¿Tiene sentido hablar de ética hoy? (Texto de la ponencia que pronuncié en el ciclo de conferencias en torno a la ética organizadas por la revista “El Llobregat”)

La revista “El Llobregat” ha tenido la feliz idea de impulsar una serie de conferencias filosóficas bajo el nombre genérico de “Diàlegs Filosòfics al Baix” cuya hilo argumental central será  la ética. El coordinador de este proyecto, don Jaume Grau, me ha solicitado que en esta intervención inicial que abre el ciclo, realice una pequeña reflexión genérica acerca de la filosofía ética que sirva como marco teórico general a las distintas ponencias que tendrán lugar a lo largo de este ciclo. De ahí que en esta breve intervención intentaré presentar algunos conceptos básicos al respecto de la reflexión ética, y sobre todo, plantear una serie de interrogantes, ¡esta es en realidad la función del filósofo!, a fin de que, quienes sigan las diferentes ponencias planificadas, puedan recapacitar sobre los mismos a través de las aportaciones, seguro que brillantes, de los diferentes ponentes.

Empecemos por el principio, es decir por la protagonista de estas charlas, la palabra ética. Aunque es una cuestión generalmente conocida, no está de más recordar cuál es su origen etimológico. Ética tiene su origen en el término griego ethos, que en un primer momento quería decir “lugar”, “aquel lugar en el que uno se mueve”. Sin embargo, con el tiempo, el significado se determinará mejor hasta significar aquello que discierne nuestro movimiento, lo que hace que nos movamos en una dirección u otra[1]. Es decir, y aquí nos encontramos ya con una idea altamente significativa, la palabra alcanza el significado de “orientación”, aquello que orienta al hombre, prefigurando una de sus acepciones modernas, la de la ética como orientación racional para la vida. Por ello no resulta extraño que el tema central que “Diàlegs Filosòfics del Baix” haya elegido para su primer ciclo de conferencias sea el de la ética, pues sin duda vivimos una época muy necesitada de orientación, de consejo y de ética.

Los tiempos turbulentos resultan siempre más proclives a la ética, pues cuando los puntos de apoyo culturales y sociológicos no están claros, cuando la tradición recibida y las enseñanzas paternas no encajan con la realidad que al ser humano le ha tocado vivir, éste busca inevitablemente en la ética respuestas claras a la pregunta al respecto de cómo actuar y cómo situarse ante la vida. La metafísica, por el contrario, requiere de un mayor sosiego, pues aunque en el fondo pretenda resolver las mismas cuestiones, sus respuestas quizá puedan parecer en estos tiempos, demasiado teóricas, demasiado profundas. Podríamos decir que es en épocas de mayor tranquilidad coyuntural cuando el hombre asciende en busca de la fundamentación de la ética, es decir, se zambulle en la metafísica. Y es que, realmente resulta harto discutible que, sin metafísica, pueda hablarse, con auténtico sentido, de ética. Pero este es un punto sobre el que volveré más adelante. Vivimos tiempos convulsos, sin duda, pero conviene aclarar que con esta afirmación no me estoy refiriendo a las penosas peripecias políticas que sufre nuestro país en la actualidad. Cuestión esta que no deja de resultar ridícula desde un punto de vista racional y absolutamente falta de grosor intelectual. Desde una perspectiva mundial no deja de ser una cuestión más bien nimia. Al hacer esta reflexión me refiero a una coyuntura que afecta a todo el planeta y que tiene que ver, fundamentalmente, con la incontenible revolución tecnológica que se está desarrollando en nuestros días. Una revolución que no sólo está acelerando de forma desmedida el devenir de los acontecimientos humanos, sino que supone un cambio de paradigma radical en el total del orbe. Si Sócrates y Platón fueron testigos del trascendental cambio que supuso el paso de la tradición oral a la tradición escrita, los humanos que transitamos por este siglo XXI somos partícipes en primera persona de un cambio igual de trascendente: el abandono de la tradición escrita y la imposición de un nuevo paradigma que podemos llamar “virtual” o “tecnológico”. De ahí que, en medio de esta confusa transición, el hombre busque respuestas, y sobre todo, sensación de seguridad, en la ética.

Este dominio de lo tecnológico, de lo científico, como no puede ser de otra forma, está influyendo también en la filosofía, así Victoria Camps, en la introducción a su Breve historia de la ética, afirma que las preguntas por la ética son las más propiamente filosóficas, pues la mayoría de los ámbitos de conocimiento que pertenecieron en otros tiempos a la filosofía han pasado a manos de las ciencias sociales y empíricas[2]. Argumento éste con el que no puedo estar de acuerdo, pues el nervio central de la filosofía es el mismo que genera la gran pregunta del ser humano, la interrogación primaria: el problema del sentido de la vida, y ésta es una cuestión que más que ética es fundamentalmente metafísica y desde luego el pensamiento científico tiene muy poco, o más bien nada que decir al respecto. Es famosa en este sentido, y absolutamente veraz, la afirmación del filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein: “Incluso aunque se llegaran a responder todas las preguntas científicas posibles, los problemas de la vida seguirían totalmente intactos.” La filosofía sigue resultando hoy día una ciencia imprescindible para intentar comprender el mundo y sobre todo nuestra vida. De hecho, solo la filosofía puede defendernos hoy de la radical deshumanización de la existencia hacia la que nos está conduciendo este triste imperio de lo tecnológico, un imperio cuyo impulso fundamental es convertir toda acción en herramienta y a todo hombre en engranaje indiferenciado de un todo artificial y alienado en pro de la eficacia, la producción y lo técnico.

