persecuciones, de defensa de la propia identidad y de búsqueda de la inmortalidad a través de la consecución de un estado propio e independiente. Las gentes de esta tierra han visto, desgraciadamente, tantas veces el gusano de la nariz de Enkidu… Como el héroe Gilgamesh, ellos también han caminado en busca de la felicidad, no en vano su historia es un incesante ir y venir desde las montañas del norte a las planicies más meridionales, y desde éstas, de nuevo a las montañas, para ellos siempre acogedoras, en busca de refugio ante el ataque de algún enemigo. De alguna manera, a día de hoy, cuando sus miembros empiezan a recuperarse de una última y especialmente sangrienta guerra, del pueblo kurdo puede decirse lo mismo que el poema dice del héroe Gilgamesh:

“Todo lo sufrió y todo lo superó”.

Estoy a punto de cruzar la frontera y entrar en Iraq para seguir, locuras de la geopolítica internacional, el viaje por el país kurdo que empecé, el año pasado, en Turquía. Como cada vez, antes de iniciar una nueva aventura, el viajero siente nerviosismo y un extraño sensación de desazón en el estómago, mientras que confía en que sea la sonrisa franca de las gentes kurdas su compañera de viaje y no la agria desesperación final de Gilgamesh.

 

UN TURISTA EN EL SLUM DE BOMBAY

 

Pizza, una pizza de atún realmente buena, ¡por fin comida con sabor auténticamente occidental! Para el viajero, el Pizza Bay de Bombay resulta un paraíso, aunque quizá con precios un tanto diabólicos…, donde poder dar descanso a un paladar que, tras semanas vagando por la India, agoniza por sobredosis narcotizante de picante massala, la tradicional mezcla de especias india, omnipresente en la gastronomía hindú. Situado en pleno Marina Drive, el resplandeciente paseo marítimo de Bombay que a lo largo de unos tres kilómetros enmarca la bahía Back hasta morir en la popular playa de Chowpatty, el restaurante, con su moderna decoración en blanco y negro, su panorámica cristalera, y pese al anacrónico recopilatorio de los Bee Gees que de forma inclemente resuena a través del hilo musical, resulta un lugar reconfortante donde cenar mientras el sol cae sobre la capital económica de la India.

Llegué ayer por la noche en avión desde la ciudad de Aurangabad. En un vuelo amenizado por las constantes peticiones del sobrecargo y las azafatas al pasaje para que los viajeros apagaran sus teléfonos. Ruego que fue perfecta e indolentemente ignorado por unos pasajeros que absolutamente indiferentes a las llamadas al orden por parte de la tripulación juguetearon con sus teléfonos durante todo el trayecto. De hecho, prácticamente acabábamos de despegar cuando una musiquita boliwodiense fue creciendo en volumen desde el interior del bolsillo de la camisa del tipo que se sentaba a mi lado, denunciando que su teléfono estaba irreprochablemente conectado y, en este caso, recibiendo una llamada. Le eché una mirada acusadora que no pareció alterarle demasiado, y aunque tuvo el detalle de no contestar, no apagó, por supuesto, su receptor. Como europeo siempre temeroso, no pude evitar recriminar su actitud, el hombre puso cara de circunstancias y se disculpó aduciendo que había olvidado el número del pin y que por tanto, si lo apagaba, ¡no podría volver a ponerlo en marcha! Eso sí, en contrapartida, y quizá para hacerse perdonar el descuido, decidió dedicar el resto del viaje a explicarme de forma concienzudamente detallada las diferentes trayectorias vitales y profesionales de sus abundantes hijos, los cuales, al parecer, en su mayoría viven en Alemania…