Si la metafísica coloca al hombre en la posición de preguntarse por el sentido de la vida, la ética centra su indagación al respecto de qué es vivir bien, de en qué consiste una vida buena. Además, y en segunda instancia, la ética aborda la cuestión de cómo organizar la vida en común de los hombres, al fin y al cabo somos seres fundamentalmente sociales, preservando al mismo tiempo los derechos, libertades y autonomía de cada ser humano. De lo dicho se deduce fácilmente que, en última instancia, toda reflexión ética es al mismo tiempo, e inevitablemente, una reflexión política. Recordemos aquí la reflexión de fondo que late en La República de Platón, más que los distintos regímenes políticos, lo importante son los ciudadanos que los soportan, pues si los ciudadanos son virtuosos, tienen una buena ética, y se esfuerzan por llevar a cabo una vida óptima, el país en el que vivan será un gran país. Por el contrario, ningún constructo político será capaz de enderezar una sociedad formada por hombres malvados.

Antes de seguir con estas reflexiones, creo que estaría bien que nos detuviéramos un momento en la distinción entre ética y moral. Si bien en el habla corriente estas dos palabras tienden a confundirse y a utilizarse de forma indistinta, en realidad no significan lo mismo, y conviene que lo tengamos en cuenta. Por decirlo de un modo casi economicista pero fácilmente entendible, la moral tiene más que ver con la coyuntura, mientras que la ética se refiere a la estructura. La moral se pregunta directamente por el qué he de hacer, es decir, tiene relación con nuestros hábitos y costumbres, mientras que la ética se pregunta por qué lo he de hacer. Es decir, se pregunta por la razón última de nuestros actos. Por ello podemos decir que la ética es, en un cierto sentido, filosofía moral. La ética busca la legitimación de la moral, situándose en un plano superior. De ahí que a lo largo del tiempo y dependiendo de los cambios culturales, diferentes posturas morales pueden sostenerse sobre una misma idea ética. Por esta misma razón una moral perversa o equivocada puede partir de una ética perfectamente razonable. Pongamos un ejemplo, nadie negará la profundidad de la ética aristotélica, y sin embargo la suya es una moral que acepta de buen grado la esclavitud, algo con lo que, evidentemente, no podemos estar de acuerdo en la actualidad. De lo dicho hasta ahora, vemos claramente como el relativismo moral resulta un hecho innegable, corolario obligado de las diferencias temporales y culturales. Otra cosa muy distinta es si podemos hablar, con la misma tranquilidad de relativismo ético. La cuestión aquí es más difícil, pues admitir el relativismo ético implica, en último término, negar la existencia de una verdad absoluta que permita fundamentar la ética, y eso  puede significar la invalidación de la ética en sí misma.

El hombre es un ser libre por naturaleza, el ser humano es esencialmente libertad, pues en cualquier situación es cada individuo quien debe elegir qué hacer. Así, nuestros actos, es decir, las diferentes decisiones que vamos tomando al respecto de las situaciones vitales con las que nos encontramos, conforman ya, de manera consciente o inconsciente, nuestros valores morales. Sin embargo, al igual que el resto de la reflexión filosófica occidental, podemos decir que el pensamiento ético, tal y como lo entendemos hoy día nació en Grecia. Aunque probablemente ya encontramos planteamientos éticos en autores previos como Heráclito, podemos afirmar que es con el viejo maestro Sócrates cuando el pensamiento ético adquiere carta de naturaleza. En realidad, Sócrates revoluciona el modo de pensar en esta cuestión. Hasta entonces, lo que imperaba era un tipo de moral determinada por la pertenencia a un grupo social. Así, guerrero, agricultor, sacerdote…, de forma que lo virtuoso era directamente hacer lo que se esperaba que hiciera en cada ocasión un guerrero, un agricultor, etc. La moral estaba formalizada, no se trataba de “elegir”, sino de “seguir” las normas dictadas para cada casta. Alasdair MacIntyre lo explica muy bien. “En tal sociedad, un hombre sabe quién es sabiendo su papel en estas estructuras; y sabiendo esto sabe lo que debe y lo que se le debe. (…) El hombre es lo que hace. (…) Cualquier interpretación adecuada de las virtudes en las sociedades heroicas no es posible si se las separa de su contexto en la estructura social. (…) Moral y estructura social son de hecho una y la misma cosa[3].”

Sócrates romperá esta lógica socio-moral mostrando cómo más allá de pertenencias a estratos sociales, lo que nos identifica es nuestra humanidad, y que es a partir de ella como, de forma individual y personal, hemos de tomar nuestras decisiones éticas y morales. Es decir a partir de Sócrates se hace necesario, para adoptar una postura ética, dar un paso atrás, tomar distancia sobre nosotros mismos y nuestra historia, juzgando la cuestión, por así decirlo, desde nuestro exterior. Fijémonos que este modo de enfocar el asunto conlleva un gran efecto secundario, el de la responsabilidad personal. A partir de las enseñanzas del filósofo ateniense, ya no podemos escudarnos en la tradición o en enseñanzas preconcebidas, tenemos la obligación de tomar nuestras propias decisiones morales y cargar con la responsabilidad de las mismas. Algo que en general no nos suele ilusionar demasiado…

Podemos englobar a la multitud de posiciones y doctrinas éticas aparecidas desde la época socrática en dos grandes subconjuntos: el de las éticas teleológicas y el de las éticas deontológicas.

La ética teleológica ve a la felicidad y el bien como fines naturales de hombre. Así este tipo de éticas se esfuerzan en enseñarnos cómo debemos vivir para alcanzar esta felicidad. El ejemplo prototípico sería el epicureísmo. Conviene mostrar que el peligro de estas éticas está en su banalización y su desarrollo sin una fundamentación clara (de nuevo la metafísica…), pues si sólo nos centramos en los presuntos caminos para alcanzar la felicidad, podemos convertir a estas éticas en mera autoayuda, al estilo de los bestsellers simplificadores de pretendidos gurús, que tanto se venden hoy día y que prometen, vanamente, conocer la vía más directa hacia la felicidad.

Por su parte, la ética deontológica, obviamente sin rechazar la felicidad, pone al deber en el centro de la cuestión. El hombre ha de hacerse digno de su existencia y por ello debe priorizar la acción debida. En este caso, el ejemplo de ética deontológica lo encontraríamos en el estoicismo. Si el peligro de la ética teleológica es la banalización, el de la ética deontológica es el de convertir su filosofía de la acción por el deber en una pose fundamentalmente estética, en un mostrarse como superior al resto a través de comportamientos aparentemente sublimes.

Presentados someramente algunos conceptos básicos de la ética, es el momento de abordar ciertos interrogantes que en la actualidad se plantean a la reflexión ético-moral. El primero de ellos remite a la cuestión dela felicidad. Ya hemos visto que la felicidad resulta una idea clave para la mayoría de elaboraciones éticas. Pero, ¿realmente existe la felicidad o es en realidad un mero deseo, un anhelo del hombre que siempre se sitúa en el futuro y nunca en el presente? Es una cuestión discutible, pero desde mi punto de vista la felicidad es algo que el hombre, por su propia naturaleza no puede alcanzar. Podríamos decir que la felicidad se parece a la línea del horizonte, es algo que parece siempre estar delante de nosotros, a nuestro alcance, pero que por más que caminemos nunca  alcanzaremos. El hombre es un ser abierto al infinito, inevitablemente inquieto, pues intuye en él mismo una apertura a lo espiritual que no consigue articular y que le causa desasosiego. El ser humano no puede sentirse nunca totalmente colmado, pues siempre le cabe un poco más de dolor o un poco más de placer. Cada acto en nuestra vida no es más que una etapa que nos encara ante una nueva situación, pues aunque el hombre se construya fundamentalmente desde el pasado, está inevitablemente enfocado hacia el futuro y a la esperanza, más o menos consciente, de la inmortalidad. En cierto se puede afirmar quien dice ser perfectamente feliz, o se autoengaña, o bien ha empezado a morir, al menos espiritualmente, es decir, en cuanto a su auténtica humanidad.

El otro gran interrogante al respecto de la ética que quería comentar en esta charla es el que hace referencia al problema de la fundamentación. Vivimos en una época profundamente secularizada, en la que, de facto, se ha borrado toda referencia al mundo trascendente y a la cuestión de la existencia de Dios. Nos guste más o menos, -imagino que ustedes ya habrán intuido a estas alturas que a mí me gusta más bien poco…-, este es el mundo en el que vivimos, y en el que debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿es posible elaborar y sobre todo sostener un discurso ético sin que el mismo esté fundamentado por algo externo a él? Creo que la ética no puede sustentarse en sí misma, la mera pretensión de algo así es una caída evidente en el famoso trilema de Münchhausen. Si se renuncia a la verdad trascendente, si sólo queda lo material, si todo es discutible, ¿por qué he de obedecer alguna regla moral? Sin trascendencia, sin metafísica, la ética se convierte en puro utilitarismo, una doctrina voluntarista y egoísta condenada a convertirse en grosera autoayuda. Digámoslo de forma más clara, sin religión la ética resulta imposible, se convierte en una pura convención económica.