La de hoy ha sido una larga jornada, intensa y al mismo tiempo emocionante que bien merecía este colofón de atún, queso y masa de trigo. Al fin y al cabo, durante el día he caminado por el dédalo de callejones que conforman el slum de Bombay, el hipertrofiado barrio marginal llamado Dharavi, en el que Vikas Swarup situó gran parte de su novela “Slumdog Millionaire” y que la mayoría de nosotros conocimos a través de su exitosa versión cinematográfica. Por unas horas, me he convertido en uno más de los perros del slum, paseando entre aquellos que podrían afirmar lo mismo que Rama Mahoma Thomas, el protagonista de curioso nombre de la citada novela: “Vivo en un rincón de Bombay llamado Dharavi, en un angosto chamizo de diez metros cuadrados que no tiene ventanas, ni luz natural ni ventilación, y donde me hace de techo una lámina de metal ondulado. La choza vibra violentamente cada vez que pasa el tren sobre mi cabeza. No hay agua corriente ni sanitarios. Esto es todo lo que puedo permitirme. Pero en Dharavi no soy el único. Hay un millón de personas como yo , apiñados en un rectángulo de doscientas hectáreas de cenagoso páramo urbano, donde vivimos como animales y morimos como insectos. Indigentes venidos de todo el país compiten entre sí por un pedacito de cielo en el suburbio más grande de Asia[1].”

Justo después del desayuno me he lanzado en busca de mi objetivo: ¡Dharavi! Aunque, la verdad, he alargado más de lo necesario la primera colación del día, pues me he dedicado a escuchar divertido a los ocupantes de la mesa de enfrente, dos parejas de turistas: padre, madre, hija y novio, los cuatro rozando la obesidad mórbida y que, mientras arrasaban literalmente el por otro lado un tanto ramplón buffet del Hotel Fariyas, han tomado, de forma curiosamente paradójica, como objeto de conversación el comentario y glosa de todo tipo de dietas de adelgazamiento, el ser humano resulta siempre tan paradójico…

Estaba dispuesto a lanzarme a la aventura, pero nada resulta sencillo en la India, tras escuchar el nombre del suburbio, el taxista ha negado con la cabeza al tiempo que me sugería un “sightseeing”, un recorrido panorámico por la ciudad, a fin de cuentas, ¿no era yo un turista? Exprimiendo mi tortuoso inglés he conseguido convencerle de que, efectivamente, no era un error, y que realmente quería conocer el slum. Finalmente, y pese a que su cara denunciaba cierto escepticismo, ha arrancado anunciando que tardaríamos aproximadamente una hora en llegar, pues cruzar una ciudad de más de veinticinco millones de habitantes no es, sin duda, una tarea fácil. Mientras avanzábamos a través del caóticamente infernal tráfico, contemplaba los modernos rascacielos construidos sobre los solares donde antaño se asentaron las fábricas textiles que dieron vigor y prosperidad a Bombay. Curiosamente, desaparecidas las plantas industriales, se mantienen en pie, sin embargo, los inmensos bloques de minúsculos apartamentos en su mayoría de una sola habitación, creados para albergar a los trabajadores de estas industrias, vetustas construcciones hiperpobladas que se arraciman alrededor de los nuevos y altísimos edificios de oficinas en un chocante contraste, por otra parte tan típicamente indio, entre la opulencia y la necesidad.

Al llegar a Dharavi le pido a Prashant que se detenga, entre atasco y atasco el taxista y yo hemos tenido tiempo de sobra para presentarnos claro y charlar sobre casi todo. Son muy pocas las calles del barrio por las que se puede circular en coche, pues la mayoría son demasiado estrechas para ello, y además me apetece andar, así que paramos y Prashant me obliga a anotar cuidadosamente el nombre del pequeño puesto de comida donde va a esperarme, así como su número de móvil. Con todo, todavía no está tranquilo, y me pide que le llame ahora desde mi teléfono, a modo de prueba, para confirmar que, si me pierdo, podré ponerme en contacto con él. Humilde taxista, Prashant ha resultado ser un hombre realmente responsable y concienzudo, preocupado por la inconsciencia de este ignorante extranjero.

Bien, finalmente estoy aquí, doy apenas unos pasos y me detengo a contemplar el turbador espectáculo que se muestra ante mis ojos. No puedo evitar meditar que, durante los inmóviles siglos de la interminable Edad Media europea, el nombre de la India evocaba el edén. Para el ideario medieval, aislada del resto del mundo por los demoníacos ejércitos de Gog y Magog citados en el Apocalipsis, la India era una tierra maravillosa, plagada de riquezas y extraños habitantes, que alimentaba la desatada fantasía de los escritores del Medievo. Citando al medievalista francés Le Goff, la India resultaba nada menos que la antecámara del paraíso. A la vista de Dharavi, con sus chabolas, sus montones de basura, su hedor, quizá las leyendas medievales exageraban un poco…