Esta cuestión ya fue fijada, de forma definitiva por Nietzsche en su celebérrimo texto del loco con la linterna (La Gaya Ciencia, aforismo 125). El filósofo alemán nos advierte de que una vez la sociedad occidental ha acabado con la idea de Dios no es posible seguir, intelectualmente, como si nada hubiera pasado. Al eliminar el referente último, el pilar fundamental, sobre el que se había construido toda la filosofía occidental desde Grecia hasta el siglo XIX, inevitablemente el edificio se derrumba. Fijémonos en que la mayoría de conceptos que seguimos utilizando hoy día en torno a la ética tienen una connotación absolutamente cristiana, y en su mayoría fueron desarrollados por pensadores religiosos, el término persona, creado en los grandes concilios de Nicea y Calcedonia resulta a este respecto arquetípico. ¿No es paradójico? Lo que estamos haciendo es utilizar un lenguaje absolutamente desfasado e inútil, pues al haber eliminado del mismo cualquier sustrato religioso, lo que hemos hecho es vaciarlo de sentido, dejarlo sin contenido.

Pero la cuestión, si seguimos examinándola, empeora todavía, pues si a la práctica totalidad de tabúes morales y éticos les arrancamos de verdad su pátina de trascendencia o presunta trascendencia, si los dejamos, por decirlo de una forma gráfica, al desnudo, ¿qué nos queda? Pues pura economía. Reglas económicas que tienen que ver con la eficacia productiva, con la protección de la propiedad privada, y con el mantenimiento de la especie. Me remito al respecto a las obras del antropólogo cultura Marvin Harris, quien creo que ha mostrado con eficacia que los tabúes morales suelen ocultar casi siempre intereses de las clases dirigentes y normas de control hacia las clases productivas y oprimidas. Podemos resumir este asunto de la siguiente manera: todas las morales pueden explicarse recurriendo a un trasunto económico, pero la ética difícilmente puede mantenerse sin el sostén último de la divinidad. Quizá resulte provocador para algunos, pero no es ninguna tontería, muy al contrario, afirmar que una vez se renuncia a la religión y a cualquier dogma trascendente, ser un “individuo ético” resulta hoy día absolutamente reaccionario y contrarrevolucionario, pues al comportarse éticamente, el individuo no está haciendo otra cosa que perpetuar las ideas e intereses de quien le está esclavizando.

Para desesperación de la mayoría de filósofos que se mueven hoy día en el ámbito de la ética, no existen los grises en este campo, tan solo el blanco y el negro. En esta área del pensamiento, el gris se convierte en el color de los cobardes, de quienes prefieren no decidir no por falta de conocimiento, sino por miedo.

Resulta sorprendente que una sociedad que niega a priori y de forma absolutamente dogmática y casi diría que violenta, toda expresión de creencia en el más allá, en lo espiritual, por otro lado se empeñe en mantener la ficción de la existencia de los grandes conceptos universales tales como, justicia, bien, mal, derecho natural universal, humanidad… Si yo ahora mismo empezara a defender en esta sala la existencia, digamos por ejemplo, de los ángeles, la mayoría de ustedes empezarían a mirarme de forma escéptica y con una media sonrisa dibujada en su boca. En cambio si hablo de justicia, de bondad, ustedes me escucharán con atenta formalidad. ¿Por qué? Estos conceptos no son más que constructos mentales, convenciones que no remiten más que a un presunto significado metafórico. Si realmente somos una sociedad materialista, que sólo cree en lo empírico, en el método científico, en lo comprobable a través de la experimentación, ¿cómo podemos hablar de derecho natural universal, o de maldad? ¿Dónde está la maldad? ¿Cuánto pesa? ¿De qué color es? Nietzsche ya advirtió que debíamos transformar nuestros patrones morales, pero ay, es tan cómodo, en un mundo tan horrible y frío como el nuestro arroparse bajo el falso calor de los términos universales. Caminar sobre el hielo es algo que dejamos para los individuos como Nietzsche, a los que admiramos, pero no hacemos ni caso…

Seamos claros de una vez, no existe el bien, ni el mal, ni la justicia. Son palabras que han perdido todo su sentido. El ateísmo no puede ser religioso, es ridículo. Por eso en la sociedad se vive lo que hemos llamado “crisis de valores”, porque la ética sobre la que se crearon los mismos ha perdido toda su vigencia, se ha disuelto en el mar de la increencia. La ética actual no es más que puro utilitarismo, es decir prácticas para que, presuntamente, nos vaya mejor en la vida, pero el utilitarismo es siempre discutible, y desde un punto de vista intelectual, perfectamente deleznable. Y aquí se abre una inquietante cuestión, terrorífica diría yo, sobre la que querría hablar antes de concluir esta conferencia: el utilitarismo ético, al carecer de herramientas dogmáticas efectivas, está condenado a moverse por la senda del totalitarismo como única vía para imponer sus presupuestos.

Hemos convertido a la razón humana en la dueña y señora del mundo occidental. Así expresado, esto parece algo positivo, deseable, un avance en la civilización. Pero conviene ser precavidos, si lo apostamos todo por un mundo absolutamente racional, estamos apostando por un mundo sin libertad, mecánico, absolutamente predecible y fundamentalmente autoritario. Tras los horrorosos acontecimientos del siglo XX, seguir manteniendo la fe en la pura razón es simplemente eso: fe desprovista de cualquier correlato en la realidad y en la historia. La Ilustración a través de la Revolución Francesa, nos prometió un mundo regido por la razón que, liberado del oscurantismo religioso, sería absolutamente maravilloso, un mundo de concordia y felicidad. Pero la verdad estaba muy lejos de este ingenuo optimismo, los mismos revolucionarios que defendieron las excelencias de la razón, decidieron que la mejor manera de defender los derechos del hombre era a través de la guillotina… De hecho, un pensador tan poco sospechoso de reaccionario como George Steiner ha declarado sentirse mucho más cercano al contrarrevolucionario de Maistre que a Voltaire, Diderot, Rousseau o a la Ilustración en general, pues a diferencia de éstos, de Maistre fue capaz de predecir el baño de sangre que aguardaba a la Europa del siglo XX. Frente a la ingenuidad ilustrada, el conde Joseph de Maistre ya alertó de que con la eliminación de las barreras de contención que, ante a la ferocidad del hombre, suponían la religión y las tradiciones políticas seculares, la bestia humana salía de su confinamiento para dar rienda suelta a sus apetitos más voraces.

En este mundo posmoderno creo que podemos afirmar que la pura  autofundamentación de la razón, la creencia paradójicamente irracional en la posibilidad de la razón autónoma como único camino posible con acaba en una Arcadia feliz para el conjunto de la humanidad. El reino de la razón soberbiamente descontrolada nos ha llevado hasta un mundo profundamente deshumanizado en el que las relaciones de dominio y explotación se han exacerbado. La razón empírica y falta de todo soporte espiritual liberada por la Ilustración no caminaba hacia la isla de Utopía, sino desgraciadamente en dirección al campo de concentración de Auschwitz.

¿Significa lo dicho en estos últimos párrafos que debemos renunciar a la razón? No, al contrario, pero hemos de tener presenta las limitaciones de la misma, y sobre todo, darnos cuenta de que un mundo que está sufriendo una profundísima transformación debido a la revolución tecnológica y al abandono de su histórica tradición religiosa, necesita nuevas propuestas éticas. No podemos seguir utilizando los mismos conceptos amparándonos en escusas tales como el consenso, porque hacerse trampas al solitario no es nunca una solución. Quizá hay algo de esto en lo que ha venido en llamarse “éticas de mínimos”, aquellas ideas fundamentales en las que, supuestamente, todos los seres humanos podrían ponerse de acuerdo. De nuevo volvemos a la economía y al utilitarismo, al pacto de más vale malo conocido… Al fin y al cabo, si solo hay materia, si solo hay absurdo y aleatoriedad estadística, ¿por qué lo que quiero, en tanto que bueno, he de quererlo para todo el mundo? La respuesta, desgraciadamente es clara, en tanto que no me quede otro remedio… La ética del siglo XXI es sólo interés personal, radical egoísmo disfrazado con palabras grandilocuentes, búsqueda de placer vacío pero instantáneo en un mundo asfixiante en el que todo es economía y más economía.

Por ello, para revivificar la ética no nos queda más remedio que resucitar a la metafísica, porque el discurso ético o es también metafísico o no es más que flatus vocis, una ráfaga de voz sin sentido.  Muchas gracias.

[1] TRÍAS, Eugenio. Els fundadors de l´ètica. En BILBENY, Norbert (editor). Grans fites de l’ètica. Barcelona. Barcelona. Editorial Cruïlla. 2000, pp 15-16

[2] CAMPS, Victoria. Breve historia de la ética. Barcelona. RBA. 2013, p.12

[3] MAcINTYRE, Alasdair. Tras la virtud. Barcelona. Editorial Crítica. 2004,  pp.158-160

DE MAYOR QUIERO SER GAUTIER CAPUÇON!

Sí, lo confieso públicamente, definitivamente y sin asomo de duda alguno, en mi próxima vida, esa en la que por fin conseguiré hacerme mayor y además un hombre de provecho, quiero reencarnarme en ese excelso intérprete de violonchelo nacido en Chambéry (Saboya), que es Gautier Capuçon. No crean que la decisión ha sido fácil, al contrario, me ha resultado dificilísimo decidirme, pero al final he tenido que rendirme ante la evidencia: deseo ser el clon perfecto de Capuçon. La principal dificultad en la elección radicaba en que, durante años, ha sido otro personaje, también casualmente francés, el gran Michel Ney quien ocupaba el cargo honorífico de ser el personaje histórico que colmaba todas mis aspiraciones existenciales, – como pueden observar queridos lectores, mi mente posee un querencia absolutamente irracional, y lo que es peor, absolutamente autónoma, hacia todo lo que tenga que ver con el país galo, hecho éste que me preocupa enormemente, pues en teoría a los españoles nos caen mal los franceses, ¿no?-.