Estoy solo, un occidental despistado caminando por angostas callejas, deteniéndose a contemplar la ordenada cola que forman unos cuantos hindúes para acceder a un aseo público, a la puerta del cual se vende champú y jabón en coloridas dosis individuales, o sorprendiéndose por el indescifrable entramado de cables y tomas de corriente que cuelgan por las fachadas de las hileras de casas y chabolas. Una soledad que por un momento aguijonea mi estómago en forma de miedo. Pienso en la novela del gran Vikram Chandra, Juegos sagrados, y su peligroso Bombay lleno de gánsters, delincuentes y policías corruptos, donde la vida de un hombre no vale nada, y casi me parece adivinar, entre los individuos que pasan junto a mí, la figura de Ganesh Gaitonde, el implacable bhai[2], que protagoniza su obra. La verdad es que resultaría fácil hacerme desaparecer en Dharavi y probablemente nunca se hallaría rastro de mí en este enjambre humano inaccesible a toda racionalidad urbanística, pero para mi tranquilidad, la gente con la que me cruzo, y ese es siempre el milagro de este país, sonríe despreocupada. Un barbero cuyo establecimiento consiste en dos sillas y un pequeño espejo me llama para que me afeite, una anciana que tranquilamente deja pasar el día frente a la puerta de su casa me hace una seña hospitalaria para que entre en su humilde hogar y unos hombres que lavan ropa en una especie de charca de agua estancada, y que cuelgan las prendas ¿limpias? sobre las vías del tren para que se sequen me piden que les fotografíe. Nada resulta inquietante o comprometido. El único problema con el que me encuentro son tres adolescentes empeñados en seguirme y darme la mano, finalmente le doy un empujón al mayor de ellos y los tres desaparecen entre risas. Como las leyendas medievales, me da la impresión de que también la literatura contemporánea, en ocasiones, tiende a exagerar un poco.

Cuando decido volver en busca de Prashant y su taxi, es ya mediodía, el calor ha ido subiendo a lo largo de toda la mañana y ahora resulta húmedo y asfixiante, cansado por la caminata y acalorado por la temperatura, compro en una pequeña tienda una botella de Maaza, un aparentemente exótico refresco de zumo de mango que sin embargo está comercializado, milagros de la globalización, por Coca-Cola, y me siento en el suelo a disfrutar de mi bebida. La bebo con los ojos cerrados, dejando que el líquido frío y dulce me reconforte. Cuando los abro, observo que una mujer vestida de forma tradicional con un sari de color azul se ha sentado a mi lado e imagino que extrañada y suponiéndome perdido, me pregunta si puede ayudarme en algo, le contesto que no y le doy las gracias, pero ella no se mueve y esta vez su pregunta es más difícil, me pregunta por qué estoy allí, en Dharavi. Guardo silencio, es una pregunta difícil, resultaría estúpido contestar, como si estuviera frente al Taj Mahal, con el socorrido “is very nice”, de repente casi me avergüenzo y me siento como un intruso que se hubiera adentrado, sin recato, en la cara más sórdida y triste de la gigantesca urbe en busca de entretenimiento a través de la miseria de la gente, así que finalmente me encojo de hombros mientras ella asiente con la cabeza. Durante un rato, conversación inevitable en esta nación, me habla de sus hijos, pero luego vuelven las preguntas espinosas,

-¿Te gusta la India?

Esta vez le contesto sin dudas, rotundo: sí, la India me fascina, es un país inconmensurable. Ella se ríe mostrando un fila de dientes desigual y bastante incompleta, pero su respuesta está bañada en fatalismo,

– Te gusta porque solo vas a estar unos días, si vivieras siempre aquí la odiarías.

De nuevo el silencio tan solo cortado por mi breve respuesta: un quizás dubitativo. Incomodo le sonrío y me despido. Decido desandar definitivamente el camino en busca de mi taxi. Cuando llego donde estaba aparcado, Prashant me mira con alivio al comprobar que no me he perdido y que vuelvo en perfecto estado de revista.