Quizá algunos de ustedes se preguntarán al respecto de quién fue Michel Ney y del porqué de mi juvenil adoración, por este personaje. Ney fue nada menos que el mariscal preferido de Napoleón Bonaparte, quien le bautizó con el sobrenombre de “valiente entre los valientes”, ¡ahí es nada! si Napoleón, que se pasó la vida rodeado de héroes militares tenía esa impresión de Ney, menudo debía ser el tipo…

Ney es un personaje extraordinario, siendo hijo de un modesto tonelero, no sólo llegó a mariscal, que desde luego no es poco, sino que a lo largo de su vida acumuló todos estos títulos: Par de Francia, Caballero de la Orden de San Luis, Duque de Elchingen, Príncipe del Moscova… Y todo ello simplemente a golpe de valor y sable. Ney era un joven pelirrojo, mujeriego y alegre al que sus compañeros adoraban. Cómo no va un individuo cómo yo envidiar a un hombre así…, yo que a diferencia del valiente entre los valientes, además de feo y más bien tristón siempre he sido un cobarde entre los cobardes hasta el punto de presentar mil alegaciones distintas para al final conseguir no ir ni a la mili… En cambio, a Ney lo que le gustaba era el riesgo y la acción, en todas las batallas en que participó, y fueron muchas, siempre cargó en primera línea al frente de la caballería. Todos los enemigos de Francia, rusos, prusianos, austriacos, ingleses e incluso españoles, vieron venir contra ellos la figura esbelta de Ney, sable en mano y cabellera pelirroja al viento (el acento en lo de la cabellera es obviamente una traición de mi envidioso subconsciente dado el aspecto desértico de mi cuero cabelludo…). De hecho en la famosa batalla de Waterloo, Napoleón montó en cólera al ver cómo el impaciente Ney, sin esperar a recibir órdenes, harto de esperar, ordenó una carga suicida de su cuerpo de ejército contra la infantería inglesa. La mortandad entre sus filas fue tal que acabó quedándose solo en la carga, y los ingleses lo detuvieron cuando intentaba acabar con una batería británica a base de sablazos…

Pero el gran momento de Ney llegó unos años antes, en la terrible campaña rusa. Como es sabido, las tropas napoleónicas llegaron hasta Moscú, pero allí derrotadas por el hambre y el frío tuvieron que retirarse en un terrible marcha a través de la helada estepa acosados por el ejército ruso. En esas circunstancias, Napoleón puso al mando de la retaguardia, con la orden de cubrir la retirada de las fuerzas napoleónicas, al impasible Ney. En esa terrible retirada, el heroísmo de Ney sobrepasó todo lo esperable. Su mayor hazaña la protagonizó en el río Berezina, concretamente en uno de los puentes que cruzaba este río, Ney demostró que la “potencia testicular” que atesoraba estaba fuera de toda norma… Las tropas francesas cruzaron aquel puente a toda prisa perseguidas por los terribles cosacos rusos, sin embargo, los ingenieros del ejército francés no llegaron a tiempo de volar el puente a fin de evitar el paso de los cosacos. Ney ordenó a sus hombres que no cruzaran el puente y que plantasen cara a la caballería rusa hasta que el resto de las tropas francesas se hubieran alejado, sin embargo, y a diferencia de él, sus hombres estaban hechos de carne y hueso, y al oír el ruido de los cascos de los caballos cosacos, huyeron en desbandada. Pero eso no le importó a Ney, quien sí, créanselo porque es un hecho perfectamente histórico, impertérrito se quedó solo dispuesto a hacer frente a la embestida rusa… Finalmente, un pequeño grupo de soldados apenas doce, volvieron y le acompañaron en la gesta de detener por un rato a las huestes rusas.

Dicen que Napoleón, informado de la circunstancia, llegó a decir: “tengo 300 millones de francos en las Tullerías, los daría todos con tal de que Ney vuelva…” Y sorprendentemente, el “valiente entre los valientes” volvió, y tuvo sus quince minutos de gloria absoluta, al presentarse frente al emperador e informarle que él había sido el último francés en cruzar el puente sobre el río Berezina antes de volarlo, asegurando así la retirada francesa. Fue entonces cuando el emperador le nombró Príncipe del Moscova, convirtiéndose a ojos del pueblo francés en el héroe por excelencia de las guerras napoleónicas.

Sólo un apunte sobre su muerte, a diferencia de buena parte del resto de mariscales y generales del imperio francés, Ney se mostró fiel hasta el final a Napoleón. Obviamente un hombre como Ney temía mucho más al deshonor que a la muerte… Y la encontró junto a una tapia, donde fue fusilado tras la vuelta al poder de Luis XVIII. Se dice que frente al pelotón de fusilamiento sus últimas palabras fueron estas: “he luchado 100 veces por Francia, y nunca contra ella. ¡Viva Francia!”

Quizá después de este breve resumen comprendan mejor mi querencia por el mariscal Ney. Pero les tranquilizo, mis veleidades militares han acabado. Ahora mismo mi personaje es Gautier Capuçon. Tuve la ocasión de escucharle en directo en Barcelona hace un par de años. Me impresionó. Su interpretación, en concreto del concierto para violonchelo de Dvorak fue realmente exquisita. Y su porte…, su porte me trasladó a la misma envidia absolutamente insana que siempre había sentido por Ney. Tan perfectamente elegante, jamás por más que lo intente me quedará un traje como le queda a él, esa forma pausada y aristocrática de moverse, y sobre todo (y aquí vuelve de nuevo a hacerse visible con furia mi inconsciente) esa forma con que su abundante y lacio flequillo cae sobre el lado izquierdo de su rostro mientras interpreta… Si tienen un momento busquen fotos de mi envidiado Capuçon y me entenderán mejor. ¿Se imaginan lo que tiene que ligar un tipo como este? Su agenda debe ocupar un disco duro de cientos de gigas… Es algo injusto, porque este guaperas millonario no es un tonto más, ni un tipo superficial y lamentable, sino alguien capaz de arrancar al violonchelo una música deliciosa y magnífica, de manera que ni siquiera puedo odiarle –último recurso de los mediocres ante los triunfadores-, encima no puedo sino admirarle y escuchar boquiabierto sus interpretaciones. Los tipos como Capuçon nos recuerdan lo patéticamente imperfectos y aburridos que somos la gran mayoría de los mortales…

Busquen por ejemplo en Youtube su interpretación junto a la pianista Yuja Wang de la sonata para violonchelo y piano de Rachmaninov. Absolutamente sublime. Armonía celestial, la música que debe oírse en el paraíso. A quién no le gustaría ser Capuçon y poder hacerle a la linda Wang el gestito ese de: “estoy preparado, ya puedes empezar cuando quieras cielo.” Ay…

Yuja Wang, por cierto, merece una mención aparte, fíjense en su ropa híper ajustada, en sus tacones imposibles, ¿Cómo consigue tocar el piano y hacerlo también vestida así? ¿Será para impresionar a Capuçon? La ex niña prodigio del piano es una joven con unas facultades inmensas para la interpretación, pero por alguna razón que desconozco, se empeña en disfrazarse de pianista “choni.” Un poco al estilo de otra gran pianista del momento, la ucraniana buniatishvili, pero con menos gusto todavía. Seguro que las dos, en cualquier caso, están locas por Capuçon (disfrútenla también gratuitamente en youtube).

En fin, imagino que uno siempre desea lo que nunca poseerá, al fin y al cabo desear lo que se posee es en realidad un contrasentido…, así que inevitablemente aspiraré siempre de forma perfectamente inútil a la valentía de Ney, y al dominio artístico de Capuçon (sí, sí…, también envidiaré su pelo, y su éxito con las mujeres…). ¿Pues quién no sueña de vez en cuando con ser otro? En realidad a la mayoría de nosotros nos gustaría huir de nosotros mismos, dejar atrás nuestra vida y nuestro personaje. Deberíamos meditar sobre ello, pues en realidad, este soñar con alejarnos de nuestra propia identidad no es sino un síntoma demostrativo de lo vulgar, gris y lamentable que resulta, casi siempre, nuestra vida real…

TURCOS, KURDOS, ARMENIOS Y LA TRISTE CONDICIÓN HUMANA…

La riqueza monumental del Kurdistán resulta un reflejo de su paradójica historia. El viajero que dedique unos días a explorar una región típicamente kurda como la que conforma la provincia de Van, se sorprenderá al comprobar que la mayor parte de sus monumentos relevantes no son de origen kurdo, ni por supuesto turco, pues éstos, en cierta forma siguen anclados en su papel de extranjeros invasores y colonizadores. La gloría artística del Kurdistán pertenece, sin duda, al pueblo armenio. Gloria en la que, desde luego, tiene un lugar preeminente la iglesia de la Santa Cruz de la isla de Akdamar, una fotografía inevitable en cualquier agencia de viajes de toda Turquía, y que la mayoría de nosotros ha admirado alguna vez, aun sin estar muy seguros de a qué lugar pertenecía, en algún catálogo o guía turística.

Es un contrasentido triste y cruel, casi como la mismísima condición humana. Así, el pueblo kurdo, durante años ha sido fuertemente reprimido por parte del Estado Turco, cada vez que ha intentado reivindicar su identidad. Una represión que ha sumido a la región en un estado de sitio militar y violencia constante. Sin embargo, pocas veces se recuerda que en las primeras décadas del siglo veinte, los kurdos participaron activamente, actuando de la mano de los turcos, en el exterminio genocida de la etnia armenia, pueblo que vivía en buena parte del actual Kurdistán llegando a conformar, durante siglos, el próspero y cristiano reino de Armenia. Como desalmado premio a su colaboración, los turcos les condenaron a ser ciudadanos de segunda en el nuevo estado laico y centralista instaurado con mano de hierro por Kemal Ataturk, sin posibilidad real de abandonar su situación de pobreza e ignorancia generalizada.