Culmino mi banquete en el Pizza Bay con un tiramisú, pura lujuria en forma de pastel. Inopinadamente los Bee Gees continúan con su letanía de canciones pasadas de moda y el local está ahora repleto, con sus clientes divididos en dos bandos según sus prioridades, los turistas, agolpados junto al ventanal, siempre en busca de la mejor vista, y los locales, que optan por las mesas del fondo del local, más cercanas a las salidas de aire acondicionado y por tanto más frescas. Satisfecho y con el estómago lleno salgo a la calle. Marine Drive alcanza el colmo de su belleza durante la noche, no en vano los ingleses la llamaban “Queen’s Necklace”, el collar de la reina, por el rutilante brillo de sus farolas que en la distancia semejarían perlas de un gigantesco collar. Además, la oscuridad permite disfrutar en todo su esplendor del iluminado skyline de Bombay, un skyline que no deja de crecer impulsado por la economía de una ciudad que genera más del 30% del producto interior bruto de la totalidad del país. Pero ya se sabe, la India es la tierra del todo o nada, así que mientras contemplo la magnificencia del lugar, un pobre desarrapado extiende a unos metros de mí una vieja y raída manta, probablemente su única propiedad, para tumbarse sobre ella dispuesto a pasar allí la noche. Me acerco y le doy unas cuantas rupias, una triste limosna que seguramente aspira no tanto a salvar al pobre indigente como a aliviar la mezquina conciencia del viajero. Un viajero que, resignado, decide seguir el consejo que a Rama Mahoma Thomas da su casero Ramakrishna en “Slumdog Millionaire”:

“Los indios poseemos la sublime capacidad de ver el dolor y la miseria que nos rodea sin que nos afecte. Así que pórtate como un auténtico habitante de Bombay, cierra los ojos, cierra los oídos, cierra la boca y serás feliz como yo. Y ahora vete, es mi hora de dormir[3].”

En Bombay, a 16 de agosto de 2012

 

 

 

[1] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire. Anagrama. Barcelona, 2006, p. 154

 

[2] Capo de una banda de delincuentes

[3] SWARUP, Vikas. Slumdog Millionaire, opus cit, p.,82

VICTOR SERGE. “Medianoche en el siglo”

“Para entonces la noche se cuajaba ya en los cristales rotos y parcheados con trozos de papel. En el sótano, debajo de ellos, una mujer acunaba un niño. Su voz exhalaba como un lamento. (…) Elkin sirvió alcohol en dos vasos grandes. Durante un instante se quedaron silenciosos, espesos, endurecidos, envejecidos: para cada uno el rostro del otro parecía emerger de una tristeza desesperada.”

El drama intelectual y sobre todo personal de Víctor Serge puede resumirse en el choque, siempre brutal y descorazonador, entre la esperanzadora e idealista utopía y la realidad, siempre tan prosaica y mezquina. Víctor Serge fue, fundamentalmente, un fiel creyente. Sí, un sincero devoto de la revolución socialista cuya fe no se vio nunca alterada pese a sus reiterados fracasos personales y a que pudo contemplar, con sus propios ojos, como el paraíso prometido por la Revolución Rusa se transformaba en el infierno del gulag estalinista.

Este hijo de rusos exiliados en Bélgica, dedicó su vida entera a la agitación en pro del socialismo, pero esta entrega absoluta no le salvó de la represión del estalinismo. Con todo, pese a su rechazo frontal a la deriva que tomó la Revolución Rusa con Stalin, Serge nunca abandonó su fidelidad a la figura de Lenin. Quizá porque en un principio, también Vladimir Ilich, auténtico nombre de Lenin, se dejó llevar por el amor a la utopía, llegando a escribir frases como éstas:

“La gente llegará a acostumbrarse gradualmente al respeto a las normas elementales de la vida en común, a respetarlas sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato específico de fuerza al que se denomina Estado.”

Desgraciadamente, y a diferencia de Serge, siempre más intelectual que político, el componente utópico en Lenin será sustituido por una fijación obsesiva por la consecución del poder, objetivo al que supeditará todo lo demás, convirtiéndose fundamentalmente en un táctico de la política, perfectamente pegado al terreno. Hasta el punto de que, como es sabido, aunque su partido, tras la caída del zar, perderá las elecciones obteniendo tan solo un 24% de los votos, los bolcheviques impedirán, armas en mano, la apertura de la Asamblea Constituyente y se harán violentamente con el poder.