Mientras medito sobre estas cosas abandono la carretera principal que conecta a Van con el aeropuerto y me adentro por un mar de sinuosas callejas que deberían llevarme hasta la iglesia armenia de Yedi Kilise. Tras un buen rato de lenta conducción esquivando transeúntes, furgonetas aparcadas en doble fila, bicicletas, gallinas desorientadas y multitud de obstáculos de todo tipo, me doy por vencido. Lo único que estoy consiguiendo es quemar gasolina. Sin un cartel indicativo, sin una placa que informe del nombre de alguna calle, para un occidental medio como yo, resulta imposible, en aquel caos, encontrar el camino hacia Yedi Kilise. Así que empiezo a preguntar, y la verdad, las cosas no mejoran demasiado, imposible encontrar alguien que hable inglés, por lo que me limito a gritar el nombre de mi destino, pero casi nadie parece entenderme a la primera, la mayoría abre los ojos como en un esfuerzo de concentración para acabar negando después con la cabeza, ¡no me entienden! En ese momento les enseñó mi mapa señalándoles el lugar, y entonces suspiran comprendiendo:

– Ah…

Ese Ah…, resulta algo así como un: – ¡Haberlo dicho antes! Lo que buscas es Yedi Kilise. Y me repiten varias veces el nombre pronunciándolo correctamente, casi como si me regañaran por mi mala pronunciación del turco. Es entonces cuando viene lo peor, un inacabable y bienintencionado montón de ininteligibles instrucciones: la primera a la izquierda, dos más y a la derecha…, todo ello, por supuesto, en perfecto turco, dando lógicamente por hecho que más allá de sus problemas de pronunciación, el extranjero entiende, sin dificultad, nuestro idioma….

Estoy a punto de caer en la más profunda de las desesperaciones, cuando pregunto a uno más de la multitud de muchachos de look prácticamente clónico que invaden el sureste de la península de Anatolia: Chaqueta de cuero, pantalones pitillo, unos zapatos en punta sorprendentemente brillantes dado el polvoriento estado de calzadas y aceras, y una espesísima mata de pelo negro peinado cuidadosamente hacia atrás. Estoy de suerte; en lugar de las consabidas indicaciones decide subirse a mi coche y guiarme personalmente. Arranco y mi felicidad inicial se interrumpe momentáneamente, pues después de la experiencia del otro día, pienso que quizá vuelvo a gozar de la compañía de un policía de paisano. Con todo y mientras sigo conduciendo, alejo de mi mente estos temores diciéndome que por momentos mis ideas se vuelven paranoicas e intento entablar conversación con mi improvisado guía. Al hacerlo descubro que va a ser casi más difícil que encontrar Yedi Kilise, pues es un hombre de pocas palabras, tras un arduo interrogatorio tan solo consigo saber que su nombre es Alí.

Poco a poco, el paisaje se va volviendo más agrícola, dejamos el asfalto y nos adentramos por una pista de tierra que discurre entre aisladas granjas por las que puede verse corretear a niños kurdos en edad escolar que desde luego, no están en la escuela, Me pregunto qué sabrán ellos de los armenios, y de sus preciosas iglesias abandonadas, probablemente nada. Finalmente llegamos a una aldea típicamente kurda, un pequeño y abigarrado conjunto de casas habitadas por ovejas de gruesa lana, cabras, vacas, niños vestidos con ropa sucia, y de vez en cuando, por algún adulto.

Mi decepción es infinita. De lo que antaño fue el imponente conjunto de iglesias y monasterios que conformaban Yedi Kilise sólo queda una iglesia más o menos en pie, eso sí, convertida en el corral posterior de una de las casas de la aldea. El dueño de la casa me abre la verja del aprisco y camino hacia las ruinas. Los restos del espléndido nártex abovedado están esparcidos por el suelo, al parecer, y según el actual propietario de la iglesia, se vino abajo junto con las dos cúpulas en el último terremoto de 2011. Entro en el templo, pese a su deplorable estado general, la arquitectura de la nave principal sigue impresionando, como un último testigo mudo y desolado de un mundo, el armenio en territorio turco, desaparecido con la fuerza de la sangre, el fuego, y sobre todo de la barbarie. Me indigno al observar, y especialmente oler, como Yedi Kilisi, todavía hoy sigue utilizándose, supongo que por las noches, como recinto para cuidar el ganado, por su dueño, un kurdo indiferente a la belleza de aquellas paredes y a la fe de quienes las construyeron. Al salir me pide dinero y le miro malhumorado, aunque al final le doy unas monedas, quizá, pienso, si empieza a obtener algún rendimiento por el turismo cuidará un poco más su propiedad.

Me voy triste. Yedi Kilisie convertida en un corral resulta una buena metáfora de lo que es hoy el Kurdistán, una tierra de dominios y atrocidades escalonadas, donde paulatinamente el más fuerte ha ido acabando con el más débil, y todo ello a través de la mezquindad, la intolerancia y el desprecio por el diferente. Al llegar de nuevo a Van me despido del silencioso Alí. He de insistir para que acepte mi propina, lo que me insufla un poco de optimismo, en medio de la paupérrima situación de la región, no está todo perdido, todavía hay quien mantiene el orgullo de ser quien es de manera civilizada, ayudando a los demás de una manera desinteresada y bondadosa.

El 24 de abril del 1915, 254 intelectuales armenios fueron arrestados en Estambul y finalmente ejecutados. Solo fue el comienzo de una matanza que, aunque las cifras aún se discuten, acabó con la vida de entre uno y dos millones de armenios. En 1923, ya no había nadie que se declarase armenio en toda Turquía.

En Van a 26 de marzo de 2013