Una vez en el poder, los restos de pensamiento utópico, si es que todavía albergaba algunos, de Lenin, se enfrentarán a la realidad, y su respuesta estará muy alejada del idealismo que siempre mantuvo Víctor Serge. Así, Lenin despachará la cuestión con afirmaciones de este tipo: “El proletariado está desclasado. No prometemos libertad ni democracia. La industria es indispensable, la democracia no.”

De ésta forma, nuestro querido intelectual y genial escritor, una vez más, se quedó solo. Como ya le había ocurrido en Bélgica, en Francia, e incluso en España, donde colaboró, en 1917, con el movimiento anarquista. Hasta el punto de que en 1928, ya en pleno estalinismo, será expulsado del Partido Comunista, por el que tanto había luchado, y encarcelado en 1933.

Quizá pueda parecer que he dedicado demasiado espacio a las vicisitudes políticas de Víctor Serge y su época, pero es que sin conocer el contexto resulta imposible comprender adecuadamente su obra literaria en general, y el libro que comentamos hoy: “Medianoche en el siglo.” Serge fue un escritor de un talento natural excepcional, sin embargo, su dedicación política en aquellos tiempos convulsos perjudicó sin duda su obra, que podía haber sido aún mucho mejor. Como él afirmó más de una vez, sus textos están redactados de forma un tanto acelerada, faltos quizá del reposo que con otro tipo de vida, podría haberles dado, y sin embargo resultan al mismo tiempo magníficos.

Esto es lo que le ocurre a “Medianoche en el siglo”, cuyo esquema argumental podría estar mejor resuelto, pues por momentos resulta un tanto deslavazado. Sin embargo, la lectura de esta obra es altamente recomendable, su mayor valía es la de acertar a expresar literariamente el ambiente de opresión, de derrota, desánimo y especialmente de sinsentido de los primeros represaliados políticos de la revolución bolchevique, condenados a malvivir en recónditos parajes de la inmensa Rusia, esperando su ejecución en la siguiente vuelta de tuerca de las purgas estalinistas. Toda la novela está bañada en el amargo almíbar de una melancolía sin esperanza. Traicionados por el ideal al que entregaron sus vidas, los personajes admiten y soportan, con esa resignación siempre tan presente en la literatura rusa, que ya nada tiene sentido, que sus vidas han perdido todo objetivo, y sobrellevan ese dolor de una forma que sin duda cala en el ánimo del lector conmoviéndole. Pues como afirma uno de los personajes citando a Pushkin: “No hay dicha en la tierra, sino calma y voluntad.”

Pese a la inocencia que frente al mundo real presenta siempre el intelectual de raza, en la época en que escribió “Medianoche en el siglo” Serge ya había descubierto que las revoluciones las inician casi siempre idealistas de bien, pero las concluyen tipejos sin escrúpulos como Dzerzhinski, primer director de la checa soviética, quien se permitía expresar lindezas como esta: “Yo no busco justicia. No necesitamos justicia. Esto es una guerra, cara a cara, una lucha hasta el final. Esto es a vida o muerte.” Sin embargo, sus personajes, como él mismo, siguen manteniendo su lealtad a la revolución, aun sabedores de que serán masacrados por ella, lo que les convierte en seres conmovedores y estúpidos a la vez.

“Medianoche en el siglo” es un excelente recuerdo literario de una de las grandes decepciones socio-políticas de la historia, la Revolución Rusa, que probablemente acabó con la posibilidad de la utopía dando el primer paso hacia nuestra postverdad contemporánea. De ahí que resulta lectura obligada para todos aquellos amantes de la buena literatura interesados además en un acontecimiento históricamente tan significativo. Dejemos que sean las palabras de la novela de Serge que cierren, igual que la iniciaron, esta reseña:

“Uno cree ser único y que sin su presencia el universo se quedaría vacío, pero en realidad uno ocupa en el mundo el mismo espacio que una hormiga en la hierba. La hormiga camina acarreando un huevo de pulgón, tarea capital para la que ha nacido: tú la aplastas sin saberlo, sin que ella misma lo sepa, y nada cambia. (…) No sufras por tu insignificancia, pero que te sirva de consuelo: pierdes muy poco al perderte a ti mismo y, en cuanto al mundo, él sí que no pierde nada.”